"Pido perdón a los niños por haber dedicado este blog a personas mayores. (...) quiero dedicar este blog a los niños y niñas que estas personas han sido. Todas las personas mayores fueron primero niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria."

Adaptación de la dedicatoria del libro "El Principito", de Antoine Saint-Exupéry




domingo, 26 de diciembre de 2010

¿Feliz Navidad?

Pese a que me arriesgo a que los Reyes no pasen por mi casa, tengo que confesar que no me gusta la Navidad. No es una cuestión puramente anticonsumista, no, porque no puedo negar que en estas fechas me subo al carro y aunque no llego a cotas alarmantes, hago algún que otro exceso; la cuestión es que hay muchas cosas concretas de la Navidad que me repatean, que hacen que en estos días no me apetezca tocar ni la zambomba ni la pandereta, por ejemplo:

- Las aglomeraciones: con todo el bucle de compras, comidas/cenas navideñas y salidas de última hora, todas y cada una de las calles de Madrid se ponen hasta arriba y hay que guardar cola para caminar (literalmente). Ir a trabajar, comprar el pan o desplazarte a pie se convierten en misiones poco menos que imposibles.

- Los atascos: es exactamente el mismo que el punto anterior, pero en coche, lo que te multiplica la desesperación por mil. Riadas de coches parados, pitando, conductores y conductoras con caras de odio visceral interno que te hacen amar al odioso conductor del autobús y agentes de movilidad a l@s que les meterías el pito por el culo.

- Las subidas de los precios: de repente todo se vuelve escandalosamente caro y ¡ay de tí!, si necesitas artículos de primera necesidad durante estas semanas. Agárrate el bolso porque en cada tienda te encuentras con un atraco a mano armada.

- Los especiales en la tele: ni una película decente, ni una serie buena, ni siquiera los documentales clásicos de la 2. De repente la parrilla se inunda de programas especiales llenos de actuaciones musicales cutres con playbacks lamentables que se hacen tediosos hasta cuando los tienes de fondo durante la cena.


Y otras tantas cosas horribles como el discurso del Rey, que es un cúmulo de palabras vacías con fotos familiares de fondo, los anuncios de la tele, que nos bombardean cada minuto de cualquier hora del día o el estrés generalizado que inunda a todas las madres de todas las familias que en estas fechas se dedican única y exclusivamente a hacer comida a mansalva sin que nadie se pase por la cocina más que a picotear o a cotillear qué es lo que va a haber de cena.

Sin embargo, y haciendo honor a la verdad, reconozco que hay algunas cosas que no dejan de emocionarme de estas fechas, aunque sean situaciones completamente artificiales. Entre ellas están las siguientes:

- Las caras de los niños y niñas del mundo al abrir los regalos de Reyes: también se engloban aquí las caras de todas las personas que aún abren los regalos con ilusión, como la mía misma o la de mi amiga P., que aplaude y tiene esa sonrisilla nerviosa cada vez que ve un paquete envuelto. Adoro regalar y que me regalen, y si tiene que ser por obligación navideña, que lo sea. Esas caras iluminadas, sonrientes y completamente emocionadas me cautivan sí o sí, y lo merecen todo.

- El momento "que no, que eso son los cuartos": durante el momento de las uvas en Nochevieja, se produce una situación que se repite año tras año en todas las casas de España (porque en otros países no hay uvas, ni campanadas, ni reloj de la Puerta del Sol, aunque a algun@s les cueste creerlo) en el que hay un cierto nerviosismo positivo por el gran momento que se va a vivir. En este país bastante superficial en el que vivimos, sólo hay nervios reales en dos momentos de la vida: durante las uvas y cuando España juega el Mundial.

La segunda situación es de nervios chungos y tensos, pero la primera es como de tensioncilla divertida, en la que entran abuel@s, padres, madres, niñ@s y demás miembros de la familia. Aunque lo practicamos todos los años, y pese a eso vemos las instrucciones una vez más, siempre hay alguien que se come la primera uva durante los cuartos, y se oye una vocecilla de fondo que avisa del error: "¡¡Que nooooooo!! ¡¡que eso son los cuartos!!". Adoro ese momento en el que toda la familia se ríe junta.

- Los villancicos: aunque parezca mentira, me encantan los villancicos. Todo lo que sean canciones con letras sencillas y melodías repetitivas, se me queda grabado a fuego en mi mente absorbedora de conocimientos y ya no lo suelto. Los villancicos encima tienen esa música de campanillas y panderetas que hacen que quieras dar palmas y corear todo el rato.

- Los dulces navideños: también me pasa con el dulce lo que con los villancicos, que se me quedan grabados a fuego y vivo todo el año con la esperanza de que empiecen a venderlos para comérmelos doblados. Y no hago ascos a nada, oiga: turrones de todas las clases y pelajes (dentro de poco habrá turrón con sabor a nicotina, que es el único que no existe. Todos los demás ya están inventados), polvorones, mazapán en todas sus formas y tamaños, roscón... ya me están sonando las tripas.


Y otras cosas, como los descorches de botellas de sidra de quienes son agraciados con la lotería, el chocolate con churros en Nochevieja, las fotos familiares de año en año, los propósitos de enmienda para el año que comienza, y los juegos de mesa en los que siempre gana el mismo equipo.

Estos sentimientos encontrados hacen que esta época sea un poco extraña para mí, pero para todos y todas l@s que la disfrutáis...

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