"Pido perdón a los niños por haber dedicado este blog a personas mayores. (...) quiero dedicar este blog a los niños y niñas que estas personas han sido. Todas las personas mayores fueron primero niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria."

Adaptación de la dedicatoria del libro "El Principito", de Antoine Saint-Exupéry




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sábado, 15 de octubre de 2011

El valor de las cosas

Un mes sin escribir es demasiado tiempo hasta para mí, y eso que el paso del tiempo es siempre muy relativo: no es lo mismo una hora estudiando que una hora durmiendo, ni una hora en la playa es igual que una hora con fiebre o que una hora de fiesta, inevitablemente. Tampoco son iguales los cinco minutos que pasan desde menos cinco hasta en punto cuando estás esperando a que llegue el metro y cuando es lo que te queda para levantarte de la cama.

El tiempo es sólo eso, una medida sujeta a circunstancias.

Decía M. Proust que "tendemos a pensar que el presente es el estado natural de las cosas", que nada cambia. Es complicado mirar hacia el futuro cuando el presente se estanca una y otra vez, como cuando vas nadando en el mar y te vienen todas las olas a la cara, que intentas coger aire pero no te da tiempo porque otra vez te entran unos cuantos litros de agua en la boca, que permitidme que diga que es de las peores sensaciones de este mundo mundial.

He tenido unas malas semanas, simplemente. Omitiré aquí lo que ha ocurrido porque me pasa como a l@s famos@s, que lo dejo en manos de quien corresponda, y borrón y cuenta nueva. Bueno, siendo sincera, por ahora voy por el borrón. Veremos a ver si hago cuenta nueva o no.



Sin embargo, por mal que vayan las cosas, lo bueno de currar con criaturas de la infancia de este mundo es que no puedes evitar seguir sonriendo pese a todo. Esta mañana sorprendía a una niña de apenas 3 años jugando entretenida con algo en el patio que no alcanzaba a ver qué era. Al acercarme (de forma ladina, por la espalda y en silencio, que es como nos gusta acercarnos a l@s profes en el patio) descubría que lo que el angelito tenía en sus manos era una tarjeta de crédito de verdad, y comprobaba con asombro que estaba a nombre de su madre:

- ¿Quién te ha dado eso? - le pregunto.

- Eh... - acierta a contestar con el consiguiente sobresalto, porque no me esperaba detrás de ella.

- ¿Te la ha dado tu mami?

- No, la he cogido yo.


Y acto seguido se gira y con toda tranquilidad sigue jugando con la tarjeta como si de una pala se tratase.

He corrido a avisar a la madre, que angustiada estaba anulando la tarjeta pensando, obviamente, que se la habían robado. La cría había cogido la tarjeta, posiblemente de una mesa o incluso del suelo, y sabiendo que no era un juguete la había escondido cómodamente en su mochila para sacarla en el patio lejos de miradas indiscretas.

Este caso me recuerda a uno que tuve hace unos años en un cole en el que trabajaba. Un día observamos a una niña de 4 años en el patio jugando a soplar arena a través de un tubito, y al acercarnos a quitarle el tubo pensando que sería metálico y por ende, peligroso, descubrimos que el tubito era ni más ni menos que un billete de 50 euros cuidadosamente enrollado y utilizado para el fin antes mencionado.

Al preguntarle por el billete, la niña rompió a llorar amargamente y dijo enseguida que no era suyo. Lo requisamos a la espera de averiguar de dónde había salido el billete, y aún seguíamos discutiendo cuando encontramos a otras dos niñas jugando a las tiendas con sendos billetes auténticos, esta vez de 20 y 50 euros respectivamente. La escena se repitió: las niñas soltaron el dinero y juraron y perjuraron que no era suyo ni lo habían cogido de casa.

¿De dónde salía entonces tanto dinero?

Días mas tarde, y por tercera vez, un niño de 5 años rompía en mil pedazos otro billete de 20 euros para soplar después los trocitos a modo de confeti. Por el billete no se pudo hacer nada, pero el niño en cuestión, después de cambiar de opinión varias veces acerca de la procedencia del dinero, dejó caer una importante revelación:

- Me lo ha dao Fiorella.

Fiorella era una niña de 4 años, alumna del colegio, tranquila, sonriente, no especialmente traviesa ni conflictiva, vamos, la clásica niña que pasa por el colegio sin pena ni gloria pero que se recuerda con cariño.
Fuimos a verla:

- Fiorella, ¿estás dándole billetes a los niños y niñas de tu clase?
- Sí, tengo muchos - contestó la niña, y acto seguido se fue a por su mochila,  la abrió y sacó un puñado de billetes de diverso valor, todos auténticos y en curso. El asombro fue grande y se avisó a la familia de que la Dirección quería que vinieran al colegio para contarles nuestro hallazgo.

La madre llegó al poco tiempo, y contó que hacía cosa de un mes que les estaba desapareciendo dinero de la cajita de ahorros que tenían en casa en un sitio supuestamente secreto, aunque no para la pequeña de la casa. Sin explicarse lo que ocurría, el ambiente en casa estaba un poco tenso, ya que varios miembros de la familia discutían diariamente por el lugar en el que estaría el dinero, y mientras tanto Fiorella, a lo Robin Hood escolar, repartía dinero a diestro y siniesto entre sus compis.

Tod@s nos lamentamos de no haber sido amig@s de Fiorella mucho antes, siendo una fuente de ingresos inagotable.

Sin embargo, ningún niñ@ entendió por qué le dimos tanta importancia a aquel suceso. Para ell@s era sólo eso, un juguete con el que hacer tubitos, confeti o intercambios de trueque. Seguía teniendo mucho más valor cualquier juguete de la cocinita que aquellos trozos de papel que son la cruz de cualquier persona adulta.

Ojalá las cosas fueran tan sencillas siempre. Ojalá todo dependiese del valor que le damos.

Ojalá, muchas veces, tod@s pudiésemos ser Fiorella y sus amig@s.





miércoles, 26 de enero de 2011

Vértigo

Hoy hemos ido con los más peques al parque a jugar. En realidad íbamos a "conquistar el castillo", que no era más ni menos que un columpio de esos gigantes con toboganes, puentes colgantes, escaleras de todos los pelajes y huecos para que se descoyunten l@s niñ@s que, inocentes, juegan a su rollo. Lo que es un columpio de área infantil, vaya.

El camino se nos ha hecho tan largo que en un momento he creído que estábamos yendo a Santiago de Compostela en vez de al polideportivo del barrio. Las clases de 3 años creían morir, y ya ni cantaban "El Tallarín" ni nada de nada, sólo lloriqueaban en voz bajita y perdían los guantes por el camino. Criaturitas, estaban agotadas.

Hemos llegado al parque y se les ha pasado el cansancio de un plumazo. Se han soltado de la fila y han salido corriendo desesperadamente como si llevasen un mes encerrad@s en una jaula. Ya podíamos haber perdido la voz gritando "¡¡NO CORRÁAAAAAAIS!!", que hubiera dado igual. Decenas de columpios a cual más peligroso, con decenas de colores y tierra para jugar sobreestimulan a cualquiera, incluída una servidora, que sin que se me viera mucho he salido detrás del grupo para montarme en el balancín, que me apasiona.

Allí estábamos pasándolo pirata cuando de repente se ha oído una vocecilla gritar desde lo alto:

- ¡¡¡Me da miedo...!!

Y acto seguido un llanto ensordecedor y gritos intercalados. Desde "El Exorcista" no se había visto cosa igual.
Me giro desde el balancín (no iba a salir corriendo así porque sí, que perder el sitio en el balancín es una putada) y veo a una chiquitina encaramada en lo alto del castillo, muerta de miedo porque no podía bajar ni tampoco seguir, le había dado el vértigo maligno.

Tengo vértigo casi desde que tengo uso de razón. Terapias de choque, alturas, lanzamientos por tirolinas, escalada, regresiones a la infancia en búsqueda de traumas escondidos y ejercicios de relajación, nada me ha conseguido curar ese miedo atroz a las alturas. Lo duro que es vivir en un sexto piso y tener vértigo no lo sabe nadie, pero por más que me intento superar soy incapaz de asomarme por la ventana.

Si para mí misma tengo vértigo, no quiero contar el que tengo cuando se trata de l@s niñ@s. Cada vez que veo uno subido en una altura considerable me vuelvo loca, porque lo paso fatal. Donde otr@s ven un niño inocente subiendo a un columpio, yo veo brechas, caídas y no digo qué más cosas para que no se me tache de paranóica. Pero conste que lo veo.

Y ahí estaba yo, con mi vértigo, paralizada ante una niña que estaba tan paralizada como yo, las dos con nuestras parálisis personales sin saber que hacer.

En ese momento de tensión máxima he superado mi vértigo, me he subido a lo alto del puñetero castillo y al más puro estilo "Impacto Total" he llevado a cabo un rescate completamente arriesgado, principalmente porque, de los nervios, la niña me estaba pegando unas patadas en el estómago que me estaban dejando sin respiración.

He bajado del columpio infernal y me he dado cuenta de que por primera vez, he superado la situación y no la situación a mí. Sólo la gente que tiene vértigo sabe lo que supone para una persona con miedo a las alturas subirse a una de ellas, es como si alguien con miedo a los perros se encierra en el salón con un doberman. Todo un ejemplo de iniciativa personal.

En la práctica sigo teniendo vértigo, pero esta es la primera vez que consigo subir a una altura sin tener sudores fríos, sin que me tiemblen las piernas, sin que se me acelere el pulso. Es la primera vez que subo a una altura y sobrevivo a ello en mis plenas facultades. Ojo la cantidad de cosas que nos enseñan l@s niñ@s.

¿Será que estoy creciendo?


martes, 9 de noviembre de 2010

Dixit

Hace cuatro años, cuando me acababan de cesar el contrato (muy amablemente y regalándome el gordo de la lotería) en de la escuela infantil de los chupetes donde trabajaba, estaba yo durmiendo plácidamente en mi cama a una hora muy propia para dormir (las 6 de la mañana) cuando me llamó Patri:

- Me han ofrecido un curro pero no me cuadra el horario, te paso el teléfono de la chica que lo lleva y la llamas.

Y yo, que estaba felizmente parada, y en ese momento felizmente dormida, llamé a aquel teléfono pensando que el trabajo no podría ser ni de lejos peor que el de la guardería.

El curro consistía en una compensatoria externa con chavales/as en riesgo social, un proyecto aparentemente muy sencillo. Otro día hablaré de él.
El caso es que se impartía en un cole de un barrio de clase obrera de Madrid, y en cuanto dije que me quedaba con el trabajo me llevaron al centro para conocerlo.

La clase era bastante grande, bien iluminada y un poco desangelada, parecía que había pasado un tornado y se había llevado todos los colores. Había dos o tres estanterías bastante grandes, plagadas de libros que jamás se leería un niño/a, pero que estaban ahí para hacer bulto. Al fin y al cabo, ¿dónde se ha visto una clase sin libros?
Sin embargo, no había ni un juguete, ni un juego, ni un triste puzzle. Pero ¿acaso vamos al cole a jugar? Si ahora al colegio vamos a estudiar, a estudiar y a estudiar... ¡Habráse visto!

Un año antes había conocido a un grupo de amigas que hacían un voluntariado conmigo muy cerca de aquel barrio. No todas eran maestras, pero más o menos se dedicaban a la intervención con menores como trabajadoras sociales, educadoras, integradoras y maestras. Este trabajo era tan jugoso en muchos sentidos y el mundo de la intervención está tan mal (económicamente hablando) que de mi grupo de amigas han terminado trabajando conmigo en este mismo proyecto, en este mismo barrio y con esta misma asociación, una detrás de otra.

Como resultaba complicado mantener un orden y un concierto naturales en este entorno en el que currábamos, un día nos dio por intentarlo con juegos de mesa. Entendamos que estos chavales tienen un ritmo de trabajo muy complejo y unas pautas de comportamiento prácticamente inexistente, y los juegos de mesa requerían, cuanto menos, seguir las normas (del juego) y jugar en equipo. Podría ser un buen paso para empezar.

Tanto nos metimos en buscar durante semanas los juegos más adecuados, más motivadores y más entretenidos que nos convertimos en verdaderas frikis de los juegos de mesa. Cuando nos veíamos los viernes en casa de una o de otra para cenar y tomarnos una copa, llevábamos un juego de mesa nuevo que habíamos descubierto y con la excusa de aprender a jugar para llevarlo el lunes a clase con las normas aprendidas, nos pegábamos toda la noche jugando como locas.

Una de ellas, la Charini (apodada así por algún motivo que no recordamos), y su novio pasaron de ser frikis de jugar a juegos de mesa a ser frikis de COMPRAR juegos de mesa. Su casa parece a día de hoy un museo con decenas (y digo "decenas" porque son unas cuantas) de juegos de mesa de todos los pelajes, procedencias y clases. Un mundo nuevo se abría ante nuestros ojos.

Hace como un año, Charini hizo en su casa la I Cena de Gala, que consistía básicamente en vestirnos "de gala" (aquello fue para verlo) y cenar como si fuera Nochevieja (es decir, hasta reventar). Como plato estrella de postre, y siguiendo la tradición, sacaron uno de los millones de juegos que se habían comprado últimamente, el Dixit.

Sólo ver las cartas nos llevó como media hora. Las cartas tenían ilustraciones dibujadas y eran bonitas hasta emocionarnos.

"Dixit" es una conjugación latina del verbo "decir" que significa "dijo" o "ha dicho". El juego está planteado de la siguiente manera: cada jugador/a tiene 6 cartas en la mano con ilustraciones diferentes. El jugador/a que empieza escoge una de las cartas de su mano y piensa en una frase que le evoque la imagen (por ejemplo, hay una carta que me encanta en la que sale una mujer que lleva puestos unos pendientes: uno de los pendientes es un hombre impecablemente vestido con traje, raya a un lado y maletín, con cara seria. El otro pendiente es un hombre exactamente igual pero vestido de manera informal, vaqueros, jersey y despeinado pero con cara sonriente. La mujer tiene gesto dubitativo. A mí ese dibujo me evoca la frase "Es difícil tomar la decisión correcta" o "Guíate por tu intuición").

El jugador/a que elige la carta (en este caso yo y mi carta de la mujer con pendientes) dice la frase que le sugiere en voz alta y deja la carta boca abajo encima de la mesa. El resto tienen que elegir de su mano una carta que case con la frase que ha dicho el jugador y la pone junto con la inicial encima de la mesa. Se le da la vuelta a todas las cartas y el resto tienen que adivinar cuál era la carta original, la que le sugirió al jugador inicial esa frase (en este caso deben adivinar que mi carta era la de la mujer con los pendientes).

Si el resto la aciertan ganan, y el jugador inicial también. El único "pero" es que la frase no debe ser ni demasiado evidente ni demasiado complicada, asique el jugador que dijo la frase deja de ganar puntos tanto si todos la aciertan como si no la acierta nadie.

Del resto de jugadores ganan también aquellos cuya carta fue elegida por alguien de la mesa que pensó que era la original, aunque no lo fuese.

Espero haberme explicado.

El caso es que las mentes son diferentes, y donde yo veo "Problema", otro/a ve "Solución", así que es un juego muy interesante para conocer cómo perciben los demás.

Cuando jugamos el día de la cena de Gala, nos emocionó mucho este juego, tan tierno y bonito a la vez. Tanto me gustó que hoy, con un poco de retraso pero por mi cumple, Chari y su novio me lo han regalado.

Me ha hecho tan feliz... Aquí lo tengo, y es tan bonito que no sé si guardarlo para jugar cuando vengan a casa o guardarlo para mí, para cuando esté agotada, o aburrida, o triste, mirar esas tarjetas y ver los dibujos, tan tiernos, tan dulces...

Ponga un Dixit en su vida.