"Pido perdón a los niños por haber dedicado este blog a personas mayores. (...) quiero dedicar este blog a los niños y niñas que estas personas han sido. Todas las personas mayores fueron primero niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria."

Adaptación de la dedicatoria del libro "El Principito", de Antoine Saint-Exupéry




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martes, 11 de diciembre de 2012

Tres Patas para un Banco

Érase una vez un Banco, de esos comunes de madera barata que se colocan en las calles y en los parques de las ciudades.

Este Banco era semejante a otros muchos bancos vecinos: dos tablones de madera rígidos unidos por una arista dieron vida a un Asiento y a un Respaldo preparados para apoyar las posaderas y la espalda de cualquier viandante.
Lo colocó el Ayuntamiento en una callejuela de un barrio al sur de Madrid donde confluían cuatro edificios altos de pisos. El banco tenía un emplazamiento muy dinámico y estaba rodeado de tiendas: un centro comercial, un estanco, una reprografía, un quiosco, un centro de belleza... mucha gente iba a pasar cada día por aquella plazoletilla e inevitablemente, se iba a parar a descansar en el Banco.

Este Banco tenía una particularidad: le sostenían tres Patas. Los bancos modernos están sujetos por una o dos patas, pero aquel no era un banco demasiado nuevo y por eso le sostenían tres Patas. Las Patas fueron forjadas casi al tiempo, y eran aparentemente iguales, aunque si una se acercaba bien observaba que tenían sutiles diferencias de forma, color y altura.

Las Patas se entendieron bien desde el momento en que fueron colocadas en el Banco. Se alegraron mucho de la zona en la que les había tocado vivir: habían oído historias acerca de bancos que se colocan en parques solitarios, o en descampados hostiles. Habían oído hablar de bancos partidos por la mitad para evitar que los indigentes durmieran en ellos. Habían oído hablar de bancos situados en comisarías y juzgados en los que la gente se sentaba esperando sentencias de libertad o esclavitud. Habían escuchado hablar acerca de bancos anclados en hospitales y tanatorios, bancos diseñados para esperar la vida y la muerte.

Sin embargo y por suerte les había tocado una zona bonita, rodeada de árboles, con niños y niñas, gente adulta y gente mayor, y sobre todo no les había tocado estar solas, que era lo más temido por todas las Patas del mundo.

Las Patas congeniaron enseguida: si había que sujetar mucho peso, las tres se colocaban instantáneamente del mismo lado. Si una estaba un poco cansada, las otras dos soportaban el total de la carga para dejarle descansar. Si hacía buen día, las tres absorbían el sol por igual. Se entendían  la perfección.

El tiempo fue pasando, y las Patas fueron cambiando: la erosión de la lluvia, el viento, el sol, fueron desgastando su color inicial y dejando paso a nuevos tonos. Los chavales y chavalas del barrio pintaron el banco con sprays de colores, y las patas se lo pasaban en grande viendo cómo cada día tenían un look diferente. El Asiento y el Respaldo del banco refunfuñaban quejándose, y cuanto más se quejaban más se reían las Patas, a quienes los colores, lejos de molestarles, les daban nuevas vidas cada día.

El barrio también cambió: la reprografía pasó a ser una peluquería y el centro de belleza pasó a ser una tienda de comida. La gente del barrio empezó a crecer, y cambiaron como cambia todo con el paso del tiempo. Las niñas y niños del barrio crecieron y comenzaron a sentarse en el Banco para hablar de sus primeras preocupaciones: primeros trabajos, primeros amores, primeras decepciones. La juventud creció y emigró a otros barrios, dejando paso a nuevos vecinos y vecinas que llegaban con sus bebés y sus ganas de iniciar una vida nueva en aquel lugar.

Las Patas también empezaron a cambiar de horizontes: soñaban con que colocaran cerca otro banco con otras patas, y poder conocerlas y quién sabe si conectar, y juntarse, y tener Patitas en el futuro.
Otros bancos pasaron cerca, y también otras patas, pero las Patas de aquel Banco no conseguían encontrar un destino mejor que aquel. Se entendían tan bien, congeniaban tan bien, se complementaban tan bien, que dejaron de echar de menos la idea de conocer a otras Patas y se dedicaron a disfrutar de la suerte de estar juntas, dejando a la vida la responsabilidad de diseñar sus futuros.

Se abrieron a la vida: observaban todo lo que ocurría a su alrededor, se maravillaban escuchando a la gente que se les acercaba. Captaban todo lo que ocurría a su alrededor, se rebeleban contra el Asiento y el Respaldo cuando éstos se negaban a ayudar a la gente acomodándose para distintas espaldas y riñones. Las Patas hablaban y hablaban entre ellas, debatían, se escuchaban, nunca se cansaban. Sacaban conclusiones interesantes y soñaban con cambiar el mundo.

Un día, el Ayuntamiento se llevó una de las Patas para arreglar un banco lejano, muy lejano, en un pueblo fuera de la ciudad y del país, cerca de la costa. Las otras dos Patas se quedaron solas, intentando aguantar el peso como podían. Lo consiguieron con esfuerzo, hasta que de repente, un día, sin previo aviso, la Pata volvió.

La Pata les contó todo lo que había en otro lugar, y las otras dos le explicaron cómo había sido la vida sin ella, pero antes de que pudieran disfrutar de tenerse de nuevo las tres, el Ayuntamiento se llevó otra de las Patas a una gran ciudad, esta vez a un lugar gélido donde vivían muchas Patas en muchos bancos. Las otras dos Patas volvieron a repartirse el peso para aguantar la posición, y la Pata que había permanecido siempre en el barrio enseñó a la otra a sostenerse, pero por suerte, al poco tiempo, aquella Pata también volvió y de nuevo fueron tres. Esta vez las tres Patas esperaban estar juntas de nuevo por un tiempo.

Cuando de nuevo llevaban poco tiempo las tres juntas, su relación cambió, de repente: de golpe se hicieron mayores. Por fin dejaron de lado todo lo superficial, ni siquiera se molestaban en enfadarse con el Asiento y el Respaldo. Fueron conscientes de la suerte que tenían de ser Patas en vez de ser, por ejemplo, Reposabrazos (que siempre se llevaban la peor parte del Banco) y se decidieron a aprovecharlo.

Prestaban mucha atención a todo lo que decían las personas que se sentaban en el Banco, aprendían, absorbían la información. Cuando las tres Patas estaban juntas, el Banco dejaba de ser un banco cualquiera y se convertía en algo especial. Todo el mundo lo percibía: sentarse en aquel Banco era diferente a apoyar el culo en cualquier otro. Nadie sabía explicarlo, pero aquel Banco era diferente. Emitía una energía diferente. Y había mil bancos en la ciudad, pero no como aquel. Quizá por eso cambiaron casi todos los bancos del barrio, menos aquel.

Las Patas se sentían cada vez más cerca las unas de las otras: se conocían tanto después de tantos años juntas que sólo con mirarse ya sabían qué pensaba la otra.  Cuando alguien se acercaba sabían con exactitud cómo colocarse para ser una unión perfecta y proporcionar la comodida ideal. Cuando llovía se colocaban más juntas para evitar oxidarse. Cuando soplaba el viento se separaban para dejar hueco y oxigenarse. Todo era tan perfecto que las tres Patas fantaseaban con estar para siempre juntas.

Y entonces, de repente, una de las Patas decidió irse a vivir a Australia.



 

lunes, 7 de febrero de 2011

El ataque de la iguana

Era un sábado como otro cualquiera en mi vida, con una pequeña diferencia: iba a entar al garaje por la rampa.

Al garaje de mi casa se puede acceder desde dentro del edificio por medio del montacargas (como ya sabrás si leíste mi post de lo duro que es vivir en comunidad, si quieres releerlo pincha aquí), y se sale por una rampa de doble sentido, por supuesto llena de columnas y desniveles para que la subida/bajada tenga emoción.
Lo suyo es entrar desde dentro del edificio, pero a veces, cuando bajo a comprar tabaco o a la compra, luego me da pereza entrar en casa otra vez y coger el ascensor (lo cual tiene delito porque el estanco y el supermercado están a 50 cm y 100m respectivamente de la puerta de mi casa), así que entro por la rampa, aún a riesgo de morir doblemente atropellada por los coches que entran y salen. Así soy yo, una amante de las emociones fuertes.

Como decía, estaba yo en uno de esos días perros en los que quería entrar al garaje por la rampa, y cuando estaba bajando me quedé completamente paralizada: una iguana me miraba fijamente desde la mitad de la rampa, interfiriendo claramente en el ángulo que yo tenía que atravesar para entrar a por el coche.

La moda esta de tener animales exóticos me pone de los nervios. De por sí soy una gran detractora de tener animales en casa, pero tener reptiles tropicales en pleno centro de una ciudad ya me parece el colmo para las pobres criaturas.
Mis vecin@s tienen varios "animalitos" de este tipo, y yo procuro no pensarlo porque, aunque no soy miedosa (con los animales digo), no quiero imaginarme que un día voy a coger el ascensor y me encuentro a uno de esos encantadores seres vivos esperando para bajar al portal con el primero que llegue.

Se deduce de esta reflexión que cuando vi la iguana en medio de la rampa, la poca serenidad que tengo se esfumó como lágrimas en la lluvia. Me quedé en el sitio sopesando varias variables: "¿atacan las iguanas? ¿serán como un perro, que si le tiro un cacho de carne se distrae y me permite pasar? ¿de dónde saco yo ahora medio filete? ¿de hecho, comen carne las iguanas? ¿podré sobrevivir sin coche? ¿encontraré a mi vecino para que me la quite del medio? ¿y si paso haciendo como que no la he visto y ya?".

Con tanta duda existencial, mi cabeza funcionaba a toda velocidad, así que actué como cualquier persona cuerda lo haría en esa situación: le tiré un palo.

No es que yo quisiera agredir a la iguana, ojo, pero quería saber si tirándole palitos se movería y conseguiría desplazarla hasta un lugar suficientemente alejado de la puerta para luego yo salir por patas y no darle opciones. Nada. La tía ni se inmutó con ese palito, ni con los 10 o 12 que le tiré después. Parecía no querer moverse y me miraba desafiante como diciendo: "pasas por aquí como yo me llamo Iguana, o no coges el coche, tú misma".

Mi desesperación crecía, porque ya llegaba tarde. Intenté buscar la ayuda comprensiva de un viandante cualquiera, pero los viandantes cualesquiera en esos momentos estaban muy ocupad@s en sus quehaceres cotidianos y no me prestaban atención ninguna.
Sopesé la idea de entrar por el portal, pero al salir iba a estar la iguana exactamente en el mismo sitio, y si bien no era de mi agrado, no quería verme en la tesitura de pasarle por encima con el coche.

Estuve un buen rato intentando acercarme, alejándome, tirando palitos, ramas, hojas, y todo lo que ví por allí y que no le fuera a hacer daño, pero la tía seguía impasible.

"Esto tiene que terminar", me dije a mí misma cuando llevaba media hora trazando un plan que no terminaba de salir, y armada con otro palo más grande, decidí acercarme a ella sigilosamente para tantearla de cerca.

Cuando estaba casi a su lado, oí una risita. "Mierda", pensé, "alguien me está viendo". Si hay algo peor que hacer el ridículo, es hacerlo y que te estén observando. Miré a todos lados, pero no vi a nadie, y seguí con mi plan de acercarme al reptil que me estaba descompensando emocionalmente.

Otra risita. Y otra. Y varias más. Cuando levanté la vista, ví a un señor de unoss 40 años con un niño de unos 8 que me miraban alucinados. El señor mandó callar la risa infantil, se me acercó y me dijo:

- Que al niño se le ha caído el bicho ese en la rampa y veníamos a buscarlo, pero como te veíamos parada en medio con ese palo, estábamos esperando a que te quitases para sacar el coche. Lo bien que hacen los muñecos estos, ¿eh?

Y cogió la iguana por la cabeza para dársela al niño cabrón que se reía a mis espaldas.

Un triste muñeco de plástico. En mi cabezonería por no acercarme, jamás pensé que fuera a ser de mentira, pero lo era. La iguana era de mentira y yo soy gilipollas, pensé en ese momento.

El sentimiento de ser imbécil me duró bastantes meses, de hecho creo que lo sigo teniendo. Los niños a veces son odiosos, las cosas como son, pero también es verdad que nos perdemos un montón de cosas por no acercarnos a verlas antes de intentar resolverlas desde la distancia.

De todo se puede sacar una reflexión, desde luego.

Qué filosófica estoy.


domingo, 30 de enero de 2011

Vivir en comunidad

Acabo de llegar a casa después de un finde en mi segunda casa de perreo total, y no me refiero al "perrea perrea" de reggaeton chungo, sino al "perrear" de pegarse un finde en el sofá jugando a la consola, viendo pelis y comiendo cosas que tienen más calorías de las que objetivamente me puedo permitir.

Volvía yo llena de paz y armonía a mi hogar cuando, al salir del garaje, me he dado cuenta de que la puerta estaba abierta. Lo de dejarse la puerta abierta es una costumbre en mis vecinos y vecinas, y me repatea hasta cotas insospechables, básicamente porque con la puerta abierta se cuela quien quiere y acampa en nuestro garaje, que el hecho en sí no me fastidia especialmente, pero la cosa cambia cuando, al salir, lo hacen subidos en uno o dos coches que se llevan por todo el morro.

Ya pasó hace un par de años que nos entraron en el garaje y se llevaron la primera planta íntegra, salvo dos o tres tartanas que no merecían la pena. Cuando l@s dueñ@s de los coches fueron a cogerlos, se dieron cuenta de que sólo estaban las rayas pintadas en el suelo que delimitan las plazas y claro, la que montaron fue pequeña. Sin embargo, siguen dejándose la puerta abierta todos los días del año, y sólo la cerramos quienes no nos quejamos nunca ni ponemos el grito en el cielo.

Vivir con vecin@s tiene su aquel. En mi edificio somos exactamente 48 pisos, en cada uno de los cuales vive un número de personas que cambia con el tiempo, así que es imposible determinar cuántas personas somos exactamente. Poniendo unos aquí y quitando otras allá, calculo que, de media, somos unos 150 vecinos y vecinas, que se dice pronto pero es una barbaridad.
Todas estas personas compartimos 3 ascensores, tendederos, trasteros, cuarto de basuras, 2 garajes, un jardincillo y el portal.

Estar rodeada de personas tiene sus cosas buenas: te pueden dejar sal, azúcar, un huevo y poco más (porque pedir una lechuga o un filete de ternera queda raro) y pueden ser una ayuda fundamental en caso de catástrofe vecinal (inundación, incendio, momento dramático en el que te das cuenta de que te has dejado las llaves puestas). Fin de las ventajas.

Las desventajas, sin embargo, se cuentan por unidad seguida de ceros, y es que la convivencia no es nada fácil. Si has visto Gran Hermano, sabrás que, en la casa, todo se vive con mucha intensidad.

Para empezar, la eterna discusión del montacargas. Para quien no lo sepa, el montacargas es un ascensor sagrado, porque es el único que baja al garaje, que cuando se trata de meter un perro hay que llevarlo estrictamente sujeto para que no se manche pero cuando hay una mudanza se vuelve la embajada de Sarajevo, todo lleno de tierra, escombros, yeso y un sinfín de mierdas más.
Ese ascensor está muy cotizado, claro, porque la totalidad de l@s vecin@s lo necesitamos para bajar a por el coche. Jode más bajar en ascensor hasta el portal y luego dos pisos andando que bajarlos todos andando, es así.

Por este motivo, hay que pedir vez (poco más o menos) para llamar a este ascensor. La gente encima tiene el morro de, una vez que llega a su piso, aguantar la puerta abierta un rato mientras charla con la vecina, y mientras tú te consumes en tu piso esperando que lo suelten para transportarte hasta el garaje o el portal.

Otra cosa que es digna de estudio son las juntas de vecinos. Está el clásico vecino que jamás va, pero se queja por sistema de cualquier decisión que se tome y está el clásico vecino que va a todas, pero sólo para mirar, chistar, y, al llegar el momento de votar, abstenerse porque no lo tiene claro. Está la vecina que va pero "no opina sin consultar con su marido" (que suele ser un tipo de los dos mencionados anteriormente) y está el matrimonio joven, recién llegado, que con su optimismo de novatos quiere conciliar todo el rato. Con este panorama, aprobar el presupuesto para hacer los trasteros costó en mi comunidad 14 años (sólo).
Ya no hay más gente, porque el resto de la comunidad pasa en estéreo de las juntas. Gente muy joven, gente muy vieja, gente demasiado tirada y gente demasiado estirada no aparecen jamás por allí. Tampoco protestan luego, así que les aceptamos y les queremos como son, al menos en este campo.

Porque toda esta gente que no va a las juntas da por saco en otros muchos aspectos.

La gente mayor, por ejemplo. Son como topos, salen de donde menos de lo esperas. También son como murciélagos, que duermen en sus cuevas e hibernan durante gran parte del año, aunque parezca que no están siempre se enteran de todo. Félix Rodríguez de la Fuente hubiera dicho mucho del paralelismo entre vecindades y ecosistemas.
Volvemos a los vecinos viejun@s: tú haz un ruido si tienes huevos. A la mínima que lleves a un par de amig@s a casa a tomar algo, ya se están quejando. A la mínima que pongas música a un volumen agresivo para su Whisper XL (volumen normal para cualquier otra persona), ya están protestando. A la mínima que te pares en las escaleras del portal a charlar con alguien, ya están refunfuñando porque obstaculizas el paso, total, ¿para qué? ¿tendrán prisa? ¡Si ya has vivido 80 años, qué te costará esperar 15 segundos más!

La gente joven, sin embargo, también se las trae, y cuando digo joven me refiero a la franja de edad comprendida entre los 0 y los 18 años. Igual de chungo es que te toquen dos criaturas de 8 y 10 años respectivamente que madrugan los fines de semana para ver sabe dios qué programa de monstruos horribles, que que te toque un vecino adolescente en plena etapa existencial de su vida que se pasa el día intentando aprender a tocar el piano para conquistar a su amada. No te puedes hacer una idea de las veces DIARIAS que toca mi vecino de 15 años de al lado "Every thing i do, i do it for you", de Brian Adams. Y siempre la caga en la misma nota. Me dan ganas de entrar en su casa sin llamar y decirle:

- ¡¡Que no es un "mi"!! ¡¡Que es un "do" como una catedral!! ¡Y llévatela de copas, que el piano está desfasado!


Y así sucesivamente. Lo bueno es que cuando llevas toda la vida vivendo en comunidades de vecinos, es fácil distinguir a todos los tipos de vecinos y vecinas que existen para saber lidiar con ell@s.

Batallar con tus vecin@s es fácil.

Lo difícil es ganar la batalla..



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