- Hija, ni que volvieras de Canadá.
- Pues casi, la verdad, he pasado el mismo frío.
Fueron
las primeras palabras que mi amiga del alma, mi M., la mujer que dio
sentido a las pastas de té en mi vida, me dijo cuando subí al autobús.
Odio las despedidas. Con todas mis fuerzas.
El
2013 ha empezado lleno de despedidas y no me siento con fuerzas de
afrontar ninguna más (por favor, si tenéis pensando emigrar, huír o
desaparecer, contádmelo de manera secuenciada, poco a poco, que no
necesite yo una caja entera de Omeoprazoles para digerirlo). No es el
hecho en sí de despedirme de alguien lo que me angustia, sino el ritual
de las despedidas, salvo que esa persona se vaya a vivir al otro lado
del Universo y no tenga la certeza de que la voy a volver a ver, que ahí
sí que es el hecho de despedirme lo que me bloquea. Y hasta eso pasó
hace un mes. La otra pata de nuestro banco emigró a Sydney y aún no me
hago a la idea.
Donde antes compartía confidencias,
sonrisas, maldades, cañas, secretos, mentiras, verdades y cotidianidad,
ahora comparto conversaciones de Skype, y sólo si las diferencias
horarias de los distintos países a los que mi gente ha volado tienen a
bien permitírnoslo. Mi círculo, que con tanto sacrificio y esfuerzo
construí, se ve mermado por culpa de las crisis (la mundial
económica-política-laboral y la interna, que no son poca cosa) sin
haberme pedido siquiera permiso, sin haberme informado con tiempo. Y
claro, eso se paga. Hoy no tengo el día de post chascarrillero.
Los
anclajes que me quedan, que no son pocos, están peleando contra viento y
marea, especialmente uno. Una lucha, una sonrisa, un gesto, unos ojos
que cada día me recuerdan que la vida es corta, y como decía Guadalupe
Urbina, yo quiero llegar a mujer loca y vieja. Una superheroína que no
podía dejar de pasar por la vida sin haber peleado como una loba (nota:
al escribir "loba" se me trastabillan los dedos, coronados por unas uñas
recién pintadas de rojo, y escribo "loca"; rectifico, pero no quería
dejar de añadirlo, peleona como una loba y como una loca, como la mujer
que dibuja la Urbina y yo quiero llegar a colorear) y que a cada paso da
una lección. Una mujer que tiene un chalet maravilloso y una sonrisa
más maravillosa aún si cabe. Olga. Mi amiga, casi mi hermana, que ha
pasado tanto tiempo en mi vida como yo misma. Sin querer ahondar, te
menciono ahora como cada día, cuando le pido al Universo que la batalla
enfermedad-Olga quede zanjada con victoria por goleada. Y el Universo me
guiña un ojo, estáte tranquila.
Para huír de las
despedidas emigré al norte unos días, porque necesitaba recoger
sonrisas, dispersarme, respirar, descansar. Parece mentira que en unos
días una pueda desconectar tanto que se le olvide que la vida, aunque
corta, a veces es densa de cojones.
Así que me subí al
autobús de vuelta antes siquiera de ser consciente de que estaba allí, y
de la forma más tonta me sobrevino la despedida y me hice chiquitina en
el asiento, como cuando l@s niñ@s pequeños lloriquean los lunes por la
mañana porque no quieren levantarse.
Me hubiera vuelto
loca escribiendo aquí, desahogándome en un post que jamás hubiera
publicado, como tantos otros, pero no tenía ordenador. Recordé entonces a
la Mujer Pompa (término que acuñé yo misma al escucharla hablar, al descubrir que sus palabras son siempre tan redondas y tan perfectas como las pompas de jabón), una de las que venía de visitar, y con la que
había pasado un día entero en busca de una libreta, y metí la mano en el
bolso para sacar la mía, la que me acompaña para recordarme números de
teléfono, direcciones, horarios. El autobús se sumió en el silencio y yo
me sumí en la libreta, y escribí, y escribí y me quedé sin libreta y
sin tiempo. Llegué a mi casa y mi vida me cayó en la cabeza como un
balonazo en el patio del recreo.
Y de repente, antes de
querer darme cuenta, me topé de nuevo con la sonrisa de Olga, y tantas
otras que me recuerdan cada día que el mundo es de las valientes. Y que
Guadalupe Urbina tiene razón: la vida es corta, y hay que disfrutarla
pese a los adioses.
Con el camino recién
empezado de nuevo no puedo, de todas formas, negar la realidad: qué mal
me sientan el vinagre, los lácteos y las despedidas.
"Pido perdón a los niños por haber dedicado este blog a personas mayores. (...) quiero dedicar este blog a los niños y niñas que estas personas han sido. Todas las personas mayores fueron primero niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria."
Adaptación de la dedicatoria del libro "El Principito", de Antoine Saint-Exupéry
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viernes, 1 de marzo de 2013
Qué mal me sientan el vinagre, los lácteos y las despedidas
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sábado, 8 de septiembre de 2012
Aproarse
A mediado del mes de junio, Charini me propuso una idea vacacional: recorrer las Rías Baixas en el velero de un amigo que es patrón de barco (o algo así, que yo de títulos no entiendo nada) y lo alquilaba a buen precio (o eso dijo, porque tampoco entiendo de precios de veleros. Qué paletilla soy).
Cuando me lo propuso, allá por el último mes del curso, cuando los boletines de notas salían por todas partes, cuando la Escuela de verano del cole no había empezado, cuando arreciaba el calorcillo y las terrazas comenzaban a ser un remanso de descanso y cuando las vacaciones se atisbaban cerca, me pareció una idea estupenda. Me visualicé a mí misma en la parte delantera el barco, alias proa (por aquel entonces no tenía yo vocabulario técnico marinero) a lo Kate Winslet en Titanic y sólo pensaba en lo guay que quedaría la foto con un filtro de Instagram y en lo fácil que se me iba a hacer sobrevivir al calor sobrehumano del mes de agosto en las frías aguas gallegas.
Desde que Charini me lo propuso y acepté hasta que me subí en el barco, sucedieron muchas cosas: la Escuela de verano empezó, transcurrió con infernal calor, infernal volumen de trabajo y tardes cada vez más pesadas y duró cinco largas semanas. En medio de una de ellas mi jefa me llamó a su despacho para ofrecerme unas condiciones para el próximo curso que no se veían en España desde los años 60, y con las que la palabra "mileurista" pasaba a significar "Pancho, el perro de la Lotería". Concretamente aludió a la crisis para anunciarme con voz afectada y semblante dolorido que se veía obligada a reducirme la jornada y por tanto el sueldo con todo el dolor de su corazón, pero ojo, que encimadagraciasquetienescurro.
Estando las cosas como están pensé en aceptar. Al fin y al cabo siempre puede una currar media jornada y buscarse otro curro para la otra media y aquí paz y después gloria. Por suerte para mí esto lo pensé en alto en aquel momento y en aquel despacho, y mi jefa se apresuró a torcer el morro: "Que tu jornada se reduzca no implica que el volumen de trabajo baje. Si has colocado un listón no puedes bajarlo, así que la empresa (llamar a un colegio "empresa" es una triste realidad muy extendida) te pedirá como favor especial que des un poquito más y trabajes lo que sea necesario". Ole las mujeres guapas.
Me costó como tres semanas que se me quitase la impresión. Ni cuando vi a Franco hablando en inglés en aquel vídeo (el célebre "Ju jiar dis... cauntri! riliyion! famili!") me impresioné tanto. Era algo tan... y a la vez tan poco... que no supe reaccionar.
Pedí mi tiempo para pensármelo, y lo peor es que hasta me lo pensé. Al final decidí hacer lo que tenía que haber hecho hace mucho, mucho tiempo: salir por patas antes de que se caiga todo el operativo, que antes o después y con esa política de no-contratación, caerá. Estar de nuevo en manos de la Comunidad de Madrid en los tiempos que corren para el funcionariado me va a suponer menor riesgo que jugarme la salud en la mesa de un despacho.
Sin embargo en esta historia no quedo como una valiente. Con todo hice las maletas y me marché de vacaciones con la idea de dar marcha atrás rondando, y los fantasmas de la lista del paro acechándome como los dementores a Harry Potter. Sabía que siempre podía volver con las orejas gachas y renunciar a la dignidad y al desempleo a cambio de alargar la situación un año o dos más. Mi adorada M. y yo marchamos a Ibiza y allí (casi) se me olvidó el tema entre arena, agua, puestas de sol y reggaeton en la radio.
El mismo día que volví de Ibiza marché hacia Galicia a embarcarme en el velero. El resto de la tripulación estaba ya allí, y me esperaban para zarpar (para salir, vaya, otra muestra de ampliación semántica). Después de deshacer la maleta (yo llevo maleta allá donde voy, aunque sea un velero del tamaño de una cajetilla de Camel) y hacer las últimas compras, nos pusimos en marcha.
Quien crea que hacerse a la mar sin tripulación cualificada es un viaje de placer y relax, se equivoca. Yo había hecho un par de cruceros en grandes barcos y recordaba la experiencia como un conjunto de turismo, mareos y barra libre non-stop en la cubierta al ritmo de orquestas y dj´s que amenizaban sin parar.
Pero como en todo, hasta que no te ves en el berenjenal no entiendes lo que implica que un velero avance y la cantidad de factores humanos, meteorológicos, materiales e incluso casuales que tienen que confluir con la luna en Júpiter para que cada paso salga bien. El cuadro que dábamos con nuestros complementos rogelios (pamelas, bikinis y gafas fashion) amarrando los cabos en medio de las maniobras era para cobrar entrada.
Lo que es curioso es que para hacer maniobras de modificación de la dirección del barco (es decir, para ir hacia la izquierda, hacia la derecha, dar la vuelta, etc) hay que (aquí es donde me flipo) aproar el barco, es decir, dirigirlo hacia la proa, vamos, ponerse de cara al viento. Es la única manera de cambiar de rumbo hacia otras partes del ancho mar.
Durante las vacaciones, y pensando seriamente aceptar la oferta tercermundista que me ofrecían en el curro por miedo al paro (que es como el Coco pero para trabajador@s), me he dado cuenta de que en la vida, efectivamente, hay que aproar para poder cambiar de rumbo, en todo. Intentar hacerlo a medias sólo conduce a cambios a medias. Para virar en serio hay que enfrentarse a las circunstancias y poner todas las velas a disposición del viento, y confiar en que las condiciones serán favorables a los cambios.
Hace poco ví una peli que terminaba así:
"Al final, todo acaba bien. Y si no acaba bien, es que aún no es el final".
Pues eso, feliz Septiembre y en tiempos de crisis a aproarse, coño.
Cuando me lo propuso, allá por el último mes del curso, cuando los boletines de notas salían por todas partes, cuando la Escuela de verano del cole no había empezado, cuando arreciaba el calorcillo y las terrazas comenzaban a ser un remanso de descanso y cuando las vacaciones se atisbaban cerca, me pareció una idea estupenda. Me visualicé a mí misma en la parte delantera el barco, alias proa (por aquel entonces no tenía yo vocabulario técnico marinero) a lo Kate Winslet en Titanic y sólo pensaba en lo guay que quedaría la foto con un filtro de Instagram y en lo fácil que se me iba a hacer sobrevivir al calor sobrehumano del mes de agosto en las frías aguas gallegas.
Desde que Charini me lo propuso y acepté hasta que me subí en el barco, sucedieron muchas cosas: la Escuela de verano empezó, transcurrió con infernal calor, infernal volumen de trabajo y tardes cada vez más pesadas y duró cinco largas semanas. En medio de una de ellas mi jefa me llamó a su despacho para ofrecerme unas condiciones para el próximo curso que no se veían en España desde los años 60, y con las que la palabra "mileurista" pasaba a significar "Pancho, el perro de la Lotería". Concretamente aludió a la crisis para anunciarme con voz afectada y semblante dolorido que se veía obligada a reducirme la jornada y por tanto el sueldo con todo el dolor de su corazón, pero ojo, que encimadagraciasquetienescurro.
Estando las cosas como están pensé en aceptar. Al fin y al cabo siempre puede una currar media jornada y buscarse otro curro para la otra media y aquí paz y después gloria. Por suerte para mí esto lo pensé en alto en aquel momento y en aquel despacho, y mi jefa se apresuró a torcer el morro: "Que tu jornada se reduzca no implica que el volumen de trabajo baje. Si has colocado un listón no puedes bajarlo, así que la empresa (llamar a un colegio "empresa" es una triste realidad muy extendida) te pedirá como favor especial que des un poquito más y trabajes lo que sea necesario". Ole las mujeres guapas.
Me costó como tres semanas que se me quitase la impresión. Ni cuando vi a Franco hablando en inglés en aquel vídeo (el célebre "Ju jiar dis... cauntri! riliyion! famili!") me impresioné tanto. Era algo tan... y a la vez tan poco... que no supe reaccionar.
Pedí mi tiempo para pensármelo, y lo peor es que hasta me lo pensé. Al final decidí hacer lo que tenía que haber hecho hace mucho, mucho tiempo: salir por patas antes de que se caiga todo el operativo, que antes o después y con esa política de no-contratación, caerá. Estar de nuevo en manos de la Comunidad de Madrid en los tiempos que corren para el funcionariado me va a suponer menor riesgo que jugarme la salud en la mesa de un despacho.
Sin embargo en esta historia no quedo como una valiente. Con todo hice las maletas y me marché de vacaciones con la idea de dar marcha atrás rondando, y los fantasmas de la lista del paro acechándome como los dementores a Harry Potter. Sabía que siempre podía volver con las orejas gachas y renunciar a la dignidad y al desempleo a cambio de alargar la situación un año o dos más. Mi adorada M. y yo marchamos a Ibiza y allí (casi) se me olvidó el tema entre arena, agua, puestas de sol y reggaeton en la radio.
El mismo día que volví de Ibiza marché hacia Galicia a embarcarme en el velero. El resto de la tripulación estaba ya allí, y me esperaban para zarpar (para salir, vaya, otra muestra de ampliación semántica). Después de deshacer la maleta (yo llevo maleta allá donde voy, aunque sea un velero del tamaño de una cajetilla de Camel) y hacer las últimas compras, nos pusimos en marcha.
Quien crea que hacerse a la mar sin tripulación cualificada es un viaje de placer y relax, se equivoca. Yo había hecho un par de cruceros en grandes barcos y recordaba la experiencia como un conjunto de turismo, mareos y barra libre non-stop en la cubierta al ritmo de orquestas y dj´s que amenizaban sin parar.
Pero como en todo, hasta que no te ves en el berenjenal no entiendes lo que implica que un velero avance y la cantidad de factores humanos, meteorológicos, materiales e incluso casuales que tienen que confluir con la luna en Júpiter para que cada paso salga bien. El cuadro que dábamos con nuestros complementos rogelios (pamelas, bikinis y gafas fashion) amarrando los cabos en medio de las maniobras era para cobrar entrada.
Lo que es curioso es que para hacer maniobras de modificación de la dirección del barco (es decir, para ir hacia la izquierda, hacia la derecha, dar la vuelta, etc) hay que (aquí es donde me flipo) aproar el barco, es decir, dirigirlo hacia la proa, vamos, ponerse de cara al viento. Es la única manera de cambiar de rumbo hacia otras partes del ancho mar.
Durante las vacaciones, y pensando seriamente aceptar la oferta tercermundista que me ofrecían en el curro por miedo al paro (que es como el Coco pero para trabajador@s), me he dado cuenta de que en la vida, efectivamente, hay que aproar para poder cambiar de rumbo, en todo. Intentar hacerlo a medias sólo conduce a cambios a medias. Para virar en serio hay que enfrentarse a las circunstancias y poner todas las velas a disposición del viento, y confiar en que las condiciones serán favorables a los cambios.
Hace poco ví una peli que terminaba así:
"Al final, todo acaba bien. Y si no acaba bien, es que aún no es el final".
Pues eso, feliz Septiembre y en tiempos de crisis a aproarse, coño.
jueves, 27 de octubre de 2011
Soy yogini
Según los escritos, "Yogini es una palabra que se refiere a las mujeres que dedican parte de su vida a buscar el bienestar, al conocimiento interior y al bienestar espiritual". Pues eso, que soy yogini, o eso dice Cris, nuestra profe de yoga.
Lo de hacer yoga vino de parte de mi fisioterapeuta. Un fisioterapeuta es una persona que te palpa una parte del cuerpo, preferentemente musculada, que tienes llenas de contracturas, nudos y dolores, después te apalea, te retuerce y te machaca y encima te cobra por ello. Una clínica de fisioterapia es un lugar en el que entras con el cuerpo hecho polvo y pensando que no puedes estar peor y sales con el cuerpo hecho polvo y constatando que sí, que podías estar peor. Sólo mi fisioterapeuta y mi prima B., que también es fisio, son capaces de tocarte sin hacerte (demasiado) daño. El resto, a la hoguera.
Mi fisio, un chaval encantador que no sólo no hace daño sino que te hace volver a creer en la vida y volver a girar el cuello con pasmosa normalidad, me dijo después de darme la millonésima sesión para descontracturarme:
- Tienes que hacer algún ejercicio específico de estiramientos o tendrás contracturas toda tu vida. Elige entre pilates, natación y yoga.
La natación no me gusta, y lo sé. Durante años nadé en mi época colegial y me aburría como una ostra. Existe una línea muy delgada entre la relajación y el aburrimiento, y yo la sobrepasé demasiado rápido cuando nadaba. Además de aburrirme, me congelaba en invierno con el pelo mojado, me tenía que depilar a la perfección todo el año y el bañador es una prenda incómoda, así que ni siquiera se me pasó por la cabeza dedicarme a hacer largos.
El pilates me cae mal. Dirá mi amigo Fer que el pilates es marvilloso, que se conoce gente maravillosa (o no) y que es sanísimo, pero aunque le adore y le de la razón siempre, en este caso no me da la gana aceptarlo porque el pilates engaña: te lo venden como algo relajado y equilibrado y es la clásica gimnasia de siempre pero haciéndote ver que no la haces, total, una vil mentira de la que sales sudando a litros.
Con este panorama me decidí por probar el yoga.
R. y yo nos calzamos las mallas (prenda que nunca sentó bien hasta que Decathlon sacó mallas de todo tipo y pelaje y consigues dejar de parecer una abuela en clase de gym-jazz) y empezamos por ir a una clase de Hatha yoga en un centro cerca de casa con muy buena pinta. Al entrar, nos hicieron quitar los zapatos y los calcetines y dejarlos en una especie de estantería de tela, muy propia de Ikea. Después pasamos a una sala donde varias mujeres de una edad considerable se abalanzaban, literalmente, sobre una montaña de mantas para escoger la mejor. Buscamos un sitio discreto, cogimos una manta y esperamos a que la eminencia docente hiciera su aparición.
El profesor, un tal Guru Himayinar (nombre ficticio, pero por ahí era) de nombre Manolo Díaz (también ficticio, pero también era del estilo) surgió de repente (lo juro, no caminó, no entró, simplemente surgió) y comenzó a cantar con una voz grave y melodiosa que nos hipnotizó al minuto. Nos hizo repetir unos cuantos cantos sin darnos explicación ninguna (ahora sé que esos cantos se llaman mantras) y acto seguido empezó a contorsionarse para nuestro asombro. Por si acaso no había sido suficiente, las mujeres, aparentemente rígidas como varas, comenzaron a imitarle, y creedme, yo no llego ni de coña a donde aquellas mujeres llegaban. Lo de ponerme la pierna en la oreja ya ni lo comento.
Después de flipar en colores durante hora y media, salimos de aquella clase para no volver. No es que la cosa nos hubiera disgustado demasiado, pero los 55€ que cobraban mensuales por ir un día semanal a partirnos el esternón nos parecieron desorbitados.
Pocos días después, y tras la segunda charleta de mi fisio, probé en un segundo centro. El sitio era muy acogedor, un pisito también cerca de casa en el que una mujer guapísima, rubísima y delgadísima me recibió con una sonrisa. Fui a entrar hasta la sala que intuí al fondo y casi me da un infarto:
- ¡¡¡¡¡¡NO ENTRES!!!!!!!! -sonó un grito detrás de mi espalda.
Me quedé clavadita en el sitio.
- Quítate primero los zapatos, que la energía de la calle es mejor que no entre a la sala - me dijo la profesora con voz ya un poco más dulce.
Me dejó muerta. Una coas es una cosa y otra cosa es otra, así que tal cual me volví a poner los zapatos y me fui a mi casa dejando a la rubia espectacular con la palabra en la boca.
En las siguientes semanas R. y yo probamos diferentes sitios, desde sesiones maratonianas de Bikram yoga (un tipo de yoga que se practica en una habitación caliente, vamos, lo que es una sauna de toda la vida, para prevenir lesiones, contracturas y dolores varios. Sólo os digo que lo probéis. L@s que sobreviváis, ya me contáis qué tal la experiencia) hasta sesiones de Hatha yoga (el que habíamos hecho en el primer centro, un tipo de yoga principalmente postural, lo que los antiguos gurús hacían para descontracturar el cuerpo y meditar profundamente) impartidas en gimnasios, donde lo más parecido a la relajación es la ducha.
Yo ya estaba desesperada. No me había gastado aún un duro (aprovechaba la clásica clase de prueba que regalan en casi todos los lugares) pero mi objetivo, que era encontrar un buen lugar para hacer yoga, seguía sin ser conseguido. He de decir que terminé por pensar que el yoga era algo absurdo y que no era para mí. Mi amiga R. estaba también desesperada y cansada de ir de lado a lado rodeándose de gente de lo más variopinta. Mis contracturas iban a peor y mi fisio cada vez insistía más en la necesidad de hacer algún ejercicio de espalda.
Para quitarme el estrés acompañé a mi amiga M.a ver a una colega que había conocido en un curso hacía relativamente poco. Llegamos a su casa y, hablando con ella, me contó que era profesora de Kundalini yoga (un tipo de yoga que mezcla de forma equilibrada meditación y ejercicios de muchos tipos) y me comentó:
- Pues tengo ganas de montar un grupillo de Kundalini yoga, con poca gente y no muy caro. Si te interesa me dices y te aviso cuando lo monte.
El cielo se me abrió. Es de esas veces que tienes una palpitación de "Ésta es la buena". Como cuando te has comido unas cuantas pipas agrias y llegas a una que dices "ésta no va a saber a palo, ésta me quita el mal sabor". Le dije que sí al instante.
Poco tiempo después recibí un correo suyo. El grupo empezaba, me dijo, y tuve que hacer durante unos meses malabrismos con mi horario en el cole para llegar a clase, que sólo se impartía en un horario determinado que me coincidía con las clases.
Ahí descubrí que el yoga era lo mío.
No sabría describiros la sensación que se siente cuando todas las personas que estamos ahí conectamos, y os juro que se conecta. Nos contorsionamos, nos estiramos, sudamos como pollos, nos marcamos, nos relacionamos (o no), nos escuchamos, nos comunicamos sin hablar. Y sobre todo, el yoga, en todas sus variantes, es un ejercicio de superación. Creedme cuando digo que más de una vez he pensado que me rompía un hueso, o que nunca más podría devolverle a una parte del cuerpo su forma original viendo la contorsión que estaba experimentando. Estar cada segundo haciendo un ejercicio o montando una postura es un arma que se hace bastante más poderosa cuando la llevas a la vida, en esos momentos en los que crees que no puedes más.
Si no quieres, vale. Pero siempre se puede salir. Siempre se puede seguir. Siempre puedes darle una nueva vuelta.
Y todo esto, como siempre en el mundo de la docencia, tiene mucho peso de la profe. Ay, cómo es Cris. Me encanta de ella que no siempre tenga la sonrisa en la boca. Me gusta la gente auténtica, la gente de verdad, y la gente de verdad no siempre tiene un día maravilloso.
Cómo nos cuida, cómo nos quiere, cómo sabe, no sé cómo, lo que necesitamos cada día. Al corregirte lo hace con dulzura, como haciéndote sentir que los errores son parte de los aprendizajes. Al reforzarte lo hace con firmeza, felicitándote por lo que consigues. Y nos fuerza a sonreírnos. Cuando estás al borde de la muerte y te sonríes, te das cuenta de lo absurdo que es el vaso de agua en el que a veces nos ahogamos.
Y sobre todo, sobre todo, me encanta cuando me arropa durante la relajación (que hacemos después de los ejercicios para recuperar) y me da un beso en la frente después de apagar la luz. Me recuerda a mi madre cuando me acostaba en la cama de pequeña y se quedaba conmigo hasta que me dormía. Ese momento en el que sientes que nada malo puede pasar, en el que disfrutas de verdad de ser.
Estoy eternamente agradecida al profesor gurú que se aparecía, a la profesora rubia que me gritó por entrar con zapatos, a la sauna donde mi hidratación peligró considerablemente, a los monitores de gimnasio que me hicieron renegar y a todas las personas que me hicieron pensar que, como tantas otras veces, no estaba en lo cierto y que me llevaron hasta Cris.
Porque sólo equivocándote puedes acertar.
Porque sólo sintiendo que no puedes más puedes darte cuenta de que sigues viva.
Lo de hacer yoga vino de parte de mi fisioterapeuta. Un fisioterapeuta es una persona que te palpa una parte del cuerpo, preferentemente musculada, que tienes llenas de contracturas, nudos y dolores, después te apalea, te retuerce y te machaca y encima te cobra por ello. Una clínica de fisioterapia es un lugar en el que entras con el cuerpo hecho polvo y pensando que no puedes estar peor y sales con el cuerpo hecho polvo y constatando que sí, que podías estar peor. Sólo mi fisioterapeuta y mi prima B., que también es fisio, son capaces de tocarte sin hacerte (demasiado) daño. El resto, a la hoguera.
Mi fisio, un chaval encantador que no sólo no hace daño sino que te hace volver a creer en la vida y volver a girar el cuello con pasmosa normalidad, me dijo después de darme la millonésima sesión para descontracturarme:
- Tienes que hacer algún ejercicio específico de estiramientos o tendrás contracturas toda tu vida. Elige entre pilates, natación y yoga.
La natación no me gusta, y lo sé. Durante años nadé en mi época colegial y me aburría como una ostra. Existe una línea muy delgada entre la relajación y el aburrimiento, y yo la sobrepasé demasiado rápido cuando nadaba. Además de aburrirme, me congelaba en invierno con el pelo mojado, me tenía que depilar a la perfección todo el año y el bañador es una prenda incómoda, así que ni siquiera se me pasó por la cabeza dedicarme a hacer largos.
El pilates me cae mal. Dirá mi amigo Fer que el pilates es marvilloso, que se conoce gente maravillosa (o no) y que es sanísimo, pero aunque le adore y le de la razón siempre, en este caso no me da la gana aceptarlo porque el pilates engaña: te lo venden como algo relajado y equilibrado y es la clásica gimnasia de siempre pero haciéndote ver que no la haces, total, una vil mentira de la que sales sudando a litros.
Con este panorama me decidí por probar el yoga.
R. y yo nos calzamos las mallas (prenda que nunca sentó bien hasta que Decathlon sacó mallas de todo tipo y pelaje y consigues dejar de parecer una abuela en clase de gym-jazz) y empezamos por ir a una clase de Hatha yoga en un centro cerca de casa con muy buena pinta. Al entrar, nos hicieron quitar los zapatos y los calcetines y dejarlos en una especie de estantería de tela, muy propia de Ikea. Después pasamos a una sala donde varias mujeres de una edad considerable se abalanzaban, literalmente, sobre una montaña de mantas para escoger la mejor. Buscamos un sitio discreto, cogimos una manta y esperamos a que la eminencia docente hiciera su aparición.
El profesor, un tal Guru Himayinar (nombre ficticio, pero por ahí era) de nombre Manolo Díaz (también ficticio, pero también era del estilo) surgió de repente (lo juro, no caminó, no entró, simplemente surgió) y comenzó a cantar con una voz grave y melodiosa que nos hipnotizó al minuto. Nos hizo repetir unos cuantos cantos sin darnos explicación ninguna (ahora sé que esos cantos se llaman mantras) y acto seguido empezó a contorsionarse para nuestro asombro. Por si acaso no había sido suficiente, las mujeres, aparentemente rígidas como varas, comenzaron a imitarle, y creedme, yo no llego ni de coña a donde aquellas mujeres llegaban. Lo de ponerme la pierna en la oreja ya ni lo comento.
Después de flipar en colores durante hora y media, salimos de aquella clase para no volver. No es que la cosa nos hubiera disgustado demasiado, pero los 55€ que cobraban mensuales por ir un día semanal a partirnos el esternón nos parecieron desorbitados.
Pocos días después, y tras la segunda charleta de mi fisio, probé en un segundo centro. El sitio era muy acogedor, un pisito también cerca de casa en el que una mujer guapísima, rubísima y delgadísima me recibió con una sonrisa. Fui a entrar hasta la sala que intuí al fondo y casi me da un infarto:
- ¡¡¡¡¡¡NO ENTRES!!!!!!!! -sonó un grito detrás de mi espalda.
Me quedé clavadita en el sitio.
- Quítate primero los zapatos, que la energía de la calle es mejor que no entre a la sala - me dijo la profesora con voz ya un poco más dulce.
Me dejó muerta. Una coas es una cosa y otra cosa es otra, así que tal cual me volví a poner los zapatos y me fui a mi casa dejando a la rubia espectacular con la palabra en la boca.
En las siguientes semanas R. y yo probamos diferentes sitios, desde sesiones maratonianas de Bikram yoga (un tipo de yoga que se practica en una habitación caliente, vamos, lo que es una sauna de toda la vida, para prevenir lesiones, contracturas y dolores varios. Sólo os digo que lo probéis. L@s que sobreviváis, ya me contáis qué tal la experiencia) hasta sesiones de Hatha yoga (el que habíamos hecho en el primer centro, un tipo de yoga principalmente postural, lo que los antiguos gurús hacían para descontracturar el cuerpo y meditar profundamente) impartidas en gimnasios, donde lo más parecido a la relajación es la ducha.
Yo ya estaba desesperada. No me había gastado aún un duro (aprovechaba la clásica clase de prueba que regalan en casi todos los lugares) pero mi objetivo, que era encontrar un buen lugar para hacer yoga, seguía sin ser conseguido. He de decir que terminé por pensar que el yoga era algo absurdo y que no era para mí. Mi amiga R. estaba también desesperada y cansada de ir de lado a lado rodeándose de gente de lo más variopinta. Mis contracturas iban a peor y mi fisio cada vez insistía más en la necesidad de hacer algún ejercicio de espalda.
Para quitarme el estrés acompañé a mi amiga M.a ver a una colega que había conocido en un curso hacía relativamente poco. Llegamos a su casa y, hablando con ella, me contó que era profesora de Kundalini yoga (un tipo de yoga que mezcla de forma equilibrada meditación y ejercicios de muchos tipos) y me comentó:
- Pues tengo ganas de montar un grupillo de Kundalini yoga, con poca gente y no muy caro. Si te interesa me dices y te aviso cuando lo monte.
El cielo se me abrió. Es de esas veces que tienes una palpitación de "Ésta es la buena". Como cuando te has comido unas cuantas pipas agrias y llegas a una que dices "ésta no va a saber a palo, ésta me quita el mal sabor". Le dije que sí al instante.
Poco tiempo después recibí un correo suyo. El grupo empezaba, me dijo, y tuve que hacer durante unos meses malabrismos con mi horario en el cole para llegar a clase, que sólo se impartía en un horario determinado que me coincidía con las clases.
Ahí descubrí que el yoga era lo mío.
No sabría describiros la sensación que se siente cuando todas las personas que estamos ahí conectamos, y os juro que se conecta. Nos contorsionamos, nos estiramos, sudamos como pollos, nos marcamos, nos relacionamos (o no), nos escuchamos, nos comunicamos sin hablar. Y sobre todo, el yoga, en todas sus variantes, es un ejercicio de superación. Creedme cuando digo que más de una vez he pensado que me rompía un hueso, o que nunca más podría devolverle a una parte del cuerpo su forma original viendo la contorsión que estaba experimentando. Estar cada segundo haciendo un ejercicio o montando una postura es un arma que se hace bastante más poderosa cuando la llevas a la vida, en esos momentos en los que crees que no puedes más.
Si no quieres, vale. Pero siempre se puede salir. Siempre se puede seguir. Siempre puedes darle una nueva vuelta.
Y todo esto, como siempre en el mundo de la docencia, tiene mucho peso de la profe. Ay, cómo es Cris. Me encanta de ella que no siempre tenga la sonrisa en la boca. Me gusta la gente auténtica, la gente de verdad, y la gente de verdad no siempre tiene un día maravilloso.
Cómo nos cuida, cómo nos quiere, cómo sabe, no sé cómo, lo que necesitamos cada día. Al corregirte lo hace con dulzura, como haciéndote sentir que los errores son parte de los aprendizajes. Al reforzarte lo hace con firmeza, felicitándote por lo que consigues. Y nos fuerza a sonreírnos. Cuando estás al borde de la muerte y te sonríes, te das cuenta de lo absurdo que es el vaso de agua en el que a veces nos ahogamos.
Y sobre todo, sobre todo, me encanta cuando me arropa durante la relajación (que hacemos después de los ejercicios para recuperar) y me da un beso en la frente después de apagar la luz. Me recuerda a mi madre cuando me acostaba en la cama de pequeña y se quedaba conmigo hasta que me dormía. Ese momento en el que sientes que nada malo puede pasar, en el que disfrutas de verdad de ser.
Estoy eternamente agradecida al profesor gurú que se aparecía, a la profesora rubia que me gritó por entrar con zapatos, a la sauna donde mi hidratación peligró considerablemente, a los monitores de gimnasio que me hicieron renegar y a todas las personas que me hicieron pensar que, como tantas otras veces, no estaba en lo cierto y que me llevaron hasta Cris.
Porque sólo equivocándote puedes acertar.
Porque sólo sintiendo que no puedes más puedes darte cuenta de que sigues viva.
lunes, 7 de marzo de 2011
Canción de amor propio
"A veces me desdoblo, y me digo al oído: qué bueno respirar, sentirse vivo. ¡Qué suerte que te cruces por mi camino! (...) Qué grato es encontrarme, vaya donde vaya, por más que me cuento mis chistes siempre me hacen gracia, si me voy, si me duermo, la vida se apaga, qué potra saber que siempre me seré fiel, ¡qué suerte desde un principio caerme tan bien...!".
Esta reflexión no es mía (que ya me gustaría) sino de Ismael Serrano en su tema "Canción de amor propio" (si te apetece escucharla, puedes hacerlo pinchando aquí). Esa canción empieza como ha empezado esta entrada y es, en resumen, una oda a mí misma. Si la escuchas tú, será un homenaje a tí, porque se trata de elogiarse a un@ mism@, que es algo que no hacemos muy a menudo.
Adoro esta canción porque habitualmente, la música habla de otras personas: personas de las que te has enamorado, o personas a las que quieres, o a las que odias, o hablan de la familia, o de l@s amig@s... sin embargo, hay pocas canciones dedicadas a hablarle con amor a un@ mism@, y esta es una de esas canciones.
Reconozco que soy de esas personas que adoran estar rodeadas de gente; durante muchos años de mi vida, he pasado verdadero terror estando sola. No era una cuestión de sentirme sola, sino de estarlo de verdad, de no tener a nadie cerca si me pasaba algo, de no escuchar más voces que la mía, de no poder pedir ayuda si la necesitaba. Mis mayores terrores se enfocaban a momentos de soledad: terror nocturno si dormía completamente sola, imposibilidad total de quedarme sola en casa, pánico a caminar sola por la calle de noche... incluso el silencio me hacía sentir incómoda.
Paralelamente, he vivido todos estos años admirando a gente y queriendo parecerme a esas personas. Ser "tan buena como...", "tan trabajadora como...", "tan guapa como...", "tan feliz como...". Y de repente, un día, todo eso cambió.
Cambió el día en que me conocí.
No es redundar, no, señores y señoritas. Una puede convivir toda la vida consigo misma sin conocerse. Resulta que yo, por suerte, me conocí. Y me gusté.
Me gustaron mis manías, me parecieron racionales y soportables (yo, desde luego, las soporto perfectamente).
Me gustaron mis gustos, mis pequeños placeres, mis formas de disfrutar. Me gustó mi sensibilidad, no es mucha, ni poca, pero es la mía. Y me gusta.
Me gustaron mis miedos, porque tenerlos significa cuestionarme muchas cosas y afrontarlas. Me gustó aceptar que están ahí, esperando a ser superados.
Me gustó mi rutina, porque la he elegido yo. Me gustó mi pasión por mi trabajo, por dedicarme a lo que me gusta.
Me gustó el amor que encontré dentro de mí. Me hizo feliz descubrir que quiero a mucha gente y que me siento querida por otras tantas personas. Me gustó saber que no me siento sola (o no siempre).
Me gusté, en definitiva. Me caí bien.
Y decidí que lo más inteligente, lo más sabio, lo más natural, es cuidar lo que a una le gusta. Como se cuida a los buenos amigos y amigas, a la familia, como se cuida una parcela de la vida, como se cuida un puesto de trabajo o un jersey al que se le tiene cariño. Como se cuida a una pareja a la que se quiere, como se cuida a un hijo o a una hija porque es fruto de una misma.
Así que, en consecuencia, decidí cuidarme. Decidí apoyarme, estar conmigo siempre, porque en definitiva, soy mi mejor compañera de viaje. La gente va, viene, desaparece y vuelve, pero yo voy a estar conmigo hasta el fin de mis días.
Decidí creer en mí, siempre, ante cualquier circunstancia. Darme un voto de confianza, permitirme intentar las cosas. Decidí no regañarme si no lo consigo, no hacer que la desilusión se apodere de mí cuando las cosas no me salen, o no como yo quiero.
Decidí respetarme, no hacerme daño. No decirme cosas que pudieran herirme, no machacarme con errores pasados o incertidumbres futuras. Serme fiel, siempre, en todo momento, no traicionarme nunca.
Pero sobre todo, por encima de todo, decidí quererme. Quererme tanto que, en caso de entrar en conflicto conmigo misma, siempre ganase mi amor por mí, por valorarme por ser quien soy y por quien quiero ser.
De ahí nació mi "Canción de amor propio". Y me la canto siempre que puedo, porque no hay nada como recordarme a mí misma que soy feliz de tenerme cerca.
"A veces me desdoblo, y me digo al oído: ¡Qué bueno respirar, sentirse vivo...!"
Esta reflexión no es mía (que ya me gustaría) sino de Ismael Serrano en su tema "Canción de amor propio" (si te apetece escucharla, puedes hacerlo pinchando aquí). Esa canción empieza como ha empezado esta entrada y es, en resumen, una oda a mí misma. Si la escuchas tú, será un homenaje a tí, porque se trata de elogiarse a un@ mism@, que es algo que no hacemos muy a menudo.
Adoro esta canción porque habitualmente, la música habla de otras personas: personas de las que te has enamorado, o personas a las que quieres, o a las que odias, o hablan de la familia, o de l@s amig@s... sin embargo, hay pocas canciones dedicadas a hablarle con amor a un@ mism@, y esta es una de esas canciones.
Reconozco que soy de esas personas que adoran estar rodeadas de gente; durante muchos años de mi vida, he pasado verdadero terror estando sola. No era una cuestión de sentirme sola, sino de estarlo de verdad, de no tener a nadie cerca si me pasaba algo, de no escuchar más voces que la mía, de no poder pedir ayuda si la necesitaba. Mis mayores terrores se enfocaban a momentos de soledad: terror nocturno si dormía completamente sola, imposibilidad total de quedarme sola en casa, pánico a caminar sola por la calle de noche... incluso el silencio me hacía sentir incómoda.
Paralelamente, he vivido todos estos años admirando a gente y queriendo parecerme a esas personas. Ser "tan buena como...", "tan trabajadora como...", "tan guapa como...", "tan feliz como...". Y de repente, un día, todo eso cambió.
Cambió el día en que me conocí.
No es redundar, no, señores y señoritas. Una puede convivir toda la vida consigo misma sin conocerse. Resulta que yo, por suerte, me conocí. Y me gusté.
Me gustaron mis manías, me parecieron racionales y soportables (yo, desde luego, las soporto perfectamente).
Me gustaron mis gustos, mis pequeños placeres, mis formas de disfrutar. Me gustó mi sensibilidad, no es mucha, ni poca, pero es la mía. Y me gusta.
Me gustaron mis miedos, porque tenerlos significa cuestionarme muchas cosas y afrontarlas. Me gustó aceptar que están ahí, esperando a ser superados.
Me gustó mi rutina, porque la he elegido yo. Me gustó mi pasión por mi trabajo, por dedicarme a lo que me gusta.
Me gustó el amor que encontré dentro de mí. Me hizo feliz descubrir que quiero a mucha gente y que me siento querida por otras tantas personas. Me gustó saber que no me siento sola (o no siempre).
Me gusté, en definitiva. Me caí bien.
Y decidí que lo más inteligente, lo más sabio, lo más natural, es cuidar lo que a una le gusta. Como se cuida a los buenos amigos y amigas, a la familia, como se cuida una parcela de la vida, como se cuida un puesto de trabajo o un jersey al que se le tiene cariño. Como se cuida a una pareja a la que se quiere, como se cuida a un hijo o a una hija porque es fruto de una misma.
Así que, en consecuencia, decidí cuidarme. Decidí apoyarme, estar conmigo siempre, porque en definitiva, soy mi mejor compañera de viaje. La gente va, viene, desaparece y vuelve, pero yo voy a estar conmigo hasta el fin de mis días.
Decidí creer en mí, siempre, ante cualquier circunstancia. Darme un voto de confianza, permitirme intentar las cosas. Decidí no regañarme si no lo consigo, no hacer que la desilusión se apodere de mí cuando las cosas no me salen, o no como yo quiero.
Decidí respetarme, no hacerme daño. No decirme cosas que pudieran herirme, no machacarme con errores pasados o incertidumbres futuras. Serme fiel, siempre, en todo momento, no traicionarme nunca.
Pero sobre todo, por encima de todo, decidí quererme. Quererme tanto que, en caso de entrar en conflicto conmigo misma, siempre ganase mi amor por mí, por valorarme por ser quien soy y por quien quiero ser.
De ahí nació mi "Canción de amor propio". Y me la canto siempre que puedo, porque no hay nada como recordarme a mí misma que soy feliz de tenerme cerca.
"A veces me desdoblo, y me digo al oído: ¡Qué bueno respirar, sentirse vivo...!"
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