"Pido perdón a los niños por haber dedicado este blog a personas mayores. (...) quiero dedicar este blog a los niños y niñas que estas personas han sido. Todas las personas mayores fueron primero niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria."

Adaptación de la dedicatoria del libro "El Principito", de Antoine Saint-Exupéry




lunes, 28 de febrero de 2011

El (maldito) día en que decidí opositar

Desde que me alcanza la memoria, siempre he querido ser maestra. Tuve pequeños coqueteos con la idea de ser bombera (hasta que descubrí que había pruebas físicas) y con la fascinante idea de ser torera, hasta que descubrí de qué iba la historia (por razones que no me explico, cuando era pequeña creía que ser torera era ponerse el traje y pasearse, como una modelo pero con capote; luego descubrí el pequeño detalle de matar al toro y me horroricé), pero la idea de ser maestra siempre estuvo presente.

Creo que esa fue la única motivación que tuve para sacarme la ESO y el Bachillerato, porque mi batalla personal con algunas asignaturas estuvo a punto de truncar mi carrera estelar en unas cuantas ocasiones. Finalmente lo conseguí, aprobé Selectividad como una campeona y me matriculé en Magisterio de Ed. Primaria.

Una vez más, mi motivación personal fue la que me ayudó a sacarme la carrera, porque era absolutamente incomestible. Un conjunto de personas con las mismas ganas de impartir las asignaturas que yo de estudiarlas, se paseaban con relativa frecuencia por las aulas poniendo unas transparencias aquí, mandando unos trabajos allá, poniendo notas (a veces sin criterio alguno) y recibiéndonos en sus lánguidos despachos para escuchar nuestras quejas con los ojos en blanco.
Ese grupo de docentes que nos repetían incesantemente que ser profe "no es recortar y colorear" y que, acto seguido, nos mandaba un trabajo de recortar y colorear, me enseñó poco menos que nada. Sí mucho sobre el estilo de maestra que yo no quería ser y un par de leyes orgánicas que se quedaron por el camino; con semejante panorama, comprenderéis que la motivación debía mantenerse en su punto álgido para que yo me levantase cada mañana al ritmo del politono del despertador.

Por fin terminé la carrera y conseguí titularme, para descubrir acto seguido que tener el título me servía, exactamente, para nada.

Se presentaban dos opciones ante mis ojos miopes:

- Trabajar en un colegio privado, en el que me hiciesen trabajar mil horas por un sueldo nada cera de los mil euros, con un horario más lleno de horas extras que lectivas, aguantando que me dirigiesen madres, padres, directores y directoras y por supuesto, niños y niñas.

- Trabajar en un colegio púbico, con menos medios, menos recursos, menos pasta invertida en infraestructuras, pero mejor pagado (o justamente pagado, a secas), con menos presión y menos respaldo, pero más autonomía.

Desheché la primera opción, no por falta de ganas sino por falta de oportunidades. En los colegios privados que visité no les interesaba un perfil como el mío por varios motivos que no voy a hacer constar aquí por si las moscas. El caso es que el "ya te llamaré" se hizo una constante en sus bocas y yo decidí tomar la otra vía.

El problema es que para acceder a esa otra vía tenía que pasar por un trance duro, largo y maligno en líneas generales: la oposición.

Una oposición es un camino de miles de espinas para llegar a una puñetera rosa. Lo peor de todo es que existe la opción de que jamás nunca llegues a la rosa, pero lo de clavarte las espinas no te lo quita nadie.

La cosa empieza apuntándote a una academia, porque por supuesto, es prácticamente inviable sacar plaza a la primera sin un temario en condiciones y sin una preparación básica, eso es algo sólo al alcance de auténticos maestros yedai. El resto de l@s mortales, pagamos una pasta para que nos enseñen a redactar un buen examen y a defenderlo en público.

La primera opción que barajé fue la de comprarme el temario sin ir a clase, pero luego decidí que, puesta a pagar, una paga todo del tirón y ancha es Castilla. Estuve un año entero yendo cada miércoles a clase, en un zulo sin ventilación alguna ni iluminación, copiando al dictado un montón de temario que nos daba un profesor inepto, machista, retrógrado y gentuza en general. Me estaba dando la sensación de que en lo de rodearse de gente inepta, la rama de la Educación estaba más que completa.

Tan poco convencida estaba de la academia, que a un mes del examen, cambié por completo el temario que estaba estudiando. Trabajaba en ese momento con una chica que también las estaba preparando en otra academia y que tenía un temario bastante clarito, y me decidí a echar los restos estudiándome sus apuntes a última hora.

Las últimas semanas antes del examen, con tal panorama, fueron un caos por completo. Mi vida (tal y como yo la conocía) desapareció, y mis horas pasaron a estar llenas de apuntes, subrayadores, atracones a la nevera y consultas diarias a la página del Ministerio de Educación en busca de ayudas divinas.

El día 24 de junio, a las 10.00, llegó por fin mi momento estelar. Unas cuantas decenas de personas y yo nos juntamos en un aula de un instituto de la periferia madrileña y nos dispusimos a jugarnos el futuro laboral a una sola carta.

El temario constaba de 25 temas, de los cuales se extraían 3 al azar y se elegía uno para realizar el examen. Por estadística pura, podía deshechar dos de los temas y siempre habría uno que me sabría. Desheché los dos que menos me gustaron, ni siquiera los más difíciles, ni los más aburridos, ni los más largos. Fui justa y honrada, joder.
Podréis imaginar, por tanto, el sentimiento que me invadió cuando nos comunicaron que, entre los tres temas escogidos al azar por una mano inocente, estaban los dos que yo me había dejado, por lo que me recé una novena para que, el tema restante, fuese uno que yo me supiera bien.

Quiso el azar que yo me lo supiera bien, efectivamente, tan bien como el resto de las mil personas que escogieron el mismo tema, porque era un título jugoso y de rabiosa actualidad con el que mucha gente vio el cielo abierto. Sabe dios que si me hubieran dado otra opción (de las 23 que me sabía), fuese la que fuese,la hubiese escogido sin dudarlo, pero dios no estaba ese día por la labor de hacerme el camino más fácil.

Hice el tema, el caso práctico (que iba sobre problemas matemáticos, mi gran punto fuerte como todo el mundo sabe) y llegué a la defensa oral, que fue una suma de circunstancias tales como dos miembros del tribunal que se levantaron y se fueron, una a tomarse un café y otra a fumarse un cigarro. No es que me lo invente yo, no, es que lo anunciaron ellas a voz en grito mientras yo trataba de defender mi programación alzando mi voz por encima de las suyas.

Al día siguiente de terminar el examen oral, me cogí un avión a Londres y allí estuve dos semanas, desintoxicándome. Me paseé todo lo que quise y más por Picadilly Circus entre otros, me cogí otro vuelo a Dublín, me mojé con la lluvia Irlandesa todo lo que las nubes decidieron (que fue mucho) y luego volví a Londres, a pasearme por la ciudad hasta que consideré que estaba preparada para volver.

Dos días antes de mi regreso a Madrid, me avisaron de que habían salido las notas, aunque aún no estaban en Internet. La compañera que me llamó no sabía cuándo saldrían publicadas en la web, así que me tuvo dos días enganchada al ordenador del hotel (a 1 euro la media hora) actualizando la página una y otra vez en busca de la ansiada calificación. Cada vez que en la pantalla aparecía "Cargando...Espere", mi ojo derecho comenzaba a latir a 5000 revoluciones por minuto. Cuando llegué a Madrid, aún sin la nota, había perdido la sensibilidad del párpado superior y estaba a punto de arrancarme el ojo entero.

Por avatares de la vida, tardé un par de días más en ver mi nota. Finalmente aprobé, saqué más o menos buena nota, me quedé a 6 décimas de la plaza pero entré en la lista preferente de interin@s.

Desde entonces he pensado, día tras día, en el momento en que pueda volver a presentarme para sacar la plaza fija. He trabajado como interina, he hecho cursos, me he presentado a las habilitaciones, todo lo que hago en mi vida laboral se rige por el rasero "Me sirve para la oposición/No me sirve para la oposición".

Me sigo preparando, sigo estudiando, creo que sé más de lo que sabían muchas personas que en su día sacaron la plaza fija a la primera, y mi vida ha girado en torno a un puñetero puesto de trabajo.

Y ahora el Gobierno decide que no hay dinero para invertirlo en Educación, y que no nos va a dar una oportunidad digna de optar a ese puesto. Primero dijeron que no iban a convocar oposiciones y nos iban a mantener en el mismo puesto en el que estábamos, sin opción a promocionar, pero resulta que se lo han pensado mejor y que sí, que en vez de desconvocarlas las van a sacar a concurso en las condiciones más precarias de la historia, para que en vez de mantenernos en el mismo puesto se puedan quitar a gente del medio y si te he visto no me acuerdo.

Y encima te tienes que dar con un canto en los dientes. Con este panorama, no me extraña que l@s niñ@s pongan cara de espanto cuando les preguntamos que si les gustaría ser profes de mayores.

A veces me pregunto por qué en vez de enseñarme a hacer marionetas, no me enseñaron a serlo, que mejor me hubiera venido.


1 comentario:

  1. Me ha gustado mucho lo que has dicho y como lo has dicho. Creo que la mayoría de la gente pasamos media vida (por no decir "perdemos"), en busqueda, preparación o intentando obtener un trabajo. Al final es nuestra propia esclavitud. Creo que así nos mantenemos totalmente dentro de la sociedad y fuera del raciocinio.

    ¿Quien se cuestiona las cosas en nuestra sociedad?, ¿Qué objetivo perseguimos?, ¿Por qué lo perseguimos?... ¿¿Perseguimos?? parece que huye de nosotros. Y en mi opinión es lo que sucede. Las cosas están hechas para que pases todo el tiempo intentando "comprarte una vida" y mientras tanto no ser conscientes de nada.

    Suerte con esa oposición. Me alegraría mucho ver que te has conseguido quitar esa mochila llena de piedras.

    Un eBso desde La Atlántida.

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