"Pido perdón a los niños por haber dedicado este blog a personas mayores. (...) quiero dedicar este blog a los niños y niñas que estas personas han sido. Todas las personas mayores fueron primero niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria."

Adaptación de la dedicatoria del libro "El Principito", de Antoine Saint-Exupéry




viernes, 11 de enero de 2013

La llave de la azotea

Mi hogar está situado en el medio de un edificio de 16 plantas.

¡16 plantas!

Mucha gente se horroriza cuando se lo cuento, o cuando vienen a verme.

"¡16 plantas!" repiten. "¿No son muchas?", insisten.

Pues hombre (o mujer, o viceversa, quién sabe), unas cuantas sí son. En los últimos años de mi existencia me he encontrado por el camino con muchas incorporaciones nuevas a mi vida que vivían y/o viven en chalets (hasta la adolescencia tardía sólo tuve una amiga que vivía en un chalet, Olga, y conté su historia aquí) o casitas bajas, y claro, les dan vueltas los ojos cuando vienen a mi casa.

El lector o la lectora que no haya venido a mi casa se imaginará a estas alturas que vivo no sé, en un rascacielos del corte de las Torres Gemelas o similiar. Lo peor (o lo mejor, yo ya no sé) es que ni siquiera vivo en un rascacielos moderno y elegante, sino en el clásico edificio de pisos de construcción sesentera en un barrio de la antigua periferia madrileña que aparte de no tener una estética aplastante ni siquiera sale en las revistas. Es un bloque en el que nos amontonamos cual abejitas en su colmena, y en el que, si prestas atención, puedes escuchar decenas de vidas bullendo en su interior.

El caso es que vivo en todo el medio del edificio. Son 16 plantas distribuídas en 3 sótanos y 13 pisos de viviendas, sin más. En esos 3 sótanos se apilan coches, motos y bicis y trastos de todos los tipos y pelajes, porque conviven los trasteros (que costó 13 años de juntas vecinales construir según me han contado y que provocaron rencillas por las cuales los vecinos más antiguos no se hablan entre sí) y los garajes, en los que hay normas estrictísimas de aparcamiento que no cumple ni un vecino (me incluyo). Por lo demás, convivimos en paz y armonía absolutas.

Mi casa está en el piso 7, una altura perfecta para una persona con miedo a las alturas como soy yo (ejem). El caso es que siempre he vivido en pisos relativamente altos, así que estoy más o menos acostumbrada. No obstante, tengo lo bueno de los pisos altos, que es alejarse del mundano ruido de la calle, y por otro lado lo bueno de los pisos bajos, que es tardar menos de 45 minutos en bajar hasta la calle. También conté una vez, concretamente en el post acerca de la dura vida en comunidad, (puedes recordarlo aquí) que en mi casa sólo hay un ascensor y quienes viven en el piso 13 ven poco la luz del día, porque hasta que el ascensor sube a sus casas ya se ha hecho de noche. Para eso pusieron las escaleras, pero entiendo que las escaleras se hicieron para valientes y cada vez hay menos.

El caso es que hay una leyenda urbana cuya veracidad nunca he constatado porque no tengo propiedades inmuebles, y es la que dice que las casas que se encuentran en pisos superiores al 7º de un edificio se venden más baratos porque, en caso de incendio, las escaleras de los bomberos no llegan hasta tan arriba. No sé si será cierto pero tampoco tengo excesivas ganas de comprobarlo; la cuestión es que en caso de incendio, es cierto que los pisos altos tienen serios problemas para cualquier solución que se proponga.

Sin embargo, para los pisos altos también hay una alternativa, que es la azotea. La azotea es una explanada que hay en lo alto de la torre y que sólo, sólo, SÓLO, está pensada para emergencias.
Desconozco si quienes vivan en los pisos altos la utilizan con otros fines, en fin, no quiero ser inductora del vandalismo vecinal ni de acciones que vayan en contra de los estatutos comunitarios. Sólo digo que un colega mío vivía en un último piso de un edificio como el nuestro y no sabe nadie cómo se veían las estrellas desde su azotea (que seguramente también estaba pensada para evacuaciones).

Lo que a mí nadie me responde es, en caso de incendio, qué cojones vamos a hacer apiñad@s en la azotea, pero entiendo que son preguntas incómodas para los altos cargos. Algún día lo sabremos.

Toda esta información está en mí desde hace relativamente poco. A mí los planes de evacuación me causan poca impresión, la verdad, veo la desgracia lejana (toquemos madera) y, si me tiene que tocar, confío ciegamente en el resto de la humanidad, porque yo me voy a bloquear fijo.
Sin embargo llevo semanas y semanas jurando en arameo enfadada porque se me enganchan las llaves en el ganchito de la puerta (ese ganchito que se coloca en las casas donde viven varias personas para que cada quien cuelgue su manojo de llaves).
Mis llaves se enganchaban a cada minuto en el ganchito, y lo hacían porque del saliente colgaba una llavecita sola, en su arandela, sin etiqueta que la identificase ni nombre al que asignarla. Al principio pensé que sería una llave de las que se pierden y pululan por nuestras vidas sin ton ni son, así que me organicé para encontrar a su dueñ@. Tras una búsqueda exahustiva, dí por finalizada la investigación: no era de nadie.

Entonces, ¿qué coño hacía esa llave ahí, molestándome cada mañana?

Finalmente descubrí que es la llave de la azotea. ¿Qué hacía ahí, en nuestro ganchito? Pues la respuesta es que se le da a todo vecino o vecina cuando llega al edificio para que la cuelgue en su ganchito, y ahí debe esperar al día de la debacle para que, en la locura de gritos, carreras, muerte y destrucción, podamos cogerla (en realidad sólo quien salga primero, si el resto andan en el piso de abajo buscando un calcetín en el tendedero de la vecina o pidiendo sal se quedan sin escapatoria) y huir despavorid@s hacia el piso 13, eso suponiendo que consigamos salvar los 6 pisos de escaleras (el ascensor no funcionará, y si funciona se habrá bloqueado, 150 familias intentando subir a la vez) entre fuego, humo, ascuas y pladur desprendiéndose de todas partes.

¿En serio?

¿En serio voy a estar toda mi estancia en esta casa pendiente de la llave de la azotea?

¿En serio voy a dejar que me moleste cada vez que salgo de casa sólo por si un día, quizá hay un incendio, y quizá estoy en casa, y quizá me da tiempo a cogerla y quizá...?

¿En serio voy a vivir toda mi existencia pendiente de las cosas que "quizá pasen" (o quizá no), en vez de guardar todos los "por si pasa" en el cajón y ser un poco feliz aquí y ahora?

¿En serio vamos a desperdiciar nuestro tiempo siempre cuidando de las llavecitas de las azoteas de nuestros sueños y nuestras metas en vez de vivir dentro de ellos y hacerlos realidad, sólo porque alguien nos dice que puede que (y sólo puede que) algún día venga un incendio y los destruya?


En serio, en serio... en serio.



PD. Magnífica foto, magnífica idea de Mar Lozano (poesiavisual-marlozano.blogspot.com), se la voy a copiar para enmarcar la llave de mi azotea. Y si hay un incendio, ya veremos qué hacemos.




miércoles, 2 de enero de 2013

El 2013 se llama Pilar

Llevaba bastante tiempo dándole vueltas y recopilando ideas acerca de qué escribir para cerrar el año, y luego a qué escribir para abrirlo. Es una reacción muy natural del ser humano recopilar, recopilar sobras de la cena para comer al día siguiente, recopilar fotos para hacer álbumes que jamás volvemos a ver (salvo en los tiempos muertos de las cenas familiares, que ahí sí que son buena excusa para pasar el rato), recopilar recuerdos amontonados en cajas y paredes, recopilar momentos para hacer listas interminables de cosas que han pasado en el año que termina y cosas que esperamos que pasen en el venidero. Esta última lista es la de propósitos que jamás cumplimos, y no lo hacemos porque esa lista la está haciendo nuestro "yo" de las circunstancias, el que hace las cosas "que toca hacer", pero que en cualquier otro momento jamás dejaría de fumar, ni se pondría a dieta ni se propondría correr todos los días. Mi "yo" interno, de hecho, piensa que correr es de cobardes.

Han pasado tantas cosas en 2012 que es complicado hacer una recopilación: se nos quedaría una lista larguísima y pesadísima de desasosiegos, angustias, recortes brutales, pérdidas de derechos adquiridos, mamoneos varios, paro, inflacción y demás dramas sociales parapetados por mensajes pseudopositivistas rollo Campofrío que lejos de subirnos la moral a mí personalmente me suben el ácido láctico. En fin.

Al final de todo, mientras pensaba, el 2012 me dejó un momento que tapó por completo mis ansias de recopilar y rebuscar en los cajones de mis miserias personales (y las colectivas, que no estoy yo peor que la mayoría de la gente), y me lo dejó de la mano de quien siempre tiene un punto de sabiduría más que el que podamos tener entre toda la juventud humana: mi abuela.

Mi abuela Maruja es la madre de mi madre, y es la única de mis abuelos que aún puede hacer una vida mínimamente autónoma. Los padres de mi padre fallecieron (y de hecho este pasado 2012 nos dejó mi abuelo Patricio, puedes recordar cómo lo viví pinchando aquí) y el padre de mi madre vive, pero el hombre está ya en una silla de ruedas, con su cabeza y su salud en perfecto estado pero sin movilidad ni autonomía. Mi abuela es la única que aún va a la peluquería, y a la compra, y a tomarse unas cañitas, y al cine todos los miércoles de la vida ahí llueva, nieve o truene. Mi abuela es una crack.

Mi familia cercana (véase mi padre, mi madre, mi hermana y yo) vamos a verles una vez a la semana, aunque no necesariamente todos juntos el mismo día. El caso es que hace un par de semanas estaba yo tomando el aperitivo tan feliz con ella en la terraza cuando me dijo:

- Oye hija, este año me haría mucha ilusión que me llevaras a conocer a Pilar.

Pilar es la asistente de Teleasistencia que les corresponde a mis abuelos. El servicio de Teleasistencia es eso que mis abuelos llaman "el botón rojo", ese pulsador que los abuelos del mundo llevan colgado del cuello y que pulsan veinte veces al día por equivocación, pero que en realidad está pensado para las emergencias y para comunicarse con ellos.

Las operadoras y operadores de Teleasistencia llaman además a los abuelos y abuelas del mundo varias veces a la semana para charlar, contarse batallas, recordarles que no abran la puerta a gente extraña, que beban agua, que se tomen el pastel de medicinas que les receta el médico (a partir de ahora, por cierto, previo pago de un euro por receta), que hagan ejercicio, que no se pongan al sol y todas las recomendaciones que se dan para preservar las vidas ancianas.

La mujer que llama a mis abuelos varias veces a la semana se llama Pilar, como digo. Mi abuela, como todas las abuelas y abuelos de este mundo, disfruta infinito de las conversaciones con Pilar, porque aunque hable con mi madre y con nosotras treinta veces al día, nosotras siempre hablamos de las mismas cosas, nos tenemos muy vistas. Sin embargo, con Pilar cada día es una conversación nueva, porque no se conocen: que si el tiempo en primavera, que si cómo está mi abuelo, que si no se qué nueva medicina, que si las nietas, que si mis hijas, en fin, lo que a nosotras no nos cuenta porque es hablar de lo pesadas que somos.

Pues mi abuela, a su ochenta y tantos años, tenía una ilusión para este año que ha terminado: ponerle cara a Pilar. A veces jugábamos, por la voz, a intentar imaginarla: mi abuela decía que sería bajita, gordita y con cara de simpática. Mi padre que tendría unos cuarenta y tantos años y que era tan dulce porque tenía dos hijos no muy mayores. Mi tía se la imaginaba un poco anticuada vistiendo, con lo entrañable de las personas que no le dan importancia a la ropa porque exceden a las modas. Yo la imaginaba muy blanquita de piel, con ojos claros y sonrisa tierna.

Por fin nos armamos de valor y averiguamos la dirección del servicio de Teleasistencia. Quedamos al día siguiente para conocer, por fin a Pilar, después de haberla interrogado discretamente en sucesivas llamadas acerca de la posibilidad de ir a verla ("sí, sí, por favor, venid cuando queráis") y de cuándo podríamos acercarnos ("yo es que sólo tengo horario de tarde, Maruja").

Mi abuela estaba radiante cuando llegué a buscarla, con su pañuelo azul cielo y su camisa blanca. Mi abuela es una mujer guapísima y elegantísima con cualquier cosa que se ponga, pero es que además va siempre impecable. Llevaba dos cajas de bombones y una felicitación navideña que no le dio la gana de escribir a ella ("tengo muy mala letra", pero era vaguería, vamos, porque ella tiene la clásica letra redondilla típica de quien aprendió a escribir con métodos tipo "Rubio" y jamás volvió a escribir de corrido) y que terminé rellenando yo. Nos cogimos mi coche y fuimos en busca de Pilar.

Para no liarla puse el GPS, que es algo que sólo hago si voy con prisa y no me quiero perder. A mí es que a veces me gusta perderme, es la mejor forma de descubrir sitios interesantes, pero esta no era la mejor ocasión, porque mi abuela ya iba nerviosa y no queríamos dar vueltas infinitas por todas las callejuelas, a riesgo además de llegar tarde y perdernos a Pilar. El corazón de mi abuela y el mío, que funcionan a golpe de susto porque somos muy dramáticas y hemos visto juntas muchas telenovelas, no hubieran aguantado esa situación.

Mi abuela iba flipando con el GPS, y se iba quejando de lo desagradable que era la voz que indica la dirección. La pusimos a parir entre las dos, que qué pito, que qué borde, que qué mal vocalizaba; en una de estas la vocecilla me indicó:

- En la siguiente rotonda, gire a la derecha. Gire a la derecha. GIRE A LA DERECHA.


Yo estaba en un semáforo parada, no podía girar aún, pero claro, eso la voz del GPS no lo entiende, así que a la tercera vez que me lo dijo me puse nerviosa y dije elevando la voz:

-¡QUE SÍ! ¡QUE TE HE OÍDO! ¡QUE AHORA GIRO!

Y justo se abrió el semáforo, giré, la voz se calló y la vida siguió. Mi abuela me miraba desencajada:

- ¡Anda! ¡No me digas que la señorita que habla nos está oyendo...! Y nosotras diciendo todo ésto...

Yo me empecé a reír:

- Abuela, no nos oye, es una grabación...

Y ella:

- Pues le has hablado y se ha callado.

Podríamos haber debatido durante horas sobre la tecnología, pero por fin habíamos llegado a la sede de Teleasistencia. Después de poner el ticket del parquímetro entramos a la sede, y nos recibieron decenas de caras maravillosamente sonrientes. Preguntamos por Pilar, pero estaba descansando, así que nos invitaron a sentarnos en la una silla a esperarla.

Durante un rato, mi abuela y yo jugamos a intentar adivinar quién era: esa mujer de pelo corto y alta que nos sonríe... no, no es. Aquella otra de la larga trenza rubia que parece que se acerca... pues tampoco es, mira, se sienta. Igual es ésta que viene, la de la melenita pelirroja que nos mira intrigada... pero no, se va a la calle.
Así estuvimos un rato hasta que se abrió la puerta y entró Pilar. Supimos que era ella.

Era todo lo que habíamos imaginado: con la piel blanca y los ojos claros, como yo pensaba, con sonrisa encantadora, como decía mi abuela, con la ternura de los ojos de las madres, como decía mi padre, aunque no era anticuada vistiendo, sino sorprendentemente elegante y sencilla. Se acercó a nosotras, y mi abuela se echó a llorar. No les hizo falta decirse más. Se abrazaron un rato mientras yo observaba la escena sin saber bien si unirme al abrazo, si salir, si llorar, si reír. Al final esperé un segundo y cuando mi abuela la liberó, me uní al abrazo.

Lo demás fue como esperábamos: le estuvimos contando nuestras vidas, y ella la suya en Teleasistencia, claro, porque no va a contarnos la pobre mujer su vida personal. Conocimos las instalaciones y a otras asistentes (encantadoras todas ellas) y mi abuela les contó lo encantada que estaba, y ellas le dijeron que qué guapa, que qué joven, que no se la imaginaban así, que cómo estaba mi abuelo. Les dio los bombones y se le iluminaron los ojos cuando ellas le dieron las gracias. Faltaba un querubín rubio lanzando pétalos de rosa desde una nube algodonosa en el techo de aquel despachito. Fue una tarde genial.

Mientras salíamos por la puerta y mi abuela se ponía el abrigo, Pilar nos dio las gracias por la visita y mi abuela le dio las gracias por ser tan maravillosa; entonces me dí la vuelta, abracé a Pilar y le dije al oído:

- Gracias, gracias, gracias, por hacer a mis abuelos tan felices, pero sobre todo gracias por haber hecho crecer nuestra familia, y la de tanta gente que no tiene la suerte de tener una. Sois increíbles.

Y ella me dijo:

- Gracias a tí, por hacer crecer la nuestra y hacer que tu abuela se permita disfrutar tantio.

Y entonces Pilar y yo compartimos una lagrimilla que no hemos contado a nadie (yo al menos no lo he hecho, no sé si Pilar lo habrá comentado) porque formó parte de aquel momento, y nos miramos con la esperanza de encontrarnos de nuevo.


Después de este episodio reflexioné, y decidí que mi deseo para este 2013 iba a ser éste: conocer a tantas Pilares que hay por el mundo, y generar familias nuevas, y estar pendientes de todas ellas, y generar redes, que al final son lo único importante, lo único que está siempre, por encima de la crisis, la recesión y nuestros dramas de telenovela.

Mi abuela, una mujer que ha vivido tanto y con tanta gente, sólo quería, al final de este año, ponerle cara a todos los corazones que hay en su vida.

Que el 2013 os traiga la figura de Pilar a tod@s vosotr@s y a tanta gente que está (o se siente) sola y que aún así, como dice mi amigo Mario, enfrenta con tanto valor la vida cada día.


Os quiero.


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martes, 11 de diciembre de 2012

Tres Patas para un Banco

Érase una vez un Banco, de esos comunes de madera barata que se colocan en las calles y en los parques de las ciudades.

Este Banco era semejante a otros muchos bancos vecinos: dos tablones de madera rígidos unidos por una arista dieron vida a un Asiento y a un Respaldo preparados para apoyar las posaderas y la espalda de cualquier viandante.
Lo colocó el Ayuntamiento en una callejuela de un barrio al sur de Madrid donde confluían cuatro edificios altos de pisos. El banco tenía un emplazamiento muy dinámico y estaba rodeado de tiendas: un centro comercial, un estanco, una reprografía, un quiosco, un centro de belleza... mucha gente iba a pasar cada día por aquella plazoletilla e inevitablemente, se iba a parar a descansar en el Banco.

Este Banco tenía una particularidad: le sostenían tres Patas. Los bancos modernos están sujetos por una o dos patas, pero aquel no era un banco demasiado nuevo y por eso le sostenían tres Patas. Las Patas fueron forjadas casi al tiempo, y eran aparentemente iguales, aunque si una se acercaba bien observaba que tenían sutiles diferencias de forma, color y altura.

Las Patas se entendieron bien desde el momento en que fueron colocadas en el Banco. Se alegraron mucho de la zona en la que les había tocado vivir: habían oído historias acerca de bancos que se colocan en parques solitarios, o en descampados hostiles. Habían oído hablar de bancos partidos por la mitad para evitar que los indigentes durmieran en ellos. Habían oído hablar de bancos situados en comisarías y juzgados en los que la gente se sentaba esperando sentencias de libertad o esclavitud. Habían escuchado hablar acerca de bancos anclados en hospitales y tanatorios, bancos diseñados para esperar la vida y la muerte.

Sin embargo y por suerte les había tocado una zona bonita, rodeada de árboles, con niños y niñas, gente adulta y gente mayor, y sobre todo no les había tocado estar solas, que era lo más temido por todas las Patas del mundo.

Las Patas congeniaron enseguida: si había que sujetar mucho peso, las tres se colocaban instantáneamente del mismo lado. Si una estaba un poco cansada, las otras dos soportaban el total de la carga para dejarle descansar. Si hacía buen día, las tres absorbían el sol por igual. Se entendían  la perfección.

El tiempo fue pasando, y las Patas fueron cambiando: la erosión de la lluvia, el viento, el sol, fueron desgastando su color inicial y dejando paso a nuevos tonos. Los chavales y chavalas del barrio pintaron el banco con sprays de colores, y las patas se lo pasaban en grande viendo cómo cada día tenían un look diferente. El Asiento y el Respaldo del banco refunfuñaban quejándose, y cuanto más se quejaban más se reían las Patas, a quienes los colores, lejos de molestarles, les daban nuevas vidas cada día.

El barrio también cambió: la reprografía pasó a ser una peluquería y el centro de belleza pasó a ser una tienda de comida. La gente del barrio empezó a crecer, y cambiaron como cambia todo con el paso del tiempo. Las niñas y niños del barrio crecieron y comenzaron a sentarse en el Banco para hablar de sus primeras preocupaciones: primeros trabajos, primeros amores, primeras decepciones. La juventud creció y emigró a otros barrios, dejando paso a nuevos vecinos y vecinas que llegaban con sus bebés y sus ganas de iniciar una vida nueva en aquel lugar.

Las Patas también empezaron a cambiar de horizontes: soñaban con que colocaran cerca otro banco con otras patas, y poder conocerlas y quién sabe si conectar, y juntarse, y tener Patitas en el futuro.
Otros bancos pasaron cerca, y también otras patas, pero las Patas de aquel Banco no conseguían encontrar un destino mejor que aquel. Se entendían tan bien, congeniaban tan bien, se complementaban tan bien, que dejaron de echar de menos la idea de conocer a otras Patas y se dedicaron a disfrutar de la suerte de estar juntas, dejando a la vida la responsabilidad de diseñar sus futuros.

Se abrieron a la vida: observaban todo lo que ocurría a su alrededor, se maravillaban escuchando a la gente que se les acercaba. Captaban todo lo que ocurría a su alrededor, se rebeleban contra el Asiento y el Respaldo cuando éstos se negaban a ayudar a la gente acomodándose para distintas espaldas y riñones. Las Patas hablaban y hablaban entre ellas, debatían, se escuchaban, nunca se cansaban. Sacaban conclusiones interesantes y soñaban con cambiar el mundo.

Un día, el Ayuntamiento se llevó una de las Patas para arreglar un banco lejano, muy lejano, en un pueblo fuera de la ciudad y del país, cerca de la costa. Las otras dos Patas se quedaron solas, intentando aguantar el peso como podían. Lo consiguieron con esfuerzo, hasta que de repente, un día, sin previo aviso, la Pata volvió.

La Pata les contó todo lo que había en otro lugar, y las otras dos le explicaron cómo había sido la vida sin ella, pero antes de que pudieran disfrutar de tenerse de nuevo las tres, el Ayuntamiento se llevó otra de las Patas a una gran ciudad, esta vez a un lugar gélido donde vivían muchas Patas en muchos bancos. Las otras dos Patas volvieron a repartirse el peso para aguantar la posición, y la Pata que había permanecido siempre en el barrio enseñó a la otra a sostenerse, pero por suerte, al poco tiempo, aquella Pata también volvió y de nuevo fueron tres. Esta vez las tres Patas esperaban estar juntas de nuevo por un tiempo.

Cuando de nuevo llevaban poco tiempo las tres juntas, su relación cambió, de repente: de golpe se hicieron mayores. Por fin dejaron de lado todo lo superficial, ni siquiera se molestaban en enfadarse con el Asiento y el Respaldo. Fueron conscientes de la suerte que tenían de ser Patas en vez de ser, por ejemplo, Reposabrazos (que siempre se llevaban la peor parte del Banco) y se decidieron a aprovecharlo.

Prestaban mucha atención a todo lo que decían las personas que se sentaban en el Banco, aprendían, absorbían la información. Cuando las tres Patas estaban juntas, el Banco dejaba de ser un banco cualquiera y se convertía en algo especial. Todo el mundo lo percibía: sentarse en aquel Banco era diferente a apoyar el culo en cualquier otro. Nadie sabía explicarlo, pero aquel Banco era diferente. Emitía una energía diferente. Y había mil bancos en la ciudad, pero no como aquel. Quizá por eso cambiaron casi todos los bancos del barrio, menos aquel.

Las Patas se sentían cada vez más cerca las unas de las otras: se conocían tanto después de tantos años juntas que sólo con mirarse ya sabían qué pensaba la otra.  Cuando alguien se acercaba sabían con exactitud cómo colocarse para ser una unión perfecta y proporcionar la comodida ideal. Cuando llovía se colocaban más juntas para evitar oxidarse. Cuando soplaba el viento se separaban para dejar hueco y oxigenarse. Todo era tan perfecto que las tres Patas fantaseaban con estar para siempre juntas.

Y entonces, de repente, una de las Patas decidió irse a vivir a Australia.



 

domingo, 18 de noviembre de 2012

La huelga, Elsa Punset y el rasero de la felicidad

Sin paños calientes: llevo 15 días convaleciente, encerrada en el torreón de un castillo de gotelé y trece pisos de alto. Ni siquiera tengo dos largas trenzas para lanzarlas por la ventana, porque me las cortó un peluquero moderno cuando decidí cambiar de look, de aires y de vida. Lo medio conseguí, pero ahora estoy encerrada en lo alto y cual Rapunzel del siglo XXI, pero sin nada que lanzar a alguien que pase por debajo de mi ventana a caballo, y sólo puedo hablar con la bruja a través del whatsapp. Qué vida más dura.

Hace un par de semanas me operaron para extirparme un sobrante del cuerpo, que es un gustazo, porque llevaba tiempo dándome la lata, cada vez más. En estas dos semanas he escrito al menos cuatro o cinco veces el inicio de este post, y cada día lo hacía desde una perspectiva, ahora al borde de la depresión por el encierro, ahora contenta porque había tenido una visita inesperada, ahora enfadada por las molestias y los dolores, ahora enternecida por aquella llamada tan bonita que me hicieron desde un lago. Menos mal que lo dejé reposar todo para llegar hasta este momento y poder contar un poco todo, tranquila.

En estos días he tenido todo tipo de estímulos positivos, pese a todo: visitas, regalos, llamadas, mensajes, flores, bombones y kilos de cosas ricas de comer que no sé si esta convalecencia no me va a quitar un sobrante y me lo va a rellenar de colesterol del malo, del que atacan los soldaditos del Danacol, porque quienes me conocen dan en el clavo y claro, me paso el día matando las penas a golpe de azúcares y grasas saturadas de todo tipo y pelaje.

Mis amigas de toda la vida trajeron a mi torreón su(s) visita(s) y me rodearon de sonrisas, de M&M´s (lo dije, son malvadas, por su culpa llevo una semana comiéndolos casi compulsivamente) y de historias de toda la vida para levantarme el ánimo. Como añadidura trajeron un libro de Elsa Punset, Una mochila para el universo. La verdad es que la familia Punset nos gusta bastante, especialmente porque nos da juego para miles de conversaciones pseudotrascendentales, así que tener el libro en mi poder me convirtió en una especie de gurú de los temas de conversación de las próximas treinta o cuarenta cañas que quedemos a tomarnos.

El tiempo acompañó mucho a la lectura en los días sucesivos, y me sorprendí pasando las horas enteras sentada en un sofá que tengo en la habitación porque mi padre decidió que era perfecto para mí pero que a mí no me ha conquistado hasta ahora. Esa es una filosofía que tengo muy desarrollada en varias facetas de mi vida: casi nunca descambio ni desprecio regalos que me hacen (ropa, libros, muebles, música, lo que sea) porque aunque ahora no me guste demasiado sé por experiencia que no soy una tía que se cierre en banda a nada y que llegará el día en que ese objeto tenga un hueco perfecto en mi vida. En el caso del sofá ha resultado ser maravilloso para la postura que tengo que mantener durante el postoperatorio, así que estoy feliz de no haber tirado el sofá a tomar por culo en todo este tiempo, cuando sólo estorbaba y me ponía de los nervios.

El libro me duró como un par de días, y básicamente habla de la inmensidad de la vida, del quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos pero en bata y zapatillas, es decir, desde una perspectiva muy de andar por casa. Bueno, en realidad aborda especialmente la felicidad, como todo lo filosófico, y como es lógico empieza preguntando: ¿qué es ser feliz? Lo decimos con mucha alegría: "soy feliz". "No soy feliz". "Podría ser más feliz". "No podría ser más feliz". "Felices los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios".
La felicidad es un tema muy recurrente en cualquier contexto, para nutrir la fe, para alimentar el espíritu, pero nadie sabe qué coño es.

Elsa Punset define la felicidad como "el grado de satisfacción y/o de bienestar de una persona". Fácil, sencillo de entender y de medir: ¿te sientes bien contigo pese a que tu curro sea una mierda? Eres feliz. ¿Tienes el trabajo de tus sueños pero no te acabas de hallar en él? No eres feliz. Y eso hablando de trabajo, que es para mí un tema banal: nos ponemos a hablar de las familias o de las parejas y te caes para atrás.

El caso es que los primeros días de mi convalecencia casi me ahogo, pero literalmente. Me veía como un pez en una pecera cerrada, sin poder "hacer nada": sin poder salir, sin poder pasear, sin poder ir a tomar algo, sin poder hacer la compra, sin poder quedar con mi gente adorada, sin poder ir al cine, ni al teatro, y en fin, sin poder ser yo. Cualquier comentario que contradijese mi sensación me ponía de peor humor, y mi vida se basaba en escuchar a cantautores suicidas y mirar por la ventana en pijama contando los minutos para que terminase esa hora, y luego la siguiente, y luego la siguiente, y así.

Habrá quien piense que exagero, pero es muy fuerte la sensación de "imprductividad" que genera mi cerebro cuando no estoy haciendo "lo que se espera que yo haga". Hablándolo con P. (alias Cabaretera woman) me explicaba que era normal que en mis dos o tres primeras semanas como desempleada me sintiese totalmente inútil y desesperada. Nacemos y crecemos en una sociedad que excluye a quien no genera dinero. Yo no he parado de moverme desde que terminó mi último curro, sigo estudiando, haciendo cursos, leyendo, saliendo, aprendiendo, viajando, conociendo gente, haciendo mil cosas, y sin embargo no terminaba de sentirme bien por no estar haciendo nada que aportase, a mí o a cualquiera, una remuneración. El sueldo se había convertido en el colchón de mi bienestar mucho más que mi misma persona, y sin darme yo cuenta había sido educada (y educaba yo también, joder) para producir, y producir y producir, pero siempre con intercambio monetario. Qué horror.

Pues igual que el sueldo era el rasero de mi aparente felicidad, lo era estos días la vida social. "Si no curras al menos mueve el culo", parecían decirme hasta los cojines del salón. Ni siquiera quería aceptar que entre los dolores y la incomodidad NECESITABA, física, emocional y mentalmente, descansar. Estar tirada en la cama me parecía el colmo de la falta de respeto al Universo. He buscado, incluso, excusas para levantarme cuando realmente no hacía falta que lo hiciese.

Así estuve hasta que el miércoles, día 14, España llevó a cabo la huelga general que llevaba tiempo convocada. Yo secundé la huelga como pude desde casa, y esto es tratando de no consumir o hacerlo en la medida justa y necesaria, que en el caso de una enferma es un poco más de lo normal en cualquier otro caso. Sin embargo, apagué la tele, las luces que siempre andan de fondo en todas las habitaciones de mi casa, la radio que también está encendida intentando hacerme compañía y decidí incluso ignorar el teléfono, que en realidad no me hacía ni falta.

Ese fue el día en que descubrí el sofá y su comodidad. A la luz de la magnífica claridad que entra por mis ventanas estuve toda la mañana disfrutando del silencio de mi casa y del libro de la Punset. A ratos paraba, me estiraba, me asomaba por la ventana y observaba la quietud de mi barrio, no sé si por la hora, por la huelga o por los coches de policía que patrullaban por aquí a cada rato.

Comí y me eché una siesta relajada, placentera, sin prisa por hacer nada (total, no podía ir a la manifestación posterior, sin móvil no iba a contactar con nadie, sin tele no me interesaba despertarme para ver una peli ni un programa), y descansé como llevaba semanas sin hacerlo. Me desperté, merendé y aproveché la última luz del día para leer. Tuve una visita sorpresa, disfruté de una conversación y una cena estupendas y me acosté habiendo disfrutado de un día en el que yo y mis apetencias habíamos sido protagonistas.

Qué placer.

Desde ese día, mi vida de convaleciente ha dado una vuelta. Mi amiga Brendi me decía en una de mis épocas más bajas:

- Haz el favor de no estar todo el día pendiente de lo que NO tienes. Fíjate en lo que tienes, que es mucho, y no te pases las horas quejándote.

También lo dice Elsa Punset: el cerebro humano, para equilibrarse, necesita cinco estímulos positivos por cada uno negativo, y necesita vivirlos intensamente. Olvidarse del mundo y dejarse llevar. Mi profe de yoga lo llama "meditar en lo cotidiano". Al final todo el mundo tiene razón y yo estoy por patentar un especial del programa "21 días" que se llame "21 días negando la realidad" o simplemente "21 días en la parra".

Así que me he dedicado estos últimos días a disfrutar de todo lo que me ofrece el reposo en casa: pasar un buen rato cocinando, reciclar ropa a base de imaginación, aguja e hilo, leer sin prisa en mi sofá redescubierto, escribir todo lo que se me pasa por la cabeza, pintar con acuarelas, mirar cómo caen las hojas por la ventana, tocar la guitarra compitiendo con el capullo de mi vecino y su piano (que no termina de dominar) y sobre todo escucharme y hacerme caso cuando me apetece hacer algo.

Y el caso es que me estoy recuperando mucho más rápido desde el miércoles, me lo ha dicho mi cirujana. "Eso es que comes mejor" me ha comentado. Si supiera que sobrevivo a base de M&M´s...
Estoy más tranquila, duermo mejor, como mejor, disfruto de los cambios de mi cuerpo durante estos días.

Lo mejor de todo es que me encuentro estupendamente. Casi no tengo dolores. Estoy más tranquila: el otro día me despertaron dos veces de la siesta los de Atención al Cliente de Vodafone y no tuve ganas de matarles. Eso es que estoy cambiando sí o sí.

Y estoy bastante satisfecha. Ha subido mi nivel de bienestar. Debe ser que estoy haciendo eso que llaman "crecer",o quizá sea que a pesar de estar hecha un guiñapo y estar loca por que me den el alta, voy siendo cada día, según palabras de Elsa Punset, un poquito más feliz.





lunes, 5 de noviembre de 2012

El síndrome de Stendhal (o qué he venido yo a hacer a este mundo)

Cuando me hallaba yo surcando los mares en velero cual Rose Dewitt Bukater en Titanic, bajamos nadando a visitar una isla cuyo nombre no recuerdo, la verdad, pero que era el paraíso mismo rodeado de agua por todas partes.
Como toda isla que se precie, tenía un punto con un mirador natural increíble, así que tras muchos minutos ascendiendo cuesta arriba, con cuarenta grados a la sombra, la ropa empapada del baño y la cara roja como un tomate, subimos hasta lo más alto para tener las mejores vistas del conjunto.

Al llegar arriba, nos quedamos casi sin respiración: era con diferencia una de las vistas más increíbles que yo recuerdo en mis largos años de viajar por el mundo. De repente confluían todos los elementos naturales habidos y por haber (sol intenso, nubes algodonosas, aguas cristalinas, olas embravecidas, arboleda salvaje, miles de pájaros y mariposas revoloteando, flores de colores) en una armonía tan perfecta que hacía daño a los ojos. No sé cuánto tiempo pasó cuando de repente una de mis compis dijo:

- Os juro que creo que estoy teniendo un brote del Síndrome de Stendhal.

Casi me amarga el momento, porque sin saber yo a qué sindrome se refería me imaginé un desvanecimiento por el sol, o algo así, y la miré asustada. El resto la miraban con la msima cara que yo, así que vio que era el momento de explicarnos.

Resulta que el Síndrome de Stendhal es una somatización que se produce por no poder soportar tanta belleza como hay en el mundo a veces. La realidad es que en sus inicios se refería a la belleza en el arte, concretamente en el arte florentino, pero ahora se puede usar también para definir lo que acabo de expresar.

Me recordó a una frase de Albert Espinosa:

"Rompí a llorar. Me encanta esa expresión. No se dice "rompí a comer" o "rompí a caminar". Romper a llorar o reír. Creo que vale la pena hacerse añicos por esos sentimientos".

Hay cosas por las que merece la pena romperse, aunque eso incluya padecer un síndrome. En este caso el Síndrome de Stendhal me pareció una maravillosa forma de bloquearse, puestas a bloquearse por algo. La belleza, la inmensidad o el placer infinitos son premios que para mi gusto bien se merecen el (puto) camino que a veces hay que recorrer.

Hasta aquí yo lo tengo todo clarísimo. El tema es cómo romperse o lo que es peor, cómo romper.

Llevo tiempo con la sensación de que todo es complicadísimo. Incluso lo que tú pensabas que era fácil, resulta que no, que es complicado. Vivir es una contrarreloj entre lo que ya sé y lo que me queda por descubrir, y a veces me sorprendo sin tiempo material entre medias para disfrutar de las dos cosas. Y me agoto.

Me agoto de tener que ir corriendo a todas partes, me agoto de discutir. Me canso de romper con los estereotipos, me canso de luchar contra el techo de cristal que ni siquiera he creado yo misma. Me ahoga el sentimiento de desmotivación de la gente en general, me saturo con tanto como hay por lo que protestar.

Hay veces, sin embargo, que veo un resquicio de luz. Que de repente me enamoro de un lugar, o de un momento, o de la energía vital de una persona, y entonces pararía ese instante para que no se me escapara entre los dedos y pudiera saborearlo, y retenerlo un poco más para sentir que la vida no es siempre tan complicada, tan sufrida, tan difícil, que se puede vivir sin dar tantos trompicones.
Dice mi amiga Cabaretera que soy una persona intensa en los inicios de las relaciones, y tiene razón, pero no lo soy con todo el mundo, es una reacción que ni siquiera controlo, es instintiva: cuando alguien me atrae trato de retenerle, es mi forma de ir llenando los huecos que tengo con pequeños ataques del síndrome de Stendhal para que luego, cuando de viejecilla (si llego) mis nietos y nietas me pregunten como yo hago:

- Abuela, ¿vivir merece la pena?

Yo pueda responderles con una sonrisa, ni sí ni no, pero sonrisa abierta, de las que confirman que no hemos venido al mundo sólo a sufrir, sino que también tenemos la obligación de maravillarnos con tantos lugares, tantos momentos, tantas personas y tantos colores que se esconden en cada esquina para sorprendernos.

A eso he venido yo al mundo: a sorprenderme cada día con todo lo que el mundo es, con lo que eres,  lo que soy, y especialmente con todo lo que todo lo que tú y yo podemos llegar a ser.
A morir, puestas a morir por algo, por no poder soportar tanta belleza como nos rodea cuando abrimos los ojos, respiramos, y simplemente, nos dejamos llevar.

En esas estoy. A ver qué pasa.

miércoles, 24 de octubre de 2012

A la chica morena de Federico Moreno Torroba

Cuando teníamos 15 años, mis amigas y yo éramos, en palabras de mi padre, "terribles". Si mi padre se hiciese una mínima idea de lo que son las chavalas de 15 años de hoy, se le haría un nudo en la lengua, pero en fin, las madres y los padres de este mundo siempre creen que sus descendientes han sido "monísimos/as de peques" y "rebeldes insoportables" y "terribles" en la adolescencia: fijo que la madre y el padre de Ghandi también se lo dijeron alguna vez y mira cómo salió.

El caso es que éramos "terribles" por muchas cosas: porque hablábamos sin parar a gritos durante horas y horas, porque éramos todas chicas y no teníamos con quienes contrastar nuestra siempre acertada opinión acerca de absolutamente todo, porque fumábamos a escondidas por cada rincón, porque a algunas nos habían sancionado incontables veces en el colegio llegando a la expulsión y en mi caso particular porque jamás llegaba a la hora y porque no aprobaba matemáticas ahí se cayera el mundo.
Bueno, y porque las facturas de teléfono eran escandalosas, y cuando llegaba el sobre yo oía a mi madre rasgar la solapa y a los tres segundos vociferar desde el salón:

- ¡Y ESTO ¿QUÉEEEEEE? ¿¿¿LO VAS A PAGAR TÚ??? ¿¿TE HAS PENSADO QUE SOMOS EL BANCO DE ESPAÑA?? ¿¿QUE ESTO ES UN HOTEL??

Y acto seguido venía un fin de semana sin salir, tragando paredes de casa entre terribles lamentos y miradas lánguidas.

Mi padre decía que éramos terribles por todo esto, pero sobre todo por una cosa: porque teníamos ocupado siempre El Muro.

El Muro era, como su propio nombre indica, un muro. Sin más. Sin florituras ni rodeos. Era el clásico muro de cemento rústico que separaba la acera de la calle de unas tiendecillas de esas de barrio, consistentes en una tienda de chucherías, una peluquería de señoras, una panadería (antes una agencia de viajes, antes una peletería, hoy en día un COMPRO ORO) y una zapatería a la que se accedía por unas escaleritas que terminaban en El Muro, y que ocupábamos indefectiblemente a todas horas del día para cabreo supremo del zapatero, que siempre creímos que saldría con una recortada para echarnos de allí, pero que sólo se acordaba de nuestras madres y padres entre dientes.

El Muro ofrecía una cobertura íntima muy interesante (básicamente porque al ser de cemento nos protegía de miradas indiscretas), un soporte inmejorable para apoyar las posaderas en cualquier situación (menos en invierno, que entre la falda del uniforme y el frío del cemento las cistitis iban y venían y todavía nos preguntábamos que dónde coño nos poníamos malas) y sobre todo un lugar de estancia gratuita en el que pasar las horas muertas destripando paso por paso a esa profesora malvada que no te aprobaba ni de coña (excuso decir quién era la que hacía esto conmigo) o a la clásica pija odiosa del A que nos caía mal por sistema.

Por las mañanas, antes de las 8, nos fumábamos el primer cigarro del día en El Muro. A la hora del recreo nos tomábamos el desayuno en él (ahí fue donde empecé yo a currarme estas caderas que orgullosa luzco hoy en día, esculpidas a base de bollería industrial y bocadillos de bacon con queso), y cuando sonaba el timbre de la salida salíamos despavoridas a refugiarnos detrás de su pared, aunque fuese para, una vez allí, despedirnos hasta el día siguiente.

Si quedábamos, ese era el punto de encuentro. Si queríamos vernos, no había más que pasar por allí a cualquier hora y siempre había alguien. Si llegaba el fin de semana, nos reuníamos en ese punto para ir a algun bareto cutre o para pasar el rato, y los domingos nos juntábamos después de comer para planificar la semana siguiente. El Muro era nuestra casa más que el lugar en el que vivíamos con nuestras respectivas familias, y aún hoy pasamos por allí y a veces nos sentamos a charlar aunque ya no aguantemos tener el culo frío más de cinco minutos.

Un día de tantos faltaba poco para terminar una interminable clase de matemáticas en la que sudábamos la gota gorda pensando en que nos tocase salir a la pizarra a corregir los ejercicios. Nuestra profesora era malvada y nos ridiculizaba hasta cotas insospechadas, en mi caso aunque lo hubiera hecho bien. Si nuestras madres y padres llegan a ver lo que nos decía hubieran tomado medidas, pero por aquel entonces la profesora tenía siempre la razón y tú te callabas la boca y te ponías a estudiar o te quedabas sin vacaciones, eso era así.
Los minutos pasaban lentos como las tortugas en los cuentos (en la vida real corren bastante las muy perras, o al menos las tortugas que actúan como mascotas de una clase de Primaria y se ven rodeadas de manitas infantiles amenazando su vida animal) y de repente, en medio de una integral infernal, sonó el timbre y nosotras salimos despavoridas hacia El Muro como hacíamos cada día.

Cuando nos fuimos acoplando, descubrimos algo inusual: un papelito con una bolsa apoyada en lo alto del muro. En el papelito, alguien había escrito:

Para la chica morena alta de Federico Moreno Torroba.

Y nada más. Como éramos unas chicas sin vergüenza, ni respeto ninguno ni sentido de la propiedad privada, nos lanzamos como locas hacia la bolsa para abirla descubrir decepcionadas lo que contenía en su interior: un libro de poemas de Benedetti con algunas hojas marcadas.

Si esto fuese una historia escrita por Enid Blyton o Corín Tellado, o si esto nos ocurriese hoy en día, este momento destilaría romanticismo por los cuatro costados y todas nos habríamos emocionado y habríamos fantaseado acerca del amor y la poesía, pero no, esto era un escenario algo diferente: un muro de cemento enfrente de un colegio de barrio en el que se reunía alrededor de la bolsa una decena de adolescentes crecidas en la era del botellón, y eso nos hacía inmunes a todo.
Una vez que has bebido Ron Alcampo (de menos de 5€ la botella en aquel entonces) en tubo de plástico estás preparada para cualquier cosa, pero también te haces una persona dura y fría a la que no se emociona facilmente.

Lo que hicimos fue decir:

- ¿A quién conocéis que viva en esa calle?

Y es que no sabíamos quién era la morena, pero sí sabíamos que Federico Moreno Torroba era el nombre de una calle madrileña que por desgracia no era la de ninguna de nosotras. Tampoco nos sonaba haber ido a ningún cumpleaños, fiesta, "tarde de estudio" (que era lo mismo que las anteriores pero con nombre discreto para decir a la familia) o evento alguno en aquella calle, lo cual descartaba a todas las chicas de nuestro curso y a toda la gente que conocíamos de otros cursos gracias a la extensión de las redes sociales forjadas en momentos dramáticos de comedor y castigos en la biblioteca.

Hojeamos (y ojeamos) el libro, pero como no vimos nada fuera de los poemas, volvimos a dejar la bolsa en su sitio y a seguir intentando indagar quién sería la famosa morena, pero en algún momento de la conversación se cruzó algo más interesante para nosotras aquel día y lo dejamos pasar.

Desde aquel día, todas las tardes, cuando salíamos a medio día de clase, encontrábamos encima del muro una bolsa blanca con un papel pegado en el que había escrito:

Para la chica morena de Federico Moreno Torroba.

Y dentro de la bolsa, libros de poemas, siempre de amor, siempre grandes clásicos. A veces, dentro del libro, encontrábamos hojitas en los que había escritos, con letra menuda, otros poemas que el misterioso desconocido dedicaba a aquella chica morena cuyo domicilio constaba en las notas.

Llegó un momento en el que, entre clase y clase, nos apostábamos en la ventana que daba al Muro para intentar descubrir al poeta anónimo in fraganti mientras dejaba el libro, pero jamás le veíamos. Durante las interminables horas de Matemáticas, Historia o Inglés nos dejábamos el cuello intentando usar nuestra visión telescópica, pero nunca llegábamos a descubrirle y provocábamos que los castigos volasen sobre nuestras cabezas. Sin embargo, al salir, cinco minutos después, ahí estaba la bolsa blanca con su nota, siempre reclamando a una chica de la que sólo sabíamos la dirección y el tono de su piel, o de su pelo, o de ambos.

Nos daba pena el poeta misterioso, porque la bolsa permanecía horas y horas en el Muro y la chica morena de aquella calle no recogía sus regalos, así que empezamos a llevarnos los libros, cada día una, a casa. Otras veces lo dejábamos en otro banco, o en otra esquina, o en otro lado más cercano a la dirección, con la esperanza de que la chica lo encontrase. Aprovechábamos el revuelo de la salida para, discretamente, hacer desaparecer la bolsa con el libro y la nota.

Una tarde, después de que nuestras casas empezasen a estar llenas de libros de poesía y nuestras familias empezasen a pensar que éramos chicas (¡por fin!) de provecho, recogimos como cada día la bolsa blanca. Aquel día lo hicimos con menos discrección y menos tacto, es decir, vociferando de lado a lado:

- ¡La bolsa! ¡A ver qué libro nos toca hoy!

Hemos de reconocer que habíamos generado una tradición y que casi se nos había olvidado hasta la chica morena. Así como cada día nos sentábamos en El Muro cuando salíamos de clase sin pensarlo, abríamos la bolsa blanca en busca de literatura romántica que llevarnos sin pensar en que tenían dueña y no éramos nosotras.
Lo malo es que subestimamos al poeta desconocido: imagino que andaría por allí, escondido (o no) en cualquier esquina, esperando que su amada morena recogiese el libro, y al ver cuál era el destino final de su regalo debió entristecerse o tirar la toalla, porque al día siguiente no encontramos la bolsa blanca con la nota, ni al siguiente, ni al siguiente, ni nunca más. La chica morena de Federico Moreno Torroba nunca supo que había alguien enamorado de ella hasta Benedetti y vuelta, y el poeta Anónimo nunca supo qué hubiera dicho la chica morena si hubiese recibido los poemas.

Esta historia no tiene un final espectacular: a los pocos días se nos olvidó la historia del poeta Anónimo porque vendría otra seguramente súper interesante para nosotras y que ahora mismo no recuerdo. Volvimos a nuestras clases interminables de matemáticas, a los cigarros por las esquinas, a las facturas de teléfono apoteósicas seguidos de fines de semana de enclaustramiento y a los domingos en El Muro.

Nunca más recordamos a aquel poeta, pero hoy, haciendo limpieza, he encontrado en mi estantería (después de haber cambiado de muebles y de moverlo todo cien veces ha sobrevivido, sorprendentemente) un libro de poemas con pinta de antiguo, y al cogerlo, ha caído de su interior un papelito blanco, pequeño, en el que en letra picuda ponía:

Para la chica morena de Federico Moreno Torroba.

Y después de haber pasado los años, después de haber salido al mundo, después de entender que el romanticismo está en cada esquina pero a veces metido dentro de bolsas de plástico, hago un llamamiento a la chica morena de Federico Moreno Torroba y a todas las chicas, rubias, morenas o pelirrojas que piensan que nadie se fija en ellas (y a los chicos, claro), y a todos los poetas y poetisas que se esconden detrás de papeles y bolsas blancas para decirles: estamos aquí, os recibimos, seguid intentándolo, perseverad. Los Muros de este mundo los derriban, precisamente, personas como vosotras y vosotras.

Sed valientes: algún día alguien abrirá la bolsa, y entonces se cumplirán vuestros sueños: palabra de fan (desde entonces) de Benedetti.


PD: Esta historia va dedicada a tí, que has sabido ser valiente y ver dentro de la bolsa algo más importante que las palabras: a tí misma. Te admiro y te quiero.




viernes, 28 de septiembre de 2012

Que soy compañera, coño (carta a un antidisturbios)

Querido antidisturbios:

Tú no me conoces, yo a tí sí, qué cosas. Te preguntarás por qué se da esta circunstancia de comunicación visual unidireccional, y la respuesta es sencilla: yo casi siempre te miro de frente, y tú casi siempre me buscas la espalda. No creas que hay otra razón por la que no me reconoces, pese a que ultimamente nos hemos visto mucho, demasiado quizá.

Te escribo esta carta que en realidad va dirigida a quienes te dan órdenes también, pero claro, como esas personas no son visibles en las concentraciones y manifestaciones, tampoco salen en la tele ni en el periódico y no las tengo ni en Facebook ni en Twitter, comprenderás que para mí es como si no existieran. Pensarás que esto de que paguen justos por pecadores es un poco injusto, y así es, efectivamente. Sin embargo, tal y como están las cosas, prefiero escribirte a tí y que se lo hagas llegar a tus superiores, así evito por el camino denuncias, imputaciones, calabozo, palos y ese tipo de distracciones nimias que oye, poco a poco se acumulan y a una se le hace cuesta arriba.

La razón de ponerme en contacto contigo es la siguiente. El pasado día 25 de septiembre, un grupo de personas (la consejera de Gobierno dice que 6.000, no sé, yo no soy experta, pero diría que éramos muchas más, tú dirás si estás o no de acuerdo conmigo en función de la cantidad de veces que tuviste que reagruparte con tus compis) nos reunimos en el centro de Madrid bajo la iniciativa "Rodea el Congreso". Pensarás que nos apetecía hacer un corro gigante, y ahora que lo digo la verdad es que hubiera estado bien, pero el problema es que nuestra iniciativa era una acción de protesta, y las acciones de protesta no son un juego, eso lo sé yo porque voy llena de miedos y lo sabes tú porque vas lleno de seguridades.

No sé si te has molestado en enterarte por qué protestábamos, imagino que prefieres ir a trabajar sin presiones externas para ser "completamente objetivo". Tú esperas tu orden y cuando se te dice te lanzas a frenar disturbios (eso significa tu cargo, ¿no?) para proteger a la ciudad... bueno, a los diputados y diputadas en este caso, que por cierto, asume que jamás sabrán que existes ni te dirigirán una carta como esta. Aunque te hayan vendido la idea de que eres una especie de Gladiator moderno no dejas de ser un funcionario más, y ya sabes lo que opina el Gobierno de los funcionarios y funcionarias: que merecemos la muerte, o al menos la ruina, a base de despedirnos a traición y pagarnos menos de lo que cobra un dependiente del Burguer King. Verás que no estás entre su Top Ten de Gente Querida, ¡sorpresa!


De todas formas te cuento yo lo que tus superiores pasan de contarte: resulta que los españoles y españolas nos hemos cansado de que vivan a nuestra costa. No nos enfada que no haya dinero, ni medios, ni personal, no sé, eso sería comprensible y podría pasar, a ver, qué le vamos a hacer. Pasa en las mejores familias.

El problema es cuando hay dinero, recursos y medios y se gestionan con tantísima desigualdad, ahí ya nos enfadamos un poco. Es como si una madre le da la mejor comida a un hijo y al otro le da las sobras para que las reparta con todos sus amigos. Y encima de hacerle pasar hambre, le dice que no hay más. Eso está feo, coincidirás conmigo.

Por eso me llamó tanto la atención verte el día 25, junto con todos tus compañeros, repartir golpes, agarrones, patadas, cabezazos, porrazos y arrastrones a diestro y siniestro entre quienes nos quejamos de la misma desigualdad que te afecta a tí. Entre esa gente había muchas personas diferentes, y no sé si creerme que todas la habían tomado contigo y tus compañeros tanto como para que respondiéseis de esa forma tan brutal. Eso decís, que os lanzaron palos, pinchos (?¿) y 296 kilos de piedras, yo de personas no sé, pero de Unidades de Medida, y concretamente de kilos sí, ¡¡296 kilos!! Hay problemas de matemáticas de Primaria en los que te dicen que con menos de la mitad construyes una valla para cercar un chalet. Admite que exageráis un poco.

Luego está lo de entrar en la estación de Atocha a pelotazo limpio. Eso tampoco estuvo bien, reconócelo, y no ya por la gente aparentemente "violenta" que se refugiaba allí, sino por todas las personas que en ese momento se disponían a coger el tren para volver a casa del trabajo y aquellas que lo cogían para dar una vuelta, o hacer recados, o qué se yo. Y tampoco hablemos de todas las personas con cámaras y micrófonos que trabajan para la prensa y que como todo el resto se llevaron su ración de hostias también por estar allí. Lo que te decía, que en todas partes hay injusticias y se hace daño a mucha gente que no lo merece.

Sin embargo, lo que más me impactó fue un vídeo que ha dado vueltas y vueltas por la red a la velocidad de la luz y que en las redes sociales se ha titulado como "Quesoycompañerocoño".

En ese vídeo se ve cómo unos cuantos compañeros detenéis a un chaval que resulta ser secreta por su indumentaria (porque dudo mucho que un policía os agrediese personalmente) y os liáis a darle patadas y porrazos como si ni hubiera un mañana mientras él se protege con los brazos como puede. Hasta ahí todo es no normal, porque la violencia injustificada nunca es normal, pero sí habitual cuando gente como vosotros y gente como nosotros y nosotras está junta.

Pero de repente, se escucha al chaval gritar desde el suelo:

- ¡¡EEHHHH!! ¡QUE SOY COMPAÑERO, COÑO!

Y en seguida viene otro chaval de indumentaria similar a la del primero y empieza a gritaros también:

- ¡QUE SÍ! ¡QUE ES ÉL! ¡RELAJAOS UN POCO, JODER, QUE ES COMPAÑERO!

Y acto seguido le soltáis, le tendéis la mano y le ayudáis a levantarse y a sacudirse el polvo de los vaqueros.

Es un detalle elegante, la verdad. Lo normal entre iguales es protegerse, es cuidarse, mimarse y quererse. Pese a que a mí me preocupa un poco que no reconozcáis a un compañero con el que se supone que trabajáis, entiendo que la marabunta genera un poco de confusión. Pero cuando descubrís que es un igual, os retractáis y le tendéis la mano.

Aquí es donde surge mi duda... ¿quién crees que soy yo? ¿por qué a mí no me tiendes la mano como a tu compañero?

Yo no soy tu enemiga, ni un ser de otro planeta, ni una terrorista.

Soy la panadera que te vendió cruasanes esta mañana. Soy la maestra que recibe en clase a tus hijos con besos por las mañanas. Soy el enfermero que te cuidó cuando estuviste en Urgencias con aquella gripe horrible. Soy el médico que detectó a tu padre una enfermedad y le curó como si fuese el suyo.

Soy la funcionaria que te gestionó los papeles de aquella subvención que pediste. Soy el agente de viajes que organizó tu luna de miel. Soy el cartero que te lleva la correspondencia cada mañana. Soy el bombero que sofocó el fuego que estuvo a punto de arrasar miles de hectáreas en tu pueblo de la infancia.

Soy la asistente social que atendió a tu abuelos hasta que murieron. Soy la escritora que creó a aquel personaje por el que sientes tanto aprecio. Soy la periodista que presenta el programa que ves todos los domingos. Soy la actriz de la telenovela a la que estás enganchado aunque no lo reconozcas.

Soy la monitora del campamento en el que conociste a tu primer amor. Soy el quiosquero que te guarda las películas cuando se te olvida comprar el suplemento. Soy el artista que toca el acordeón para alegrar tus paseos por el centro. Soy el pintor que te ayudó a que tu casa cambiase de aires.

Soy el reponedor del mercado que cada día lleva tus yogures favoritos. Soy el cajero que te cobra siempre con una sonrisa. Soy la peluquera que te recorta el pelo y la barba cuando te apetece ir elegante. Soy el basurero que mantiene tu calle limpia.

Soy cualquiera de las miles de personas que te cruzas todos los días y a las que aprecias, las que te ayudan, te acompañan, te quieren, te miman. Soy la que está cerca de tí y te sonríe, la que te hace un gesto de consuelo cuando estás en un atasco, la que te cede un hueco en su paraguas cuando la lluvia te sorprende en la calle.

No soy tu enemiga, acepta que empiezas a pensarlo. Soy una persona tan dolida, tan molesta, tan ninguneada y seguramente tan puteada por el sistema como tú. Simplemente, yo tengo otras armas para combatirlo. Y amigas, y amigos, y gente que me acompaña. Y familia que sufre cuando me ve por la tele correr calle abajo con la cara desencajada. Y conciencia que me hace querer escribirte esta carta en vez de responder con violencia a tu violencia.

No soy tu enemiga ni tu objetivo. Trátame como lo que soy, mírame a los ojos y piensa en lo que dicen aunque sea durante una milésima de segundo, antes de descargar toda tu rabia en mi cabeza, o en mi cuello, o en mi estómago. Piensa en que no soy yo contra quien tienes que rebelarte.

Que no me lo merezco, y lo sabes.

Que soy compañera, coño.