"Pido perdón a los niños por haber dedicado este blog a personas mayores. (...) quiero dedicar este blog a los niños y niñas que estas personas han sido. Todas las personas mayores fueron primero niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria."

Adaptación de la dedicatoria del libro "El Principito", de Antoine Saint-Exupéry




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jueves, 11 de abril de 2013

A las personas no les preocupan los árboles

Mi gran amiga (y hermanadenosangre) María me lleva reclamando unos días:

- ¿Para cuándo un Cuentos Chinos?

Y yo venga a decir que sí, que sí, pero el hecho de llevar unos días desaparecida tiene su sentido: mi blog perdió accidentalmente su anonimato y parte de mi familia lo descubrió.

Nótese que yo a mi familia la amo con la fuerza de los mares, con el ímpetu del viento, en la distancia, en el tiempo, con mi alma y con mi carne, pero igual que no me llevo a mi madre de copas un viernes por la noche, hay según qué historias escritas aquí que me encanta que lean mis primas, mi hermana y mis amigas, pero que si se las puedo ahorrar a mis tíos o a mi abuela pues oye, eso que me llevo.

Y es que para mí éste blog es un reducto de paz, un tubo de escape, una ventana al mundo de ida y vuelta en la que a veces me vuelco y ni siquiera me doy cuenta. Por eso me bloqueé un poco cuando supe que mi familia lo había descubierto y me acojonó sutilmente verme tan expuesta sin necesidad.

No voy a contar las impresiones que he recibido del blog (que han sido maravillosas, por otro lado) por su parte, pero he pasado unos días dejando las aguas calmarse para retomar ahora con energía renovada.

Aquí debería empezar el post.

Hoy, en clase, una de mis alumnas me ha hecho la siguiente pregunta:

Alumna - Profe, ¿los coches tienen vida?
Yo- ¡No!
A- ¿Y los árboles?
Y- Los árboles sí, son seres vivos, como las flores y los animales, y como los seres humanos.
A- Entonces, si los árboles tienen vida y los coches no, ¿cómo es que la gente se preocupa mucho más de cuidar los coches que de cuidar los árboles?


Y me ha dejado seca, claro, porque de cuando en cuando los niños y las niñas hacen preguntas que te dejan sin respuesta, porque realmente no la tienen. A mí éstas son las preguntas que me preocupan, porque no sé contestarlas. Las clásicas de "¿De dónde vienen los niños?", "¿Existen los Reyes?" y demás son fáciles, tenemos la respuesta, son como el quesito verde del Trivial, que a priori puede parecer complejísimo pero luego es el más fácil. Sin embargo las preguntas como la de mi alumna son el quesito rosa, que tú ves "Cine y espectáculos" y dices "Bueno, éstas me las sé todas", y luego descubres que son enrevesadísimas y que jamás habrás visto suficiente cine como para contestarlas correctamente.

A mí hace ya tiempo que me preocupan mucho más las personas que los coches; los coches, para ser exacta, me importan una mierda, en parte porque no entiendo nada de su mecanismo (ni me interesa, aprobé el carnet a la cuarta y desde ahí lo único que me preocupa es moverme de lado a lado, encontrar hueco para aparcar y que funcione la radio) y en parte porque no he sido yo muy de máquinas.
Cuando tenía unos 12 años me regalaron una Game Boy y mi madre me la dio y me dijo muy seria:

- Como te enganches va la consola por la ventana.

Todavía está esperando que juegue más de cuatro veces la mujer.
 Y es que el ser humano es tan increíble que, desde que era pequeña, no he podido nunca estar pendiente de las máquinas.

Las personas, en cierto modo, somos similares a los árboles que le preocupan a mi alumna. Somos todos una misma esencia, y sin embargo la plasmamos de maneras muy distintas.
Casi todos los árboles comunes tienen raíces, tronco, ramas, hojas, y sin embargo no hay dos raíces iguales, dos troncos iguales, dos hojas iguales. Es un gran ejercicio recoger hojas (a l@s profes nos arregla dos meses del otoño entre murales y siluetas de plástica) y observar que cada hoja tiene una forma diferente, un tamaño diferente, un color distinto, un tacto particular. Como el ser humano.

Las raíces, algunas tan grandes, otras pequeñitas, algunas sobresalen por fuera de la tierra, otras permanecen eternamente bajo ella, buscando incansables alimento y agua para sobrevivir. Así son también las personas, que en su camino incansable van generando anclajes, algunos fuertes, otros más débiles, algunos visibles para el mundo, otros secretos, y siempre buscando nutrirse, sostenerse, sobrevivir.

Los troncos, unos leñosos, otros suaves, tan recios, tan flexibles a la vez, tan completos que imponen. Llaman tanto la atención que han sido durante décadas el lugar preferido de las parejas enamoradas para escribir sus iniciales y fechas y corazones y otras horteradas, sin darse cuenta en su ejercicio de que para plasmar su amor están hiriendo a otro ser vivo. Claro que el amor humano, muchas veces, es así también, consolidado a costa de las heridas ajenas.

Las ramas, delgadas pero fuertes, son los brazos del árbol, aspirando siempre a tocar el cielo, distribuídas para recoger lo mejor del sol, lo mejor de la lluvia, lo mejor del viento, en su justa medida siempre, para contribuír al crecimiento, sosteniendo las hojas, cobijando la sombra. El ser humano, ciertamente, aspira a llegar alto, muy alto, a veces hasta tocar al dios en el que cree, otras veces hasta tocar el infinito en el que también cree, y siempre intentando saber qué es lo mejor del viento, del sol, de la lluvia (traducido a nuestro mundo poca gente busca lo mejor del sol, pero busca lo mejor de un trabajo, de una pareja, de un amigo, de una hermana) para poder cogerlo y no soltarlo nunca, y utilizarlo para crecer y expandirse.


Lo maravilloso de los árboles es verlos en conjunto, en un bosque, confundiéndose y fundiéndose unos con otros para formar una alfombra de miles de colores, para dar sombra, para dar frescor, pero qué bonito es también ese árbol que se erige en la soledad, llenándolo todo, majestuoso, sin otra compañía que la suya propia. Ese árbol solitario luce sin necesidad de adornos ni arreglos. Ese árbol es maravilloso porque es él, sin más.

Así, también, es el ser humano.

Mi alumna no está lejos de la realidad: a la gente no le interesan los árboles. Siguiendo la estela de mi reflexión, es tan triste como que a la gente cada vez le interesan menos las personas, como le interesan poco los árboles, el sol, la lluvia y el viento. Y sin embargo se olvidan de que lo importante, como decía mi alumna, es apostar por la vida. Las máquinas, al final, son energía invertida que nunca vuelve.

Los árboles, como todo en la naturaleza, pasan por fases: crecen, se lucen, enferman, se caen sus hojas, tiemblan, se recuperan, mueren, renacen de su propia muerte, dejan poso en el suelo. Sin símiles: como el ser humano.

Me apasiona la vida (la de los árboles y la humana) porque es una alternancia de estaciones que no para jamás. Lo bueno es que, como en la naturaleza, tenemos una certeza: después de una estación viene la siguiente. Las flores terminan por salir, antes o después.

Jamás se ha dado en la naturaleza un año sin primavera.















Nota: Éste post va dedicado a María, por su compañía, por su insistencia, por hacerme sentir que merece la pena seguir volcándome aquí, aún a costa de que la gente me descubra. Gracias por ser el árbol que da sombra a muchos de nuestros momentos... Este post, sin ser premeditado, ha sido alumbrado íntegramente pensando en tí.



viernes, 21 de septiembre de 2012

Decálogo a seguir para que un/a trabajador/a no salga de una entrevista en tu empresa con ganas de clavarte una cucharilla en el bazo

Como todo el mundo sabe (menos mi abuelo, que no se lo cuento para no darle el disgusto y acortarle la vida) en julio dejé el trabajo. Lo hice sin que una recortada apuntase a mi cabeza, voluntariamente, con ganas de romper con la esclavitud y cambiar de aires, y con la decisión de aproar mi vida para mirar hacia rumbos nuevos.

Esta decisión me ha llevado al inquietante mundo del desempleo, que no del paro, porque yo no me paro ni cuando estoy durmiendo. Soy de las que dan vueltas en la cama y roban sábanas, así lo digo. La vida es dura.

Por aquello de sentirme útil para la sociedad, he empezado a dar vueltecillas mirando trabajos. Sobra decir que el percal está para cobrar entrada y que cada vez veo más difícil ser maestra en este país, al menos tal y como yo concibo la educación. Como funcionaria las cosas estaban negras, pero ahora están opacas; sólo llaman a especialistas de inglés que no tienen ni un triste 0,5 de media, así que he pensado presentarme en la siguiente convocatoria por esta especialidad y cuando llegue al examen decir (con sonrisa desbordante):

- My name is Feis. Yours not. Yeah, yeah, oh yeah.


Y luego hacer gestos de negrata del Bronx chunga.

Tendré un cero, lo sé, pero tendré trabajo en septiembre. Total, si lo pronuncio bien igual me gano ese 0,5 y puedo incluso elegir destino.

Como maestra en la privada tampoco creas que está mejor la cosa. Cuando hago entrevistas se abstienen de mirarme a la cara y me piden un título que avale mi bilingüismo (já) certificado por Cambridge, que estoy deseando pedirle a esa gente que escriba en un papel "Cambridge" y echarme unas risas yo también. Parece que ahora no interesa que sepas escribir tu nombre correctamente mientras Cambridge firme un trozo de cartulina en la que certifique que te capacitan para trabajar en su cojocolegio bilingüe (¡JÁ!).

Total, que he tenido que rehacerme el currículum. Normalmente lo tengo actualizado, porque aunque tenga trabajo voy añadiendo experiencias por si me pasa como ahora, que necesito enviarlo y no recuerdo cuántas horas tenía tal curso o tal otro, o cuánto tiempo estuve aquí o allá. Elegir la foto es otro tema, así que creo que voy a contactar con el fotógrafo que ha hecho el book de la web de la Casa Real (doscientas y pico fotillos de nada en las que Doña Letizia parece Betty Missiego), que como total, ya lo he pagado (yo y tod@s vosotr@s) igual me hace precio de clienta habitual.

Mandar currículums es casi tan denigrante como llevarlos en mano. Yo creo que hay un error de concepto, o es que yo me tengo mucho amor a mí misma, que también puede ser, pero mi concepto es sencillo. Cuando voy a un lugar a llevar mi currículum no estoy mendigando un puesto de trabajo, no se confundan. No me hacen ningún favor. Estoy ofreciendo todo lo que soy y todo lo que puedo llegar a ser para que puedan sumarlo a los ya de por sí maravillosos perfiles con los que ya cuentan ustedes, y no lo hago tampoco para hacerles un favor a ustedes, porque busco remuneración. Pero no mendigo dinero ni un contrato indefinido. Vengo porque creo que puedo aportar algo, o al menos así lo veo yo.

El problema es que me siento como si fuese a las rebajas de enero a pelearme con otras cuatrocientas personas por un jersey de canalé, que después de matarte entre las estanterías te haces con él y descubres que quedaba mucho más mono en la percha, pero claro, casi llegas a la sangre por ese jersey, te sabe mal dejarlo ahora. Por eso tenemos los armarios llenos de ropa que no nos ponemos y por eso nos lucen los flequillos como nos lucen con los estreses laborales.


La cuestión es que en plena inmersión en el mundo de la búsqueda de empleo doy con esta noticia tomada de www.theartiststools.com (si quieres leerla entera puedes hacerlo en este link http://www.theartiststools.com/riot-cinema/#.UFuhha7KcxQ): la historia de Carlos, un chaval cualquiera de un lugar cualquiera de nuestra querida piel de toro que manda un mail a una productora llamada Riot Cinema para buscar trabajo. Hasta aquí todo correcto.

El caso es que el chaval comete el "garrafal" error de mandar ese mail como parte de un envío masivo de su currículum a decenas de empresas, y por tanto queda muy patente que es un mail genérico y a la productora le sienta fatal que el chaval ni se moleste en personalizarlo un poco. Hasta aquí es una cagada, pero el muchacho ha cometido ese error, no vamos a crucificarle por ello.


Pues sí.


Resulta que uno de los socios fundadores de la empresa, un tal Nicolás Alcalá, le contesta al mail humillándole y ridiculizándole hasta cotas insospechadas. Parece que Nicolás se cree por encima del bien y del mal, y por eso osa hablar a Carlos en términos en los que yo no hablaría ni al ser más paleto del planeta Tierra. He aquí el mail original y su respuesta.






Todo esto, por supuesto, terminó en escándalo mayúsculo y en la publicación de una disculpa pública en la página de la productora que, lejos de calmar los ánimos, ha hecho, como leía en uno de los comentarios, "que nuestra bilis suba hasta el ático".

La verdad es que aunque no haya estado fino, yo empatizo con Carlos (con el tal Nicolás este no, me alegro de que su productora se hunda en la miseria, por listo), porque no hay derecho, ni necesidad, de tratar así a quienes buscamos trabajo o la oportunidad de intentar integrarnos en empresas y centros laborales. Así que para que esto no vuelva a ocurrir, me permito decirte, querido Nicolas (y jefes y jefas de personal de este mundo), que lejos de buscarnos millones de defectos, os apuntéis antes mi Decálogo a seguir para que un/a trabajador/a no salga de una entrevista en tu empresa con ganas de clavarte una cucharilla en el bazo:

1.- Que yo busque trabajo en tu empresa no te convierte automáticamente en el señor feudal ni a mí en tu esclava. Somos personas en diferentes situaciones, pero personas. Trátame como tal.

2.- Ten piedad de mi estado de nerviosismo absoluto. No trates de putearme a muerte haciéndome de primeras preguntas completamente absurdas cuyas respuestas no necesitas pero que hacen que mi estómago se coloque a la altura de mi nariz (aproximadamente).

3.- Sé que no soy tú, pero tampoco creas que me interesa serlo. Sé que  no consideras que nadie esté a tu altura en la mayoría de los casos y que sabes más de la empresa que nadie, por eso estás entrevistándome. Te anticipo que no me ayudas echándome en cara todo lo que no he hecho. Háblame o déjame que te hable sobre lo que soy y lo que sé, y sobre todo acerca de lo que he hecho. Igual te sorprendo.

4.- Vale, quieres que hable idiomas. Muchos. Miles. En tu empresa es básico. Dame la oportunidad de demostrarte lo que sé: entrevístame (o que lo haga otra persona, si es tan importante digo yo que alguien hablará algo que no sea castellano, aunque sea élfico) en otro idioma y verás de lo que soy capaz.

5.- Ya que tú eres dios y yo no, demuéstralo en tus formas y en tus modales. No pienses que porque entrevistas tú puedes descuidar tu educación, no me hables mal ni me faltes al respeto.

6.- Yo no te conozco. Tú a mí tampoco. Ni somos colegas, ni familia, ni sabemos si lo hemos sido en otra vida. No me llames "niña", "chica", "nena" ni similares. Si no me permites tutearte, no lo hagas conmigo. Vuelve al punto uno de este decálogo: recuerda que yo también soy persona.

7.- Siendo tu empresa el mejor lugar del mundo mundial para currar (por eso me pides taaaaaaantos requisitos), demuestra que tenéis espacios medianamente acogedores para una entrevista. La cocina, la recepción (de pie), la sala del café o el cuartito de fumar no son lugares dignos de una charla relajada, y menos si la cosa va de querer conocerme o de que yo conozca tu empresa.

8.- Sé clar@: háblame de las condiciones en un lenguaje normal, no en una mezcla entre Punset y los Lunnis.Créeme, por lamentables que sea tu propuesta no me voy a asustar. Yo sabía a lo que venía, si no me interesa ya te lo haré saber.

9.- Léete mi currículum, aunque sea sobre la marcha. Haz como que te interesa y como que sabes cómo me llamo. Si te molesta recibir mails en cadena, imagínate como me sienta a mí que me entrevistes con las mismas palabras que a la anterior y al siguiente.

10.- Y sobre todo, por encima de todo, mi tiempo vale tanto como el tuyo, no me hagas que lo pierda. Si no te intereso en absoluto, dímelo educadamente y seguiremos con nuestros caminos en paz y armonía.


En fin, que estoy con Carlos.Y con todas las personas del mundo que están en situación de desempleo y aprenden en cada entrevista que lo importante no es hacerla: es sobrevivir a ella hasta el final. Yo sigo esperando que a veces salga Juanma Iturriaga con un ramo de flores y el pedazo de muñeco de Inocente Inocente para decirme que todo es una broma.

Y eso que sólo llevo 10 días buscando trabajo...


PD: Por cierto, si eres de esas personas que buscan a alguien como yo, una maestra enamorada de su profesión, con mucho que aprender y que ofrecer, no te cortes, ¡contacta conmigo! Prometo no decir nada del decálogo, al menos hasta el final de la entrevista ;)

miércoles, 11 de julio de 2012

La semana en la que fui Chiquito de la Calzada

Objetivamente, odio las Escuelas de verano de los coles. Nótese que no aludo a los Campamentos de verano, que oye, tienen sus excursiones, sus salidas, sus juegos interminables y sus días de piscina, bocata y solete, pero las Escuelas de verano son otro tema (y esta vez la expresión "tema del que quema" es completamente objetiva, porque con estas temperaturas cualquiera pisa el suelo sin zapatos) porque aunque tienen cosas guays transcurren en el cole y hay "clase", y eso, objetivamente, es un rollo repollo, como diría Manolito Gafotas.

En mi cole, ¡cómo no!, montamos Escuela de verano en un intento desesperado de que terminen de cuadrar las cuentas, que no se sabe por qué, en las empresas dedicadas a educación jamás cuadran. Yo pregunto si ésto no será una falta de previsión, porque en septiembre diseñamos un presupuesto inicial y luego siempre sobrepasamos el gasto previsto, pero nada, para eso están las jefas y jefes, para decirte que te calles la boca que tú no entiendes de números, que todo eso es "mucho más complicado de lo que parece". No sé si piensan que currar el mes de julio en algún momento me ha parecido "descomplicado", pero en fin, para qué discutir.

Nuestra Escuela de Verano no dura 1, ni 2, ni 3, ni 4, sino hasta 5 semanas. Si trabajar en un cole ya es a veces una tortura porque no puedes disfrutar con l@s peques de muchas cosas, imagínese el respetable lo que ocurre cuando un 15 de julio a las 12 de la mañana se escucha a mil niños y niñas chapotear en la piscina mientras a medio metro tú intentas cuadrar ese presupuesto del año que viene que ya sabes que jamás cuadrará. A mí se me pierde la vista entre los matorrales y me quedo parada, con la esperanza de que me llegue alguna gota de agua de la piscina, pero lo único que llega es este calor de locura, que entre la temperatura y los matorrales mi despacho parece Cayo Paloma (salvando las distancias, claro).

Así que hace una semana, decidí romper moldes y marcharme a la piscina con un grupo de peques de 3 y 4 años. La experiencia en sí ya se podría calificar de "deporte de riesgo", porque sólo el camino hasta allí es como una maratón que me río yo de las olimpiadas. Luego, cuando por fin consiguen llegar, al borde del coma, tienes que quitar camiseta por camiseta, pantalón por pantalón, vestiditos infernales (desde aquí una petición: JAMÁS pongáis a vuestras hijas vestidos cruzados o con mis corchetes, e incluso bodies para ir al cole o a un campamento, tened piedad de sus monitores y monitoras) y todos esos zapatitos y chanclitas de la muerte que acto seguido se desparejan y ya no hay quien vuelva a poner orden.

Después se vigila que esas 40 espaldas diminutas tengan crema, piernecillas y bracitos incluídos y después se ponen en esos bracitos los correspondientes manguitos, burbujas, tablas y un sinfín de gilipolleces más que inventan para que las criaturas floten en vez de enseñarles a nadar para que disfruten.

Cuando por fin conseguimos terminar (y ya lo hacemos en un tiempo récord, a alguno he estado a punto de arrancarle las orejas por sacarle la camiseta a toda velocidad) yo, literalmente, OBLIGO a todos los niños y niñas a bañarse, porque después del operativo y con este sol la gracia sería que encima no se metiesen. Mi criterio es mojarse, al menos, los tobillos, así que me paso la vida pintando rayitas y florecitas en tobillos pequeños que a la vuelta tienen que haber desaparecido por efecto de disolución en el cloro.

Pues aún con todo había dos niños que no querían meterse. El primero era un pijo de libro que no quiere mojarse el bañador porque le gusta el color que tiene cuando está seco. A estos les meto yo en el agua por las piernas y sin contemplaciones, pero es que le quiero tanto a pesar de todo que algunos días me meto con él.

El otro era un niño nuevo que el día antes de venir se cayó a la piscina en un descuido de sus padres y desde entonces ni ellos le han vuelto a meter ni él ha querido volver a intentarlo. Una suma de chorradas que al final acaban en un trauma infantil de cojones que el niño pagará dentro de 20 años de su bolsillo en sesiones interminables de psicoterapia, cuando eso se lo quitamos nosotras en medio minuto ahora mismo. El tiempo corre en nuestra contra.

Así que ahí tenías a los dos chulopiscinas sentados en sus toallas de Spiderman mirándome desafiantes. Uno decía que "estaba reposando" y que no se metía. Luego pasó a decir que "estaba un poco pachucho" y a la tercera me dijo claramente "que me dejes en paz de una vez, hombreya". El otro sólo lloraba y temblaba como un flan cuando le propuse un bañito en paz. Su monitoras, agotadas, me miraban desde el bordillo con cara de: "Dios mío, llévame pronto" y me decían que si no se querían bañar, pues que no se bañasen, pero que ellas pasaban de pelearse. Al final para estas cosas voy a la piscina.

Me los llevé de la mano berreando como locos (la gente me miraba como si fuese yo la protagonista de "La mano que mece la cuna") y les propuse un baño de tobillos mientras yo, desde fuera, les sujetaba las manos. Sólo meter los pies, se lo prometí. El pijo escéptico me dijo después de pensárselo que por los cojones se iba a bañar. El miedosillo me miraba con cara de terror y desencajado.

Reformulé la cuestión: o se metían conmigo o se metían sin mí. Tres segundos para tomar una decisión autónoma, sin presión. Dos segundos. Un segundo. El pijo escéptico se agarró de mis manos: "¡¡¡¡PERO NO ME SUELTAS, ¿¿¿VALE???!!!". Le juré por mi madre y todos mis ancestros que no le iba a soltar.
Le paseé por toda la piscina sujetándole las manos desde fuera, y él se lo pasaba en grande moviendo los piececillos. Cuando no pude más le subí de nuevo:

-¿Ha molado, eh?- le dije.
- Psé, séhhh- contestó él medio pasota medio sonriente.

A estas alturas el niño miedoso me miraba con los ojos desencajados. Había visto cómo me las gasto y estaba entre tener una crisis nerviosa o desmayarse. Fui a por él y empezó a llorar desconsolado. Le agarré las manos:

- Te prometo que sólo un piececillo, como si no quieres meter el otro.

Entendió cómo funciona la cosa e imitó a su amigo:

- ¿¿¿¡¡¡¡PERO SÓLO UN PIE, VALE????!!!! ¡¡¡Y NO ME SUELTES!!!
- Que no te suelto, que no- le dije.


Inicié la misma maniobra de inmersión con una diferencia muy sutil: este niño era el doble que el otro. Y le molaba el agua mucho menos que a su colega. Así que eso, en vez de ser un baño relajado, empezó bien pero pasó a ser una lucha histérica por salir del agua antes de entrar. Ya estaba notando yo que el universo me iba a castigar por hacer eso, pero aún así mandé al universo a la sala de espera e intenté calmarle hablándole al oído.  Cuando por fin se relajó y empezó a disfrutar, llegó el castigo: algo crujió dentro de mi ser y me quedé en un ángulo recto perfecto de espalda sin poderme mover.

El niño se empezó a angustiar por querer salir, y yo a rayarme porque no podía sacarle ni moverme. El socorrista, como siempre, estaba tomando el sol. Éramos el niño, yo y los elementos. Con ciertas dificultades conseguí sacarle de la piscina pero yo me quedé como Chiquito de la Calzada, sin poderme estirar. Fui en esa posición hasta el cole abandonando a la manada y me puse calor, pero nada. Ya había firmado un contrato con la vida para estar una semana como Quasimodo, el Jorobado de Notre Damme, y no podía hacer nada por evitarlo. El descojone general era algo con lo que ya contaba.

Menudo lumbago. Normal, cuando se fuerza pasan estas cosas, que al final todo pega un calambre que más que fastidiarte te está avisando: "Cuidado, que estás forzando mucho, cuidado, cuidado".

Así que para el resto de esta Escuela de verano, y mientras vuelvo a mi posición, he decidido disfrutar y no forzar. ¿Que no cuadra el presupuesto? Ya cuadrará mañana. ¿Que me apetece acercarme a la piscina? Me acerco. ¿Que tengo que invertir medio minuto más en abrochar un vestido? Pues lo invierto. Como dice R.: "Realidad sin esfuerzo": Importantísima.

Así que mientras tanto seguirmos disfrutando de Cayo Paloma, y de mis imitaciones de Chiquito, y de mis pobres pequeños, que al final de este curso habrán conseguido, seguro, que su mar particular vuelva a ser sólo una piscina.



sábado, 26 de mayo de 2012

El Artículo 14

Nuestro flamante ministro de educación (y no me da la gana de poner el título con mayúsculas porque él mismo ha devaluado la figura), el señor Wert, ha decidido que la prioridad número uno, total y absoluta, en el sistema educativo es darle una vuelta ideológica a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que recordemos es impartida en 5º curso de Educación Primaria. Resulta que esa asignatura va a ser rebautizada como "Educación cívica y Constitucional"; y me encanta, porque por un lado a l@s maestr@s se nos forma (¡ja!) para que trabajemos con ese instrumento demoníaco que es la pizarra digital en pro de formar al alumnado con las "tecnologías del futuro" pero se nos obliga a trabajar un documento redactado hace más de 30 años que casi ni se menciona en el libro de Cono. Además se eliminan todos los contenidos que aluden a los conflictos políticos, sociales o ideológicos, porque eso no interesa, ni importa, ni nos gusta que l@s chaval@s lo sepan, no sea que les de por manifestarse, por quejarse o por votar a un partido minoritario y ya se sabe que del cuestionamiento del modelo a las drogas y el reggaeton hay sólo un paso.

Total, que me tengo que aprender la Constitución de arriba abajo, porque claro, igual este señor no se ha parado a pensarlo, pero las maestras y maestros del mundo nos preparamos las clases y tenemos que hacer un trabajo previo importante. Pues ahí que me pongo con los artículos y antes de que haya pasado un minuto llego a esto:


CAPÍTULO II.
DERECHOS Y LIBERTADES.

Artículo 14.
Los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.



¿A que queda precioso así redactado? Una lee esto y piensa: "Joder, qué suerte tengo de ser española".

Pero una se va a trabajar con esta reflexión y tiene la mala suerte de que un niño se le cae en la clase y se parte el labio. Y cuando la criatura levanta la cabeza se da cuenta de que no es unniñocualquiera. De que es el hijo de Fulanito de Tal y Menganita de Pascual, ambos dos famosos, ambos dos forrados de pasta y ambos dos adorados por el resto de la Humanidad.

Entonces una, en su ignorancia y su conocimiento de la Constitución, entiende que todos los españoles (las españolas no estábamos en aquel entonces, sólo limpiábamos la casa y esperábamos a nuestros maridos sentadas en un sofá cubierto por una manta de croché con una sopa de sémola puesta en perola de loza encima de la mesa, llena de platos de Duralex y con servilletas de tela) somos iguales ante la ley, se lleva al niño diminuto al centro de salud, rodeado todo él (el niño, no el centro) de juguetes y muñecos para que se le pase el disgusto y no se de cuenta de que se acaba de dar la hostia padre.

Con ese percal, y sin ambulancia ni nada (la urgencia obliga), una se cruza medio pueblo con el niñoen brazos, pensando por qué cojones se puso una camisa blanca esta mañana que ahora aparece como si yo viniera de una reyerta pandillera, llena de sangre. La misma que escribe llega con la criatura en brazos al centro de salud, sudando como un pollo, hasta los ovarios de la sirena del coche de policía que el crío lleva en la mano ("la próxima vez se trae un peluche"; piensa para sus adentros) y con los DNIs de sus progenitores en la mano, la tarjeta del cole y la paciencia saliendo por todos los poros del cuerpo.

Después de esperar la cola del infierno, una llega al mostrador con el niño, los muñecos, los papeles, el mosqueo y la sangre e intenta hacerle entender a la amable señorita dónde se halla el problema. La amable señorita deja de ser "amable" al minuto uno, y "señorita" al minuto dos, y se convierte en Mrs. Mordor cuando, acto seguido, te informa de que allí no te atienden porque los padres de la criatura tienen seguro privado, y de que si quieres le ve el médico, pero previo pago.

Una se queda ojiplática y recoge al niño, los muñecos, los papeles, la paciencia y el alma (que ya anda por los pies) y mete todo ello junto con las taquicardias en su coche (obviamente los coches de empresa o la ruta del cole en este caso JAMÁS están disponibles cuando se los necesita), coge una sillita, la apaña en el coche, monta al crío y se lo lleva al hospital privado en el que se atenderá al pequeño, que a esas alturas ya ni siente ni padece y se está metiendo un pie del Nenuco en la boca con el consiguiente problema que supone en un labio partido el contacto bacteriano de un muñeco babeado por medio Colegio.

Ahora conduce, canta, baila (distrae al niño, vaya) y evita que se toque la herida, que llore, intenta localizar a la familia (por millonésima vez) y no pierdas de vista toda la parafernalia que llevas encima.

Si agobia leerlo, no te digo vivirlo. Y con la primavera cayendo encima a 40º a las 4 de la tarde.

Por fin se llega al hospital privado, donde servidora, criatura, aviones, cochecitos, Nenucos, papeles, sangre, sudor y lágrimas (literales) nos bajamos de mi humilde coche (para nada digno de ese ocupante hijo de la alta alcurnia, perfecto para una maestra que no sabe qué es la cirugía estética) donde la sillita queda colocada para la posterior vuelta.

Todos los entes entramos en el hospital donde hay una cola que parece la del paro, así que volvemos a esperar pacientemente a que nos atiendan. El pequeño sólo sabe decir "Mamá" y yo me siento como la protagonista de "La mano que mece la cuna", porque todo el mundo me pregunta "¿Es tuyo?" y yo digo "No, no, jeje" y el niño llora desesperado gritando "¡¡MAMÁAAAAA!! ¡¡MAMÁAAAA!!" y la gente me mira raro, como se mira a una secuestradora loca que lleva un niño en brazos, una camisa llena de sangre, los pelos revueltos y la cara empapada y va armada con un Nenuco.

Por fin llegamos al mostrador y ¡oh! ¡sorpresa! El señor recepcionista, que despacha a todos los enfermos hacia una sala de espera, al ver quiénes son los padres de la criatura abre una puerta trasera y le pasa el primero a un pequeño cuarto en el que al momento entran una enfermera, un pediatra, un cirujano de Traumatología y la señora de la limpieza, que intrigada quiere ver cómo es el muchacho al natural.

Y el resto de los españoles, que esperan la cola pacientemente, aceptan que ese niño rubio que busca a su mamá desesperado y al que acompaña una loca despeinada es alguien importante, y asumen con pasmosa entereza que el niño tiene prioridad por encima del resto de sus criaturas aunque el Artículo 14 de la Constitución diga lo contrario.

Pero no contentos con eso, los padres consiguen por fin ser localizados (estaban en una fiesta, de esas que todos y todas hacemos a las ¿¿3 de la tarde??) y acuden veloces al hospital, entran por la puerta de atrás entre gritos de miedo y suspiros lastimeros de ell@s mism@s y le preguntan al médico:

- Doctor, ¿es grave? ¿le quedará cicatriz? ¡¡Es que es la boca!! ¡¡LA BOCA!!

Y obvian a la acompañante, me obvian a mí, una española igual que ell@s ante la ley que no sólo lo es, sino que ha acompañado a su pequeño en los momentos posteriores a la hostia padre y le ha dado todo su amor, su paciencia y sus energías. Ni siquiera pueden pensar en tener ojos para alguien que no es su chiquitín.

Y por supuesto no dejan que le traten en ese hospital. Le llevan a su cirujano de confianza, porque ellos son españoles, iguales ante la ley que el resto de los demás, pero les van a recibir los primeros y a hacerle al niño un cosido de labio que ni Jesús del Pozo, el rey de las costuras. Y todo ello sin dar las gracias ni a los médicos, ni a la acompañante, ni a la cola de personas que se han dejado mangonear para que el crío pase el primero y que ahora, víctimas de esta sociedad de mierda, sólo están pendientes de si ella realmente es tan guapa como en la tele o él parece un poco más gordo que en las revistas.

Así que servidora se vuelve al coche, desmonta la sillita, se limpia el sudor y se mira en el retrovisor izquierdo para ver que parece que viene de la guerra. Y con cierta melancolía de quien sabe que no puede hacer nada y se siente vencida piensa en el próximo curso, cuando con total convencimiento tenga que decirles a sus alumnos y alumnas en algún momento del horario:

Buenos días, chicos y chicas, vamos por donde nos quedamos el último día. Empezamos. Artículo 14 de la Constitución Española: todos los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna...







jueves, 2 de junio de 2011

La función de fin de curso

Como todos los años por estas fechas, llega el final del curso escolar.

Con esta perspectiva, a tod@s se nos hace el camino más cuesta abajo: las peleas no nos molestan tanto, aguantamos un poco más los gritos y perdonamos los guisantes en el comedor. Es cierto que a ratos sentimos la enorme necesidad de meter a todos los niños y niñas en una clase y dejar que se maten entre ell@s, pero al contrario que nos pasaba en el mes de febrero (donde sólo queríamos morir), se nos pasa en poco tiempo.
La gente ya habla de vacaciones, verano, playas, hoteles, viajes en general; el café de media mañana está plagado de sonrisas y nos cedemos el paso a la salida:

- Anda, pasa tú.

- Fatlaría más, sal tú.

- Insisto, pasa, por favor.

- Que no mujer, si no tengo prisa, de verdad.

Es una versión laboral del clásico "Cuelgatú, quenocuelgatú" pero en vivo y en directo. Falta un niño subido en una nube algodonosa lanzando pétalos de rosa desde el dintel de la puerta.

Lo único que rompe todo este clima de amor y compañerismo que hace unos meses sólo era una utopía es la función de fin de curso.

La función de fin de curso es una especie de representación que suele salir entre medio regular y desastrosamente mal y que, por alguna extraña razón, a las familias les encanta.

No lo entiendo, la verdad, porque me juego la mano izquierda, que es con la que escribo, a que en su casa bailan diez veces mejor, cantan veinte veces mejor y hacen muchas más monerías, pero la diferencia radica en que en casa lo hacen en la soledad, sin tres decenas de ojos pendientes de sus cuerpecillos serranos y claro, lo bueno, si en público, dos veces bueno.

Desde todos los rincones del cole salen poesías, disfraces, papeles de teatro y cancioncillas pegadizas. Llevo cantando "Head, and shoulders, knees and toes" una semana porque se me ha grabado en el córtex cerebral a fuego lento, y me estoy empezando a desesperar.

En realidad, a l@s niñ@s no les gusta nada ensayar la puñetera función. Tienen que estar de pie en el escenario una hora, mientras l@s profes lo miramos desde todas las perspectivas a ver si la fila se ve torcida o si mejor les colocamos en semicírculo. Si eres alt@ tu madre ya se puede despedir de verte bailar, porque siempre vas en la fila de detrás. Yo creo que mi madre no vio jamás la parte inferior de mi cuerpo en una función de fin de curso, así que yo me ahorraba el movimiento de caderas y salía de allí con agujetas en la cara de tanto sonreír, porque para una cosa que se me veía tenía que lucirme en las fotos.

L@s que se ponen delante tampoco es que disfruten especialmente, porque por ser la avanzadilla de la función tienen que hacerlo todo perfecto. No te puede picar una oreja, ni tener ganas de estornudar, porque llenas de babas a toda la primera fila del público y eso queda feo, de toda la vida. Además te encuentras en la soledad ante el peligro, porque sólo puedes mirar hacia delante y buscar a tu madre y a tu padre (o abuela y abuelo en su defecto) entre los focos mientras sudas como un pollo y se te derrite el maquillaje de alegre hada de los bosques que han decidido encasquetarte.

Luego tienen que repetir una y mil veces el mismo texto, la misma poesía, la misma canción, durante los dos meses previos. El niño que hace de zanahoria este año en la función de 1º de Infantil está a punto de suicidarse haciéndose el harakiri con su propio tallo (el del disfraz).

Los problemas de logística son otro tema aparte: tú te propones que este año los disfraces van a ser tan perfectos que el director del Circo del Sol va a venir a pedirte asesoramiento; luego pasas por consentir que les falte algún detalle (y convenciéndote a tí misma que si sale un león sin melena tampoco va a pasar tanto, aunque el niño acabe pareciendo una leona travestida) y finalmente, consientes que se hagan ell@s mism@s los gorros de duendecill@s del campo con papel film de envolver bocadillos.

La máxima "tiene que salir perfecto" pasa a transformarse en "tiene que salir", a secas.

El día de la función estás de los nervios. Te saludan un montón de mamás y papás que no recuerdas que hayan venido a ningun tutoría, pero pones la sonrisa automática y das manos y besos a diestro y siniestro. Al minuto descubres a la Reina Carola dándose de leches con el Bufón Fernando, y a la Tortuga Manola sentada en su propio caparazón, que se ha quitado porque estaba cansada y que ahora aparece un poco abollado y descolorido.
Y ya cuando viene una niña con sus lágrimas incipientes, los churretes por la cara y la vocecilla de cordero diciendo "Profe, no quiero saliiiiiiiiiiiiiiir...." sale de tí esa sonrisa y ese amor incondicionales que mostraste un minuto antes y pasas a ser el Rey con Chávez:

- ¡¡¡¡¡¿¿¿¿¿POR QUÉ NO TE CALLAS????!!!!!!!!


Pero al minuto se te pasa el enfado y te dices: "Todo sea por la obra", a riesgo de parecer una fundamentalista del Opus.
El telón sube, y la Reina y el Rey consiguen decir su papel, y la Tortuga acaba provocando la ternura del respetable con su caparazón abollado.
El escenario parece Cannes con tanto flash saltando a los ojos y al final el público se levanta y aplaude fervorosamente, mientras tú saludas con orgullo y cedes el protagonismo a tu rebaño, que está agotado y con ganas de irse a dormir directamente.

A la salida todo son "Enhorabuena" y "Qué monadas", como si aquello fuese el bautizo de una pareja de pandas en el Zoo, pero tú, aunque tengas las cervicales en "rompan filas", aguantas estóicamente con la mejor de tus sonrisas.

Todo el claustro está feliz, se abraza y comenta lo bien que ha estado, pero como todo lo bueno dura poco, a los pocos minutos siempre hay una voz que se alza:

- Oye, pues viendo la función, he pensado que para fin de curso del año que viene podríamos...



 

lunes, 10 de enero de 2011

Volver a empezar (después de navidad)

La escuela es uno de esos lugares que inspiran paz a l@s adult@s. No porque les evoque buenos recuerdos, que a veces también, sino porque ver un colegio lleno de niños y niñas implica decenas de madres y padres que pueden respirar felices, sin gritos, sin pataletas, sin estreses, sin mocos, sin juguetes tirados por todas partes.

Sin embargo, es muy fácil ver los toros desde la barrera. Si su hijo/a es infernal en casa, imagínese lo que son cientos de niños y niñas de su edad con el Síndrome de Estocolmo que les da cuando sus familias les dejan en el cole después de un período largo de vacaciones. Agárrese que vienen curvas.

Ni en el entierro de Lola Flores se oyeron tantos alaridos desgarradores y se vieron tantas lágrimas, oiga. Esta mañana, cuando he entrado en el colegio, aquello parecía un concierto en Do mayor. Las vacaciones de navidad es lo que tienen, que cuando estás empezando a aclimatarte, se terminan. No son como las de verano, que duran tanto tiempo que te da tiempo a descansar, a aburrirte, a salir, a dormir, a comer, a leer y a desear que duren para siempre. Las de navidad son como los días que te despiertas con despertador, que descansas mientras dura el descanso pero cuando estabas en lo mejor, ala, a volver a la rutina.

Las pobres criaturas se desconciertan, normal. Además las navidades están llenas de reuniones familiares, comilonas en las que está todo permitido, riadas de regalos por todas partes y especiales musicales en la tele. Volver al uniforme, a sentarse en la silla y a merendar fruta es duro para cualquiera. Mientras subía por la cuestecilla que lleva al cole he oído a un niño decirle a su madre:

- Yo voy al cole, pero luego vendrán los primos a cenar, ¿no?

Pobrecillo. Cuando llegues a tu casa, chiquitín, te vas a bañar, a cenar y a la cama, y despídete hasta dentro de mucho de la vidorra que te has pegado este mes. Aunque sea cruel, es la vida real, y hay que vivir en ella; eso es lo que me digo yo, por lo menos, para hacerme consciente de que se acabó lo bueno y de que la cuesta de Enero no es sólo económica, que emocionalmente también se hace larga la subida.

Volvemos a las clases, a las lágrimas todas las mañanas, a la fotocopiadora que se atasca, a los padres y madres cansinos, a la comida del comedor, al timbre del recreo, al despacho bajo cero y a los rotuladores de colores (que no, no salen de la ropa, os pongáis como os pongáis), pero también volvemos a las sonrisas gratuitas, a las canciones por todos los rincones, a los ojos que miran curiosos, a los dibujos en las paredes, a los abrazos, a los besos, a las carcajadas en el patio.

Vuelve la vida. Vuelve a volver. Vuelve la historia. Vuelve a llover...





Nota: ¡¡Espero vuestros comentarios!!