En un arranque de solidaridad ciudadana, el padre nos preguntó:
- ¿Sabéis lo que es eso?
A mí estas preguntas en un cole tan pijo me dan miedo, porque como dice el refrán, es mejor callarte y parecer tonta que hablar y demostrar que lo eres. Cuando me preguntan cosas como "¿qué cilindrada dirás que tiene ese coche?" o "¿tú dónde sueles ir a esquiar?" o "¿sabes lo que son las finas líneas de expresión?" me hacen tambalearme peligrosamente en la delgada línea que discurre entre dar la impresión de que no tengo ni puñetera idea de lo que me hablan o, efectivamente, demostrar que no sé de qué va el rollo de las cilindradas y que la única vez que esquié en mi vida lo hice con guantes de muñecos en las manos y casi me mato nada más llegar (si quieres rememorar aquel lamentable momento, puedes hacerlo pinchando aquí). Y que por supuesto no sé de qué hablan cuando hablan de las finas líneas de expresión.
Como no llevaba el bolso, y por tanto no podía fingir buscar algo en él mientras esperaba a que alguien contestase, tuve que reaccionar:
- Yo... eh, bueno... la verdad... es que... no.
Quiso el universo que todas las personas que estaban a mi alrededor secundaran mi respuesta. Entonces, el padre, en un segundo arranque de empatía dijo:
- Normal, yo tampoco lo sabía.
Resulta que la mujer era maquilladora. De toda la puta vida, vamos. Y resulta que lo que ella, en un intento de ser snob (o de imbecilidad súbita) llama finas líneas de expresión son para el resto de l@s mortales, simples arrugas.
Haber empezado por ahí, hombre.
Creo que en aquel momento ví pasar una pelusa y con la excusa de limpiarla me escabullí como pude de la conversación. Ahí les dejé debatiendo acerca de temas tan interesantes como el maquillaje de las arrugas o el letargo de la larva de cochinilla. La gente pija tiene conversaciones que para sí las quisiera Punset.
El caso es que me puse a pensar (cosa que siempre hago con cualquier reflexión banal que intervenga en mi vida) en cómo somos, hay que ver. Hemos criminalizado tanto las arrugas que ahora las llamamos finas líneas de expresión. Resulta que lo viejo no sólo no es válido, sino que es invisible. Imperceptible. Impensable. Nunca estuvo, nunca ocurrió. Demuestra que puedes innovar y estarás de nuevo en el círculo. Deja ver que el tiempo ha pasado y estarás irremediablemente condenad@ al ostracismo.
Cada arruga es una vivencia, una pena, una alegría. Hay arrugas que salen de tanto llorar, o de tanto fruncir el ceño, o de los disgustos, como las canas, y otras arrugas que salen de tanto reír, o de tanto sorprenderse, de tanto disfrutar. Y todas, todas ellas, salen de tanto vivir.
No hay dos arrugas iguales. Cada cara tiene sus arrugas, sus marcas de lo vivido, de lo pasado, de lo sentido. Mi abuelo Patricio tenía arrugas de entrecerrar los ojos mientras trabajaba en el campo, intentando esquivar el sol. Mi abuela Isi tenía arrugas de encoger la boca al sonreír con gesto de ratoncillo. Mi abuela Maruja tiene arrugas de enhebrar las agujas para crear prendas maravillosas. Mi abuelo Valentín tiene arrugas de levantar las cejas mirando hacia arriba al medir a sus clientes con el metro para vestirles de señores y señoras de alta alcurnia. Mi madre tiene arrugas de poner cara de pillina cuando nos dejaba hacer alguna trastada. Mi padre tiene arrugas de hacernos muecas a mi hermana y a mí los sábados por la tarde, cuando nos quedábamos en casa después de comer y nos cantaba canciones, y nos contaba cuentos.
Por eso soy de la opinión de que todo lo que hacemos, que vivimos, que somos, merece la pena ser contado, y grabarse en nuestras caras, y en nuestras cabezas y en el mejor de los casos, en nuestros corazones, aunque sean cosas de las que una no quiere ni acordarse, aunque los surcos no siempre recuerden el mejor momento de nuestras vidas, aunque a veces maquillemos nuestras arrugas o peor, aunque busquemos a alguien que nos las maquille.
Todas las personas sabias que conozco tienen arrugas, finas líneas de expresión. De expresar alegría, tristeza, amor o desesperación. Pero arrugas de vivir, arrugas de ser.
Y son las arrugas las que dejan que en cada cara se lea una vida que merece ser contada.
PD. A todas mis amigas, (a María, a Mariu, a Raquel, a Merche, a las orejas incondicionales), a Brendita (sólo te menciono con pseudónimo, para que veas que te escucho), a Chari, a Norit, a Feu, a Roci, a Moni, a Rosa, a todas las que me dejo y a las que me hacéis feliz cada día, gracias por ser el bálsamo para mis líneas de expresión. Y muy especialmente, por estos tiempos que (nos) toca vivir, a Patri, gracias por acompañarme cada día en mi camino por este mundo cabaretero. Os quiero.