"Pido perdón a los niños por haber dedicado este blog a personas mayores. (...) quiero dedicar este blog a los niños y niñas que estas personas han sido. Todas las personas mayores fueron primero niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria."

Adaptación de la dedicatoria del libro "El Principito", de Antoine Saint-Exupéry




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jueves, 11 de abril de 2013

A las personas no les preocupan los árboles

Mi gran amiga (y hermanadenosangre) María me lleva reclamando unos días:

- ¿Para cuándo un Cuentos Chinos?

Y yo venga a decir que sí, que sí, pero el hecho de llevar unos días desaparecida tiene su sentido: mi blog perdió accidentalmente su anonimato y parte de mi familia lo descubrió.

Nótese que yo a mi familia la amo con la fuerza de los mares, con el ímpetu del viento, en la distancia, en el tiempo, con mi alma y con mi carne, pero igual que no me llevo a mi madre de copas un viernes por la noche, hay según qué historias escritas aquí que me encanta que lean mis primas, mi hermana y mis amigas, pero que si se las puedo ahorrar a mis tíos o a mi abuela pues oye, eso que me llevo.

Y es que para mí éste blog es un reducto de paz, un tubo de escape, una ventana al mundo de ida y vuelta en la que a veces me vuelco y ni siquiera me doy cuenta. Por eso me bloqueé un poco cuando supe que mi familia lo había descubierto y me acojonó sutilmente verme tan expuesta sin necesidad.

No voy a contar las impresiones que he recibido del blog (que han sido maravillosas, por otro lado) por su parte, pero he pasado unos días dejando las aguas calmarse para retomar ahora con energía renovada.

Aquí debería empezar el post.

Hoy, en clase, una de mis alumnas me ha hecho la siguiente pregunta:

Alumna - Profe, ¿los coches tienen vida?
Yo- ¡No!
A- ¿Y los árboles?
Y- Los árboles sí, son seres vivos, como las flores y los animales, y como los seres humanos.
A- Entonces, si los árboles tienen vida y los coches no, ¿cómo es que la gente se preocupa mucho más de cuidar los coches que de cuidar los árboles?


Y me ha dejado seca, claro, porque de cuando en cuando los niños y las niñas hacen preguntas que te dejan sin respuesta, porque realmente no la tienen. A mí éstas son las preguntas que me preocupan, porque no sé contestarlas. Las clásicas de "¿De dónde vienen los niños?", "¿Existen los Reyes?" y demás son fáciles, tenemos la respuesta, son como el quesito verde del Trivial, que a priori puede parecer complejísimo pero luego es el más fácil. Sin embargo las preguntas como la de mi alumna son el quesito rosa, que tú ves "Cine y espectáculos" y dices "Bueno, éstas me las sé todas", y luego descubres que son enrevesadísimas y que jamás habrás visto suficiente cine como para contestarlas correctamente.

A mí hace ya tiempo que me preocupan mucho más las personas que los coches; los coches, para ser exacta, me importan una mierda, en parte porque no entiendo nada de su mecanismo (ni me interesa, aprobé el carnet a la cuarta y desde ahí lo único que me preocupa es moverme de lado a lado, encontrar hueco para aparcar y que funcione la radio) y en parte porque no he sido yo muy de máquinas.
Cuando tenía unos 12 años me regalaron una Game Boy y mi madre me la dio y me dijo muy seria:

- Como te enganches va la consola por la ventana.

Todavía está esperando que juegue más de cuatro veces la mujer.
 Y es que el ser humano es tan increíble que, desde que era pequeña, no he podido nunca estar pendiente de las máquinas.

Las personas, en cierto modo, somos similares a los árboles que le preocupan a mi alumna. Somos todos una misma esencia, y sin embargo la plasmamos de maneras muy distintas.
Casi todos los árboles comunes tienen raíces, tronco, ramas, hojas, y sin embargo no hay dos raíces iguales, dos troncos iguales, dos hojas iguales. Es un gran ejercicio recoger hojas (a l@s profes nos arregla dos meses del otoño entre murales y siluetas de plástica) y observar que cada hoja tiene una forma diferente, un tamaño diferente, un color distinto, un tacto particular. Como el ser humano.

Las raíces, algunas tan grandes, otras pequeñitas, algunas sobresalen por fuera de la tierra, otras permanecen eternamente bajo ella, buscando incansables alimento y agua para sobrevivir. Así son también las personas, que en su camino incansable van generando anclajes, algunos fuertes, otros más débiles, algunos visibles para el mundo, otros secretos, y siempre buscando nutrirse, sostenerse, sobrevivir.

Los troncos, unos leñosos, otros suaves, tan recios, tan flexibles a la vez, tan completos que imponen. Llaman tanto la atención que han sido durante décadas el lugar preferido de las parejas enamoradas para escribir sus iniciales y fechas y corazones y otras horteradas, sin darse cuenta en su ejercicio de que para plasmar su amor están hiriendo a otro ser vivo. Claro que el amor humano, muchas veces, es así también, consolidado a costa de las heridas ajenas.

Las ramas, delgadas pero fuertes, son los brazos del árbol, aspirando siempre a tocar el cielo, distribuídas para recoger lo mejor del sol, lo mejor de la lluvia, lo mejor del viento, en su justa medida siempre, para contribuír al crecimiento, sosteniendo las hojas, cobijando la sombra. El ser humano, ciertamente, aspira a llegar alto, muy alto, a veces hasta tocar al dios en el que cree, otras veces hasta tocar el infinito en el que también cree, y siempre intentando saber qué es lo mejor del viento, del sol, de la lluvia (traducido a nuestro mundo poca gente busca lo mejor del sol, pero busca lo mejor de un trabajo, de una pareja, de un amigo, de una hermana) para poder cogerlo y no soltarlo nunca, y utilizarlo para crecer y expandirse.


Lo maravilloso de los árboles es verlos en conjunto, en un bosque, confundiéndose y fundiéndose unos con otros para formar una alfombra de miles de colores, para dar sombra, para dar frescor, pero qué bonito es también ese árbol que se erige en la soledad, llenándolo todo, majestuoso, sin otra compañía que la suya propia. Ese árbol solitario luce sin necesidad de adornos ni arreglos. Ese árbol es maravilloso porque es él, sin más.

Así, también, es el ser humano.

Mi alumna no está lejos de la realidad: a la gente no le interesan los árboles. Siguiendo la estela de mi reflexión, es tan triste como que a la gente cada vez le interesan menos las personas, como le interesan poco los árboles, el sol, la lluvia y el viento. Y sin embargo se olvidan de que lo importante, como decía mi alumna, es apostar por la vida. Las máquinas, al final, son energía invertida que nunca vuelve.

Los árboles, como todo en la naturaleza, pasan por fases: crecen, se lucen, enferman, se caen sus hojas, tiemblan, se recuperan, mueren, renacen de su propia muerte, dejan poso en el suelo. Sin símiles: como el ser humano.

Me apasiona la vida (la de los árboles y la humana) porque es una alternancia de estaciones que no para jamás. Lo bueno es que, como en la naturaleza, tenemos una certeza: después de una estación viene la siguiente. Las flores terminan por salir, antes o después.

Jamás se ha dado en la naturaleza un año sin primavera.















Nota: Éste post va dedicado a María, por su compañía, por su insistencia, por hacerme sentir que merece la pena seguir volcándome aquí, aún a costa de que la gente me descubra. Gracias por ser el árbol que da sombra a muchos de nuestros momentos... Este post, sin ser premeditado, ha sido alumbrado íntegramente pensando en tí.



viernes, 20 de abril de 2012

Crónica de una muerte anunciada

La vida ha vuelto a su cauce, o al menos eso parece. La oposición pasó, y los resultados vendrán cuando los sapos bailen flamenco, o cuando a la Consejería de Educación le plazca, que es lo mismo. Opositar en Madrid es como jugar al Cluedo: se investiga, se formulan conjeturas, se desmienten rumores gracias a las pistas y cuando por fin crees tener la solución descubres la carta del asesino y... ¡zasca! Te has equivocado, y a empezar de nuevo.Pero eso sí, al final hay recompensa, ser funcionaria me va a cambiar la vida y por el monte las sardinas, tralará. En fin.

En estas semanas a mi cole ha llegado un niño famoso, de padres muy famosos y abuelos híperfamosos. Es divertido, el muchacho falta a clase una barbaridad porque al parecer está malito y no se acaba de recuperar, y luego le vemos en el Hola a bordo de un yate en Miami. Lo guay es que los padres se creen su micromundo de mariposas, así que lo mismo a la vuelta nos dicen que se fueron hasta allí a comprar el vaso de yogur que les hemos pedido para plantar una judía (experimento asqueroso donde los haya, y quien no lo crea que pruebe a oler ese algodón en el que fermenta una alubia cualquiera comprada en Mercanona). Lo que mola de ña gente que tiene imaginación es que te hace volar y meterte en historias fantásticas y maravillosas, así que me voy a comprar un trikini no sea que al niño le de por "coger la gripe" y nos inviten a las Maldivas a pasar la convalecencia con él (yo por mi alumnado lo que sea).

Recuperando mi nueva vida (o como me decía R., viviendo mi vida de siempre), he retomado la rutina, y por eso he bajado esta mañana a sentirme una marquesa. En realidad he bajado a comprar tabaco al estanco de debajo de mi casa, pero como el tabaco se ha puesto a precio de caviar, me siento una marquesa. Y comprar un cartón me genera una sensación de despilfarro que parece que me voy a comprar un coche a plazos.

Tener un estanco en el portal me convierte automáticamente en una privilegiada. Mi casa es la mejor del mundo por razones de variada naturaleza, pero principalmente porque tiene cinco cosas básicas en mi vida y en la de cualquiera a menos de 10 metros: un kiosco, un estanco, un bar,una tienda de chinos y una boca de metro. A pocos metros más tiene un Mercadona, un banco, un parque, una farmacia y un restaurante chino, por lo que creo que este entorno, en el que todos los servicios de primera necesidad están a tiro de piedra, es inmejorable para vivir, pernoctar y criar a los hijos. No me diréis que no.

Mi estanquera lleva muchos años vendiéndome tabaco, pero como es un ser de naturaleza rancia, solemos cruzar pocas palabras. Yo le tengo un rencor abierto porque jamás me ha regalado un mechero, y creo que ella me lo tiene a mí porque a veces le he sido infiel comprando tabaco en otros estancos del mundo. Yo quiero una relación abierta y ella quiere que sea su fiel clienta, pero la vida es dura y no se puede tener todo, así que nos sonreímos mucho pero luego nos cruzamos por la calle y nos miramos con rencorcillo. En verano ya nos odiamos abiertamente, porque vamos a la misma piscina, y yo la envidio porque ella tiene la mejor silla plegable del planeta pero ella me odia a mí porque me queda mejor el bikini (o eso quiero creer, porque no es que yo tenga buen cuerpo, es que ella tiene 60 años). Una relación rara, ya digo.

Lo único que me encanta de ella es su perro. Tiene un chucho feo como escupir en el suelo, pero le adora, tiene puesto un cojín en la ventana del estanco, y desde ahí el perrillo mira la vida pasar. Lo que no habrá visto la criatura, madre mía. Confieso que los primeros días en que empecé a vivir ahí creía que el perro era de porcelana, pero al tiempo le ví moverse y supe que respiraba como cualquier ser vivo que se precie. Esta mujer, que aparte de rancia es seca a más no poder, resplandece de orgullo cuando saca al perro a pasear, y estoy segura de que es el amor de su vida, porque juro que veo como el corazón le late más fuerte cuando el perrito la recibe meneando el rabo.

Cada vez que yo paso por el estanco le guiño, un ojo al perro, que por cierto, jamás he sabido como se llama. El perro nunca ha contestado a mi guiño, pero sé que me lo agradece, y que en el fondo de su ser él sí me habría regalado un mechero, así que le tengo aprecio, para qué negarlo.

Esta mañana he pasado y no le he visto, pero la estanquera, esa mujer de hierro, la Tatcher de mi barrio, estaba llorando amargamente. Entonces he hilado sucesos (y a esas horas de la mañana no era fácil): el estandarte del estanco y de la vida de la estanquera, solterona y amargada, se ha ido. Y por primera vez esa mujer ha dejado de ser un cuerpo detrás de un mostrador para ser una persona, que hoy estará más sola que nunca.

Estaba claro que el perro no iba a ser eterno, como nada en la vida. Ni la crisis, ni las personas ni la juventud, nada es para siempre. La estanquera empieza hoy una etapa distinta, quien sabe si con otro perro que pueda ocupar el cojín de la ventana para otear el horizonte, o quizás sola, enfrentando por primera vez el día a día sin unos ojitos emocionados que la miren pacientemente esperando salir a pasear.

Yo, por si acaso, seguiré guiñando el ojo al pasar por ahí, aunque sea a ella. Quizá una muerte que llevaba tiempo anunciada, sea para la estanquera el comienzo de una nueva vida.

lunes, 7 de febrero de 2011

El ataque de la iguana

Era un sábado como otro cualquiera en mi vida, con una pequeña diferencia: iba a entar al garaje por la rampa.

Al garaje de mi casa se puede acceder desde dentro del edificio por medio del montacargas (como ya sabrás si leíste mi post de lo duro que es vivir en comunidad, si quieres releerlo pincha aquí), y se sale por una rampa de doble sentido, por supuesto llena de columnas y desniveles para que la subida/bajada tenga emoción.
Lo suyo es entrar desde dentro del edificio, pero a veces, cuando bajo a comprar tabaco o a la compra, luego me da pereza entrar en casa otra vez y coger el ascensor (lo cual tiene delito porque el estanco y el supermercado están a 50 cm y 100m respectivamente de la puerta de mi casa), así que entro por la rampa, aún a riesgo de morir doblemente atropellada por los coches que entran y salen. Así soy yo, una amante de las emociones fuertes.

Como decía, estaba yo en uno de esos días perros en los que quería entrar al garaje por la rampa, y cuando estaba bajando me quedé completamente paralizada: una iguana me miraba fijamente desde la mitad de la rampa, interfiriendo claramente en el ángulo que yo tenía que atravesar para entrar a por el coche.

La moda esta de tener animales exóticos me pone de los nervios. De por sí soy una gran detractora de tener animales en casa, pero tener reptiles tropicales en pleno centro de una ciudad ya me parece el colmo para las pobres criaturas.
Mis vecin@s tienen varios "animalitos" de este tipo, y yo procuro no pensarlo porque, aunque no soy miedosa (con los animales digo), no quiero imaginarme que un día voy a coger el ascensor y me encuentro a uno de esos encantadores seres vivos esperando para bajar al portal con el primero que llegue.

Se deduce de esta reflexión que cuando vi la iguana en medio de la rampa, la poca serenidad que tengo se esfumó como lágrimas en la lluvia. Me quedé en el sitio sopesando varias variables: "¿atacan las iguanas? ¿serán como un perro, que si le tiro un cacho de carne se distrae y me permite pasar? ¿de dónde saco yo ahora medio filete? ¿de hecho, comen carne las iguanas? ¿podré sobrevivir sin coche? ¿encontraré a mi vecino para que me la quite del medio? ¿y si paso haciendo como que no la he visto y ya?".

Con tanta duda existencial, mi cabeza funcionaba a toda velocidad, así que actué como cualquier persona cuerda lo haría en esa situación: le tiré un palo.

No es que yo quisiera agredir a la iguana, ojo, pero quería saber si tirándole palitos se movería y conseguiría desplazarla hasta un lugar suficientemente alejado de la puerta para luego yo salir por patas y no darle opciones. Nada. La tía ni se inmutó con ese palito, ni con los 10 o 12 que le tiré después. Parecía no querer moverse y me miraba desafiante como diciendo: "pasas por aquí como yo me llamo Iguana, o no coges el coche, tú misma".

Mi desesperación crecía, porque ya llegaba tarde. Intenté buscar la ayuda comprensiva de un viandante cualquiera, pero los viandantes cualesquiera en esos momentos estaban muy ocupad@s en sus quehaceres cotidianos y no me prestaban atención ninguna.
Sopesé la idea de entrar por el portal, pero al salir iba a estar la iguana exactamente en el mismo sitio, y si bien no era de mi agrado, no quería verme en la tesitura de pasarle por encima con el coche.

Estuve un buen rato intentando acercarme, alejándome, tirando palitos, ramas, hojas, y todo lo que ví por allí y que no le fuera a hacer daño, pero la tía seguía impasible.

"Esto tiene que terminar", me dije a mí misma cuando llevaba media hora trazando un plan que no terminaba de salir, y armada con otro palo más grande, decidí acercarme a ella sigilosamente para tantearla de cerca.

Cuando estaba casi a su lado, oí una risita. "Mierda", pensé, "alguien me está viendo". Si hay algo peor que hacer el ridículo, es hacerlo y que te estén observando. Miré a todos lados, pero no vi a nadie, y seguí con mi plan de acercarme al reptil que me estaba descompensando emocionalmente.

Otra risita. Y otra. Y varias más. Cuando levanté la vista, ví a un señor de unoss 40 años con un niño de unos 8 que me miraban alucinados. El señor mandó callar la risa infantil, se me acercó y me dijo:

- Que al niño se le ha caído el bicho ese en la rampa y veníamos a buscarlo, pero como te veíamos parada en medio con ese palo, estábamos esperando a que te quitases para sacar el coche. Lo bien que hacen los muñecos estos, ¿eh?

Y cogió la iguana por la cabeza para dársela al niño cabrón que se reía a mis espaldas.

Un triste muñeco de plástico. En mi cabezonería por no acercarme, jamás pensé que fuera a ser de mentira, pero lo era. La iguana era de mentira y yo soy gilipollas, pensé en ese momento.

El sentimiento de ser imbécil me duró bastantes meses, de hecho creo que lo sigo teniendo. Los niños a veces son odiosos, las cosas como son, pero también es verdad que nos perdemos un montón de cosas por no acercarnos a verlas antes de intentar resolverlas desde la distancia.

De todo se puede sacar una reflexión, desde luego.

Qué filosófica estoy.