"Pido perdón a los niños por haber dedicado este blog a personas mayores. (...) quiero dedicar este blog a los niños y niñas que estas personas han sido. Todas las personas mayores fueron primero niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria."

Adaptación de la dedicatoria del libro "El Principito", de Antoine Saint-Exupéry




miércoles, 6 de enero de 2016

Carta a Cayetana Álvarez, la ex diputada del PP que jamás, jamás perdonará a Manuela Carmena

A Cayetana Álvarez, la directiva de FAES,ex diputada del Partido Popular y mamá que jamás le perdonará a la alcaldesa de Madrid que le haya quitado la ilusión a su hijo de 6 años por culpa de la ropa que lucía el rey Gaspar en la cabalgata de Reyes de ayer, día 5, aconteció en Madrid.


Cayetana:

Te escribe una madrileña que ayer leyó tu intervención en Twitter en la que anunciaste que jamás le perdonarías a Manuela Carmena que tu hijo se haya quejado de que el traje del rey Gaspar "no fuera de verdad".

Si me permites una opinión, yo no sé si era de verdad o no (¿acaso tu hijo ha conocido al auténtico Gaspar?), pero es cierto que no era muy tradicional. Bonito tampoco, para mi gusto. Los colores, las hechuras y los atavios de sus majestades no eran similares a los de toda la vida, y entiendo perfectamente que no te gusten. Ya te digo, a mí tampoco. Si me hubieran preguntado, yo hubiera elegido otros, pero vamos, que engancharse más allá del comentario me parece absurdo. Propio de los 6 años de tu hijo, quizá. Impropio de una persona mayor de esa edad.

También te digo que yo no fui ayer a la cabalgata, ni ayer ni nunca. Le juré deslealtad cuando descubrí que el Ayuntamiento de Madrid, ya hace años, privaba a algunos barrios (y por ende a centenares de niños y niñas) de presupuesto para sus cabalgatas. ¿Por qué? Pues no sé, la verdad. Da la casualidad de que eran barrios un poco protestones e incómodos, pero chica, sería muy de hijos de puta utilizar la ilusión de los críos para castigar a los vecinos en esa fiesta tan señalada, ¿no? 

Por eso no me pongo en lo peor. Quiero creer que no se daban cuenta del daño que hacían, así que durante años he colaborado (muchas veces sin cobrar, se llama voluntad, Cayetana) en que esas cabalgatas fueran posibles, desde Hortaleza a Carabanchel, desde Moratalaz a Vallecas, con ayuda del vecindario. Porque los niños se lo merecen todo, en eso coincido contigo.

Entonces juré deslealtad a ese macro desfile que era la cabalgata de Madrid centro, porque no me sentía parte de ella. Me dediqué a repartir ilusión en otros lugares. Mi hermana y yo recordamos con amor profundo un día 5 de enero en el que vimos llegar a los Reyes en taxi tras horasde estar en la plaza organizándoles la llegada y jugando con las familias, porque la cooperativa de Teletaxi también quiso poner su granito de arena. Ningún niño, te lo aseguro, perdió la ilusión por no ver a los camellos. Nadie cuestionó ese detalle. La ilusión, Cayetana, va en el corazón.

Tampoco entiendo que "jamás, jamás" vayas a perdonar a la Carmena. Quizá la mujer ha tenido mejor o peor gusto estético, pero eso se perdona, ¿no? Sobre todo, si me permites,si eres cristiana. Me hace mucha gracia que os hagáis dueños de una cruz que no cargaríais ni obligados. Tú no perdonas, ni olvidas, ni transiges, pero me juego el cuello a que estás indignada, como tanta gente, de que la alcaldesa se esté "cargando nuestras tradiciones". 

Eso lo dicen porque ha quitado belenes, pero oye, ha dejado 7. Quien quiera puede verlos. ¿Dónde está la desaparición de la religión? Decid entonces que queréis MÁS decoración. Eso se puede debatir, querida, lo demás no. No os pongáis la toca y el hábito cuando os ha importado lo justo el número de belenes que ha habido nunca en nuestra ciudad.

Lo que me indigna es que me hables de espíritu navideño, de fe cristiana y de amor al prójimo.

Yo veo niños que no comen nada en el día salvo lo que les damos en el cole, Cayetana. Familias que esta navidad no han tenido calefacción. Mujeres trabajando por 3 euros la hora para poder llevar algo de comida a la mesa. Hombres trabajando en condiciones de insalubridad para lo mismo. Y nunca, NUNCA, les he visto perder la ilusión. Tampoco les he escuchado hablar de no perdonar a gente como para la que tú trabajas,y que a algunos nos han estafado hasta lo que no tenemos. Lo que sí les he visto es llevar a sus hijos a las cabalgatas de sus barrios, donde al rey Baltasar del año pasado le habían internado en un CÍES, y disfrutar como si no hubiera un mañana.

Por eso te digo,Cayetana, que si tu hijo pierde la ilusión, eres la única responsable. Porque la navidad, Cayetana, el auténtico espíritu de la navidad cristiana, está lejos, muy lejos, de la fuente de la Cibeles y del traje de Gaspar.

La próxima vez que quieras hablar de respeto a algo, Cayetana, no utilices un argumento tan triste, y ten respeto por el momento que pasa un país arruinado y demacrado, en el que tanta gente lucha por vivir con dignidad y en el que se pasan tantas penurias. No te dejes llevar por esta corriente de superficialidad que habla del traje de un Rey Mago pero calla la tasa de pobreza infantil que ha subido un 10% en este mes en nuestra ciudad. En España. En Europa. En el primer mundo.

Y perdona, Cayetana, eso siempre. Perdona a Manuela, a Gaspar y a todo el mundo. Aunque la cabalgata haya sido hortera. Si el resto no lo hiciéramos, ni tú ni tus compañeros podríais vivir en paz nunca más.

Ojalá algún día merezcas la ciudad en que vives.

Un abrazo (porque yo sí te perdono).




lunes, 4 de enero de 2016

A lo mejor te borro de Facebook (carta a algunos de mis contactos en las redes sociales).

Mi pobre blog.

Mi pobre, pobrecito rincón. Mi espacio dorado. Mi vía de escape. Abandonado, ignorado, dejado de lado por la vida. Qué mala madre, qué mala amiga, qué mala todo de estos Cuentos Chinos, llevada por la pescadilla que se muerde la cola: no te apetece escribir, te pones, se te ocurre algo mejor que hacer, lo dejas, lo quieres retomar y entonces no te apetece, y el resultado es año y pico sin publicar nada. Da igual, me perdono y santas pascuas.

Me da por escribir pensando en mantener contacto con todo el mundo, porque voy a hacer una limpia de las redes sociales y ya no van a saber de mí. Una criba, un roto. Vamos, que es posible que a tí, que me lees, te vaya a eliminar de alguna red social, si es que compartimos ese espacio. ¿Que por qué?

Fácil.

Porque me jodéis el tè de por las mañanas, la espera del bus, el cigarro de después de comer y la vigilancia del fuego mientras se hace la cena. Esos son los momentos en que me pongo al día de las redes sociales.

Resulta que tú opinas que los toros son cultura y tradición, que los inmigrantes no son dignos del suelo que pisan, que el feminismo es una idea de amargadas y frustradas mujeres que odian a los hombres y apoyas la pena de muerte. Crees firmemente que los funcionarios merecemos los recortes a los que nos someten porque para eso elegimos ser funcionarios y vivir mejor que nadie, apoyas los circos con animales y piensas que las personas sometidas a deshaucios se tenían que haber leído la letra pequeña. Es que piensas que Albert Rivera es de centro, joder. Es que Bertín Osborne te hace gracia.

Que yo no te juzgo, ojo, que no te quiero menos ni pienso que seas peor persona. Que te voy a seguir comprando lo que sea que bebas para cuando vengas a mi casa, y que si te casas voy a ir a tu boda, seguramente hasta peinada de peluquería.

Pero que no, que no me vuelves a sacar un tic en el ojo a base de publicaciones sin repercusiones para tí, sin necesidad de ver la luz para mí. Que no nos vamos a cargar una amistad (o sí, ya veremos) porque tú no hayas viajado en tu vida y lo más cercano a una persona extranjera que tienes sea el chino de la tienda de debajo de tu casa. Que no vamos a despedirnos para siempre porque defiendas la tortura o la muerte de un ser vivo. Que no vamos a romper esta relación de años porque te haga gracia que te cuenten chistes de mujeres que limpian y friegan y son histèricas y les sale fuego de los ojos cuando tienen la regla.

Simplemente no quiero verlo. No quiero tener que decirte que no entiendo que vivamos en el mismo Universo y veamos las cosas de forma tan diferente, que muchas de las ideas que compartes me repugnan y que, si nos conociésemos así, por las redes, no nos estaríamos leyendo ahora.

Por esa razón, no te lo tomes como algo personal. Este es un espacio libre puedes opinar y decir lo que quieras. Úsalo y siéntete bienvenido o bienvenida siempre.

Sólo te pido una cosa: no te metas con Manuela, coño. Eso sí que no hay por dónde cogerlo.

Hola de nuevo. Estoy aquí.

(Puede que en tu Facebook no).

martes, 2 de septiembre de 2014

Olga

Reconozco que el post de vuelta de las vacaciones se me había atascado un pelín. Llevaba tiempo pensando acerca de qué escribir para celebrar mi vuelta a los ruedos, y la temporada estival, y mi vigésimo séptimo cumpleaños, y las vacaciones en Tailandia, y viajando por España, y resumir los festivales y las acampadas, los baños en el mar y en los ríos.

Éste es el octavo intento de escribir algo decente, pero sé que va a ser el bueno así que desde aquí os felicito y me felicito por estar leyendo este trocito de mí a través de mis teclas y de las pantallas de vuestros modernísimos dispositivos electrónicos.

Para este octavo y definitivo intento he elegido, para no variar, hablar de mí, pero hacerlo en este caso, pasa por hablar de Olga.

Para empezar, quiero hacer constar que yo ya hablé de ella. Bueno, en realidad hablé de su chalet, pero quiero decir que ya apareció en mi blog por tanto no pilla de nuevas a nadie. Si queréis recordar aquel post, lo tenéis pinchando aquí: http://cuento-chino.blogspot.com.es/2011/03/el-chalet-de-olga.html

(Nota: desde que uso el editor de Blogger para Ipad porque soy fina y dinámica y si no no sé qué hacer con este trasto, no pongo enlaces, entre otras muchas cosas porque ni sé ni me apetece buscarlo. Se ruega me disculpen).

Hablar de Olga no tiene mérito de ningún tipo. Hablan de ella en la radio, en las redes sociales, le dedican vídeos, conciertos, canciones... Le escriben libros. Es muy fuerte, porque siempre decidimos que nos íbamos a hacer famosas juntas (en un reality show al que ella iría de concursante y yo de defensora de mi amiga) y la muy petarda se ha hecho famosa antes que yo, pero vamos que se lo perdono porque sé que tiene el alma de artista mega desarrollada y porque sé que el día en que la llevemos a un programa hortera de la tele a darle una sorpresa seré yo, por derecho adquirido, la que la recibiré en plató para hacer real nuestro sueño, ese que llevamos planeando unos 15 años.

Si alguien no la conoce, se preguntará qué hace de Olga una tía tan importante como para que tanta gente quiera tenerla cerca, qué le hace tan especial. Lo que voy a contar de Olga pone los pelos de punta porque es muy fuerte, y a mi madre le emociona cada vez que lo seguimos contando. Es una historia de vida y de esperanza y una lección para mí y para toda la gente que me rodea. Entenderéis rápido por que quiero comenzar mi año hablando de ella.

Conocí a Olga cuando llegué al colegio, con apenas tres años de edad. Yo era entonces una niña preciosa como ya sabe todo el mundo, aunque con los años fui perdiendo. Era una niña buena, cariñosa e inocente, feliz en mi vida de hija única y sin la perversión maligna que traen las hermanas pequeñas y que te borran de un plumazo esa creencia en el ser humano que se tiene en la infancia.

Ella era una polvorilla. Era movida, pequeñita, con unos ojos medio traviesos medio divertidos que la hacían una compañía ideal en ese inframundo de plastilina y arena dura que es un patio de Infantil.
No sé por qué nos hicimos amigas, pero sí sé que durante muchos años me comí parte de su bocadillo en el recreo. Su madre le ponía un pequeño extra para mi regocijo y ella lo compartía invariablemente conmigo, así que puede que fuese eso lo que nos unió del todo.

Olga era LA alumna. LA compañera. LA amiga. No sólo mía, ojo: de todo el colegio. La conocían allá donde iba, seguramente porque era buena alumna, buena chica y se quedaba a comer. El Comedor daba un estatus al que el resto no podíamos llegar, forjado a base de comida de rancho y patios interminables, así que ella, entre trozos de pan duro y bandejas metálicas se fue ganando la amistad de todo el colegio.

Crecimos, y mientras yo me hacía un hueco en las recuperaciones de septiembre, Olga se seguía haciendo huecos en corazones. Nuestro curso se le fue quedando pequeño y amplió sus amistades en cursos superiores e inferiores. Nuestra ciudad se le quedó pequeña y empezó a hacer amigos y amigas en otros pueblos, en otros colegios, en otras ciudades. Era un centro de relaciones humanas, muy fuerte. Tanto fue, que dio el discurso final el día que nos fuimos del colegio. En un mundo en el que nos matábamos por el protagonismo, no sólo nadie se lo discutió sino que no dudamos en que era la mejor para representarnos.

Terminó el colegio y llegamos a la Universidad. Como cabía esperar, allí se convirtió en la reina del mambo indiscutible, la amiga de todos y todas, la entrenadora del equipo de fútbol, el perejil de todas las salsas. Se hizo amiga de mis amigas, algunas con las que coincidió en la clase. Me encontraba con ellas y me hablaban de Olga. No sabías nada de ella pero ya te lo contaba todo el mundo, aunque estuvieses ocupada e hiciese dos semanas que no veías a nadie. Era la conexión con el mundo.

Se echó un novio, como cabía esperar, el novio perfecto. Hacen (¡HACEN! Siguen juntos HOY EN DÍA, que es lo más complejo que conozco después de los bolillos y hacer una buena paella) la pareja ideal y sólo podemos pensar que hay cuatro o cinco novios así repartidos por todo el Universo y uno lo tiene ella, cubriendo así el cupo de nuestro grupo, que no puede más que alegrarse por la pareja, a ver, es lo suyo.

¿Qué es entonces lo que, aparte de todo, la hace tan especial a mis ojos?

Pues que ayer, señores y señoras, mientras yo me quejaba amargamente porque aún no tengo trabajo y estoy de bajoncillo, Olga me escuchaba al otro lado del teléfono pacientemente. Porque la reina del mambo, la amiga de todos, la novia ideal, la entrenadora, el centro de todos los círculos sociales, lleva veinticuatro años de su vida cogiendo el teléfono y escuchando las absurdeces mundanas de mi día a día, las mías y las del resto del mundo.

Porque una persona tan querida, tan solicitada, a la que todo el mundo le escribe, le canta y le baila, le dedica y le pide, nunca ha dejado, en todos estos años, de pasar de todo eso (en el buen sentido) para sacar un huequito para mí. Porque ella, la del bocadillo exquisito, se traía un extra para darme el gusto. Porque ella, la del chalet maravilloso, lo abría cada dos por tres para que pudiéramos hacer fiestas. Porque ella, la de la vida social ajetreada, tiene siempre un hueco para atender a las mismas tonterías de siempre.

Porque es tremendamente generosa, divertida y atenta. Porque tiene muy mal pronto, y a veces se enfada y le dan caprichos, pero es de las pocas que lo acepta, y lo lleva bien, y qué cojones, se ríe de ello.

Porque se remangaba la falda delante de las monjas y no la pillaban. Porque aunque era la alumna ideal no dejaba de unirse de vez en cuando a nuestras gamberradas, aunque eso le supusiese una bronca. Porque nunca faltaba a la clase de piscina, que era la imposible en el frío invierno. Porque hacía los deberes y los prestaba (no como el resto de las empollonas de mi clase, desde aquí os maldigo), porque no le importaba llevar a nadie en su coche. Porque te deja ver su IPhone de cerca sin generarte una tensión horrible por si se te cae, porque hace las mejores medias noches del planeta. 

Porque es discreta, prudente, sabe esperar.

Porque ha esperado este post durante 24 años sin esperarlo, y que ahora es el momento de que vea la luz. Después de que medio mundo le haya escrito, ahora, por fin, le escribo yo.

Ésto es lo que a mí me pone el pelo de punta, y emociona a mi madre, y es una historia de vida, de una vida joven pero que hace tan feliz a tanta gente y que, por tanto, merece un hueco en mi blog y en nuestros corazones. Porque la cotidianidad merece ser reconocida, y no hay nada más, NADA, que haga más importante o más especial a mi amiga Olga en su vida y que yo no haya contado aquí. Todo lo demás es sólo una circunstancia, pero Olga lleva toda una vida siendo grande, y como tal merece que se tenga en cuenta que ella es más grande que sea cual sea su realidad cada día.

Por eso este post va dedicado a tí como persona, porque eres más que las etiquetas y que los retos que la vida te ponga.

Gracias por estar, ayer, hoy y siempre, Olga. 

Gracias por ser.


Pd. Se me olvidaba comentar que Olga es una de esas personas que pelean a diario con una circunstancia de salud muy dura, pero ante la que ha hecho una promesa. Si alguien quiere leer acerca de ello, puede hacerlo en teprometoquemevoyaponerbien.blogspot.com.





lunes, 11 de agosto de 2014

Pollito y La Luna (cuento)

9 meses y tres colegios después, he vuelto. Sin prisa, sin pausa, como después de otros muchos impasses que ha vivido este blog, la maleta donde voy guardando todo lo que aprendo está a rebosar de cosas que he ido viviendo, y pasa como a la vuelta de vacaciones, que abres la maleta, todo está revuelto y usado, metido a presión con prisa antes de que saliese el avión, y da una pereza terrible deshacer el equipaje.

Cada camiseta que te dispones a echar a la lavadora tiene una historia en sus arrugas; cada pantalón, una aventura vivida entre sus manchas. Los botes de gel a medias (si es que los trajiste de vuelta, yo nunca lo hago) recuerdan a las llegadas después de pateos interminables. Los calcetines arrugados evocan los caminos recorridos, perdiéndose a veces, encontrándose otras.

En resumen: la maleta es vida, cómoda a veces, rebuscada e incierta todas las demás. Cada latido tiene precio y no me pongo más profunda porque cavó un túnel y aparezco en Australia, que por otro lado estaría bien porque allí está N., retomando su aventura.

Para mi vuelta he elegido lo único que sé contar: un cuento. No es un cuento bonito ni feo, pero es un cuento de viaje, de los que sirven para contar durante el camino y hacer el tiempo más ligero y el paisaje más ameno. El cuento que hasta ahora no ha habido en éste hogar, con éste nombre, y eso no se puede consentir.

Este cuento tiene de protagonista a un pollito, que por la mera sencillez de la historia se llamaría así, Pollito. La mayúscula siempre ha dado mucha entidad.

Pollito era un pollito de nuestro tiempo: un pollito que escuchaba la radio, un pollito que navegaba en Google, un pollito que iba al Cole de los pollitos en la línea 4 del metro de Madrid, que no sólo no vuela sino que en líneas como esta no hay cobertura. Una vida normal de pollito, vaya.


Pollito era relativamente feliz, era pequeño todavía para preocuparse de los problemas de los gallos y gallinas. Él disfrutaba de los paseos, de los partidos de fútbol, de los zumos de naranja del desayuno. Lo que más le gustaba a Pollito era asomarse por las noches a la ventana del corral  y mirar al cielo para ver, allí arriba, en lo alto, a la Luna. Esa Luna grande, brillante, redonda a veces, con forma de sillita otras veces, esa Luna que una vez cada poco desaparecía pero que siempre estaba ahí (Pollito lo sabía) era lo más bonito del mundo.
Sí Pollito había tenido un mal día, o estaba cansado, o triste, o angustiado, miraba la Luna y se le pasaban todos los males.

Y así fue que un día, Pollito decidió aprender a volar.



Pollito nunca había querido volar, no lo había necesitado. Él era un pollito independiente, que había rechazado las costumbres del corral, que no quería hacer las cosas por hacer. Que soñaba con salir, algún día, y viajar, y conocer el mundo, pero no necesariamente a través de sus alas. Al fin y al cabo, sólo eran alas, y en su cuerpo había también dos patas fuertes y recias con las que saltar, correr, esquivar, dar patadas, y un pico, y dos ojos, y muchas plumas impermeables y firmes para protegerle del mundo.

Pero la Luna, tan alta, merecía ese esfuerzo Al fin y al cabo, ¿quién no intentaría verla de cerca si pudiese hacerlo?

Así que un día Pollito se propuso, definitivamente, intentarlo. Se pasó todo un día observando a otros pollitos más y menos jóvenes que estaban aprendiendo. Desde su terraza en el corral les veía, cómo se caían, como se volvían a subir, como desplegaban sus alitas al viento, como se mecían los pollitos expertos y se tambaleaban los principiantes. Horas y horas estuvo Pollito sin atreverse a lanzarse. Parecía qué, según se iba dando cuenta de lo que suponía volar, empezaba a entender la complejidad del tema.

Pero no era para él. No lo veía claro.

Pasaban los días y Pollito estaba más y más triste. Por las noches se asomaba y miraba al cielo buscando a la Luna, grande y redonda a veces, con forma de sillita otras, y la veía tan brillante, tan resplandeciente, tan blanca... Pero no podía verla de cerca, enorme. Pollito no sabía qué hacer.

De repente, tuvo una idea: ¿y si le pedía a algún ave grande y fuerte que le subiese hacia arriba montado en su cuerpo?

Pollito pensó en la Cigüeña, en el Buitre, en la Paloma. Ninguna de convencía, hasta que por fin, se atrevió a pensar en el ave más señorial de todas: el Águila.

El Águila era un ave grande, fuerte, que daba miedo al resto al pasar. El Águila no pagaba los cafés con leche en el bar ni tenía miramientos para aparcarse en zonas reservadas a aves ancianas. El Águila abusaba de que todo el mundo la admiraba, no miraba a nadie a los ojos, adelantaba por la derecha. Nadie se atrevía con el Águila... Salvo Pollito.

Pero Pollito era consciente de que una cosa era ser valiente y otra ser poco listo, y sabía que la osadía se pagaba cara, así que buscó una forma de colarse en el Árbol del Águila. Cuando llegó la noche y el Águila salió para dar una vuelta de inspección desde los cielos, Pollito se subió de un saltito a su espalda y, como era tan pequeño, el Águila no lo notó.

El Águila planeaba de una forma que Pollito sabía que no hacían otras aves que él conocía. Volaba alto, suave, se dejaba mecer por el viento y llegaba alto, alto... Pero no hasta la Luna. Pollito se sintió decepcionado, porque había confiado en las posibilidades del Águila, y aunque esperó disfrutando del vuelo. no pudo ver de cerca, gigante, a la Luna. Cuando el Águila volvió al suelo firme, Pollito bajó muy sigiloso y volvió al corral. El papá y la mamá de Pollito vivían lejos, así que Pollito estaba a cargo del corral, pero nadie le ponía límites. Pollito hacía lo que podía.

El pobre Pollito estaba desesperado. Subía a los árboles más altos del bosque, se lamentaba de no tener patas más largas, alas más grandes, de no saber volar. Le molestaban su pico, demasiado pequeño para utilizarlo como apoyo, sus plumas, demasiado suaves para agarrarse a los troncos. Todo lo que antes le enorgullecía ahora le pesaba. Era un rollo ser pollito. Era un rollo ser Pollito.

Tan triste estaba Pollito que ya nada le consolaba. Había dejado de ser tan feliz como lo era antes, ni siquiera cuando estaba triste lo estaba como al principio. Pollito iba y venía al cole, se montaba en el metro, jugaba al fútbol, pero lo hacía por inercia. Por las noches se asomaba a la ventana a ver la Luna, pero no con la emoción anterior, sino con la frustración de no ir a cumplir su sueño. Si sólo pudiera verla de cerca una vez...

Tampoco dormía bien Pollito: daba vueltas en el corral, tenía calor, luego frío. Le molestaba la respiración de los demás pollitos. A veces, de desesperación, saltaba del nido y empezaba a andar hasta que le entraba el sueño.

Una noche, mientras Pollito paseaba desvelado por el corral, la vio: en el suelo, enorme, redonda, blanca, estaba La Luna.

¿Cómo podía ser aquello?

Pollito pensó que quizá, de tanto como había soñado verla de cerca, la había atraído (Pollito había leído "El Secreto" y creía que los sueños se hacen realidad). Luego se asustó: ¿y si La Luna se había caído? Pensó que quizá alguien le estaba gastando una broma pesada. Miró a su alrededor, pero sólo vio la quietud del corral y a La Luna, majestuosa, en medio de él.

Se acercó emocionado y estiró su pequeña alita para tocarla, y entonces La Luna se volvió borrosa.

Pollito no entendía nada: ¿acaso no estaban viendo sus ojos a La Luna al alcance de sus patas? ¿Sería que no quería La Luna que Pollito la tocase?

Y entonces, al acercarse más descubrió que La Luna estaba dentro de la charca del corral. Pollito se quedó impresionado: ¿cómo podía ser que La Luna hubiese estado ahí siempre y él no la hubiera visto? ¿Cómo podía ser tan mágica La Luna que sí la tocaba desaparecía?

Aquella noche, Pollito se quedó mucho, mucho tiempo al lado de La Luna. Daba vueltas, observaba desde todos los puntos, nunca se cansaba. Se sentía tan feliz que se quedó dormido, soñando que se sentaba en La Luna cuando ésta tenía forma de sillita y se balanceaba mucho rato como el Águila, al compás del viento.

Y con el secreto bien guardado, desde aquel día, Pollito bajaba cada noche a la charca cuando el corral dormía y se sentaba al borde de la charca para admirar a La Luna, tan grande y redonda a veces, con forma de sillita otras. Algunas noches La Luna no aparecía, y Pollito sabía que hasta la Luna necesitaba descansar para aparecer luego tantos días seguidos con esa blancura y ese brillo.

Pollito creció feliz, sano y fuerte, alimentado por sus zumos y su pienso, jugando al fútbol, navegando en Google, viajando en Metro y sin ganas de aprender a volar. Con el tiempo entendió todo lo que podía hacer con sus alas, sus patas, su pico y sus plumas. Y creció agradecido, muy agradecido de que La Luna bajase cada día a su corral para que él la admirase.

Pollito creció feliz admirando un reflejo, pero lo que nunca supo es que La Luna, su sueño, su meta, no estaba dentro de la charca del corral: estaba, y siempre estuvo, dentro de él, allá donde Pollito quisiera llevarla. Que La Luna siempre estuvo ahí, pero apareció sólo cuando él, de verdad, estaba dispuesto a verla.

Porque no hay que ser lo que no se es, ni aprender a volar. Porque no hay que llegar necesariamente a lo más alto, ni depender de la ayuda de nadie, por maravilloso que ese ser sea, para triunfar. Porque no hay que tener patas más largas, picos más grandes, plumas más rugosas, para andar el camino. Porque no hay que estar pendiente de que algo ocurra o no para seguir, ni dejar de dormir, ni aislarse del corral, para encontrar lo que se busca.

Porque no hay mayor garantía de éxito que la voluntad de querer que las cosas funcionen.








Pd. Éste cuento, como no podía ser de otra forma, va dedicado a la persona que inventó al personaje de Pollito, le dió valor a La Luna y sobre todo, confió en que, algún día, este cuento existiría (como tantos otros que aún están por contarse) y que saldría de mis teclas.



miércoles, 6 de agosto de 2014

Listado de mis defectos

Soy miope.
Soy alérgica a miles de pólenes, semillas y picaduras de bichos varios.
Cojo las curvas en coche un poco rápido.
Me cuesta hacer cálculos de cabeza.
Me oriento regular.
Se me calienta la boca en las discusiones.
Durante mucho tiempo no supe si se escribía "a gusto" o "agusto".
Siempre confundo cuál es Cáceres y cuál Badajoz en un mapa mudo.
Se me olvidan los nombres de muchas ciudades que voy conociendo cuando viajo por el mundo.
Tengo lateralidad cruzada.
No sé hacer lentejas... Ni paella.
Contesto mal a los teleoperadores y teleoperadoras.
Me da pereza hablar por teléfono.
En algunos temas, peco de intransigente.
Digo muchas palabrotas.
Llevo mal los dolores. Y los picores. Y los fríos, y a ratos los calores de Madrid en agosto.
A veces dejo los libros a medias.
No me gusta estudiar. No me gusta opositar.
Cuando me emociono, hablo alto. En ocasiones, rozo el grito.
Los domingos me deprimen.
Fumo.
Me aburre comer fruta.
Me dan miedo las alturas.


Éstos son sólo algunos de mis defectos.

Tengo miles.

Y aún así, soy una persona única en el mundo, como los demás 6.000.000.000 seres humanos del planeta.
Y como tal, merezco respeto, amor y consideración.

Como los habitantes de Palestina, como las personas que viven en la indigencia. Como las mujeres, como los ancianos y ancianas. Como las personas inmigrantes, como las personas enfermas. Como las personas discapacitadas, como los niños y niñas.

Como tú.

Como yo.


He vuelto.













viernes, 27 de septiembre de 2013

13 Meses

13 meses.

52 semanas.

1560 días.

37440 minutos.

2246400 segundos.

Ese es el tiempo que he estado esperando este día.

En 13 meses, o 52 semanas, o 1560 días, o 37440 minutos, o 2246400 segundos, da tiempo a hacer muchas cosas.

Da tiempo a concebir a una criatura, gestarla, alumbrarla, amamantarla y destetarla.

Da tiempo a pagar una deuda a plazos, o a contraer muchas.

Da tiempo a irse de vacaciones, al menos, dos veces.

Da tiempo a vivir una Navidad, con su turrón, sus polvorones, sus villancicos, su marisco en oferta. O a pasar de ella.

Da tiempo a pasar por cuatro estaciones, primavera, verano, otoño, invierno. Da tiempo a sacar y guardar abrigos, bufandas, chaquetas, botas, gorros, sudaderas, vestidos, vaqueros, faldas y camisetas, bikinis y chanclas, sombrillas y paraguas. Y a recoger hojas, da tiempo a recoger muchas hojas.

Da tiempo a rellenar una agenda entera, con sus meses y sus semanas, con sus cosas pendientes y sus metas cumplidas.

Da tiempo a gastar un calendario, rellenándolo con cumpleaños, fechas de citas médicas, planes de cenas, cines, teatros y bares.

Da tiempo a ir, al menos, una vez (a poder ser más) al teatro y muchas veces al cine; hay muchos Días del espectador en 13 meses. Da tiempo a visitar exposiciones en museos, alguna rara por lo menos.

Da tiempo a hacer muchas veces la compra y darse caprichos. Da tiempo a tener muchas cajas de Donuts en la mano y a devolverlos a la estantería pensando que si entran en nuestros cuerpos jamás saldrán de ellos.

Da tiempo a pasar muchos buenos momentos en buena compañía, a disfrutar de muchas terrazas, de muchas casas chulas, de muchos vinos y cervezas, de muchas conversaciones. Da tiempo a tener muchas discusiones de esas que terminan sin saber cómo empezaron ni porqué, y cuyo final, simplemente, se brinda.

Da tiempo a deprimirse sin sentido (y con él) al menos una o dos veces, y a ponerse música en bucle maligno (mi preferencia son los cantautores españoles) hasta dejar de verle sentido a la vida. Y a recibir una llamada y salir de la depresión al instante.

Da tiempo a coger muchas manos, a rozar muchos brazos, a dar muchos besos de mejilla de esos mal dados que te ponen en una situación incómoda por la cercanía de las bocas.

Da tiempo a dar decenas, cientos, miles de abrazos.

Da tiempo a formar parte de un grupo de rock infantil, a gastar botes y botes de purpurina disfrazándote de payasa, a pintar muchas caras, a hacer muchos perritos con globos, a cantar muchas canciones, a bailar muchas otras. Da tiempo a ir a bodas, cumpleaños, fiestas, bautizos, eventos, reuniones, y a salir de ellas agotada de tanto dar botes. Da tiempo a empezar una carrera. Da tiempo a aprender un idioma.

Da tiempo a que una de tus mejores amigas se vaya al otro lado del mundo. Da tiempo a que muchas otras se queden cerca. Da tiempo a que un abuelo se vaya, y a que una abuela vuelva a nacer. Da tiempo a descubrir a mucha gente que se hace imprescindible. Da tiempo a perder a una poca, para que haya equilibrio.

Da tiempo a reír mucho. Da tiempo a llorar. Da tiempo a suspender una oposición y que el mundo caiga a plomo. Da tiempo a planificar una vida lejos. Da tiempo a una segunda oportunidad, a un cambio de criterio que te devuelve al mundo, a ese mundo que transcurre dentro de una clase de escuela pública. Da tiempo a cumplir un sueño.

Trece meses pasan a veces lentos, a veces rápidos. Pero lo más importante es que pasan y, pese a ser ese número con tan mal augurio, llegan a un día nuevo. Un día como hoy.

Y te devuelven, entre libros y témperas, entre niños y niñas, entre un contrato y un destino, otra vez, una vez más, la sonrisa.

Cuántos trecemeses quedarán por delante a partir de hoy, el día en que, por fin, vuelvo a ser maestra, la que nunca, nunca, dejé de ser...




domingo, 8 de septiembre de 2013

¡Que vivan los novios! (pero que VIVAN de verdad)

Una de esas suertes que tengo en esta vida es currar como animadora y/o camarera haciendo extras en algunas BBC, ésto es, Bodas, Bautizos y Comuniones de diferentes rangos y niveles socioeconómicos. He estado en casas modestas, casoplones, mansiones, salones de medio Madrid, locales de comunidad, en fin, que cada quien celebra los santos sacramentos como puede y como le dejan.

En las bodas se vive la vida diferente si vas como invitada que si vas como trabajadora, es como ir a ver un programa a la tele en directo: decepciona un poco. Tú veías ese concurso desde tu casa pensando que el plató es un despliegue de luces, colores y sonidos y llegas al plató y lo que te encuentras es un cuchitril lleno de cables, empalmes hechos con cinta aislante y gritos en el que no te dejan ni siquiera ir al baño en las sorprendentes 8 horas que dura un programa que sólo se emite durante una. Se cae el romanticismo, qué le vamos a hacer.

Las trastiendas de las bodas clásicas son más de lo mismo: mientras la novia, el novio y sus cientos de invitados e invitadas degustan gilipolleces empanadas que no saben ni lo que son (pero no lo preguntan, por no quedar de palet@s), debajo del glamour estamos decenas de personas empaquetando, limpiando, montando, desmontando y en mi caso, pintando caras como si no hubiera más enlaces en este planeta en caritas infantiles que en su mayoría están sobreestiradas por culpa de las horquillas de los recogidos en las niñas, o medio amoratadas por culpa de las pajaritas de raso a las que (por suerte) no están acostumbrados los niños. 
Mi trabajo en las bodas es salvar a los niños y niñas de las cárceles de sus vestidos para que la estirpe familiar continúe: y sus padres y madres por ahí, comiendo gambas congeladas, sin agradecérmelo. Qué injusta es la vida.

Ayer estuve en un bodorrio de esos que se recuerdan en las comidas familiares y cuyas fotos se siguen viendo en Navidad: se casaban una chica monísima y un chico no monísimo, pero millonario. La boda era en el Hipódromo, un lugar al que yo no había ido nunca por tres razones básicas: porque está muy lejos, porque las carreras de caballos me espantan y porque no tengo dinero para apostar. 

Evidentemente no se puede casar una pareja en medio de una carrera de caballos, sino que se habilitan unas carpas de dimensiones variables para acoger una comida-cena-cóctel-recena-baile, un 5 en 1, en la que las carpas están unas tan cerca de otras que como te descuides de confundes de novios y te metes en otra boda. Pero oiga, que a mí el espacio me da igual, cada quien que dilapide sus ahorros en lo que quiera: yo voy a trabajar.

Entre l@s trabajador@s había un rollo de hermanamiento un poco extraño, como si pudieran donar un hígado en un momento dado por el de al lado pero al mismo tiempo pudieran sacar una katana de debajo de la camisa (remetida por el pantalón, claro) y asesinar a ese receptor del hígado. Una cosa un poco turbia de la que yo me desmarqué al minuto uno, un poco por miedo y un poco porque iba cargada hasta los dientes y no podía pararme demasiado a observar el percal. Una pena, porque desde que me he visto todas las temporadas de CSI y voy al día tengo una capacidad de análisis brutal, y podría haber sacado de allí todos los entresijos del Hipódromo: la pena es que cobro por horas, y no iba a quedarme ni un minuto más de mi tiempo.

El novio y la novia venían con casi tres cuartos de hora de retraso, parecía que se estaban casando por poderes. Los camareros y camareras estaban de los nervios porque también deben cobrar por horas y porque los canapés se vienen abajo, que hago un inciso en el tema de los canapés porque es curioso: si pasa demasiado tiempo, los que están duritos se reblandecen, y los que eran blanditos se endurecen. La vida tiene estas contradicciones. Continuamos para bingo.

Mientras camareros y camareras se esforzaban por conservar la comida y cortar jamón como para un regimiento, yo me movía por la sala a mi rollo, cantando, bailando, rodeada de trabajador@s que, sintiéndose por un rato protagonistas de los eventos para los que trabajan cada fin de semana, disfrutaban del asueto inesperado. 

Yo movía el paracaídas, el castillo, mi maleta, mi altavoz, bajaba, me cambiaba, me ponía el sombrero, me pintaba un ojo, me echaba purpurina, me cantaba una canción, en fin, preparaba y hacía tiempo a la vez. La tensión subía por momentos porque todo estaba medido al milímetro en el tiempo y un descuadre de una hora hace que se te enfríe hasta la paciencia. Yo tenía todo montado y, ante la ausencia de pequeñas criaturas cerca, me fumaba un cigarro en la salida de emplead@s viendo un maravilloso atardecer desde la más absoluta soledad, disfrutando de la quietud que me dejaba la ausencia de gente gritando "¡VIVAN LOS NOVIOOOOS!".

De repente, aquello se empezó a revolver: empezaron las carreras, las voces, el sonido de platos y cubiertos, el ajetreo del cuchillo jamonero. Decenas de vestidos brillantes irrumpieron en la pasarela que unía el párking con la sala corriendo sobre unos tacones que a mí siempre me parecen excesivamente altos. Zapatos de caballero relucientes como la patena se abrían hueco a zancadas para coger sitio a la espera de algo que no terminaba de llegar. La tensioncilla se mascaba en el ambiente y la pole position, situada a la entrada de la sala, estaba muy disputada. Se la llevó una dama de honor.

De repente, un Rolls Royce rojo descapotable entró en el párking derrapando. De él se bajó a toda prisa un hombre vestido con chaqué, que reconocí como el novio. Salió corriendo despavorido y se colocó en la puerta de la pasarela. Una mujer con mantilla kilométrica (sujetada por su propio brazo) intentaba ayudar a la novia a salir del coche, pero el velo (kilométrico también, sería cosa de familia) no lo permitía. Se hicieron un lío de velos, mantillas y brazos que casi se vive el drama, así que la mitad de las mujeres que ya tenían su sitio en la pasarela (previa carrera) abandonaron sus posiciones para auxiliar a la novia y a la señora de la mantilla. 

Cuando la novia, su velo, la señora y su mantilla y las demás señoras y sus tacones consiguieron entrar en la puñetera pasarela, el fotógrafo hizo una señal al camarero, que le hizo una señal al mâitre, que le hizo una señal a la de seguridad, que le hizo una señal al del equipo de sonido, que le dio al play, y empezó a sonar "I don´t want to miss a thing", de Aerosmith, mientras la novia y el novio, recién cogidos del brazo por los pelos, avanzaban a paso muy ligero, porque iban con una hora y pico de retraso. 
La gente se deshacía en aplausos y lágrimas, pero no pudo deshacerse mucho porque el momento duró 30 segundos. No habían llegado al estribillo y ya les separaron para hacerles diferentes fotos, las clásicas: a él en el cochazo. A ella en los rosales. A la señora de la mantilla con el señor del traje tornasolado. Al señor del chaqué con la señora de los taconazos. Ahora todo el mundo junto. Ahora sólo la novia. Ahora el novio. Ahora un beso... en la mejilla. Ahora morreíllo casto. Ahora ella le mira a él enamorada. Ahora la madre de él mira a ella con amor irreal.

Así podría estar horas. La gente iba ya por el cuarto vino y el décimo canapé.

En cuanto se hicieron la millonésima foto, les llevaron prácticamente en volandas al cóctel, esa degustación culinaria que no les dejaron probar porque querían hacerles otras pocas fotos en un photocall que habían preparado para la ocasión. Un camarero con una bandeja gigante le ponía copas de champán a la novia en la mano cada medio segundo. Ella las dejaba en la mesa, claro, ¿cómo podía beber si nadie la dejaba en paz?

El novio sudaba.

Mientras todo ésto ocurría, yo estaba enfrente, en una sala protegida en la que no nos veían, bailando desaforada con los niños y niñas, pintando caras, haciendo globos, saltando, gritando. Estaban l@s pobres hasta el recogido y hasta la pajarita de la boda, y querían desfogarse hasta morir. Era la fiesta más punki en la que he estado en mucho tiempo.

Llevávamos media hora de botes y canciones cuando sonó esa delicia de la música que es "Soy una taza, una tetera, una cuchara y un cucharón", y que habré bailado unos dos millones de veces en mi vida. Mi postura de la taza es más realista que la taza en la que desayuno: dan ganas de echarme café, no digo más.
De repente, por una puerta lateral entró la novia, con cara de estar agotada. Venía a ver cómo estaban los y las peques y si estábamos pasándolo bien.

Por la puerta contraria, también lateral, apareció el novio. Llevaba un pañuelo de tela bordado en la mano y se enjuagaba el sudor, que le caía a raudales en aquella carpa con 350ºC en su interior.

Los novios se encontraron en el centro de nuestra pista improvisada, entre el paracaídas y el castillo hinchable.

Y entonces ella empezó a bailar. "Soy una taza", y ponía un brazo en jarras, "una tetera" y ponía el otro en alto, "una cuchara" y alzaba los brazos por encima del velo kilométrico, "y un cucharón" y bajaba los brazos a la altura del cinturón de pedrería de su vestido de ypicomil euros.

Él la siguió. Se metieron en el centro del círculo y empezaron a reír, a cantar y a bailar hasta que la canción terminó. Después se abrazaron y se dieron un beso, su primer abrazo y su primer beso desde que, horas antes, alguien les había declarado marido y mujer. Un beso de verdad, sin fotos, sin presión, sin mantillas ni motores. Un beso.

Y sonrieron de verdad. Por primera vez.

Las primeras horas de su matrimonio habían pasado con prisa, con la obligación de correr de aquí para allá porque llegamos tarde, separados, haciéndose fotos que luego quedan en un cajón, bebiendo un champán que no les apetece, buscando con la mirada a la otra persona pero sin verla. Necesitaron cruzar a la sala infantil, quitarse el estrés a golpe de música y bailar dejándose llevar una canción de niñ@s que seguramente y con tanto preparativo, ni siquiera recordaban.

No entiendo cómo alguien puede elegir casarse así. Sin estar en su propia boda.

La gente tiene razón: que vivan los novios, pero que VIVAN de verdad. Que su amor no muera antes de empezar bajo el toldo de una carpa en un Hipódromo cualquiera.






jueves, 11 de julio de 2013

El día más triste de mi vida moderna

A mí de pequeña azotes me cayeron pocos, pero algún cachete que otro me sobrevoló la nuca aunque aún no llevase el pelo corto. Crecí en estatura a toda velocidad, así que a mitad de mi infancia media ya era complicado darme una colleja, porque las veía venir desde mi propia altura y las esquivaba a toda velocidad. Sin embargo, hubo dos que recordaré siempre, y que están en mi memoria sólo por una razón: fueron las dos únicas veces en que realmente no lo esperaba y realmente me pilló de sorpresa. Una fue por contestar mal y la otra por contestar peor: en eso he sido siempre muy clásica.

Los golpes (los reales y los metafóricos) que más daño hacen son los que impactan por lo inesperados: duele más, de toda la vida, un golpe en el dedo pequeño del pie con la pata de la silla en la quietud de la noche que una caída de la bici. La única diferencia es que la primera no te la esperas, no la ves venir, y la segunda te la hueles desde el momento en que coges mal la curva o te lanzas por una cuesta a lo "mamámirasinmanos". También duele más, de siempre, descubrir que te han engañado a saber que te están engañando, como duele más comprar a precios desorbitados a que te timen sin darte cuenta. Ese es el verdadero dolor, el del factor sorpresa.

Ayer fue el día más triste de mi vida moderna.

No será que no he tenido algunos palos este año (y el pasado, y el anterior, la vida de una Drama Queen es muy dura), pero en ninguno jugó el factor sorpresa sus cartas con tanto acierto. En los capítulos anteriores de mi vida moderna, antes o después sabía que el desenlace sería el que fue, porque la vida depara sorpresas pero a veces te las anticipa para que no te de un cuajo. En este caso, no parecía que fuese a ser así.

En mi anterior post (que puedes leer aquí) hablé del Síndrome Nick Carter, ese por el que mi amiga S. creía que la flauta sonaría para ella y ese en el que yo ni siquiera pensé en creer, tan confiada estaba (y sigo estando) de mis posibilidades. La oposición fue, como tenía que ser por estas fechas, y juro que nunca antes estuve tan preparada, ni había salido tan contenta. No esperaba haberlo hecho bien: simplemente, sabía que lo había hecho bien, y después de cuatro años haciendo lo mismo, una cultiva un cierto criterio con relativa fiabilidad. Me avalaban también los resultados de años anteriores, en los que el 8 fue mi nota más baja. Esta vez, la sensación superaba a la de los ochos pasados.

Me cayó un tema en el examen, me cayó el tema, la perla de mi corona, la piedra Filosofal de mi memoria, ese tema que sale en tus oraciones, en tus sueños, en tus desvelos, en la cama, en el parque, en la piscina, ESE tema. Y lo hice, qué cojones, lo bordé. Los otros exámenes no eran fáciles, ni difíciles, y aún así salí contenta. Cuál fue mi sorpresa ayer, día de la entrega de notas, cuando miré el tablón donde estaban las personas aprobadas: donde sólo salen las personas aprobadas.

Y no

           me


                    v
                      í...


Se me descolgaban las letras, se me descolgaban los ojos y se me descolgaba el corazón.


No

       es
           t
             ab
                   a...


No pude ni llorar. Ni reír. Ni moverme.


Para mí estos exámenes no son unos exámenes cualesquiera que haces por hacer, por ver si suena la flauta, por ver si te mira Nick Carter y se enamora de tí y si no, pues oye, volverte con el Samu, tu novio del barrio, de toda la vida.
Para mí estos exámenes son una llave, el acceso para poder hacer algo en lo que creo, que me hace feliz y para lo que de verdad sé que valgo. Algo en lo que he invertido cuatro largos años de mi vida, para lo que me he preparado, para lo que estudio, para lo que trabajo, casi para lo que vivo. Porque quien no tiene una vocación, no sabe cómo se vive la sensación de no necesitar trabajar para sobrevivir, sino para vivir, como parte de la vida, aunque fuese a cambio de nada, aunque la nada fuese el cambio.

Y de repente un país, un mundo, entran en una crisis y se cierran las puertas a poder hacer algo así dignamente, en un entorno que te valore, que te deje desplegar las alas, sólo porque han decidido cargárselo, y quien tiene en este momento la escopeta la mueve a su alrededor, cierra los ojos, aprieta el gatillo y ¡pum! ¡pum!, dispara, mata un punto, mata una décima, mata otra y otras dos, y te deja fuera del círculo, esta vez, por primera vez.

No lo ví venir y por eso se me atragantó, por eso se me ha puesto la vida en los ojos y ahora no sé muy bien cómo gestionarla. El tiempo pasa y la situación no cambia, y quizá sea este el momento de meter los trastos, las ganas y las alas en una de las maletas llenas de pegatinas de mis padres, que marcábamos para no perderlas nunca, y contar Cuentos Chinos desde otro lado, intentarlo desde otro idioma, desde otro mapa, desde otro horario, para volver con más fuerza.

Porque no esperarlo es peor que verlo venir.

Porque ayer fue, con diferencia y por ese motivo, el día más triste de mi vida moderna.



Pd. Aún termino dando una enhorabuena: a las paradojas de la vida, a Nick Carter y a S., que como no podía ser de otra manera, ha aprobado. Felicidades, amiga.





lunes, 24 de junio de 2013

El Síndrome Nick Carter

Mi amiga S. es una cachonda y una crack de las observaciones del ser humano. Más que de observar, de catalogar conclusiones. En realidad todas mis amigas son la bomba, y eso es un mérito por su parte, porque yo las escogí a ellas de entre las miles de posibilidades que hay en el mundo, pero ellas me escogieron, todas a mí, y me hicieron feliz con sus presencias. Y eso es muy grande.

Decía que S. es una campeona de la catalogación. Yo no sé si fue el colegio de monjas transgresoras al que iba o fue la familia clónica (todos los miembros de su familia son iguales) en la que se crió quienes le dieron el don, pero está claro que se lo dieron.

Estudiamos la carrera juntas, codo con codo (literal, sentadas en mesas contiguas) durante tres largos años. Desde entonces nuestros caminos, si no por el mismo cauce exactamente, han discurrido por cauces paralelos; en este blog he hablado de ella alguna vez, por ejemplo en el post de Serenata a un Imbécil escrita en Do menor (si quieres leerlo, pincha aquí). Este año nos unimos un poco más, porque la pobre se presenta a la oposición... inocente. Yo llevo 4 años erre que erre, y nada, por mejores notas que saco, por más que me supero, por academias a las que vaya y pulidos que tenga los temas, a la hora de hacer las listas llega una marabunta de interinos e interinas que llevan un lucenio en el Cuerpo y me pasan por delante, como si fueran toros en los encierros de San Fermín, que salen a la locura y arrollan a quien se ponga en su camino.

Todo sea que ella llegue y ponga la pica en Flandes... no me extrañaría.

S. ha decidido presentarse conmigo este año, a ver qué se cuece. La primera alegría se la llevó hace unos días, cuando con dos semanas de antelación nos anunciaron que la fecha de los tres primeros exámenes sería el próximo día 2 de julio. A la Comunidad de Madrid le gusta hacer las cosas así, con tiempo, para que tú puedas organizarte tu existencia y concienciarte sin prisa: terminas de trabajar el día 30 de junio y dos días después te presentas a unos exámenes que, en principio, esperas que cambien tu vida. Qué organización, qué gestión, qué delicadeza.

Cuando vimos que quedaban dos semanas a mí se me atragantó la merienda, pero a S. se le atragantaron los 25 temas que se estaba empezando a mirar. Ya habíamos comentado que el temario era un poco cansino, pero asequible al fin y al cabo; en el momento en que nos dijeron que faltaban 10 días y no habíamos empezado apenas, los temas empezaron a parecer el K-2 y nosotras no somos Juanito Oiarzábal ni tenemos ganas de trepar cuestas. Hablábamos entonces de la dureza de la vida de un domingo de estudio, cuando en Madrid los pajaritos cantan, las nubes se levantan, las piscinas abren y la gente sale a terrazas y hace cosas de verano:

(Nota: a continuación muestro la transcripción de la conversación por Whatsapp. Para ser honestas añadiré a A., compañera de faenas en el barco y en la vida, que en ese momento nos instaba a salir a vivir la juventud en vez de estudiar, que es lo que hay que hacer.)

A: ¿Cuándo podéis quedar?

Yo: Nosotras tenemos el examen de la opo el martes 2

S.: A partir del 2 de julio que terminamos la oposición... (icono de carita triste con lágrima)

Yo: Pero entre semana, después de chapar, puedo

A.: Oh, shit

S.: A mí me la pela, he desechado el Síndrome Nick Carter.

A.: ¡Vale!

Yo.: ¿Qué síndrome?

S.: Es el Síndrome que tienes cuando tienes 15 años, vas al concierto de los Backstreet Boys, y piensas que Nick Carter te va a ver entre las 10.000 locas que hay allí y te va a decir: "Eres tú, te quiero. Cásate conmigo". (...) Pues lo mismo piensa mi padre de la oposición, que voy a llegar y voy a ser la más lista, la mejor, la que más suerte tiene y voy a sacar plaza. Siempre queda una esperanza para el Síndrome Nick Carter, pero ya la he desechado.



Y así fue como descubrimos el Síndrome Nick Carter. Para la gente que no sepa quién es esta criatura, podemos decir que era uno de los cantantes de los Backstreet Boys, el típico rubio insulso de grupo famoso en los 90 que volvía locas a todas las chicas sin distinción de razas, procedencias, creencias ni condiciones... menos a mí, que me parecía un Nenuco de imitación. Era algo así:






Vamos, por favor. Qué pelo, qué ojos, qué TODO. No hay por dónde cogerlo, y sin embargo es cierto que millones de chicas de este planeta iban a cada concierto (que debería costar una pasta escandalosa) en cada ciudad, en cada país, en cada continente, con la sola esperanza de ser ELLA, esa chica en la que el guapete del grupo se fija y a la que saca al escenario, a la que enamora mientras el resto del grupo canta alrededor alguna pastelada romántica y a la que el resto de fans planean ya matar en secreto.

Esa chica que le retire a él de la mala vida que seguramente lleve, la que reciba flores todos los días y el desayuno en la cama (con huevos, y bacon, y zumodenaranjanaturalreciénexprimido), la que le acompañe en su jet privado de vacaciones a Malibú y la que sea protagonista de alguna canción que se convierta en hit mundial, cuya letra plague, frase a frase, los estados de Facebook, Tuenti, Twitter y resto de redes sociales de la mitad de las adolescentes del planeta.

ESA CHICA.

Así, más o menos, es como se siente S. y es como me siento yo, sólo que la compensación es bien distinta: aquí no se gana amor, ni flores, ni vacaciones en Malibú, ni canciones dedicadas ni desayunos en la cama. Aquí se gana un trabajo. Punto. No hay más romanticismo que el dedicarse a lo que a una le gusta y hacerlo con la mayor dignidad posible, y aún así nos peleamos, como todas las fans de los Backstreet Boys, con miles de personas por ser esa ELLA que también existe en este campo. El tiempo y el tribunal nos dirán si vamos a ser groupies toda la vida o si por fin nos mirará Nick Carter...


Grande S., grandes sus reflexiones y por qué no decirlo: grande Nick Carter, que buscando sus fotos en Google he visto que ha cambiado bastante... igual ahora no pasaría nada por ir a su concierto.








PD. Este post va dedicado, como no podía ser de otra forma, a S.




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lunes, 10 de junio de 2013

No vas a ser nadie en la vida si no sabes matemáticas

Mi madre dice hoy en día que yo fui buena estudiante. Pobrecilla. Eso es porque no se acuerda de las broncas, los suspensos, la desesperación, la angustia, la frustración, los castigos, los levantamientos de castigo porque no tenían sentido, las clases particulares... yo me acuerdo perfectamente. He pasado por los estudios en mi vida como se pasa por encima de un puente poco estable, deseando que se termine y con las piernas temblando.

No es que haya vivido yo un infierno, que no es el caso, pero mis 4 o 5 asignaturas por trimestre caían todos los cursos desde 5º de Primaria. Luego parece que en la Universidad remonté un poco, porque no había trimestres y porque no me conocía nadie, pero en el colegio entre lo alta y lo rebelde, me ponía cara todo el mundo y claro, eso condicionaba.

He suspendido casi todas las asignaturas alguna vez porque me gusta probarlo todo en la vida para poder hacer un juicio integral de las situaciones: sólo se han resistido la Lengua y la Literatura, que me apasionan, y a lo mejor alguna otra por ahí. Plástica y Educación Física también las cateé, señoras y señores, en algún momento de mi escolaridad.

Sin embargo ha habido en mi vida una piedra en el camino, un dolor de muelas, una viga en ojo propio (y paja en el ajeno, imagino), un sufrimiento de costalero en Semana Santa, una lágrima caída en la arena: las matemáticas.

Las putas matemáticas. Voy por la segunda estancia en la Universidad y las sigo suspendiendo, es muy fuerte. Llevo más años cateando matemáticas de los que llevo haciendo continuadamente cualquiera de las cosas que hago en mi vida.

Cuando era pequeña lo llamaban dislexia. Empecé a crecer y lo llamaron distracción. Llegué a la enseñanza secundaria y lo llamaron vaguería. Alcancé el bachillerato y lo llamaron "NO VAS A SER NADIE EN LA VIDA".

Así me lo dijo la profesora que tuve cuatro largos años de mi existencia. Una perra sin escrúpulos, maleducada, rancia, altiva, déspota, cínica, y todos los calificativos que pueda buscar para definirla y que seguramente no hagan justicia al sufrimiento que esa mujer me provocó. Me amargaba los lunes, los martes, los miércoles y los viernes. Los jueves no teníamos clase de matemáticas, pero me los amargaba también indirectamente. Sufría pensando en que tenía que corregir un ejercicio en la pizarra, en que teníamos examen, en que nos daba las notas, su misma existencia me hacía sufrir.

Mis padres no podían entender qué era lo que me pasaba para no aprobar la asignatura nunca; me escuchaban, me entendían, pero no sabían que hacer conmigo. En vez de llevarme a terapia (que era lo que yo necesitaba para convivir con la profesora maligna) me llevaron a una academia, y luego trajeron la academia a casa en forma de profesora particular, que venía religiosamente 5 horas semanales. Más clases particulares que ordinarias, ya digo, y ni por esas.

No crea el lector o la lectora que me acercaba yo al aprobado, ni de lejos. Era una regla de proporción inversa: a más esfuerzo hacíamos mi círculo y yo por sacar buena nota, peor nota sacaba. La tía se regodeaba:

- Señorita S., tu examen. Has mejorado, mira tú qué bien.

Yo recogía la hoja, miraba la nota: 0,75.

¡¿Cómo podía ser?! Ahora que soy maestra entiendo que un punto en un examen se da casi porque sí, por poner el nombre con las tildes y las mayúsculas correspondientes y por presentarte al examen, por valorar la participación.

Pues no, ella me ponía esa nota y dormía como una reina por las noches.

Otras veces me decía:

- Señorita S., tu examen. Lamentable.

Yo recogía la hoja, miraba la nota: 4.

No entendía nada: cuanto mejor era mi nota, peor me trataba, como si le molestase.

Entre sus perlas había varias buenas: "Como no estudies vas a terminar vendiendo clínex en un semáforo", "A éste paso tu única aspiración en la vida va ser la de repartir con la furgoneta del pan", "No sabes NADA DE NADA", "Mira qué nota, ¿pero tú de qué vas?" y la perla: "¿Tú qué quieres, ser como Arsenio?". (Arsenio era el de mantenimiento del colegio, y en siete vidas que hubiera vivido ella jamás nos hubiera hipnotizado con sus puñeteras matemáticas como nos hipnotizaba Arsenio con su elegancia limpiando los cristales. Era como ver El cascanueces en versión aérea, qué delicadeza, qué sutileza, qué maravilla. Ella le odiaba, como a todo menos a su reflejo en el espejo.)

Cuando me quedaba poquísimo para acabar el Bachillerato y mis compis ya pensaban en qué hacer en vacaciones, yo sólo podía pensar en una cosa: me van a caer las matemáticas y jamás saldré de este bucle infernal. No me quitaba el hambre ni el sueño, porque hasta la fecha no ha existido nada que me quite esas dos cosas, pero me robaba las ganas de ir a clase cada mañana, de luchar por aprobar y hasta de vivir en este planeta.

No sabía qué hacer, así que un día me volví loca y fui a hablar con ella. Llamé a la puerta de la sala de profes y me abrió el de Economía, que era mi tutor (y como era un centro concertado también era profe de Filosofía, y de Psicología, y tutor...):

- ¿Le puedes decir a M. que salga?

- Un momento, que la llamo.

Qué 15 segundos de espera pasé. El día que tenga un hijo o una hija no se me va a hacer tan largo el parto, estoy segura. A los 15 segundos un olor a café, tabaco y Chanel nº5 salieron por la puerta, y detrás salió ella:

- Dime nenita (así nos llamaba por sistema, ahí tuvieras 50 años), que estoy muy ocupada.

- Mira M., yo no sé qué hacer con tu asignatura, de verdad. Estudio, hago los ejercicios, voy a clase particular, le echo horas y nunca llego al 5. No sé si hay algo que yo pueda hacer, un trabajo, ejercicios extras, algo, que me ayude a aprobar antes de ir a Selectividad...

- A ver nenita, te digo una cosa: si no sabes matemáticas, JAMÁS LLEGARÁS A HACER NADA NI SER NADIE EN LA VIDA. Si no eres capaz de superar un obstáculo, no vas a hacer nada digno de ser reconocido.

Y acto seguido se dio la vuelta, entró por la puerta de la sala, esperó a que entrasen su olor a café, tabaco y Chanel y me cerró en las narices.

Las lágrimas que yo vertí en aquella puerta, sentada en el suelo, hubieran llenado los pantanos españoles hasta 2020. Nunca había estado tan frustrada, tan desesperada y tan disgustada. Empecé a ver mi futuro negro como el carbón, a creerme que hoy eran las matemáticas, pero otro día se me atascaría otra cosa y no llegaría a superar los baches nunca. Llegué a casa y se lo conté a mis padres.

Mis padres primero me miraron, después se miraron, y después me miraron otra vez. Me abrazaron. Lloré otro rato. Les abracé. Cuando esta escena de Mujercitas terminó, mi madre me dijo:

- Mira hija, ve y haz el examen. Da igual si no sacas buena nota, ya la sacarás. Lo importante es que lo hagas lo mejor que puedas y sepas y ya está. Si haces lo mejor que sepas hacer, nada puede ir mal, ya verás.

Y me hizo macarrones, que para el disgusto quieras que no, motiva.

Llegó el examen final y lo hice. De repente me crecí, me sentí poderosa, supe que podía hacerlo bien. Salí contenta, liberada, feliz.

Suspendí, claro.

Por azares del destino, valorando mis notas globales parece que la presión le hizo subir la mano y ponerme el ansiado 5 que me dio boleto para entrar en la Universidad, pero jamás se me quitó de la cabeza aquella frase, "si no consigues superar un obstáculo jamás vas a llegar a hacer nada digno de ser reconocido".

9 de junio de 2013, 18.30 horas. Ayer, vamos.

Estaba yo en la puerta de una finca esperando para entrar, en una zona residencial de Madrid. A unos 10 metros había varias familias con peques charlando, y al ratito me dí cuenta de que me miraban y cuchicheaban, me señalaban y volvían a cuchichear.

Dos minutos después, una de las mujeres se me acercó:

- Perdona, ¿eres Paulix? ¿Paulix de "Paulix y los ATTG Kids"?

Me quedé seca. "Paulix & de ATTG Kids" es un proyectillo pequeño en el que me he metido y que ha salido ya un par de veces (y sale otra vez en unas semanas) con el que hacemos un cuentacuentos dinamizado con rock para pequeños/as: una maravilla. Lo ví y pensé que si yo tocase el bajo, la guitarra eléctrica y la batería, y además tuviese la voz adecuada, y todo lo pudiese hacer a la vez ("mujer orquesta" lo llaman) lo hubiera montado yo. Me encantó la idea y en unos días vamos a abordar la tercera representación que hacemos en menos de dos meses. Para quienes nos dedicamos a ésto a cualquier escala sabemos que si gusta a la infancia, es bueno. Parece que gusta y estoy encantada.

Cuando esa mujer se me acercó ayer, no supe qué decir. Bueno, contesté "Sí", claro, y ella siguió:

- Te vimos, bueno, os vimos en el teatro el día 20 de abril y NOS ENCANTÓ, ¡qué chulada! ¡qué idea más cojonuda! (así dijo, "cojonuda"), cómo lo pasamos... hacéis algo digno de ser visto.

Y entonces, entre tanta sonrisa y abrazos y fotos que me hice con los niños y las niñas, me vino a la cabeza la imagen de mis lágrimas en la puerta de aquella sala de profesores/as, donde una mujer ignorante, acomplejada y desde luego cruel me vaticinó el fracaso que, no tantos años después, ha caído por su propio peso. Así entendí la frase de mi madre:

-  Lo importante es que lo hagas lo mejor que puedas y sepas y ya está. Si haces lo mejor que sepas hacer, nada puede ir mal, ya verás.

Las madres siempre tienen razón.

Me hice maestra, pero sobre todo me hago persona todos los días, para recibir tantas y tantas cosas que la vida, la historia y cada persona me enseña cada día.

Quién iba a decir que sería a ritmo de rock...




miércoles, 29 de mayo de 2013

Serenata a un imbécil escrita en Do Menor

Hace unos cuantos años (no quiero pensar cuántos, pero unos pocos), trabajé yo en un campamento urbano de forma altruista y voluntaria (diría incluso que pagando yo, porque mi tiempo y la gasolina son valores en alza) en la estepa vallecana, de la que ya he hablado muchas veces. Coordinaba aquel campamento mi amiga S., maravillosa ella y en todo su esplendor laboral por aquel entonces, y nos tuvo pintando y recortando árboles y flores durante un mes como si no hubiera un mañana, porque la temática que elegimos a ciegas fue "El País de los Cuentos" y para S. era de vital importancia que al entrar en aquel pasillo angosto de la casa de curas donde hacíamos el campamento te sintieses como en medio de la selva amazónica, pero con brillos mágicos y estelas de hada revoloteadora flotando en el aire.

Hay que decir en honor a la verdad que nos quedó un bosque de puta madre, con sus flores coloridas, su césped que nos llegaba por la cintura (ergo a los/as niños/as les llegaba por la nuca) y sus pajarillos colgando de las brillantes manzanas que colgaban de las recias ramas que colgaban de cada puñetero árbol de aquel pasillo. Ya digo, un mes montando el bosquecito para luego tener un Faunia en miniatura de tal realismo que te daban ganas de llevarte un machete y echarte repelente en cada centímetro de la piel.

Para cuando lo terminamos y el campamento empezó, los monitores y monitoras éramos más que colegas, éramos casi hermanos/as de sangre. Yo, desde luego, hubiera donado un riñón por cada uno/a de mis compañeros/as. El pegamento de barra infantil y las tijeras de punta redonda (que ni pega una cosa ni corta la otra) unen a cualquier ser humano de cualquiera que sea su condición, porque obliga a compartir momentos de frustración, abandono y desazón. Y allí se usaron barras y barras y tijeras y tijeras. Empezamos ya con un buenrrollismo que rozaba lo empalagoso.

En mi grupo, S. tuvo la elegante idea de ponerme un compañero y una compañera y más de una veintena de niños y niñas. Mi compañera era una chica que me sacaba unos 15 años y con pinta de Pippi Längstump que llegó dos días después de que empezase el campamento porque ella era así; la recordaríamos después por ser obligada a disfrazarse de Reina de Corazones en la piscina municipal y verse asediada por miles de cabezas infantiles mientras se escondía detrás de un contenedor de basura a la espera de sorprender a nuestras criaturas. Se llamaba O., "O" de "omitir" su identidad por no tener su consentimiento.

Mi otro compañero era un cura que aún no era cura pero que estaba en proceso de serlo. Era un "precura". Era el hombre que todas las mujeres de aquel campamento hubieran querido en su grupo: treintañero atractivo, simpático, gracioso, rápido, con labia, con mano para los/as niños/as, cariñoso, atento... lo tenía todo, incluída una mala leche importante cuando se mosqueaba. El chaval había sido camarero nocturno durante su juventud en una ciudad española famosa por su fiesta inconfundible y claro, traía de serie la pose de madurito interesante que hacía que a las jovencillas del lugar les temblase el vaso de tubo. Normal.

Decía que mi compi, al que llamaremos C. ("C" de su inicial y "C" de "C...", bueno, "C." porque no quiero dar más datos), era un tío espectacular le mirases por donde le mirases salvo en un detalle: cuando se enfadaba hacía temblar las paredes. Sus broncas y sus castigos eran temidos por pequeños/as y por mayores, si te caía un rapapolvo de C. ya podías dejarle explayarse y luego intervenir. No tenía sentido discutirle durante el enfado porque lo más seguro era que la cosa acabase con sapos y culebras saliendo de ambas bocas (especialmente de la suya).

En el otro punto, C. tenía un sentido del humor que a mí me apasiona: ácido, irónico, un poco negro y ágil, muy ágil. Era capaz de hacer mil chascarrillos por minuto y claro, fuimos a juntarnos el hambre y las ganas de comer. No había detalle, mirada, comentario, gesto o situación de las miles que ocurrían a cada minuto que quedase fuera de nuestra capacidad, y claro, a los 10 días teníamos a todo el campamento frito con nuestras bromas, los niños y las niñas nos tenían un poco de manía y nuestros/as compis huían de nosotr@s en esos momentos en que entrábamos en bucle con esas zarandajas que sólo entienden quienes las inventan y que pierden sentido de tanto repetirlas.

Sin embargo, entre sus miles de chascarrillos, había una cosa que decía C. que era, como yo digo, la reina de las Pompas, la palabra redonda, brillante, perfecta, dicha con la contundencia y la fuerza precisas: imbécil.

De hecho, C. decía así: imBÉcil.

No se ha visto a ser humano que dijese tanto con tan poco: como no decía palabrotas había descartado todos los insultos (incluído el socorrido "hijoputa", que tanto estrés libera) que puestos juntos parece que son muy exagerados pero que en el fondo decimos cada medio minuto exacto. Él ponía cara de concentración, miraba fijamente a los ojos y decía:

- Pero cómo se puede ser tan imBÉcil.

Y yo me partía de risa, incluso cuando en su seriedad me lo decía a mí.

Hablábamos con un proveedor petardo y me decía al oído "Mira, éste se cree que le vamos a comprar a él, hace falta ser imBÉcil". Venía una madre petarda a dar por saco con tonterías de su hijo y me decía al oído: "Esta mujer es pesada y es profundamente imBÉcil". Los socorristas musculitos de la piscina nos hacían caso omiso cuando reclamábamos atención para nuestros niños y niñas y C., en silencio (por los/as niños/as) pero moviendo los labios, señalaba al Ken de turno y me decía un "imBÉcil" mudo que me hacía retorcerme con poco disimulo.

Jamás en la vida he vuelto a conocer a nadie que insulte mejor, ni diga más con menos letras. Ese "imBÉcil" de C. decía todo, englobaba todo, echaba en cara todo, callaba todo, sugería todo, atribuía todo.
Cuando el final del verano llegó y nos separamos para siempre me llevé aquella palabra en la mochila junto con las cartas de los niños y niñas y un par de fotos reveladas en baja calidad por la falta de presupuesto y me marché sin mirar atrás. Nunca más volví a ver a C., que emigró a su ciudad de origen, pero siempre conservé aquel "imBÉcil" guardado para sacarlo cuando fuese necesario.

No lo sacaba yo mucho hasta que empecé a salir con L. y sus colegas; un día, en un bar, estaba concentradísima contando una historia que no recuerdo acerca de un tipo que tampoco recuerdo cuando, inconscientemente, traje a C. al bar de Lavapiés y dije:

- Total, que el tío era un completo imBÉcil.

De repente una lluvia de risas y palmadas:

- ¡¡OTRA VEZ!! ¡DILO OTRA VEZ!

- ¿El qué? - decía yo.

- Lo de imbécil - me contestaban.

- Imbécil.

- No, así no, como lo has dicho antes.

- ¿Cómo? ¿así? ¡¡imBÉcil!!

Y otra vez risas y palmadas.

Desde entonces, cuando nos vemos, siempre se da algún momento, una circunstancia, una conversación en la que viene al pelo traer a C. y a su imBÉcil al lugar donde estemos.

Siempre está ese taxista que te hace un quiebro lanzándote hacia la mediana (o hacia una acequia, depende) mientras tratas de esquivarle y sobrevivir, o está esa frutera que te vende un melón diciéndote que "es miel" para que llegues a casa y descubras que es un pepino sin sabor. O el quiosquero que no te guarda la revista que compras TODOS los miércoles desde hace diez años, o el médico que considera que no mereces la baja aunque lleves tres días en cama. Y qué decir de ese policía que te pone una multa mirándote a los ojos mientras tú corres como loc@ por la acera hacia el coche para evitar que te la pongan.

ImBÉciles.

Pero que decir de ese/a imBÉcil, esa persona que entra en tu vida y a la que le darías, como yo a mis compis en el campamento, un riñón, o un pulmón, o un ojo, e incluso le das el corazón (que es el órgano más importante, como dicen la ciencia y Albert Pla) , y coge todo, y juega con ello durante días, meses, años, y luego, cuando se cansa, te devuelve los restos junto a dos cd´s que le regalaste y tres camisetas que te dejaste en su casa. Tu vida metida en una caja de cartón, tú decides si para tomar o para llevar.

A esa persona, como a las otras, sería de justicias contratarles una Tuna, o un grupo musical cualquiera, y componerles una canción, una serenata con la que la Tuna pudiera apostillarse en su ventana y arrullar sus sueños y sus despertares, sus paseos y sus reposos, sus alegrías y sus penas, hasta que la muerte le separe de su imbecilidad. Una serenata compuesta en Do Menor, que es una nota facilonga, a un imBÉcil no hay que estresarle porque no tiene demasiada  capacidad de absorción de información.

Esa serenata tendría una letra muy larga, dependiendo de cada circunstancia, pero lo importante es decir: "Querid@ imBÉcil, ya crecí. Ya no me importan ni tus quiebros de taxista, ni tus mentiras de frutera, ni tus desprecios de quiosquero, ni tu ignorancia de médico, ni tu indiferencia de policía. Ya te superé y me llevé mi caja y ahí ando, reconstruyéndome, pero es que todo es más fácil desde que me quité tanto lastre. Mi vida sigue y te supera, espero que nunca nos volvamos a cruzar, laralalalaaaaaaa, laralalalalaaaaaa, la la laralalalalalalalaaaaaaa...".

Seguiría, claro, aquí hay añadidos y cositas que pulir, eso era la esencia básica. Habría que hacer que rimase y encajasen los versos, y que fuera dulce y pegadiza. No es una serenata cantada desde el despecho, sino desde la liberación. Ésto tendríamos que ensayarlo, pero hacerlo igualmente, dedicárselo a esas personas que entran y salen impunemente de nuestras vidas, en el plano que sea.

Porque yo ya no soy lo que era.

Porque tú ya no eres lo que eras.

Porque no somos lo que esperábamos.

Sencillamente, porque eres imBÉcil.



PD. Dedicada, por entero, a L., la imBÉcil más bonita del mundo mundial.




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jueves, 9 de mayo de 2013

Me importa una mierda el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo

Fue lo que me dijo una de mis alumnas el otro día mientras repasábamos los tiempos verbales. En realidad no fue así del todo, fue más agresivo aún:

- Me importa una PUTA mierda el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo.

Ya ves tú, como si ese tiempo verbal me lo hubiese inventado yo.

El caso es que la chica estaba harta de estudiar, harta de trabajar, harta de intentar memorizar unos tiempos verbales que según ella "jamás servirán para nada" y que le quitan tiempo, ¡no para vivir la vida, señoras y señores, no!. Le quitan tiempo para memorizar otros contenidos de otras asignaturas que no aprobará este curso y que con suerte aprobará en septiembre previo "gracias, gracias" a la profesora que se las da.

Mis alumnos y alumnas molan porque no tienen filtro y no molan porque no tienen filtro. No tener filtro es genial, porque te permite hacer y decir basicamente lo que te sale de las narices las 24 horas del día. No tener filtro es un horror porque no te permite pensar, ni reflexionar, ni parar un minuto a sopesar, y porque en el caso de la docencia, no te permite contestarle sin filtro, porque eso sería "ponerte a su nivel", pero tampoco quedarte callada, porque eso sería "perder autoridad".

Así que yo, sin inmutarme ni levantar apenas la vista del papel le dije:

- No te preocupes, no hay problema. Hay otros muchos tiempos verbales que tienes que repasar para el examen: ponte a conjugar mismamente el pretérito anterior, que también te flojea.

Y la chavala, echando humo por la nariz y acordándose de todos los antepasados que siembran mi árbol genealógico, se tiró encima de la mesa a ver la vida pasar y oye, quedaban cinco minutos de clase y no era plan de empezar el sermón de "La Vida es Dura" cuando ya nos íbamos a casa. La vida es dura y corta, y no hay que desperdiciar minutos.

El caso es que el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo es (modo clase de Lengua ON) el tiempo utilizado para el lamento. "Si yo hubiera/hubiese hecho ésto...", "Ay, si no hubiera/hubiese hecho lo otro..." y así sucesivamente (modo clase de Lengua OFF). Qué horror.

No me extraña que mi alumna lo aborrezca. El lamento es como la nostalgia cobarde que se enfrenta cuando ya no se puede cambiar nada de aquello que podría haber pasado o no pasado y sin embargo pasó o no pasó. "Pasado pisado", dice el refrán (y la canción de reggaeton), pero ahí está el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo para sujetarte el pie e impedir que termines de pisarlo por completo.

Tú quieres superar aquello que le dijiste o no le dijiste a aquella persona, pero ahí está el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo. Torturándote.

Tú sabes que tu jefe/a era un/a sinvergüenza y que hiciste bien en cantarle las cuarenta, pero ahí está el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo, entre tu seguridad y la hoja del paro. Persiguiéndote.

Tú tienes claro que ese/a amigo/a tenía que salir de tu vida porque no te aportaba nada, y por eso rompiste la relación sin escuchar unas excusas vacías, pero ahí está el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo. Sermoneándote.

Tú decidiste libremente salirte del camino, romper con aquella pareja, dejar de soportar a aquel/la compañero/a de trabajo insufrible, vender tu casa, cambiar de país, lo hiciste con seguridad, pero ahora las cosas no van como tú pensabas. Quizá si van como tú pensabas, pero no como el resto del mundo te dice que deberían ir, y ahí es cuando sale a relucir el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo, haciéndote dudar, recordándote que pudiste hacer las cosas de otra manera y que jamás podrás cambiarlo.

Tu seguridad anterior, tu control de antaño, tu confianza en tu "yo" del pasado y en el mundo que ya no existe caen por un simple tiempo verbal. Y mi alumna no entiende para qué puede servir conocerlo, conjugarlo, hacerle un hueco, entender qué expresa y qué omite, y así me lo hace saber, en presente de indicativo. ¿No será la misma vida la que le enseñe cómo conjugar sus tiempos?

Si yo hubiera o hubiese sido mi alumna, tampoco habría tenido interés en saber de qué va la vaina de los tiempos verbales, porque me quedarían muchos momentos para vivir de los que hoy, a veces (muy pocas veces), me arrepiento en subjuntivo, muchas incógnitas por cerrar que hoy, a veces, me pregunto en subjuntivo, y muchas decisiones por no tomar que hoy, a veces, me planteo en subjuntivo.

Si yo hubiera o hubiese sido mi alumna, tendría una cosa clara: me importaría una puta mierda el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo.





jueves, 11 de abril de 2013

A las personas no les preocupan los árboles

Mi gran amiga (y hermanadenosangre) María me lleva reclamando unos días:

- ¿Para cuándo un Cuentos Chinos?

Y yo venga a decir que sí, que sí, pero el hecho de llevar unos días desaparecida tiene su sentido: mi blog perdió accidentalmente su anonimato y parte de mi familia lo descubrió.

Nótese que yo a mi familia la amo con la fuerza de los mares, con el ímpetu del viento, en la distancia, en el tiempo, con mi alma y con mi carne, pero igual que no me llevo a mi madre de copas un viernes por la noche, hay según qué historias escritas aquí que me encanta que lean mis primas, mi hermana y mis amigas, pero que si se las puedo ahorrar a mis tíos o a mi abuela pues oye, eso que me llevo.

Y es que para mí éste blog es un reducto de paz, un tubo de escape, una ventana al mundo de ida y vuelta en la que a veces me vuelco y ni siquiera me doy cuenta. Por eso me bloqueé un poco cuando supe que mi familia lo había descubierto y me acojonó sutilmente verme tan expuesta sin necesidad.

No voy a contar las impresiones que he recibido del blog (que han sido maravillosas, por otro lado) por su parte, pero he pasado unos días dejando las aguas calmarse para retomar ahora con energía renovada.

Aquí debería empezar el post.

Hoy, en clase, una de mis alumnas me ha hecho la siguiente pregunta:

Alumna - Profe, ¿los coches tienen vida?
Yo- ¡No!
A- ¿Y los árboles?
Y- Los árboles sí, son seres vivos, como las flores y los animales, y como los seres humanos.
A- Entonces, si los árboles tienen vida y los coches no, ¿cómo es que la gente se preocupa mucho más de cuidar los coches que de cuidar los árboles?


Y me ha dejado seca, claro, porque de cuando en cuando los niños y las niñas hacen preguntas que te dejan sin respuesta, porque realmente no la tienen. A mí éstas son las preguntas que me preocupan, porque no sé contestarlas. Las clásicas de "¿De dónde vienen los niños?", "¿Existen los Reyes?" y demás son fáciles, tenemos la respuesta, son como el quesito verde del Trivial, que a priori puede parecer complejísimo pero luego es el más fácil. Sin embargo las preguntas como la de mi alumna son el quesito rosa, que tú ves "Cine y espectáculos" y dices "Bueno, éstas me las sé todas", y luego descubres que son enrevesadísimas y que jamás habrás visto suficiente cine como para contestarlas correctamente.

A mí hace ya tiempo que me preocupan mucho más las personas que los coches; los coches, para ser exacta, me importan una mierda, en parte porque no entiendo nada de su mecanismo (ni me interesa, aprobé el carnet a la cuarta y desde ahí lo único que me preocupa es moverme de lado a lado, encontrar hueco para aparcar y que funcione la radio) y en parte porque no he sido yo muy de máquinas.
Cuando tenía unos 12 años me regalaron una Game Boy y mi madre me la dio y me dijo muy seria:

- Como te enganches va la consola por la ventana.

Todavía está esperando que juegue más de cuatro veces la mujer.
 Y es que el ser humano es tan increíble que, desde que era pequeña, no he podido nunca estar pendiente de las máquinas.

Las personas, en cierto modo, somos similares a los árboles que le preocupan a mi alumna. Somos todos una misma esencia, y sin embargo la plasmamos de maneras muy distintas.
Casi todos los árboles comunes tienen raíces, tronco, ramas, hojas, y sin embargo no hay dos raíces iguales, dos troncos iguales, dos hojas iguales. Es un gran ejercicio recoger hojas (a l@s profes nos arregla dos meses del otoño entre murales y siluetas de plástica) y observar que cada hoja tiene una forma diferente, un tamaño diferente, un color distinto, un tacto particular. Como el ser humano.

Las raíces, algunas tan grandes, otras pequeñitas, algunas sobresalen por fuera de la tierra, otras permanecen eternamente bajo ella, buscando incansables alimento y agua para sobrevivir. Así son también las personas, que en su camino incansable van generando anclajes, algunos fuertes, otros más débiles, algunos visibles para el mundo, otros secretos, y siempre buscando nutrirse, sostenerse, sobrevivir.

Los troncos, unos leñosos, otros suaves, tan recios, tan flexibles a la vez, tan completos que imponen. Llaman tanto la atención que han sido durante décadas el lugar preferido de las parejas enamoradas para escribir sus iniciales y fechas y corazones y otras horteradas, sin darse cuenta en su ejercicio de que para plasmar su amor están hiriendo a otro ser vivo. Claro que el amor humano, muchas veces, es así también, consolidado a costa de las heridas ajenas.

Las ramas, delgadas pero fuertes, son los brazos del árbol, aspirando siempre a tocar el cielo, distribuídas para recoger lo mejor del sol, lo mejor de la lluvia, lo mejor del viento, en su justa medida siempre, para contribuír al crecimiento, sosteniendo las hojas, cobijando la sombra. El ser humano, ciertamente, aspira a llegar alto, muy alto, a veces hasta tocar al dios en el que cree, otras veces hasta tocar el infinito en el que también cree, y siempre intentando saber qué es lo mejor del viento, del sol, de la lluvia (traducido a nuestro mundo poca gente busca lo mejor del sol, pero busca lo mejor de un trabajo, de una pareja, de un amigo, de una hermana) para poder cogerlo y no soltarlo nunca, y utilizarlo para crecer y expandirse.


Lo maravilloso de los árboles es verlos en conjunto, en un bosque, confundiéndose y fundiéndose unos con otros para formar una alfombra de miles de colores, para dar sombra, para dar frescor, pero qué bonito es también ese árbol que se erige en la soledad, llenándolo todo, majestuoso, sin otra compañía que la suya propia. Ese árbol solitario luce sin necesidad de adornos ni arreglos. Ese árbol es maravilloso porque es él, sin más.

Así, también, es el ser humano.

Mi alumna no está lejos de la realidad: a la gente no le interesan los árboles. Siguiendo la estela de mi reflexión, es tan triste como que a la gente cada vez le interesan menos las personas, como le interesan poco los árboles, el sol, la lluvia y el viento. Y sin embargo se olvidan de que lo importante, como decía mi alumna, es apostar por la vida. Las máquinas, al final, son energía invertida que nunca vuelve.

Los árboles, como todo en la naturaleza, pasan por fases: crecen, se lucen, enferman, se caen sus hojas, tiemblan, se recuperan, mueren, renacen de su propia muerte, dejan poso en el suelo. Sin símiles: como el ser humano.

Me apasiona la vida (la de los árboles y la humana) porque es una alternancia de estaciones que no para jamás. Lo bueno es que, como en la naturaleza, tenemos una certeza: después de una estación viene la siguiente. Las flores terminan por salir, antes o después.

Jamás se ha dado en la naturaleza un año sin primavera.















Nota: Éste post va dedicado a María, por su compañía, por su insistencia, por hacerme sentir que merece la pena seguir volcándome aquí, aún a costa de que la gente me descubra. Gracias por ser el árbol que da sombra a muchos de nuestros momentos... Este post, sin ser premeditado, ha sido alumbrado íntegramente pensando en tí.



viernes, 15 de marzo de 2013

Diez consejos infalibles para que tu hij@ salga en Supernanny

(NOTA: Tregua a los posts dramáticos. En breve volveré a incorporarlos, disculpen las molestias).

El otro día me preguntaba la madre de una de mis alumnas que si los chavales y chavalas que salen en Hermano mayor eran así de verdad o si estaban actuando. Para quien no lo sepa, Hermano mayor es un programa de televisión (cómo no) que emiten en una cadena a la que no le hago propaganda y menos gratis, no por nada, sino porque yo no soy sponsor, soy maestra, y bastante tengo con lo que no tengo.

En ese programa, un ex jugador español de waterpolo mal avenido en los 80 por las malas compañías, los malos consejos y las buenas drogas (que se rehabilitó para deleite de su madre y de la prensa), se dedica a meter en vereda a adolescentes de todo tipo que tienen en común un aparente hijoputismo destacable. Su predecesora es mi adorada Supernanny, esa psicóloga que es la Ramos-Paul y que al margen de lo bien o mal que caiga me parece una tía que aguanta con bastante entereza las situaciones que le provocan en su programa (que también se emite en abierto) para disfrute del resto de madres y padres del mundo, que se vanaglorian desde sus sofás de que sus pequeñuelos/as no hayan salido tan gentuza como los de la tele.

El caso es que en Hermano mayor salen unos ejemplares de padreymuyseñormío. Adolescentes con caracteres agresivos, posesivos, violentos, manipuladores, egoístas y aparentemente malvados que ponen en jaque a abuelas y madres (y algunos padres) a cada minuto de sus vidas.
A mucha gente se le pasa por la cabeza ese bofetón que sus progenitores/as le dieron en su día y creen que de aplicarse a cada protagonista de Hermano mayor no hubiera existido nunca Hermano mayor: craso error, porque la teoría de "un bofetón a tiempo resuelve cualquier problema" es tan real como la de "no te bañes mientras tienes la regla que se te corta".
Otra gente piensa que el bofetón habría que habérselo dado a las madres, padres y abuelas (casi nunca ha salido un abuelo) que tutorizan a el/la adolescente insoportable. Otro error, la teoría "esa familia tiene toda la culpita de que su criatura eche espumarajos por la boca" es tan generalizable como la de "todas las rubias son tontas".

El caso es que entre estereotipos y prejuicios echa la familia media española enfrente del televisor la tarde del viernes, o del sábado, o del domingo, depende de si lo ve en directo o está viendo la reposición.

Lo que a mí más me llama la atención es la mera existencia del programa en sí, tanto de Hermano mayor como de Supernanny. A las madres y padres les mete tantas ideas en la cabeza esta sociedad española tan nuestra y tan nacida de la posguerra, gestada en la dictadura y envejecida en la democracia, que parece que no hay directrices con las que educar. El mundo nos vende que es más fácil tener en tu casa a un miniBárcenas que a una miniGhandi, y lo peor, puest@s a elegir estoy segura de que decenas de familias prefieren un hijo que lleve dinero a casa, aunque no sea suyo, a una hija metida en conflicto día sí día también por defender los derechos ajenos y propios.
El problema es que entre que nace y que llega con los sobres se te ha convertido en un hijoputa y claro, a llamar a Supernanny y a Hermano mayor y a preguntarse: "¿Pero qué hicimos mal, dinos Hermano mayor? Supernanny, ¿dónde nos equivocamos?". "En la concepción", diría yo a más de un@.

Yo no sé si las criaturas que salen en estos programas actúan o no, si exageran o son así, si lo guionizan o dejan que surja. Sin embargo  he aquí, desde mi experiencia, 10 consejos para que vuestros hijos e hijas sean protagonistas de estos programas que nos muestran las consecuencias potenciales de la educación en los cánones del siglo XXI, al menos según mi visión. No digáis que no avisé.

Diez consejos infalibles para que tu hij@ salga en Supernanny

1.- A poder ser, ten un hijo o una hija aunque no estés preparad@, no tengas los medios adecuados para su cuidado y mantenimiento o estés en crisis con tu pareja. En España está muy mal visto interrumpir un embarazo, si eso mira en Londres, pero vamos, que en esta lista de consejos se te recomienda que lo tengas.

2.- Cuando nazca, durante las primeras semanas, asume que tu hijo o hija es todo lo que hay en tu vida; recuerda que lo contrario es de ser egoísta, gentuza y mala madre o mal padre. Olvídate de tu relación de pareja, de tus amigos y amigas, de tu familia y de tí. Así, cuando no tengas vida, tendrás algo que echarle en cara.

3.- Olvídate de darle el pecho, de cogerte permiso por maternidad y/o paternidad y de cogerle en brazos. Está claro que eso hace a los bebés vulnerables, dependientes y en general flojuchos. Mano firme en los primeros meses, reprime tus ganas de comerte a besos a tu criatura.

4.- Prohíbele ser niño/a: que no corra por si se tropieza, que no pinte por si se mancha, que no beba por si se atraganta, que no toque un animal por si se contagia de vete a saber qué enfermedades, que no juegue con otros/as niños/as por si le pegan y en fin, que no TODO. Ya sabemos que, a diferencia del resto de niños/as del mundo, tu criatura es de cristal de Bohemia.

5.- Cuando tu hijo/a sea completamente dependiente y no sepa ni respirar sin tu ayuda, estarás hasta el mismísimo de ir detrás de él/ella (el punto anterior es muy costoso). En ese momento métele en casa durante todo el día y ahí sí, déjale que haga lo que le venga en gana. A poder ser, sin supervisión de nadie.

6.- Ponle la tele en su tiempo libre desde el minuto uno hasta el día en que cumpla 16 años, le dejen entrar en discotecas y ya no tenga tiempo libre en casa. En la tele se aprende mucho. Los libros ya que se los hagan leer en el colegio, que para eso pagas.

7.- Cómprale muchas consolas, ordenadores y acuérdate de que tenga su primer móvil antes de tener su primer diente. JUGAR con otros seres humanos está demodé.

8.- Dale siempre la razón, piensa y actúa por él/ella, no le hagas pensar de forma autónoma, ni reflexionar, ni tomar decisiones. Hazlo tú por él/ella y luego utiliza ésto en su contra ("¿por qué has hecho eso?"). Recuerda el punto 4: es de cristal.

9.- Cuando crezca, procura que tenga el día súper ocupado: mándale a un colegio de mucho prestigio en el que le fundan a deberes y le hagan pensar que es imbécil (y a tí también: échaselo en cara). Cuando acabe las clases apúntale a más clases de tenis, inglés nativo, flauta travesera, esgrima, apoyo de matemáticas, lengua, iniciación al chino mandarín y claquet. Que llegue a casa con el tiempo justo de hacer sus miles de deberes y morir, así ni da guerra, ni tenéis que hablar ni nada.

10.- Y por último, por encima de todo, jamás le digas cómo te sientes. Tampoco lo compartas con tu pareja: todo eso es de gente floja. No menciones a tu hij@ que le quieres, que confías en él/ella y que es un ser maravilloso: eso que se lo cuente Supernanny cuando llegue.


Sigue mis consejos al pie de la letra y habrás criado una criatura maravillosa, totalmente adaptada para vivir en el siglo XXI y darte grandes alegrías cuando sea mayor. En menos de cinco años desde su nacimiento tienes a Supernanny paseando por tu salón con el cuadernito de notas en la mano. Vas a ser la envidia del vecindario, lo importante es salir en la tele, qué más da para qué.

Eso sí, recuerda: no críes demasiados, o nuestra sociedad se llenará de gente vacía y sin inquietudes tan absorbida por la televisión y los bienes materiales que no sea capaz siquiera de relacionarse en familia.

Y si no estás de acuerdo, hazlo aunque sea por no saturar los recursos. Recuerda que Supernanny, como madre, no hay más que una.