Mi pobre blog.
Mi pobre, pobrecito rincón. Mi espacio dorado. Mi vía de escape. Abandonado, ignorado, dejado de lado por la vida. Qué mala madre, qué mala amiga, qué mala todo de estos Cuentos Chinos, llevada por la pescadilla que se muerde la cola: no te apetece escribir, te pones, se te ocurre algo mejor que hacer, lo dejas, lo quieres retomar y entonces no te apetece, y el resultado es año y pico sin publicar nada. Da igual, me perdono y santas pascuas.
Me da por escribir pensando en mantener contacto con todo el mundo, porque voy a hacer una limpia de las redes sociales y ya no van a saber de mí. Una criba, un roto. Vamos, que es posible que a tí, que me lees, te vaya a eliminar de alguna red social, si es que compartimos ese espacio. ¿Que por qué?
Fácil.
Porque me jodéis el tè de por las mañanas, la espera del bus, el cigarro de después de comer y la vigilancia del fuego mientras se hace la cena. Esos son los momentos en que me pongo al día de las redes sociales.
Resulta que tú opinas que los toros son cultura y tradición, que los inmigrantes no son dignos del suelo que pisan, que el feminismo es una idea de amargadas y frustradas mujeres que odian a los hombres y apoyas la pena de muerte. Crees firmemente que los funcionarios merecemos los recortes a los que nos someten porque para eso elegimos ser funcionarios y vivir mejor que nadie, apoyas los circos con animales y piensas que las personas sometidas a deshaucios se tenían que haber leído la letra pequeña. Es que piensas que Albert Rivera es de centro, joder. Es que Bertín Osborne te hace gracia.
Que yo no te juzgo, ojo, que no te quiero menos ni pienso que seas peor persona. Que te voy a seguir comprando lo que sea que bebas para cuando vengas a mi casa, y que si te casas voy a ir a tu boda, seguramente hasta peinada de peluquería.
Pero que no, que no me vuelves a sacar un tic en el ojo a base de publicaciones sin repercusiones para tí, sin necesidad de ver la luz para mí. Que no nos vamos a cargar una amistad (o sí, ya veremos) porque tú no hayas viajado en tu vida y lo más cercano a una persona extranjera que tienes sea el chino de la tienda de debajo de tu casa. Que no vamos a despedirnos para siempre porque defiendas la tortura o la muerte de un ser vivo. Que no vamos a romper esta relación de años porque te haga gracia que te cuenten chistes de mujeres que limpian y friegan y son histèricas y les sale fuego de los ojos cuando tienen la regla.
Simplemente no quiero verlo. No quiero tener que decirte que no entiendo que vivamos en el mismo Universo y veamos las cosas de forma tan diferente, que muchas de las ideas que compartes me repugnan y que, si nos conociésemos así, por las redes, no nos estaríamos leyendo ahora.
Por esa razón, no te lo tomes como algo personal. Este es un espacio libre puedes opinar y decir lo que quieras. Úsalo y siéntete bienvenido o bienvenida siempre.
Sólo te pido una cosa: no te metas con Manuela, coño. Eso sí que no hay por dónde cogerlo.
Hola de nuevo. Estoy aquí.
(Puede que en tu Facebook no).
"Pido perdón a los niños por haber dedicado este blog a personas mayores. (...) quiero dedicar este blog a los niños y niñas que estas personas han sido. Todas las personas mayores fueron primero niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria."
Adaptación de la dedicatoria del libro "El Principito", de Antoine Saint-Exupéry
Adaptación de la dedicatoria del libro "El Principito", de Antoine Saint-Exupéry
lunes, 4 de enero de 2016
martes, 2 de septiembre de 2014
Olga
Reconozco que el post de vuelta de las vacaciones se me había atascado un pelín. Llevaba tiempo pensando acerca de qué escribir para celebrar mi vuelta a los ruedos, y la temporada estival, y mi vigésimo séptimo cumpleaños, y las vacaciones en Tailandia, y viajando por España, y resumir los festivales y las acampadas, los baños en el mar y en los ríos.
Éste es el octavo intento de escribir algo decente, pero sé que va a ser el bueno así que desde aquí os felicito y me felicito por estar leyendo este trocito de mí a través de mis teclas y de las pantallas de vuestros modernísimos dispositivos electrónicos.
Para este octavo y definitivo intento he elegido, para no variar, hablar de mí, pero hacerlo en este caso, pasa por hablar de Olga.
Para empezar, quiero hacer constar que yo ya hablé de ella. Bueno, en realidad hablé de su chalet, pero quiero decir que ya apareció en mi blog por tanto no pilla de nuevas a nadie. Si queréis recordar aquel post, lo tenéis pinchando aquí: http://cuento-chino.blogspot.com.es/2011/03/el-chalet-de-olga.html
(Nota: desde que uso el editor de Blogger para Ipad porque soy fina y dinámica y si no no sé qué hacer con este trasto, no pongo enlaces, entre otras muchas cosas porque ni sé ni me apetece buscarlo. Se ruega me disculpen).
Hablar de Olga no tiene mérito de ningún tipo. Hablan de ella en la radio, en las redes sociales, le dedican vídeos, conciertos, canciones... Le escriben libros. Es muy fuerte, porque siempre decidimos que nos íbamos a hacer famosas juntas (en un reality show al que ella iría de concursante y yo de defensora de mi amiga) y la muy petarda se ha hecho famosa antes que yo, pero vamos que se lo perdono porque sé que tiene el alma de artista mega desarrollada y porque sé que el día en que la llevemos a un programa hortera de la tele a darle una sorpresa seré yo, por derecho adquirido, la que la recibiré en plató para hacer real nuestro sueño, ese que llevamos planeando unos 15 años.
Si alguien no la conoce, se preguntará qué hace de Olga una tía tan importante como para que tanta gente quiera tenerla cerca, qué le hace tan especial. Lo que voy a contar de Olga pone los pelos de punta porque es muy fuerte, y a mi madre le emociona cada vez que lo seguimos contando. Es una historia de vida y de esperanza y una lección para mí y para toda la gente que me rodea. Entenderéis rápido por que quiero comenzar mi año hablando de ella.
Conocí a Olga cuando llegué al colegio, con apenas tres años de edad. Yo era entonces una niña preciosa como ya sabe todo el mundo, aunque con los años fui perdiendo. Era una niña buena, cariñosa e inocente, feliz en mi vida de hija única y sin la perversión maligna que traen las hermanas pequeñas y que te borran de un plumazo esa creencia en el ser humano que se tiene en la infancia.
Ella era una polvorilla. Era movida, pequeñita, con unos ojos medio traviesos medio divertidos que la hacían una compañía ideal en ese inframundo de plastilina y arena dura que es un patio de Infantil.
No sé por qué nos hicimos amigas, pero sí sé que durante muchos años me comí parte de su bocadillo en el recreo. Su madre le ponía un pequeño extra para mi regocijo y ella lo compartía invariablemente conmigo, así que puede que fuese eso lo que nos unió del todo.
Olga era LA alumna. LA compañera. LA amiga. No sólo mía, ojo: de todo el colegio. La conocían allá donde iba, seguramente porque era buena alumna, buena chica y se quedaba a comer. El Comedor daba un estatus al que el resto no podíamos llegar, forjado a base de comida de rancho y patios interminables, así que ella, entre trozos de pan duro y bandejas metálicas se fue ganando la amistad de todo el colegio.
Crecimos, y mientras yo me hacía un hueco en las recuperaciones de septiembre, Olga se seguía haciendo huecos en corazones. Nuestro curso se le fue quedando pequeño y amplió sus amistades en cursos superiores e inferiores. Nuestra ciudad se le quedó pequeña y empezó a hacer amigos y amigas en otros pueblos, en otros colegios, en otras ciudades. Era un centro de relaciones humanas, muy fuerte. Tanto fue, que dio el discurso final el día que nos fuimos del colegio. En un mundo en el que nos matábamos por el protagonismo, no sólo nadie se lo discutió sino que no dudamos en que era la mejor para representarnos.
Terminó el colegio y llegamos a la Universidad. Como cabía esperar, allí se convirtió en la reina del mambo indiscutible, la amiga de todos y todas, la entrenadora del equipo de fútbol, el perejil de todas las salsas. Se hizo amiga de mis amigas, algunas con las que coincidió en la clase. Me encontraba con ellas y me hablaban de Olga. No sabías nada de ella pero ya te lo contaba todo el mundo, aunque estuvieses ocupada e hiciese dos semanas que no veías a nadie. Era la conexión con el mundo.
Se echó un novio, como cabía esperar, el novio perfecto. Hacen (¡HACEN! Siguen juntos HOY EN DÍA, que es lo más complejo que conozco después de los bolillos y hacer una buena paella) la pareja ideal y sólo podemos pensar que hay cuatro o cinco novios así repartidos por todo el Universo y uno lo tiene ella, cubriendo así el cupo de nuestro grupo, que no puede más que alegrarse por la pareja, a ver, es lo suyo.
¿Qué es entonces lo que, aparte de todo, la hace tan especial a mis ojos?
Pues que ayer, señores y señoras, mientras yo me quejaba amargamente porque aún no tengo trabajo y estoy de bajoncillo, Olga me escuchaba al otro lado del teléfono pacientemente. Porque la reina del mambo, la amiga de todos, la novia ideal, la entrenadora, el centro de todos los círculos sociales, lleva veinticuatro años de su vida cogiendo el teléfono y escuchando las absurdeces mundanas de mi día a día, las mías y las del resto del mundo.
Porque una persona tan querida, tan solicitada, a la que todo el mundo le escribe, le canta y le baila, le dedica y le pide, nunca ha dejado, en todos estos años, de pasar de todo eso (en el buen sentido) para sacar un huequito para mí. Porque ella, la del bocadillo exquisito, se traía un extra para darme el gusto. Porque ella, la del chalet maravilloso, lo abría cada dos por tres para que pudiéramos hacer fiestas. Porque ella, la de la vida social ajetreada, tiene siempre un hueco para atender a las mismas tonterías de siempre.
Porque es tremendamente generosa, divertida y atenta. Porque tiene muy mal pronto, y a veces se enfada y le dan caprichos, pero es de las pocas que lo acepta, y lo lleva bien, y qué cojones, se ríe de ello.
Porque se remangaba la falda delante de las monjas y no la pillaban. Porque aunque era la alumna ideal no dejaba de unirse de vez en cuando a nuestras gamberradas, aunque eso le supusiese una bronca. Porque nunca faltaba a la clase de piscina, que era la imposible en el frío invierno. Porque hacía los deberes y los prestaba (no como el resto de las empollonas de mi clase, desde aquí os maldigo), porque no le importaba llevar a nadie en su coche. Porque te deja ver su IPhone de cerca sin generarte una tensión horrible por si se te cae, porque hace las mejores medias noches del planeta.
Porque es discreta, prudente, sabe esperar.
Porque ha esperado este post durante 24 años sin esperarlo, y que ahora es el momento de que vea la luz. Después de que medio mundo le haya escrito, ahora, por fin, le escribo yo.
Ésto es lo que a mí me pone el pelo de punta, y emociona a mi madre, y es una historia de vida, de una vida joven pero que hace tan feliz a tanta gente y que, por tanto, merece un hueco en mi blog y en nuestros corazones. Porque la cotidianidad merece ser reconocida, y no hay nada más, NADA, que haga más importante o más especial a mi amiga Olga en su vida y que yo no haya contado aquí. Todo lo demás es sólo una circunstancia, pero Olga lleva toda una vida siendo grande, y como tal merece que se tenga en cuenta que ella es más grande que sea cual sea su realidad cada día.
Por eso este post va dedicado a tí como persona, porque eres más que las etiquetas y que los retos que la vida te ponga.
Gracias por estar, ayer, hoy y siempre, Olga.
Gracias por ser.
Pd. Se me olvidaba comentar que Olga es una de esas personas que pelean a diario con una circunstancia de salud muy dura, pero ante la que ha hecho una promesa. Si alguien quiere leer acerca de ello, puede hacerlo en teprometoquemevoyaponerbien.blogspot.com.
lunes, 11 de agosto de 2014
Pollito y La Luna (cuento)
9 meses y tres colegios después, he vuelto. Sin prisa, sin pausa, como después de otros muchos impasses que ha vivido este blog, la maleta donde voy guardando todo lo que aprendo está a rebosar de cosas que he ido viviendo, y pasa como a la vuelta de vacaciones, que abres la maleta, todo está revuelto y usado, metido a presión con prisa antes de que saliese el avión, y da una pereza terrible deshacer el equipaje.
Cada camiseta que te dispones a echar a la lavadora tiene una historia en sus arrugas; cada pantalón, una aventura vivida entre sus manchas. Los botes de gel a medias (si es que los trajiste de vuelta, yo nunca lo hago) recuerdan a las llegadas después de pateos interminables. Los calcetines arrugados evocan los caminos recorridos, perdiéndose a veces, encontrándose otras.
En resumen: la maleta es vida, cómoda a veces, rebuscada e incierta todas las demás. Cada latido tiene precio y no me pongo más profunda porque cavó un túnel y aparezco en Australia, que por otro lado estaría bien porque allí está N., retomando su aventura.
Para mi vuelta he elegido lo único que sé contar: un cuento. No es un cuento bonito ni feo, pero es un cuento de viaje, de los que sirven para contar durante el camino y hacer el tiempo más ligero y el paisaje más ameno. El cuento que hasta ahora no ha habido en éste hogar, con éste nombre, y eso no se puede consentir.
Este cuento tiene de protagonista a un pollito, que por la mera sencillez de la historia se llamaría así, Pollito. La mayúscula siempre ha dado mucha entidad.
Pollito era un pollito de nuestro tiempo: un pollito que escuchaba la radio, un pollito que navegaba en Google, un pollito que iba al Cole de los pollitos en la línea 4 del metro de Madrid, que no sólo no vuela sino que en líneas como esta no hay cobertura. Una vida normal de pollito, vaya.
Pollito era relativamente feliz, era pequeño todavía para preocuparse de los problemas de los gallos y gallinas. Él disfrutaba de los paseos, de los partidos de fútbol, de los zumos de naranja del desayuno. Lo que más le gustaba a Pollito era asomarse por las noches a la ventana del corral y mirar al cielo para ver, allí arriba, en lo alto, a la Luna. Esa Luna grande, brillante, redonda a veces, con forma de sillita otras veces, esa Luna que una vez cada poco desaparecía pero que siempre estaba ahí (Pollito lo sabía) era lo más bonito del mundo.
Sí Pollito había tenido un mal día, o estaba cansado, o triste, o angustiado, miraba la Luna y se le pasaban todos los males.
Y así fue que un día, Pollito decidió aprender a volar.
Pollito nunca había querido volar, no lo había necesitado. Él era un pollito independiente, que había rechazado las costumbres del corral, que no quería hacer las cosas por hacer. Que soñaba con salir, algún día, y viajar, y conocer el mundo, pero no necesariamente a través de sus alas. Al fin y al cabo, sólo eran alas, y en su cuerpo había también dos patas fuertes y recias con las que saltar, correr, esquivar, dar patadas, y un pico, y dos ojos, y muchas plumas impermeables y firmes para protegerle del mundo.
Pero la Luna, tan alta, merecía ese esfuerzo Al fin y al cabo, ¿quién no intentaría verla de cerca si pudiese hacerlo?
Así que un día Pollito se propuso, definitivamente, intentarlo. Se pasó todo un día observando a otros pollitos más y menos jóvenes que estaban aprendiendo. Desde su terraza en el corral les veía, cómo se caían, como se volvían a subir, como desplegaban sus alitas al viento, como se mecían los pollitos expertos y se tambaleaban los principiantes. Horas y horas estuvo Pollito sin atreverse a lanzarse. Parecía qué, según se iba dando cuenta de lo que suponía volar, empezaba a entender la complejidad del tema.
Pero no era para él. No lo veía claro.
Pasaban los días y Pollito estaba más y más triste. Por las noches se asomaba y miraba al cielo buscando a la Luna, grande y redonda a veces, con forma de sillita otras, y la veía tan brillante, tan resplandeciente, tan blanca... Pero no podía verla de cerca, enorme. Pollito no sabía qué hacer.
De repente, tuvo una idea: ¿y si le pedía a algún ave grande y fuerte que le subiese hacia arriba montado en su cuerpo?
Pollito pensó en la Cigüeña, en el Buitre, en la Paloma. Ninguna de convencía, hasta que por fin, se atrevió a pensar en el ave más señorial de todas: el Águila.
El Águila era un ave grande, fuerte, que daba miedo al resto al pasar. El Águila no pagaba los cafés con leche en el bar ni tenía miramientos para aparcarse en zonas reservadas a aves ancianas. El Águila abusaba de que todo el mundo la admiraba, no miraba a nadie a los ojos, adelantaba por la derecha. Nadie se atrevía con el Águila... Salvo Pollito.
Pero Pollito era consciente de que una cosa era ser valiente y otra ser poco listo, y sabía que la osadía se pagaba cara, así que buscó una forma de colarse en el Árbol del Águila. Cuando llegó la noche y el Águila salió para dar una vuelta de inspección desde los cielos, Pollito se subió de un saltito a su espalda y, como era tan pequeño, el Águila no lo notó.
El Águila planeaba de una forma que Pollito sabía que no hacían otras aves que él conocía. Volaba alto, suave, se dejaba mecer por el viento y llegaba alto, alto... Pero no hasta la Luna. Pollito se sintió decepcionado, porque había confiado en las posibilidades del Águila, y aunque esperó disfrutando del vuelo. no pudo ver de cerca, gigante, a la Luna. Cuando el Águila volvió al suelo firme, Pollito bajó muy sigiloso y volvió al corral. El papá y la mamá de Pollito vivían lejos, así que Pollito estaba a cargo del corral, pero nadie le ponía límites. Pollito hacía lo que podía.
El pobre Pollito estaba desesperado. Subía a los árboles más altos del bosque, se lamentaba de no tener patas más largas, alas más grandes, de no saber volar. Le molestaban su pico, demasiado pequeño para utilizarlo como apoyo, sus plumas, demasiado suaves para agarrarse a los troncos. Todo lo que antes le enorgullecía ahora le pesaba. Era un rollo ser pollito. Era un rollo ser Pollito.
Tan triste estaba Pollito que ya nada le consolaba. Había dejado de ser tan feliz como lo era antes, ni siquiera cuando estaba triste lo estaba como al principio. Pollito iba y venía al cole, se montaba en el metro, jugaba al fútbol, pero lo hacía por inercia. Por las noches se asomaba a la ventana a ver la Luna, pero no con la emoción anterior, sino con la frustración de no ir a cumplir su sueño. Si sólo pudiera verla de cerca una vez...
Tampoco dormía bien Pollito: daba vueltas en el corral, tenía calor, luego frío. Le molestaba la respiración de los demás pollitos. A veces, de desesperación, saltaba del nido y empezaba a andar hasta que le entraba el sueño.
Una noche, mientras Pollito paseaba desvelado por el corral, la vio: en el suelo, enorme, redonda, blanca, estaba La Luna.
¿Cómo podía ser aquello?
Pollito pensó que quizá, de tanto como había soñado verla de cerca, la había atraído (Pollito había leído "El Secreto" y creía que los sueños se hacen realidad). Luego se asustó: ¿y si La Luna se había caído? Pensó que quizá alguien le estaba gastando una broma pesada. Miró a su alrededor, pero sólo vio la quietud del corral y a La Luna, majestuosa, en medio de él.
Se acercó emocionado y estiró su pequeña alita para tocarla, y entonces La Luna se volvió borrosa.
Pollito no entendía nada: ¿acaso no estaban viendo sus ojos a La Luna al alcance de sus patas? ¿Sería que no quería La Luna que Pollito la tocase?
Y entonces, al acercarse más descubrió que La Luna estaba dentro de la charca del corral. Pollito se quedó impresionado: ¿cómo podía ser que La Luna hubiese estado ahí siempre y él no la hubiera visto? ¿Cómo podía ser tan mágica La Luna que sí la tocaba desaparecía?
Cada camiseta que te dispones a echar a la lavadora tiene una historia en sus arrugas; cada pantalón, una aventura vivida entre sus manchas. Los botes de gel a medias (si es que los trajiste de vuelta, yo nunca lo hago) recuerdan a las llegadas después de pateos interminables. Los calcetines arrugados evocan los caminos recorridos, perdiéndose a veces, encontrándose otras.
En resumen: la maleta es vida, cómoda a veces, rebuscada e incierta todas las demás. Cada latido tiene precio y no me pongo más profunda porque cavó un túnel y aparezco en Australia, que por otro lado estaría bien porque allí está N., retomando su aventura.
Para mi vuelta he elegido lo único que sé contar: un cuento. No es un cuento bonito ni feo, pero es un cuento de viaje, de los que sirven para contar durante el camino y hacer el tiempo más ligero y el paisaje más ameno. El cuento que hasta ahora no ha habido en éste hogar, con éste nombre, y eso no se puede consentir.
Este cuento tiene de protagonista a un pollito, que por la mera sencillez de la historia se llamaría así, Pollito. La mayúscula siempre ha dado mucha entidad.
Pollito era un pollito de nuestro tiempo: un pollito que escuchaba la radio, un pollito que navegaba en Google, un pollito que iba al Cole de los pollitos en la línea 4 del metro de Madrid, que no sólo no vuela sino que en líneas como esta no hay cobertura. Una vida normal de pollito, vaya.
Pollito era relativamente feliz, era pequeño todavía para preocuparse de los problemas de los gallos y gallinas. Él disfrutaba de los paseos, de los partidos de fútbol, de los zumos de naranja del desayuno. Lo que más le gustaba a Pollito era asomarse por las noches a la ventana del corral y mirar al cielo para ver, allí arriba, en lo alto, a la Luna. Esa Luna grande, brillante, redonda a veces, con forma de sillita otras veces, esa Luna que una vez cada poco desaparecía pero que siempre estaba ahí (Pollito lo sabía) era lo más bonito del mundo.
Sí Pollito había tenido un mal día, o estaba cansado, o triste, o angustiado, miraba la Luna y se le pasaban todos los males.
Y así fue que un día, Pollito decidió aprender a volar.
Pollito nunca había querido volar, no lo había necesitado. Él era un pollito independiente, que había rechazado las costumbres del corral, que no quería hacer las cosas por hacer. Que soñaba con salir, algún día, y viajar, y conocer el mundo, pero no necesariamente a través de sus alas. Al fin y al cabo, sólo eran alas, y en su cuerpo había también dos patas fuertes y recias con las que saltar, correr, esquivar, dar patadas, y un pico, y dos ojos, y muchas plumas impermeables y firmes para protegerle del mundo.
Pero la Luna, tan alta, merecía ese esfuerzo Al fin y al cabo, ¿quién no intentaría verla de cerca si pudiese hacerlo?
Así que un día Pollito se propuso, definitivamente, intentarlo. Se pasó todo un día observando a otros pollitos más y menos jóvenes que estaban aprendiendo. Desde su terraza en el corral les veía, cómo se caían, como se volvían a subir, como desplegaban sus alitas al viento, como se mecían los pollitos expertos y se tambaleaban los principiantes. Horas y horas estuvo Pollito sin atreverse a lanzarse. Parecía qué, según se iba dando cuenta de lo que suponía volar, empezaba a entender la complejidad del tema.
Pero no era para él. No lo veía claro.
Pasaban los días y Pollito estaba más y más triste. Por las noches se asomaba y miraba al cielo buscando a la Luna, grande y redonda a veces, con forma de sillita otras, y la veía tan brillante, tan resplandeciente, tan blanca... Pero no podía verla de cerca, enorme. Pollito no sabía qué hacer.
De repente, tuvo una idea: ¿y si le pedía a algún ave grande y fuerte que le subiese hacia arriba montado en su cuerpo?
Pollito pensó en la Cigüeña, en el Buitre, en la Paloma. Ninguna de convencía, hasta que por fin, se atrevió a pensar en el ave más señorial de todas: el Águila.
El Águila era un ave grande, fuerte, que daba miedo al resto al pasar. El Águila no pagaba los cafés con leche en el bar ni tenía miramientos para aparcarse en zonas reservadas a aves ancianas. El Águila abusaba de que todo el mundo la admiraba, no miraba a nadie a los ojos, adelantaba por la derecha. Nadie se atrevía con el Águila... Salvo Pollito.
Pero Pollito era consciente de que una cosa era ser valiente y otra ser poco listo, y sabía que la osadía se pagaba cara, así que buscó una forma de colarse en el Árbol del Águila. Cuando llegó la noche y el Águila salió para dar una vuelta de inspección desde los cielos, Pollito se subió de un saltito a su espalda y, como era tan pequeño, el Águila no lo notó.
El Águila planeaba de una forma que Pollito sabía que no hacían otras aves que él conocía. Volaba alto, suave, se dejaba mecer por el viento y llegaba alto, alto... Pero no hasta la Luna. Pollito se sintió decepcionado, porque había confiado en las posibilidades del Águila, y aunque esperó disfrutando del vuelo. no pudo ver de cerca, gigante, a la Luna. Cuando el Águila volvió al suelo firme, Pollito bajó muy sigiloso y volvió al corral. El papá y la mamá de Pollito vivían lejos, así que Pollito estaba a cargo del corral, pero nadie le ponía límites. Pollito hacía lo que podía.
El pobre Pollito estaba desesperado. Subía a los árboles más altos del bosque, se lamentaba de no tener patas más largas, alas más grandes, de no saber volar. Le molestaban su pico, demasiado pequeño para utilizarlo como apoyo, sus plumas, demasiado suaves para agarrarse a los troncos. Todo lo que antes le enorgullecía ahora le pesaba. Era un rollo ser pollito. Era un rollo ser Pollito.
Tan triste estaba Pollito que ya nada le consolaba. Había dejado de ser tan feliz como lo era antes, ni siquiera cuando estaba triste lo estaba como al principio. Pollito iba y venía al cole, se montaba en el metro, jugaba al fútbol, pero lo hacía por inercia. Por las noches se asomaba a la ventana a ver la Luna, pero no con la emoción anterior, sino con la frustración de no ir a cumplir su sueño. Si sólo pudiera verla de cerca una vez...
Tampoco dormía bien Pollito: daba vueltas en el corral, tenía calor, luego frío. Le molestaba la respiración de los demás pollitos. A veces, de desesperación, saltaba del nido y empezaba a andar hasta que le entraba el sueño.
Una noche, mientras Pollito paseaba desvelado por el corral, la vio: en el suelo, enorme, redonda, blanca, estaba La Luna.
¿Cómo podía ser aquello?
Pollito pensó que quizá, de tanto como había soñado verla de cerca, la había atraído (Pollito había leído "El Secreto" y creía que los sueños se hacen realidad). Luego se asustó: ¿y si La Luna se había caído? Pensó que quizá alguien le estaba gastando una broma pesada. Miró a su alrededor, pero sólo vio la quietud del corral y a La Luna, majestuosa, en medio de él.
Se acercó emocionado y estiró su pequeña alita para tocarla, y entonces La Luna se volvió borrosa.
Pollito no entendía nada: ¿acaso no estaban viendo sus ojos a La Luna al alcance de sus patas? ¿Sería que no quería La Luna que Pollito la tocase?
Y entonces, al acercarse más descubrió que La Luna estaba dentro de la charca del corral. Pollito se quedó impresionado: ¿cómo podía ser que La Luna hubiese estado ahí siempre y él no la hubiera visto? ¿Cómo podía ser tan mágica La Luna que sí la tocaba desaparecía?
Aquella noche, Pollito se quedó mucho, mucho tiempo al lado de La Luna. Daba vueltas, observaba desde todos los puntos, nunca se cansaba. Se sentía tan feliz que se quedó dormido, soñando que se sentaba en La Luna cuando ésta tenía forma de sillita y se balanceaba mucho rato como el Águila, al compás del viento.
Y con el secreto bien guardado, desde aquel día, Pollito bajaba cada noche a la charca cuando el corral dormía y se sentaba al borde de la charca para admirar a La Luna, tan grande y redonda a veces, con forma de sillita otras. Algunas noches La Luna no aparecía, y Pollito sabía que hasta la Luna necesitaba descansar para aparecer luego tantos días seguidos con esa blancura y ese brillo.
Pollito creció feliz, sano y fuerte, alimentado por sus zumos y su pienso, jugando al fútbol, navegando en Google, viajando en Metro y sin ganas de aprender a volar. Con el tiempo entendió todo lo que podía hacer con sus alas, sus patas, su pico y sus plumas. Y creció agradecido, muy agradecido de que La Luna bajase cada día a su corral para que él la admirase.
Pollito creció feliz admirando un reflejo, pero lo que nunca supo es que La Luna, su sueño, su meta, no estaba dentro de la charca del corral: estaba, y siempre estuvo, dentro de él, allá donde Pollito quisiera llevarla. Que La Luna siempre estuvo ahí, pero apareció sólo cuando él, de verdad, estaba dispuesto a verla.
Porque no hay que ser lo que no se es, ni aprender a volar. Porque no hay que llegar necesariamente a lo más alto, ni depender de la ayuda de nadie, por maravilloso que ese ser sea, para triunfar. Porque no hay que tener patas más largas, picos más grandes, plumas más rugosas, para andar el camino. Porque no hay que estar pendiente de que algo ocurra o no para seguir, ni dejar de dormir, ni aislarse del corral, para encontrar lo que se busca.
Porque no hay mayor garantía de éxito que la voluntad de querer que las cosas funcionen.
Y con el secreto bien guardado, desde aquel día, Pollito bajaba cada noche a la charca cuando el corral dormía y se sentaba al borde de la charca para admirar a La Luna, tan grande y redonda a veces, con forma de sillita otras. Algunas noches La Luna no aparecía, y Pollito sabía que hasta la Luna necesitaba descansar para aparecer luego tantos días seguidos con esa blancura y ese brillo.
Pollito creció feliz, sano y fuerte, alimentado por sus zumos y su pienso, jugando al fútbol, navegando en Google, viajando en Metro y sin ganas de aprender a volar. Con el tiempo entendió todo lo que podía hacer con sus alas, sus patas, su pico y sus plumas. Y creció agradecido, muy agradecido de que La Luna bajase cada día a su corral para que él la admirase.
Pollito creció feliz admirando un reflejo, pero lo que nunca supo es que La Luna, su sueño, su meta, no estaba dentro de la charca del corral: estaba, y siempre estuvo, dentro de él, allá donde Pollito quisiera llevarla. Que La Luna siempre estuvo ahí, pero apareció sólo cuando él, de verdad, estaba dispuesto a verla.
Porque no hay que ser lo que no se es, ni aprender a volar. Porque no hay que llegar necesariamente a lo más alto, ni depender de la ayuda de nadie, por maravilloso que ese ser sea, para triunfar. Porque no hay que tener patas más largas, picos más grandes, plumas más rugosas, para andar el camino. Porque no hay que estar pendiente de que algo ocurra o no para seguir, ni dejar de dormir, ni aislarse del corral, para encontrar lo que se busca.
Porque no hay mayor garantía de éxito que la voluntad de querer que las cosas funcionen.
Pd. Éste cuento, como no podía ser de otra forma, va dedicado a la persona que inventó al personaje de Pollito, le dió valor a La Luna y sobre todo, confió en que, algún día, este cuento existiría (como tantos otros que aún están por contarse) y que saldría de mis teclas.
miércoles, 6 de agosto de 2014
Listado de mis defectos
Soy miope.
Soy alérgica a miles de pólenes, semillas y picaduras de bichos varios.
Cojo las curvas en coche un poco rápido.
Me cuesta hacer cálculos de cabeza.
Me oriento regular.
Se me calienta la boca en las discusiones.
Durante mucho tiempo no supe si se escribía "a gusto" o "agusto".
Siempre confundo cuál es Cáceres y cuál Badajoz en un mapa mudo.
Se me olvidan los nombres de muchas ciudades que voy conociendo cuando viajo por el mundo.
Tengo lateralidad cruzada.
No sé hacer lentejas... Ni paella.
Contesto mal a los teleoperadores y teleoperadoras.
Me da pereza hablar por teléfono.
En algunos temas, peco de intransigente.
Digo muchas palabrotas.
Llevo mal los dolores. Y los picores. Y los fríos, y a ratos los calores de Madrid en agosto.
A veces dejo los libros a medias.
No me gusta estudiar. No me gusta opositar.
Cuando me emociono, hablo alto. En ocasiones, rozo el grito.
Los domingos me deprimen.
Fumo.
Me aburre comer fruta.
Me dan miedo las alturas.
Éstos son sólo algunos de mis defectos.
Tengo miles.
Y aún así, soy una persona única en el mundo, como los demás 6.000.000.000 seres humanos del planeta.
Y como tal, merezco respeto, amor y consideración.
Como los habitantes de Palestina, como las personas que viven en la indigencia. Como las mujeres, como los ancianos y ancianas. Como las personas inmigrantes, como las personas enfermas. Como las personas discapacitadas, como los niños y niñas.
Como tú.
Como yo.
He vuelto.

Soy alérgica a miles de pólenes, semillas y picaduras de bichos varios.
Cojo las curvas en coche un poco rápido.
Me cuesta hacer cálculos de cabeza.
Me oriento regular.
Se me calienta la boca en las discusiones.
Durante mucho tiempo no supe si se escribía "a gusto" o "agusto".
Siempre confundo cuál es Cáceres y cuál Badajoz en un mapa mudo.
Se me olvidan los nombres de muchas ciudades que voy conociendo cuando viajo por el mundo.
Tengo lateralidad cruzada.
No sé hacer lentejas... Ni paella.
Contesto mal a los teleoperadores y teleoperadoras.
Me da pereza hablar por teléfono.
En algunos temas, peco de intransigente.
Digo muchas palabrotas.
Llevo mal los dolores. Y los picores. Y los fríos, y a ratos los calores de Madrid en agosto.
A veces dejo los libros a medias.
No me gusta estudiar. No me gusta opositar.
Cuando me emociono, hablo alto. En ocasiones, rozo el grito.
Los domingos me deprimen.
Fumo.
Me aburre comer fruta.
Me dan miedo las alturas.
Éstos son sólo algunos de mis defectos.
Tengo miles.
Y aún así, soy una persona única en el mundo, como los demás 6.000.000.000 seres humanos del planeta.
Y como tal, merezco respeto, amor y consideración.
Como los habitantes de Palestina, como las personas que viven en la indigencia. Como las mujeres, como los ancianos y ancianas. Como las personas inmigrantes, como las personas enfermas. Como las personas discapacitadas, como los niños y niñas.
Como tú.
Como yo.
He vuelto.
viernes, 27 de septiembre de 2013
13 Meses
13 meses.
52 semanas.
1560 días.
37440 minutos.
2246400 segundos.
Ese es el tiempo que he estado esperando este día.
En 13 meses, o 52 semanas, o 1560 días, o 37440 minutos, o 2246400 segundos, da tiempo a hacer muchas cosas.
Da tiempo a concebir a una criatura, gestarla, alumbrarla, amamantarla y destetarla.
Da tiempo a pagar una deuda a plazos, o a contraer muchas.
Da tiempo a irse de vacaciones, al menos, dos veces.
Da tiempo a vivir una Navidad, con su turrón, sus polvorones, sus villancicos, su marisco en oferta. O a pasar de ella.
Da tiempo a pasar por cuatro estaciones, primavera, verano, otoño, invierno. Da tiempo a sacar y guardar abrigos, bufandas, chaquetas, botas, gorros, sudaderas, vestidos, vaqueros, faldas y camisetas, bikinis y chanclas, sombrillas y paraguas. Y a recoger hojas, da tiempo a recoger muchas hojas.
Da tiempo a rellenar una agenda entera, con sus meses y sus semanas, con sus cosas pendientes y sus metas cumplidas.
Da tiempo a gastar un calendario, rellenándolo con cumpleaños, fechas de citas médicas, planes de cenas, cines, teatros y bares.
Da tiempo a ir, al menos, una vez (a poder ser más) al teatro y muchas veces al cine; hay muchos Días del espectador en 13 meses. Da tiempo a visitar exposiciones en museos, alguna rara por lo menos.
Da tiempo a hacer muchas veces la compra y darse caprichos. Da tiempo a tener muchas cajas de Donuts en la mano y a devolverlos a la estantería pensando que si entran en nuestros cuerpos jamás saldrán de ellos.
Da tiempo a pasar muchos buenos momentos en buena compañía, a disfrutar de muchas terrazas, de muchas casas chulas, de muchos vinos y cervezas, de muchas conversaciones. Da tiempo a tener muchas discusiones de esas que terminan sin saber cómo empezaron ni porqué, y cuyo final, simplemente, se brinda.
Da tiempo a deprimirse sin sentido (y con él) al menos una o dos veces, y a ponerse música en bucle maligno (mi preferencia son los cantautores españoles) hasta dejar de verle sentido a la vida. Y a recibir una llamada y salir de la depresión al instante.
Da tiempo a coger muchas manos, a rozar muchos brazos, a dar muchos besos de mejilla de esos mal dados que te ponen en una situación incómoda por la cercanía de las bocas.
Da tiempo a dar decenas, cientos, miles de abrazos.
Da tiempo a formar parte de un grupo de rock infantil, a gastar botes y botes de purpurina disfrazándote de payasa, a pintar muchas caras, a hacer muchos perritos con globos, a cantar muchas canciones, a bailar muchas otras. Da tiempo a ir a bodas, cumpleaños, fiestas, bautizos, eventos, reuniones, y a salir de ellas agotada de tanto dar botes. Da tiempo a empezar una carrera. Da tiempo a aprender un idioma.
Da tiempo a que una de tus mejores amigas se vaya al otro lado del mundo. Da tiempo a que muchas otras se queden cerca. Da tiempo a que un abuelo se vaya, y a que una abuela vuelva a nacer. Da tiempo a descubrir a mucha gente que se hace imprescindible. Da tiempo a perder a una poca, para que haya equilibrio.
Da tiempo a reír mucho. Da tiempo a llorar. Da tiempo a suspender una oposición y que el mundo caiga a plomo. Da tiempo a planificar una vida lejos. Da tiempo a una segunda oportunidad, a un cambio de criterio que te devuelve al mundo, a ese mundo que transcurre dentro de una clase de escuela pública. Da tiempo a cumplir un sueño.
Trece meses pasan a veces lentos, a veces rápidos. Pero lo más importante es que pasan y, pese a ser ese número con tan mal augurio, llegan a un día nuevo. Un día como hoy.
Y te devuelven, entre libros y témperas, entre niños y niñas, entre un contrato y un destino, otra vez, una vez más, la sonrisa.
Cuántos trecemeses quedarán por delante a partir de hoy, el día en que, por fin, vuelvo a ser maestra, la que nunca, nunca, dejé de ser...

52 semanas.
1560 días.
37440 minutos.
2246400 segundos.
Ese es el tiempo que he estado esperando este día.
En 13 meses, o 52 semanas, o 1560 días, o 37440 minutos, o 2246400 segundos, da tiempo a hacer muchas cosas.
Da tiempo a concebir a una criatura, gestarla, alumbrarla, amamantarla y destetarla.
Da tiempo a pagar una deuda a plazos, o a contraer muchas.
Da tiempo a irse de vacaciones, al menos, dos veces.
Da tiempo a vivir una Navidad, con su turrón, sus polvorones, sus villancicos, su marisco en oferta. O a pasar de ella.
Da tiempo a pasar por cuatro estaciones, primavera, verano, otoño, invierno. Da tiempo a sacar y guardar abrigos, bufandas, chaquetas, botas, gorros, sudaderas, vestidos, vaqueros, faldas y camisetas, bikinis y chanclas, sombrillas y paraguas. Y a recoger hojas, da tiempo a recoger muchas hojas.
Da tiempo a rellenar una agenda entera, con sus meses y sus semanas, con sus cosas pendientes y sus metas cumplidas.
Da tiempo a gastar un calendario, rellenándolo con cumpleaños, fechas de citas médicas, planes de cenas, cines, teatros y bares.
Da tiempo a ir, al menos, una vez (a poder ser más) al teatro y muchas veces al cine; hay muchos Días del espectador en 13 meses. Da tiempo a visitar exposiciones en museos, alguna rara por lo menos.
Da tiempo a hacer muchas veces la compra y darse caprichos. Da tiempo a tener muchas cajas de Donuts en la mano y a devolverlos a la estantería pensando que si entran en nuestros cuerpos jamás saldrán de ellos.
Da tiempo a pasar muchos buenos momentos en buena compañía, a disfrutar de muchas terrazas, de muchas casas chulas, de muchos vinos y cervezas, de muchas conversaciones. Da tiempo a tener muchas discusiones de esas que terminan sin saber cómo empezaron ni porqué, y cuyo final, simplemente, se brinda.
Da tiempo a deprimirse sin sentido (y con él) al menos una o dos veces, y a ponerse música en bucle maligno (mi preferencia son los cantautores españoles) hasta dejar de verle sentido a la vida. Y a recibir una llamada y salir de la depresión al instante.
Da tiempo a coger muchas manos, a rozar muchos brazos, a dar muchos besos de mejilla de esos mal dados que te ponen en una situación incómoda por la cercanía de las bocas.
Da tiempo a dar decenas, cientos, miles de abrazos.
Da tiempo a formar parte de un grupo de rock infantil, a gastar botes y botes de purpurina disfrazándote de payasa, a pintar muchas caras, a hacer muchos perritos con globos, a cantar muchas canciones, a bailar muchas otras. Da tiempo a ir a bodas, cumpleaños, fiestas, bautizos, eventos, reuniones, y a salir de ellas agotada de tanto dar botes. Da tiempo a empezar una carrera. Da tiempo a aprender un idioma.
Da tiempo a que una de tus mejores amigas se vaya al otro lado del mundo. Da tiempo a que muchas otras se queden cerca. Da tiempo a que un abuelo se vaya, y a que una abuela vuelva a nacer. Da tiempo a descubrir a mucha gente que se hace imprescindible. Da tiempo a perder a una poca, para que haya equilibrio.
Da tiempo a reír mucho. Da tiempo a llorar. Da tiempo a suspender una oposición y que el mundo caiga a plomo. Da tiempo a planificar una vida lejos. Da tiempo a una segunda oportunidad, a un cambio de criterio que te devuelve al mundo, a ese mundo que transcurre dentro de una clase de escuela pública. Da tiempo a cumplir un sueño.
Trece meses pasan a veces lentos, a veces rápidos. Pero lo más importante es que pasan y, pese a ser ese número con tan mal augurio, llegan a un día nuevo. Un día como hoy.
Y te devuelven, entre libros y témperas, entre niños y niñas, entre un contrato y un destino, otra vez, una vez más, la sonrisa.
Cuántos trecemeses quedarán por delante a partir de hoy, el día en que, por fin, vuelvo a ser maestra, la que nunca, nunca, dejé de ser...
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domingo, 8 de septiembre de 2013
¡Que vivan los novios! (pero que VIVAN de verdad)
Una de esas suertes que tengo en esta vida es currar como animadora y/o camarera haciendo extras en algunas BBC, ésto es, Bodas, Bautizos y Comuniones de diferentes rangos y niveles socioeconómicos. He estado en casas modestas, casoplones, mansiones, salones de medio Madrid, locales de comunidad, en fin, que cada quien celebra los santos sacramentos como puede y como le dejan.
En las bodas se vive la vida diferente si vas como invitada que si vas como trabajadora, es como ir a ver un programa a la tele en directo: decepciona un poco. Tú veías ese concurso desde tu casa pensando que el plató es un despliegue de luces, colores y sonidos y llegas al plató y lo que te encuentras es un cuchitril lleno de cables, empalmes hechos con cinta aislante y gritos en el que no te dejan ni siquiera ir al baño en las sorprendentes 8 horas que dura un programa que sólo se emite durante una. Se cae el romanticismo, qué le vamos a hacer.
Las trastiendas de las bodas clásicas son más de lo mismo: mientras la novia, el novio y sus cientos de invitados e invitadas degustan gilipolleces empanadas que no saben ni lo que son (pero no lo preguntan, por no quedar de palet@s), debajo del glamour estamos decenas de personas empaquetando, limpiando, montando, desmontando y en mi caso, pintando caras como si no hubiera más enlaces en este planeta en caritas infantiles que en su mayoría están sobreestiradas por culpa de las horquillas de los recogidos en las niñas, o medio amoratadas por culpa de las pajaritas de raso a las que (por suerte) no están acostumbrados los niños.
Mi trabajo en las bodas es salvar a los niños y niñas de las cárceles de sus vestidos para que la estirpe familiar continúe: y sus padres y madres por ahí, comiendo gambas congeladas, sin agradecérmelo. Qué injusta es la vida.
Ayer estuve en un bodorrio de esos que se recuerdan en las comidas familiares y cuyas fotos se siguen viendo en Navidad: se casaban una chica monísima y un chico no monísimo, pero millonario. La boda era en el Hipódromo, un lugar al que yo no había ido nunca por tres razones básicas: porque está muy lejos, porque las carreras de caballos me espantan y porque no tengo dinero para apostar.
Evidentemente no se puede casar una pareja en medio de una carrera de caballos, sino que se habilitan unas carpas de dimensiones variables para acoger una comida-cena-cóctel-recena-baile, un 5 en 1, en la que las carpas están unas tan cerca de otras que como te descuides de confundes de novios y te metes en otra boda. Pero oiga, que a mí el espacio me da igual, cada quien que dilapide sus ahorros en lo que quiera: yo voy a trabajar.
Entre l@s trabajador@s había un rollo de hermanamiento un poco extraño, como si pudieran donar un hígado en un momento dado por el de al lado pero al mismo tiempo pudieran sacar una katana de debajo de la camisa (remetida por el pantalón, claro) y asesinar a ese receptor del hígado. Una cosa un poco turbia de la que yo me desmarqué al minuto uno, un poco por miedo y un poco porque iba cargada hasta los dientes y no podía pararme demasiado a observar el percal. Una pena, porque desde que me he visto todas las temporadas de CSI y voy al día tengo una capacidad de análisis brutal, y podría haber sacado de allí todos los entresijos del Hipódromo: la pena es que cobro por horas, y no iba a quedarme ni un minuto más de mi tiempo.
El novio y la novia venían con casi tres cuartos de hora de retraso, parecía que se estaban casando por poderes. Los camareros y camareras estaban de los nervios porque también deben cobrar por horas y porque los canapés se vienen abajo, que hago un inciso en el tema de los canapés porque es curioso: si pasa demasiado tiempo, los que están duritos se reblandecen, y los que eran blanditos se endurecen. La vida tiene estas contradicciones. Continuamos para bingo.
Mientras camareros y camareras se esforzaban por conservar la comida y cortar jamón como para un regimiento, yo me movía por la sala a mi rollo, cantando, bailando, rodeada de trabajador@s que, sintiéndose por un rato protagonistas de los eventos para los que trabajan cada fin de semana, disfrutaban del asueto inesperado.
Yo movía el paracaídas, el castillo, mi maleta, mi altavoz, bajaba, me cambiaba, me ponía el sombrero, me pintaba un ojo, me echaba purpurina, me cantaba una canción, en fin, preparaba y hacía tiempo a la vez. La tensión subía por momentos porque todo estaba medido al milímetro en el tiempo y un descuadre de una hora hace que se te enfríe hasta la paciencia. Yo tenía todo montado y, ante la ausencia de pequeñas criaturas cerca, me fumaba un cigarro en la salida de emplead@s viendo un maravilloso atardecer desde la más absoluta soledad, disfrutando de la quietud que me dejaba la ausencia de gente gritando "¡VIVAN LOS NOVIOOOOS!".
De repente, aquello se empezó a revolver: empezaron las carreras, las voces, el sonido de platos y cubiertos, el ajetreo del cuchillo jamonero. Decenas de vestidos brillantes irrumpieron en la pasarela que unía el párking con la sala corriendo sobre unos tacones que a mí siempre me parecen excesivamente altos. Zapatos de caballero relucientes como la patena se abrían hueco a zancadas para coger sitio a la espera de algo que no terminaba de llegar. La tensioncilla se mascaba en el ambiente y la pole position, situada a la entrada de la sala, estaba muy disputada. Se la llevó una dama de honor.
De repente, un Rolls Royce rojo descapotable entró en el párking derrapando. De él se bajó a toda prisa un hombre vestido con chaqué, que reconocí como el novio. Salió corriendo despavorido y se colocó en la puerta de la pasarela. Una mujer con mantilla kilométrica (sujetada por su propio brazo) intentaba ayudar a la novia a salir del coche, pero el velo (kilométrico también, sería cosa de familia) no lo permitía. Se hicieron un lío de velos, mantillas y brazos que casi se vive el drama, así que la mitad de las mujeres que ya tenían su sitio en la pasarela (previa carrera) abandonaron sus posiciones para auxiliar a la novia y a la señora de la mantilla.
Cuando la novia, su velo, la señora y su mantilla y las demás señoras y sus tacones consiguieron entrar en la puñetera pasarela, el fotógrafo hizo una señal al camarero, que le hizo una señal al mâitre, que le hizo una señal a la de seguridad, que le hizo una señal al del equipo de sonido, que le dio al play, y empezó a sonar "I don´t want to miss a thing", de Aerosmith, mientras la novia y el novio, recién cogidos del brazo por los pelos, avanzaban a paso muy ligero, porque iban con una hora y pico de retraso.
La gente se deshacía en aplausos y lágrimas, pero no pudo deshacerse mucho porque el momento duró 30 segundos. No habían llegado al estribillo y ya les separaron para hacerles diferentes fotos, las clásicas: a él en el cochazo. A ella en los rosales. A la señora de la mantilla con el señor del traje tornasolado. Al señor del chaqué con la señora de los taconazos. Ahora todo el mundo junto. Ahora sólo la novia. Ahora el novio. Ahora un beso... en la mejilla. Ahora morreíllo casto. Ahora ella le mira a él enamorada. Ahora la madre de él mira a ella con amor irreal.
Así podría estar horas. La gente iba ya por el cuarto vino y el décimo canapé.
En cuanto se hicieron la millonésima foto, les llevaron prácticamente en volandas al cóctel, esa degustación culinaria que no les dejaron probar porque querían hacerles otras pocas fotos en un photocall que habían preparado para la ocasión. Un camarero con una bandeja gigante le ponía copas de champán a la novia en la mano cada medio segundo. Ella las dejaba en la mesa, claro, ¿cómo podía beber si nadie la dejaba en paz?
El novio sudaba.
Mientras todo ésto ocurría, yo estaba enfrente, en una sala protegida en la que no nos veían, bailando desaforada con los niños y niñas, pintando caras, haciendo globos, saltando, gritando. Estaban l@s pobres hasta el recogido y hasta la pajarita de la boda, y querían desfogarse hasta morir. Era la fiesta más punki en la que he estado en mucho tiempo.
Llevávamos media hora de botes y canciones cuando sonó esa delicia de la música que es "Soy una taza, una tetera, una cuchara y un cucharón", y que habré bailado unos dos millones de veces en mi vida. Mi postura de la taza es más realista que la taza en la que desayuno: dan ganas de echarme café, no digo más.
De repente, por una puerta lateral entró la novia, con cara de estar agotada. Venía a ver cómo estaban los y las peques y si estábamos pasándolo bien.
Por la puerta contraria, también lateral, apareció el novio. Llevaba un pañuelo de tela bordado en la mano y se enjuagaba el sudor, que le caía a raudales en aquella carpa con 350ºC en su interior.
Los novios se encontraron en el centro de nuestra pista improvisada, entre el paracaídas y el castillo hinchable.
Y entonces ella empezó a bailar. "Soy una taza", y ponía un brazo en jarras, "una tetera" y ponía el otro en alto, "una cuchara" y alzaba los brazos por encima del velo kilométrico, "y un cucharón" y bajaba los brazos a la altura del cinturón de pedrería de su vestido de ypicomil euros.
Él la siguió. Se metieron en el centro del círculo y empezaron a reír, a cantar y a bailar hasta que la canción terminó. Después se abrazaron y se dieron un beso, su primer abrazo y su primer beso desde que, horas antes, alguien les había declarado marido y mujer. Un beso de verdad, sin fotos, sin presión, sin mantillas ni motores. Un beso.
Y sonrieron de verdad. Por primera vez.
Las primeras horas de su matrimonio habían pasado con prisa, con la obligación de correr de aquí para allá porque llegamos tarde, separados, haciéndose fotos que luego quedan en un cajón, bebiendo un champán que no les apetece, buscando con la mirada a la otra persona pero sin verla. Necesitaron cruzar a la sala infantil, quitarse el estrés a golpe de música y bailar dejándose llevar una canción de niñ@s que seguramente y con tanto preparativo, ni siquiera recordaban.
No entiendo cómo alguien puede elegir casarse así. Sin estar en su propia boda.
La gente tiene razón: que vivan los novios, pero que VIVAN de verdad. Que su amor no muera antes de empezar bajo el toldo de una carpa en un Hipódromo cualquiera.
jueves, 11 de julio de 2013
El día más triste de mi vida moderna
A mí de pequeña azotes me cayeron pocos, pero algún cachete que otro me sobrevoló la nuca aunque aún no llevase el pelo corto. Crecí en estatura a toda velocidad, así que a mitad de mi infancia media ya era complicado darme una colleja, porque las veía venir desde mi propia altura y las esquivaba a toda velocidad. Sin embargo, hubo dos que recordaré siempre, y que están en mi memoria sólo por una razón: fueron las dos únicas veces en que realmente no lo esperaba y realmente me pilló de sorpresa. Una fue por contestar mal y la otra por contestar peor: en eso he sido siempre muy clásica.
Los golpes (los reales y los metafóricos) que más daño hacen son los que impactan por lo inesperados: duele más, de toda la vida, un golpe en el dedo pequeño del pie con la pata de la silla en la quietud de la noche que una caída de la bici. La única diferencia es que la primera no te la esperas, no la ves venir, y la segunda te la hueles desde el momento en que coges mal la curva o te lanzas por una cuesta a lo "mamámirasinmanos". También duele más, de siempre, descubrir que te han engañado a saber que te están engañando, como duele más comprar a precios desorbitados a que te timen sin darte cuenta. Ese es el verdadero dolor, el del factor sorpresa.
Ayer fue el día más triste de mi vida moderna.
No será que no he tenido algunos palos este año (y el pasado, y el anterior, la vida de una Drama Queen es muy dura), pero en ninguno jugó el factor sorpresa sus cartas con tanto acierto. En los capítulos anteriores de mi vida moderna, antes o después sabía que el desenlace sería el que fue, porque la vida depara sorpresas pero a veces te las anticipa para que no te de un cuajo. En este caso, no parecía que fuese a ser así.
En mi anterior post (que puedes leer aquí) hablé del Síndrome Nick Carter, ese por el que mi amiga S. creía que la flauta sonaría para ella y ese en el que yo ni siquiera pensé en creer, tan confiada estaba (y sigo estando) de mis posibilidades. La oposición fue, como tenía que ser por estas fechas, y juro que nunca antes estuve tan preparada, ni había salido tan contenta. No esperaba haberlo hecho bien: simplemente, sabía que lo había hecho bien, y después de cuatro años haciendo lo mismo, una cultiva un cierto criterio con relativa fiabilidad. Me avalaban también los resultados de años anteriores, en los que el 8 fue mi nota más baja. Esta vez, la sensación superaba a la de los ochos pasados.
Me cayó un tema en el examen, me cayó el tema, la perla de mi corona, la piedra Filosofal de mi memoria, ese tema que sale en tus oraciones, en tus sueños, en tus desvelos, en la cama, en el parque, en la piscina, ESE tema. Y lo hice, qué cojones, lo bordé. Los otros exámenes no eran fáciles, ni difíciles, y aún así salí contenta. Cuál fue mi sorpresa ayer, día de la entrega de notas, cuando miré el tablón donde estaban las personas aprobadas: donde sólo salen las personas aprobadas.
Y no
me
v
í...
Se me descolgaban las letras, se me descolgaban los ojos y se me descolgaba el corazón.
No
es
t
ab
a...
No pude ni llorar. Ni reír. Ni moverme.
Para mí estos exámenes no son unos exámenes cualesquiera que haces por hacer, por ver si suena la flauta, por ver si te mira Nick Carter y se enamora de tí y si no, pues oye, volverte con el Samu, tu novio del barrio, de toda la vida.
Para mí estos exámenes son una llave, el acceso para poder hacer algo en lo que creo, que me hace feliz y para lo que de verdad sé que valgo. Algo en lo que he invertido cuatro largos años de mi vida, para lo que me he preparado, para lo que estudio, para lo que trabajo, casi para lo que vivo. Porque quien no tiene una vocación, no sabe cómo se vive la sensación de no necesitar trabajar para sobrevivir, sino para vivir, como parte de la vida, aunque fuese a cambio de nada, aunque la nada fuese el cambio.
Y de repente un país, un mundo, entran en una crisis y se cierran las puertas a poder hacer algo así dignamente, en un entorno que te valore, que te deje desplegar las alas, sólo porque han decidido cargárselo, y quien tiene en este momento la escopeta la mueve a su alrededor, cierra los ojos, aprieta el gatillo y ¡pum! ¡pum!, dispara, mata un punto, mata una décima, mata otra y otras dos, y te deja fuera del círculo, esta vez, por primera vez.
No lo ví venir y por eso se me atragantó, por eso se me ha puesto la vida en los ojos y ahora no sé muy bien cómo gestionarla. El tiempo pasa y la situación no cambia, y quizá sea este el momento de meter los trastos, las ganas y las alas en una de las maletas llenas de pegatinas de mis padres, que marcábamos para no perderlas nunca, y contar Cuentos Chinos desde otro lado, intentarlo desde otro idioma, desde otro mapa, desde otro horario, para volver con más fuerza.
Porque no esperarlo es peor que verlo venir.
Porque ayer fue, con diferencia y por ese motivo, el día más triste de mi vida moderna.
Pd. Aún termino dando una enhorabuena: a las paradojas de la vida, a Nick Carter y a S., que como no podía ser de otra manera, ha aprobado. Felicidades, amiga.

Los golpes (los reales y los metafóricos) que más daño hacen son los que impactan por lo inesperados: duele más, de toda la vida, un golpe en el dedo pequeño del pie con la pata de la silla en la quietud de la noche que una caída de la bici. La única diferencia es que la primera no te la esperas, no la ves venir, y la segunda te la hueles desde el momento en que coges mal la curva o te lanzas por una cuesta a lo "mamámirasinmanos". También duele más, de siempre, descubrir que te han engañado a saber que te están engañando, como duele más comprar a precios desorbitados a que te timen sin darte cuenta. Ese es el verdadero dolor, el del factor sorpresa.
Ayer fue el día más triste de mi vida moderna.
No será que no he tenido algunos palos este año (y el pasado, y el anterior, la vida de una Drama Queen es muy dura), pero en ninguno jugó el factor sorpresa sus cartas con tanto acierto. En los capítulos anteriores de mi vida moderna, antes o después sabía que el desenlace sería el que fue, porque la vida depara sorpresas pero a veces te las anticipa para que no te de un cuajo. En este caso, no parecía que fuese a ser así.
En mi anterior post (que puedes leer aquí) hablé del Síndrome Nick Carter, ese por el que mi amiga S. creía que la flauta sonaría para ella y ese en el que yo ni siquiera pensé en creer, tan confiada estaba (y sigo estando) de mis posibilidades. La oposición fue, como tenía que ser por estas fechas, y juro que nunca antes estuve tan preparada, ni había salido tan contenta. No esperaba haberlo hecho bien: simplemente, sabía que lo había hecho bien, y después de cuatro años haciendo lo mismo, una cultiva un cierto criterio con relativa fiabilidad. Me avalaban también los resultados de años anteriores, en los que el 8 fue mi nota más baja. Esta vez, la sensación superaba a la de los ochos pasados.
Me cayó un tema en el examen, me cayó el tema, la perla de mi corona, la piedra Filosofal de mi memoria, ese tema que sale en tus oraciones, en tus sueños, en tus desvelos, en la cama, en el parque, en la piscina, ESE tema. Y lo hice, qué cojones, lo bordé. Los otros exámenes no eran fáciles, ni difíciles, y aún así salí contenta. Cuál fue mi sorpresa ayer, día de la entrega de notas, cuando miré el tablón donde estaban las personas aprobadas: donde sólo salen las personas aprobadas.
Y no
me
v
í...
Se me descolgaban las letras, se me descolgaban los ojos y se me descolgaba el corazón.
No
es
t
ab
a...
No pude ni llorar. Ni reír. Ni moverme.
Para mí estos exámenes no son unos exámenes cualesquiera que haces por hacer, por ver si suena la flauta, por ver si te mira Nick Carter y se enamora de tí y si no, pues oye, volverte con el Samu, tu novio del barrio, de toda la vida.
Para mí estos exámenes son una llave, el acceso para poder hacer algo en lo que creo, que me hace feliz y para lo que de verdad sé que valgo. Algo en lo que he invertido cuatro largos años de mi vida, para lo que me he preparado, para lo que estudio, para lo que trabajo, casi para lo que vivo. Porque quien no tiene una vocación, no sabe cómo se vive la sensación de no necesitar trabajar para sobrevivir, sino para vivir, como parte de la vida, aunque fuese a cambio de nada, aunque la nada fuese el cambio.
Y de repente un país, un mundo, entran en una crisis y se cierran las puertas a poder hacer algo así dignamente, en un entorno que te valore, que te deje desplegar las alas, sólo porque han decidido cargárselo, y quien tiene en este momento la escopeta la mueve a su alrededor, cierra los ojos, aprieta el gatillo y ¡pum! ¡pum!, dispara, mata un punto, mata una décima, mata otra y otras dos, y te deja fuera del círculo, esta vez, por primera vez.
No lo ví venir y por eso se me atragantó, por eso se me ha puesto la vida en los ojos y ahora no sé muy bien cómo gestionarla. El tiempo pasa y la situación no cambia, y quizá sea este el momento de meter los trastos, las ganas y las alas en una de las maletas llenas de pegatinas de mis padres, que marcábamos para no perderlas nunca, y contar Cuentos Chinos desde otro lado, intentarlo desde otro idioma, desde otro mapa, desde otro horario, para volver con más fuerza.
Porque no esperarlo es peor que verlo venir.
Porque ayer fue, con diferencia y por ese motivo, el día más triste de mi vida moderna.
Pd. Aún termino dando una enhorabuena: a las paradojas de la vida, a Nick Carter y a S., que como no podía ser de otra manera, ha aprobado. Felicidades, amiga.

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