"Pido perdón a los niños por haber dedicado este blog a personas mayores. (...) quiero dedicar este blog a los niños y niñas que estas personas han sido. Todas las personas mayores fueron primero niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria."

Adaptación de la dedicatoria del libro "El Principito", de Antoine Saint-Exupéry




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jueves, 11 de julio de 2013

El día más triste de mi vida moderna

A mí de pequeña azotes me cayeron pocos, pero algún cachete que otro me sobrevoló la nuca aunque aún no llevase el pelo corto. Crecí en estatura a toda velocidad, así que a mitad de mi infancia media ya era complicado darme una colleja, porque las veía venir desde mi propia altura y las esquivaba a toda velocidad. Sin embargo, hubo dos que recordaré siempre, y que están en mi memoria sólo por una razón: fueron las dos únicas veces en que realmente no lo esperaba y realmente me pilló de sorpresa. Una fue por contestar mal y la otra por contestar peor: en eso he sido siempre muy clásica.

Los golpes (los reales y los metafóricos) que más daño hacen son los que impactan por lo inesperados: duele más, de toda la vida, un golpe en el dedo pequeño del pie con la pata de la silla en la quietud de la noche que una caída de la bici. La única diferencia es que la primera no te la esperas, no la ves venir, y la segunda te la hueles desde el momento en que coges mal la curva o te lanzas por una cuesta a lo "mamámirasinmanos". También duele más, de siempre, descubrir que te han engañado a saber que te están engañando, como duele más comprar a precios desorbitados a que te timen sin darte cuenta. Ese es el verdadero dolor, el del factor sorpresa.

Ayer fue el día más triste de mi vida moderna.

No será que no he tenido algunos palos este año (y el pasado, y el anterior, la vida de una Drama Queen es muy dura), pero en ninguno jugó el factor sorpresa sus cartas con tanto acierto. En los capítulos anteriores de mi vida moderna, antes o después sabía que el desenlace sería el que fue, porque la vida depara sorpresas pero a veces te las anticipa para que no te de un cuajo. En este caso, no parecía que fuese a ser así.

En mi anterior post (que puedes leer aquí) hablé del Síndrome Nick Carter, ese por el que mi amiga S. creía que la flauta sonaría para ella y ese en el que yo ni siquiera pensé en creer, tan confiada estaba (y sigo estando) de mis posibilidades. La oposición fue, como tenía que ser por estas fechas, y juro que nunca antes estuve tan preparada, ni había salido tan contenta. No esperaba haberlo hecho bien: simplemente, sabía que lo había hecho bien, y después de cuatro años haciendo lo mismo, una cultiva un cierto criterio con relativa fiabilidad. Me avalaban también los resultados de años anteriores, en los que el 8 fue mi nota más baja. Esta vez, la sensación superaba a la de los ochos pasados.

Me cayó un tema en el examen, me cayó el tema, la perla de mi corona, la piedra Filosofal de mi memoria, ese tema que sale en tus oraciones, en tus sueños, en tus desvelos, en la cama, en el parque, en la piscina, ESE tema. Y lo hice, qué cojones, lo bordé. Los otros exámenes no eran fáciles, ni difíciles, y aún así salí contenta. Cuál fue mi sorpresa ayer, día de la entrega de notas, cuando miré el tablón donde estaban las personas aprobadas: donde sólo salen las personas aprobadas.

Y no

           me


                    v
                      í...


Se me descolgaban las letras, se me descolgaban los ojos y se me descolgaba el corazón.


No

       es
           t
             ab
                   a...


No pude ni llorar. Ni reír. Ni moverme.


Para mí estos exámenes no son unos exámenes cualesquiera que haces por hacer, por ver si suena la flauta, por ver si te mira Nick Carter y se enamora de tí y si no, pues oye, volverte con el Samu, tu novio del barrio, de toda la vida.
Para mí estos exámenes son una llave, el acceso para poder hacer algo en lo que creo, que me hace feliz y para lo que de verdad sé que valgo. Algo en lo que he invertido cuatro largos años de mi vida, para lo que me he preparado, para lo que estudio, para lo que trabajo, casi para lo que vivo. Porque quien no tiene una vocación, no sabe cómo se vive la sensación de no necesitar trabajar para sobrevivir, sino para vivir, como parte de la vida, aunque fuese a cambio de nada, aunque la nada fuese el cambio.

Y de repente un país, un mundo, entran en una crisis y se cierran las puertas a poder hacer algo así dignamente, en un entorno que te valore, que te deje desplegar las alas, sólo porque han decidido cargárselo, y quien tiene en este momento la escopeta la mueve a su alrededor, cierra los ojos, aprieta el gatillo y ¡pum! ¡pum!, dispara, mata un punto, mata una décima, mata otra y otras dos, y te deja fuera del círculo, esta vez, por primera vez.

No lo ví venir y por eso se me atragantó, por eso se me ha puesto la vida en los ojos y ahora no sé muy bien cómo gestionarla. El tiempo pasa y la situación no cambia, y quizá sea este el momento de meter los trastos, las ganas y las alas en una de las maletas llenas de pegatinas de mis padres, que marcábamos para no perderlas nunca, y contar Cuentos Chinos desde otro lado, intentarlo desde otro idioma, desde otro mapa, desde otro horario, para volver con más fuerza.

Porque no esperarlo es peor que verlo venir.

Porque ayer fue, con diferencia y por ese motivo, el día más triste de mi vida moderna.



Pd. Aún termino dando una enhorabuena: a las paradojas de la vida, a Nick Carter y a S., que como no podía ser de otra manera, ha aprobado. Felicidades, amiga.





lunes, 24 de junio de 2013

El Síndrome Nick Carter

Mi amiga S. es una cachonda y una crack de las observaciones del ser humano. Más que de observar, de catalogar conclusiones. En realidad todas mis amigas son la bomba, y eso es un mérito por su parte, porque yo las escogí a ellas de entre las miles de posibilidades que hay en el mundo, pero ellas me escogieron, todas a mí, y me hicieron feliz con sus presencias. Y eso es muy grande.

Decía que S. es una campeona de la catalogación. Yo no sé si fue el colegio de monjas transgresoras al que iba o fue la familia clónica (todos los miembros de su familia son iguales) en la que se crió quienes le dieron el don, pero está claro que se lo dieron.

Estudiamos la carrera juntas, codo con codo (literal, sentadas en mesas contiguas) durante tres largos años. Desde entonces nuestros caminos, si no por el mismo cauce exactamente, han discurrido por cauces paralelos; en este blog he hablado de ella alguna vez, por ejemplo en el post de Serenata a un Imbécil escrita en Do menor (si quieres leerlo, pincha aquí). Este año nos unimos un poco más, porque la pobre se presenta a la oposición... inocente. Yo llevo 4 años erre que erre, y nada, por mejores notas que saco, por más que me supero, por academias a las que vaya y pulidos que tenga los temas, a la hora de hacer las listas llega una marabunta de interinos e interinas que llevan un lucenio en el Cuerpo y me pasan por delante, como si fueran toros en los encierros de San Fermín, que salen a la locura y arrollan a quien se ponga en su camino.

Todo sea que ella llegue y ponga la pica en Flandes... no me extrañaría.

S. ha decidido presentarse conmigo este año, a ver qué se cuece. La primera alegría se la llevó hace unos días, cuando con dos semanas de antelación nos anunciaron que la fecha de los tres primeros exámenes sería el próximo día 2 de julio. A la Comunidad de Madrid le gusta hacer las cosas así, con tiempo, para que tú puedas organizarte tu existencia y concienciarte sin prisa: terminas de trabajar el día 30 de junio y dos días después te presentas a unos exámenes que, en principio, esperas que cambien tu vida. Qué organización, qué gestión, qué delicadeza.

Cuando vimos que quedaban dos semanas a mí se me atragantó la merienda, pero a S. se le atragantaron los 25 temas que se estaba empezando a mirar. Ya habíamos comentado que el temario era un poco cansino, pero asequible al fin y al cabo; en el momento en que nos dijeron que faltaban 10 días y no habíamos empezado apenas, los temas empezaron a parecer el K-2 y nosotras no somos Juanito Oiarzábal ni tenemos ganas de trepar cuestas. Hablábamos entonces de la dureza de la vida de un domingo de estudio, cuando en Madrid los pajaritos cantan, las nubes se levantan, las piscinas abren y la gente sale a terrazas y hace cosas de verano:

(Nota: a continuación muestro la transcripción de la conversación por Whatsapp. Para ser honestas añadiré a A., compañera de faenas en el barco y en la vida, que en ese momento nos instaba a salir a vivir la juventud en vez de estudiar, que es lo que hay que hacer.)

A: ¿Cuándo podéis quedar?

Yo: Nosotras tenemos el examen de la opo el martes 2

S.: A partir del 2 de julio que terminamos la oposición... (icono de carita triste con lágrima)

Yo: Pero entre semana, después de chapar, puedo

A.: Oh, shit

S.: A mí me la pela, he desechado el Síndrome Nick Carter.

A.: ¡Vale!

Yo.: ¿Qué síndrome?

S.: Es el Síndrome que tienes cuando tienes 15 años, vas al concierto de los Backstreet Boys, y piensas que Nick Carter te va a ver entre las 10.000 locas que hay allí y te va a decir: "Eres tú, te quiero. Cásate conmigo". (...) Pues lo mismo piensa mi padre de la oposición, que voy a llegar y voy a ser la más lista, la mejor, la que más suerte tiene y voy a sacar plaza. Siempre queda una esperanza para el Síndrome Nick Carter, pero ya la he desechado.



Y así fue como descubrimos el Síndrome Nick Carter. Para la gente que no sepa quién es esta criatura, podemos decir que era uno de los cantantes de los Backstreet Boys, el típico rubio insulso de grupo famoso en los 90 que volvía locas a todas las chicas sin distinción de razas, procedencias, creencias ni condiciones... menos a mí, que me parecía un Nenuco de imitación. Era algo así:






Vamos, por favor. Qué pelo, qué ojos, qué TODO. No hay por dónde cogerlo, y sin embargo es cierto que millones de chicas de este planeta iban a cada concierto (que debería costar una pasta escandalosa) en cada ciudad, en cada país, en cada continente, con la sola esperanza de ser ELLA, esa chica en la que el guapete del grupo se fija y a la que saca al escenario, a la que enamora mientras el resto del grupo canta alrededor alguna pastelada romántica y a la que el resto de fans planean ya matar en secreto.

Esa chica que le retire a él de la mala vida que seguramente lleve, la que reciba flores todos los días y el desayuno en la cama (con huevos, y bacon, y zumodenaranjanaturalreciénexprimido), la que le acompañe en su jet privado de vacaciones a Malibú y la que sea protagonista de alguna canción que se convierta en hit mundial, cuya letra plague, frase a frase, los estados de Facebook, Tuenti, Twitter y resto de redes sociales de la mitad de las adolescentes del planeta.

ESA CHICA.

Así, más o menos, es como se siente S. y es como me siento yo, sólo que la compensación es bien distinta: aquí no se gana amor, ni flores, ni vacaciones en Malibú, ni canciones dedicadas ni desayunos en la cama. Aquí se gana un trabajo. Punto. No hay más romanticismo que el dedicarse a lo que a una le gusta y hacerlo con la mayor dignidad posible, y aún así nos peleamos, como todas las fans de los Backstreet Boys, con miles de personas por ser esa ELLA que también existe en este campo. El tiempo y el tribunal nos dirán si vamos a ser groupies toda la vida o si por fin nos mirará Nick Carter...


Grande S., grandes sus reflexiones y por qué no decirlo: grande Nick Carter, que buscando sus fotos en Google he visto que ha cambiado bastante... igual ahora no pasaría nada por ir a su concierto.








PD. Este post va dedicado, como no podía ser de otra forma, a S.




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lunes, 19 de marzo de 2012

El día O

Los días avanzan impasibles y poco a poco nos acercamos peligrosa (y milagrosa) mente al que llamaremos el día O, de Oposición, de Oral y de Ohdiosmíoquieroqueestotermineyayrecuperarmivida. Concretamente el día O es mañana. Sí que ha pasado el tiempo echando leches.

El día de un examen oral es una experiencia que todo el mundo debería pasar al menos una vez en la vida. Lo único que se le puede acercar medianamente es la espera de una cola de una atracción en un parque de atracciones, donde se escuchan gritos y golpes, algunas personas salen partiéndose el culo y otras llorando, algunas se hacen fotos y otras tienen ataques de ansiedad, y tú estás ahí, en una cola en la que te has metido voluntariamente, de la que ahora te irías pensando "qué necesidad tengo yo", pero de la que al final no te marchas porque quieres vivir la experiencia. Imagínate si además, para montarte, te hubieran obligado a estudiarte todo el manual de funcionamiento del Top Spin. Pues eso.

Yo soy partidaria de, desde el día antes del día O, no estudiar ni hacer nada que tenga que ver con la oposición. Bastante tensión se acumula ya en esa sala, donde 5 personas aparentemente normales te observan minuciosamente. Y digo aparentemente porque en mi última experiencia opositora, allá por 2009, un miembro del tribunal se salió a por un café, otro a hablar por teléfono y todo ello informando en voz alta de su proceder (¡ME VOY A POR UN CAFELITO!) mientras yo exponía y mi yugular amenazaba con petar y liar la de Tarantino. Encantador todo.

Y del momento de "la encerrona" no hablo: es una hora (minuto a minuto y segundo a segundo) en la que te encierran en una clase en la soledad más absoluta para "preparar el tema". Pero ¿quién va con los temas sin estudiar? Y quien va en blanco, ¿para qué perder una hora en algo que no tiene sentido? Yo me lo llevo todo aprendido de casa, y como en ese momento no puedo memorizar nada, me dedico a mirar por la ventana, escuchar música y bailar para relajar el cuerpo (hace tres años, cuando entraron a buscarme para ir al examen, me pillaron intentando seguir un ritmo de claqué con resultados poco certeros).

En fin, mañana es el día O. El final de un largo, tedioso y en ocasiones doloroso camino que recorro cada dos o tres años (Esperanza Aguirre mediante) para aspirar a algo más en la vida.

Lo peor es que luego, cuando acaba, se echa un poco de menos. Síndrome es Estocolmo lo llaman.

Pero ahora no hay que pensar en qué pasará, sino desearme suerte y... que gane la mejor.

lunes, 28 de febrero de 2011

El (maldito) día en que decidí opositar

Desde que me alcanza la memoria, siempre he querido ser maestra. Tuve pequeños coqueteos con la idea de ser bombera (hasta que descubrí que había pruebas físicas) y con la fascinante idea de ser torera, hasta que descubrí de qué iba la historia (por razones que no me explico, cuando era pequeña creía que ser torera era ponerse el traje y pasearse, como una modelo pero con capote; luego descubrí el pequeño detalle de matar al toro y me horroricé), pero la idea de ser maestra siempre estuvo presente.

Creo que esa fue la única motivación que tuve para sacarme la ESO y el Bachillerato, porque mi batalla personal con algunas asignaturas estuvo a punto de truncar mi carrera estelar en unas cuantas ocasiones. Finalmente lo conseguí, aprobé Selectividad como una campeona y me matriculé en Magisterio de Ed. Primaria.

Una vez más, mi motivación personal fue la que me ayudó a sacarme la carrera, porque era absolutamente incomestible. Un conjunto de personas con las mismas ganas de impartir las asignaturas que yo de estudiarlas, se paseaban con relativa frecuencia por las aulas poniendo unas transparencias aquí, mandando unos trabajos allá, poniendo notas (a veces sin criterio alguno) y recibiéndonos en sus lánguidos despachos para escuchar nuestras quejas con los ojos en blanco.
Ese grupo de docentes que nos repetían incesantemente que ser profe "no es recortar y colorear" y que, acto seguido, nos mandaba un trabajo de recortar y colorear, me enseñó poco menos que nada. Sí mucho sobre el estilo de maestra que yo no quería ser y un par de leyes orgánicas que se quedaron por el camino; con semejante panorama, comprenderéis que la motivación debía mantenerse en su punto álgido para que yo me levantase cada mañana al ritmo del politono del despertador.

Por fin terminé la carrera y conseguí titularme, para descubrir acto seguido que tener el título me servía, exactamente, para nada.

Se presentaban dos opciones ante mis ojos miopes:

- Trabajar en un colegio privado, en el que me hiciesen trabajar mil horas por un sueldo nada cera de los mil euros, con un horario más lleno de horas extras que lectivas, aguantando que me dirigiesen madres, padres, directores y directoras y por supuesto, niños y niñas.

- Trabajar en un colegio púbico, con menos medios, menos recursos, menos pasta invertida en infraestructuras, pero mejor pagado (o justamente pagado, a secas), con menos presión y menos respaldo, pero más autonomía.

Desheché la primera opción, no por falta de ganas sino por falta de oportunidades. En los colegios privados que visité no les interesaba un perfil como el mío por varios motivos que no voy a hacer constar aquí por si las moscas. El caso es que el "ya te llamaré" se hizo una constante en sus bocas y yo decidí tomar la otra vía.

El problema es que para acceder a esa otra vía tenía que pasar por un trance duro, largo y maligno en líneas generales: la oposición.

Una oposición es un camino de miles de espinas para llegar a una puñetera rosa. Lo peor de todo es que existe la opción de que jamás nunca llegues a la rosa, pero lo de clavarte las espinas no te lo quita nadie.

La cosa empieza apuntándote a una academia, porque por supuesto, es prácticamente inviable sacar plaza a la primera sin un temario en condiciones y sin una preparación básica, eso es algo sólo al alcance de auténticos maestros yedai. El resto de l@s mortales, pagamos una pasta para que nos enseñen a redactar un buen examen y a defenderlo en público.

La primera opción que barajé fue la de comprarme el temario sin ir a clase, pero luego decidí que, puesta a pagar, una paga todo del tirón y ancha es Castilla. Estuve un año entero yendo cada miércoles a clase, en un zulo sin ventilación alguna ni iluminación, copiando al dictado un montón de temario que nos daba un profesor inepto, machista, retrógrado y gentuza en general. Me estaba dando la sensación de que en lo de rodearse de gente inepta, la rama de la Educación estaba más que completa.

Tan poco convencida estaba de la academia, que a un mes del examen, cambié por completo el temario que estaba estudiando. Trabajaba en ese momento con una chica que también las estaba preparando en otra academia y que tenía un temario bastante clarito, y me decidí a echar los restos estudiándome sus apuntes a última hora.

Las últimas semanas antes del examen, con tal panorama, fueron un caos por completo. Mi vida (tal y como yo la conocía) desapareció, y mis horas pasaron a estar llenas de apuntes, subrayadores, atracones a la nevera y consultas diarias a la página del Ministerio de Educación en busca de ayudas divinas.

El día 24 de junio, a las 10.00, llegó por fin mi momento estelar. Unas cuantas decenas de personas y yo nos juntamos en un aula de un instituto de la periferia madrileña y nos dispusimos a jugarnos el futuro laboral a una sola carta.

El temario constaba de 25 temas, de los cuales se extraían 3 al azar y se elegía uno para realizar el examen. Por estadística pura, podía deshechar dos de los temas y siempre habría uno que me sabría. Desheché los dos que menos me gustaron, ni siquiera los más difíciles, ni los más aburridos, ni los más largos. Fui justa y honrada, joder.
Podréis imaginar, por tanto, el sentimiento que me invadió cuando nos comunicaron que, entre los tres temas escogidos al azar por una mano inocente, estaban los dos que yo me había dejado, por lo que me recé una novena para que, el tema restante, fuese uno que yo me supiera bien.

Quiso el azar que yo me lo supiera bien, efectivamente, tan bien como el resto de las mil personas que escogieron el mismo tema, porque era un título jugoso y de rabiosa actualidad con el que mucha gente vio el cielo abierto. Sabe dios que si me hubieran dado otra opción (de las 23 que me sabía), fuese la que fuese,la hubiese escogido sin dudarlo, pero dios no estaba ese día por la labor de hacerme el camino más fácil.

Hice el tema, el caso práctico (que iba sobre problemas matemáticos, mi gran punto fuerte como todo el mundo sabe) y llegué a la defensa oral, que fue una suma de circunstancias tales como dos miembros del tribunal que se levantaron y se fueron, una a tomarse un café y otra a fumarse un cigarro. No es que me lo invente yo, no, es que lo anunciaron ellas a voz en grito mientras yo trataba de defender mi programación alzando mi voz por encima de las suyas.

Al día siguiente de terminar el examen oral, me cogí un avión a Londres y allí estuve dos semanas, desintoxicándome. Me paseé todo lo que quise y más por Picadilly Circus entre otros, me cogí otro vuelo a Dublín, me mojé con la lluvia Irlandesa todo lo que las nubes decidieron (que fue mucho) y luego volví a Londres, a pasearme por la ciudad hasta que consideré que estaba preparada para volver.

Dos días antes de mi regreso a Madrid, me avisaron de que habían salido las notas, aunque aún no estaban en Internet. La compañera que me llamó no sabía cuándo saldrían publicadas en la web, así que me tuvo dos días enganchada al ordenador del hotel (a 1 euro la media hora) actualizando la página una y otra vez en busca de la ansiada calificación. Cada vez que en la pantalla aparecía "Cargando...Espere", mi ojo derecho comenzaba a latir a 5000 revoluciones por minuto. Cuando llegué a Madrid, aún sin la nota, había perdido la sensibilidad del párpado superior y estaba a punto de arrancarme el ojo entero.

Por avatares de la vida, tardé un par de días más en ver mi nota. Finalmente aprobé, saqué más o menos buena nota, me quedé a 6 décimas de la plaza pero entré en la lista preferente de interin@s.

Desde entonces he pensado, día tras día, en el momento en que pueda volver a presentarme para sacar la plaza fija. He trabajado como interina, he hecho cursos, me he presentado a las habilitaciones, todo lo que hago en mi vida laboral se rige por el rasero "Me sirve para la oposición/No me sirve para la oposición".

Me sigo preparando, sigo estudiando, creo que sé más de lo que sabían muchas personas que en su día sacaron la plaza fija a la primera, y mi vida ha girado en torno a un puñetero puesto de trabajo.

Y ahora el Gobierno decide que no hay dinero para invertirlo en Educación, y que no nos va a dar una oportunidad digna de optar a ese puesto. Primero dijeron que no iban a convocar oposiciones y nos iban a mantener en el mismo puesto en el que estábamos, sin opción a promocionar, pero resulta que se lo han pensado mejor y que sí, que en vez de desconvocarlas las van a sacar a concurso en las condiciones más precarias de la historia, para que en vez de mantenernos en el mismo puesto se puedan quitar a gente del medio y si te he visto no me acuerdo.

Y encima te tienes que dar con un canto en los dientes. Con este panorama, no me extraña que l@s niñ@s pongan cara de espanto cuando les preguntamos que si les gustaría ser profes de mayores.

A veces me pregunto por qué en vez de enseñarme a hacer marionetas, no me enseñaron a serlo, que mejor me hubiera venido.


viernes, 5 de noviembre de 2010

El profe ideal

Ayer tuve sesión maratoniana en la academia, aunque decir esto es redundar, porque todas las sesiones de academia son maratonianas. Nos metemos allí a las 5 de la tarde y salimos a las 10 de la noche, con un pequeño espacio de 15 minutos en medio que hay que repartirse: 5 minutos para subir y bajar (es un cuarto sin ascensor), 5 minutos para un cigarro y una minimerienda y 5 minutos para ir al baño. Ni un minuto más ni uno menos.

Las dos horas y media primeras las aguanto bastante bien. Vengo fresca, de la calle, y tengo el pico de concentración en auge. Ahora, que la vuelta del descanso, sobre todo la primera media hora, es un crimen de los peores, ese momento sólo comparable al de después de comer, donde te dejarías rapar una ceja con gusto antes de entrar a clase con toda la modorrilla.

Para más inri, la preparadora de ayer (una chica de unos 30 años monísima, finísima y por supuesto encantadora) era venezolana, y por más que me esforzaba en atender a la apasionante teoría del currículo, sólo podía escuchar su toniquete y su voz dulce e imaginarme una escena de telenovela en la que Luis Arismendi discute con Julia Patrisia Elisondo por la hacienda familiar.

Entre el culebrón venezolano y el sopor de la tarde, la clase se me hizo un poquito más larga de lo normal. Entendí que el sentimiento era generalizado cuando Fer lo verbalizó mirándome con los ojos entrecerrados y balbuceando:

- Como siga hablando así, me quedo dormido.

Cuando ya estábamos tod@s a punto de entrar en la fase REM y haciendo esfuerzos sobrehumanos por entender algo de todo aquel berenjenal de objetivos, contenidos, competencias, criterios y otras lindezas, la preparadora lanzó una reflexión al aire:

- Me imagino que tod@s tendréis un referente en la enseñanza, aquel profesor que te marcó en Primaria, esa otra que te encandiló en secundaria, aquel que explicaba tan bien en bachillerato, esa mujer que sabía un montón y te dio clase en la universidad. Quiero que todo el mundo piense en esa persona que nos hizo querer dedicarnos a ésto.

(Nota: previamente ella aclaró que su motivación inicial para dedicarse a la enseñanza eran las vacaciones y el sueldo y que jamás había tenido un profesor/a medianamente bueno. Todo un ejemplo a seguir.)






Aquello pareció una explanada del Oeste a las cuatro de la tarde. Me atrevería a decir que ví rodar un par de pelotas de paja de esas que se cruzaban en el plano justo antes de que el bueno y el malo se batieran en duelo.

Nadie recordaba a un buen profesor, pero de esos que te hacen llorar cuando les recuerdas en la etapa adulta de tu vida.

Nadie.

Yo, la verdad, tengo bastantes malos recuerdos de mis profes en secundaria y bachillerato. Y en primaria también, qué cojones. Cabe destacar que estudié en un cole de monjas en el que si sacabas los pies del tiesto te los metían dentro a puntapiés. Y yo los saqué bastante.

El momento más tenso del curso suele ser el final, cuando te dan las notas. Todo el mundo está nervioso, es como un juicio que determina si tendrás el verano de un preso de Guantánamo o de un marajá de la India. Para mí siempre era mucho más tenso el primer día, en el que te enterabas (y confirmabas tus sospechas) de quién te daba clase durante todo el año en cada asignatura.

Los tres meses de verano te los podías pasar mejor o peor, estudiando o no, pero dentro de lo malo, en un clima cálido, descansado y reposado. Ahora, si te toca un profesor/a chungo, tendrás que aguantar NUEVE meses de ejercicios infernales, exámenes imposibles, correcciones eternas y negativos, notas y apuntaciones varias y todo ello regado por las lluvias otoñales y los vientos invernales. Yo creo que no se puede pasar por alto que un buen profe te hará la vida mucho más sencilla.

Yo, lamentablemente, no sólo no tengo referentes positivos, sino que tengo pequeñas espinas clavadas en mi corazón en forma de profesoras, a saber:

- M.C.G.- Apodada en el colegio "La sobaquillos" (es que éramos muy finas), las clases con ella eran toda una experiencia. Le gustaba dejarnos trotar a nuestras anchas por la clase mientras ella leía revistas de cotilleo. Me hacía escrbir cada viernes en una hoja cómo había sido mi comportamiento para que lo leyera mi madre y me amargase el fin de semana.

- N.J.- Me hizo corregir ortografía en voz alta hasta que le resultó aburrido escuchar mi voz en alto. Un día me pidió las tijeras y acto seguido salió al pasillo a cortarse las uñas. La vi por el reflejo del cristal. Luego en pasillo estaba lleno de trozos de una pintados de rosa. Tiré las tijeras.

- M.G-R.- Otra que tal baila. Ésta decidió hacer de mi madre durante el año que fue mi tutora y se dedicó a hacerme un marcaje permanente a lo largo del curso. Como mis amigas no le parecían buena influencia me tuvo todo el año sentada al fondo de la clase, sola y aburrida, para que no hablase con nadie.

-M.G.- La persona que más negativamente me ha influido en la vida. Profesora de matemáticas de mi curso durante cuatro años, me dedicó perlas como "no tienes ni idea de matemáticas", "como no estudies vas a acabar vendiendo clínex en un semáforo", "¿qué quieres ser en la vida, Felipe?" (Felipe era el hombre de mantenimiento del cole, conocido por hipnotizarnos a todas mientras limpiaba los cristales) y su frase estrella: "NO SABES NADA". Menos mal que yo venía curtida de años anteriores, porque todo esto podría haber acabado con mi salud mental.

-P.G.- Ésta ya me dio clase en la universidad. Me dio las asignaturas de Fundamentación de la Lengua y la Literatura durante toda la carrera e incluso en tercero me dio además Literatura Infantil. Me suspendió la transcripción desde febrero de 1º de carrera hasta septiembre de 3º (es decir, agoté todas las convocatorias) argumentando que no me podía pasar ni una porque me llamo como su hija mayor, y no podía evitar llamarme constantemente la atención. Cuando por fin aprobé fui a su despecho y le conté que aprobar esa asignatura era doblemente grande, primero por lo aburrida que había sido y luego porque se llama como mi madre y estaba harta de que me llamase la atención.


Éstas son algunas de las personas que han marcado mi educación. Aún a veces me pregunto cómo pude, con estos referentes, dedicarme a ésto...