"Pido perdón a los niños por haber dedicado este blog a personas mayores. (...) quiero dedicar este blog a los niños y niñas que estas personas han sido. Todas las personas mayores fueron primero niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria."

Adaptación de la dedicatoria del libro "El Principito", de Antoine Saint-Exupéry




domingo, 18 de noviembre de 2012

La huelga, Elsa Punset y el rasero de la felicidad

Sin paños calientes: llevo 15 días convaleciente, encerrada en el torreón de un castillo de gotelé y trece pisos de alto. Ni siquiera tengo dos largas trenzas para lanzarlas por la ventana, porque me las cortó un peluquero moderno cuando decidí cambiar de look, de aires y de vida. Lo medio conseguí, pero ahora estoy encerrada en lo alto y cual Rapunzel del siglo XXI, pero sin nada que lanzar a alguien que pase por debajo de mi ventana a caballo, y sólo puedo hablar con la bruja a través del whatsapp. Qué vida más dura.

Hace un par de semanas me operaron para extirparme un sobrante del cuerpo, que es un gustazo, porque llevaba tiempo dándome la lata, cada vez más. En estas dos semanas he escrito al menos cuatro o cinco veces el inicio de este post, y cada día lo hacía desde una perspectiva, ahora al borde de la depresión por el encierro, ahora contenta porque había tenido una visita inesperada, ahora enfadada por las molestias y los dolores, ahora enternecida por aquella llamada tan bonita que me hicieron desde un lago. Menos mal que lo dejé reposar todo para llegar hasta este momento y poder contar un poco todo, tranquila.

En estos días he tenido todo tipo de estímulos positivos, pese a todo: visitas, regalos, llamadas, mensajes, flores, bombones y kilos de cosas ricas de comer que no sé si esta convalecencia no me va a quitar un sobrante y me lo va a rellenar de colesterol del malo, del que atacan los soldaditos del Danacol, porque quienes me conocen dan en el clavo y claro, me paso el día matando las penas a golpe de azúcares y grasas saturadas de todo tipo y pelaje.

Mis amigas de toda la vida trajeron a mi torreón su(s) visita(s) y me rodearon de sonrisas, de M&M´s (lo dije, son malvadas, por su culpa llevo una semana comiéndolos casi compulsivamente) y de historias de toda la vida para levantarme el ánimo. Como añadidura trajeron un libro de Elsa Punset, Una mochila para el universo. La verdad es que la familia Punset nos gusta bastante, especialmente porque nos da juego para miles de conversaciones pseudotrascendentales, así que tener el libro en mi poder me convirtió en una especie de gurú de los temas de conversación de las próximas treinta o cuarenta cañas que quedemos a tomarnos.

El tiempo acompañó mucho a la lectura en los días sucesivos, y me sorprendí pasando las horas enteras sentada en un sofá que tengo en la habitación porque mi padre decidió que era perfecto para mí pero que a mí no me ha conquistado hasta ahora. Esa es una filosofía que tengo muy desarrollada en varias facetas de mi vida: casi nunca descambio ni desprecio regalos que me hacen (ropa, libros, muebles, música, lo que sea) porque aunque ahora no me guste demasiado sé por experiencia que no soy una tía que se cierre en banda a nada y que llegará el día en que ese objeto tenga un hueco perfecto en mi vida. En el caso del sofá ha resultado ser maravilloso para la postura que tengo que mantener durante el postoperatorio, así que estoy feliz de no haber tirado el sofá a tomar por culo en todo este tiempo, cuando sólo estorbaba y me ponía de los nervios.

El libro me duró como un par de días, y básicamente habla de la inmensidad de la vida, del quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos pero en bata y zapatillas, es decir, desde una perspectiva muy de andar por casa. Bueno, en realidad aborda especialmente la felicidad, como todo lo filosófico, y como es lógico empieza preguntando: ¿qué es ser feliz? Lo decimos con mucha alegría: "soy feliz". "No soy feliz". "Podría ser más feliz". "No podría ser más feliz". "Felices los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios".
La felicidad es un tema muy recurrente en cualquier contexto, para nutrir la fe, para alimentar el espíritu, pero nadie sabe qué coño es.

Elsa Punset define la felicidad como "el grado de satisfacción y/o de bienestar de una persona". Fácil, sencillo de entender y de medir: ¿te sientes bien contigo pese a que tu curro sea una mierda? Eres feliz. ¿Tienes el trabajo de tus sueños pero no te acabas de hallar en él? No eres feliz. Y eso hablando de trabajo, que es para mí un tema banal: nos ponemos a hablar de las familias o de las parejas y te caes para atrás.

El caso es que los primeros días de mi convalecencia casi me ahogo, pero literalmente. Me veía como un pez en una pecera cerrada, sin poder "hacer nada": sin poder salir, sin poder pasear, sin poder ir a tomar algo, sin poder hacer la compra, sin poder quedar con mi gente adorada, sin poder ir al cine, ni al teatro, y en fin, sin poder ser yo. Cualquier comentario que contradijese mi sensación me ponía de peor humor, y mi vida se basaba en escuchar a cantautores suicidas y mirar por la ventana en pijama contando los minutos para que terminase esa hora, y luego la siguiente, y luego la siguiente, y así.

Habrá quien piense que exagero, pero es muy fuerte la sensación de "imprductividad" que genera mi cerebro cuando no estoy haciendo "lo que se espera que yo haga". Hablándolo con P. (alias Cabaretera woman) me explicaba que era normal que en mis dos o tres primeras semanas como desempleada me sintiese totalmente inútil y desesperada. Nacemos y crecemos en una sociedad que excluye a quien no genera dinero. Yo no he parado de moverme desde que terminó mi último curro, sigo estudiando, haciendo cursos, leyendo, saliendo, aprendiendo, viajando, conociendo gente, haciendo mil cosas, y sin embargo no terminaba de sentirme bien por no estar haciendo nada que aportase, a mí o a cualquiera, una remuneración. El sueldo se había convertido en el colchón de mi bienestar mucho más que mi misma persona, y sin darme yo cuenta había sido educada (y educaba yo también, joder) para producir, y producir y producir, pero siempre con intercambio monetario. Qué horror.

Pues igual que el sueldo era el rasero de mi aparente felicidad, lo era estos días la vida social. "Si no curras al menos mueve el culo", parecían decirme hasta los cojines del salón. Ni siquiera quería aceptar que entre los dolores y la incomodidad NECESITABA, física, emocional y mentalmente, descansar. Estar tirada en la cama me parecía el colmo de la falta de respeto al Universo. He buscado, incluso, excusas para levantarme cuando realmente no hacía falta que lo hiciese.

Así estuve hasta que el miércoles, día 14, España llevó a cabo la huelga general que llevaba tiempo convocada. Yo secundé la huelga como pude desde casa, y esto es tratando de no consumir o hacerlo en la medida justa y necesaria, que en el caso de una enferma es un poco más de lo normal en cualquier otro caso. Sin embargo, apagué la tele, las luces que siempre andan de fondo en todas las habitaciones de mi casa, la radio que también está encendida intentando hacerme compañía y decidí incluso ignorar el teléfono, que en realidad no me hacía ni falta.

Ese fue el día en que descubrí el sofá y su comodidad. A la luz de la magnífica claridad que entra por mis ventanas estuve toda la mañana disfrutando del silencio de mi casa y del libro de la Punset. A ratos paraba, me estiraba, me asomaba por la ventana y observaba la quietud de mi barrio, no sé si por la hora, por la huelga o por los coches de policía que patrullaban por aquí a cada rato.

Comí y me eché una siesta relajada, placentera, sin prisa por hacer nada (total, no podía ir a la manifestación posterior, sin móvil no iba a contactar con nadie, sin tele no me interesaba despertarme para ver una peli ni un programa), y descansé como llevaba semanas sin hacerlo. Me desperté, merendé y aproveché la última luz del día para leer. Tuve una visita sorpresa, disfruté de una conversación y una cena estupendas y me acosté habiendo disfrutado de un día en el que yo y mis apetencias habíamos sido protagonistas.

Qué placer.

Desde ese día, mi vida de convaleciente ha dado una vuelta. Mi amiga Brendi me decía en una de mis épocas más bajas:

- Haz el favor de no estar todo el día pendiente de lo que NO tienes. Fíjate en lo que tienes, que es mucho, y no te pases las horas quejándote.

También lo dice Elsa Punset: el cerebro humano, para equilibrarse, necesita cinco estímulos positivos por cada uno negativo, y necesita vivirlos intensamente. Olvidarse del mundo y dejarse llevar. Mi profe de yoga lo llama "meditar en lo cotidiano". Al final todo el mundo tiene razón y yo estoy por patentar un especial del programa "21 días" que se llame "21 días negando la realidad" o simplemente "21 días en la parra".

Así que me he dedicado estos últimos días a disfrutar de todo lo que me ofrece el reposo en casa: pasar un buen rato cocinando, reciclar ropa a base de imaginación, aguja e hilo, leer sin prisa en mi sofá redescubierto, escribir todo lo que se me pasa por la cabeza, pintar con acuarelas, mirar cómo caen las hojas por la ventana, tocar la guitarra compitiendo con el capullo de mi vecino y su piano (que no termina de dominar) y sobre todo escucharme y hacerme caso cuando me apetece hacer algo.

Y el caso es que me estoy recuperando mucho más rápido desde el miércoles, me lo ha dicho mi cirujana. "Eso es que comes mejor" me ha comentado. Si supiera que sobrevivo a base de M&M´s...
Estoy más tranquila, duermo mejor, como mejor, disfruto de los cambios de mi cuerpo durante estos días.

Lo mejor de todo es que me encuentro estupendamente. Casi no tengo dolores. Estoy más tranquila: el otro día me despertaron dos veces de la siesta los de Atención al Cliente de Vodafone y no tuve ganas de matarles. Eso es que estoy cambiando sí o sí.

Y estoy bastante satisfecha. Ha subido mi nivel de bienestar. Debe ser que estoy haciendo eso que llaman "crecer",o quizá sea que a pesar de estar hecha un guiñapo y estar loca por que me den el alta, voy siendo cada día, según palabras de Elsa Punset, un poquito más feliz.





lunes, 5 de noviembre de 2012

El síndrome de Stendhal (o qué he venido yo a hacer a este mundo)

Cuando me hallaba yo surcando los mares en velero cual Rose Dewitt Bukater en Titanic, bajamos nadando a visitar una isla cuyo nombre no recuerdo, la verdad, pero que era el paraíso mismo rodeado de agua por todas partes.
Como toda isla que se precie, tenía un punto con un mirador natural increíble, así que tras muchos minutos ascendiendo cuesta arriba, con cuarenta grados a la sombra, la ropa empapada del baño y la cara roja como un tomate, subimos hasta lo más alto para tener las mejores vistas del conjunto.

Al llegar arriba, nos quedamos casi sin respiración: era con diferencia una de las vistas más increíbles que yo recuerdo en mis largos años de viajar por el mundo. De repente confluían todos los elementos naturales habidos y por haber (sol intenso, nubes algodonosas, aguas cristalinas, olas embravecidas, arboleda salvaje, miles de pájaros y mariposas revoloteando, flores de colores) en una armonía tan perfecta que hacía daño a los ojos. No sé cuánto tiempo pasó cuando de repente una de mis compis dijo:

- Os juro que creo que estoy teniendo un brote del Síndrome de Stendhal.

Casi me amarga el momento, porque sin saber yo a qué sindrome se refería me imaginé un desvanecimiento por el sol, o algo así, y la miré asustada. El resto la miraban con la msima cara que yo, así que vio que era el momento de explicarnos.

Resulta que el Síndrome de Stendhal es una somatización que se produce por no poder soportar tanta belleza como hay en el mundo a veces. La realidad es que en sus inicios se refería a la belleza en el arte, concretamente en el arte florentino, pero ahora se puede usar también para definir lo que acabo de expresar.

Me recordó a una frase de Albert Espinosa:

"Rompí a llorar. Me encanta esa expresión. No se dice "rompí a comer" o "rompí a caminar". Romper a llorar o reír. Creo que vale la pena hacerse añicos por esos sentimientos".

Hay cosas por las que merece la pena romperse, aunque eso incluya padecer un síndrome. En este caso el Síndrome de Stendhal me pareció una maravillosa forma de bloquearse, puestas a bloquearse por algo. La belleza, la inmensidad o el placer infinitos son premios que para mi gusto bien se merecen el (puto) camino que a veces hay que recorrer.

Hasta aquí yo lo tengo todo clarísimo. El tema es cómo romperse o lo que es peor, cómo romper.

Llevo tiempo con la sensación de que todo es complicadísimo. Incluso lo que tú pensabas que era fácil, resulta que no, que es complicado. Vivir es una contrarreloj entre lo que ya sé y lo que me queda por descubrir, y a veces me sorprendo sin tiempo material entre medias para disfrutar de las dos cosas. Y me agoto.

Me agoto de tener que ir corriendo a todas partes, me agoto de discutir. Me canso de romper con los estereotipos, me canso de luchar contra el techo de cristal que ni siquiera he creado yo misma. Me ahoga el sentimiento de desmotivación de la gente en general, me saturo con tanto como hay por lo que protestar.

Hay veces, sin embargo, que veo un resquicio de luz. Que de repente me enamoro de un lugar, o de un momento, o de la energía vital de una persona, y entonces pararía ese instante para que no se me escapara entre los dedos y pudiera saborearlo, y retenerlo un poco más para sentir que la vida no es siempre tan complicada, tan sufrida, tan difícil, que se puede vivir sin dar tantos trompicones.
Dice mi amiga Cabaretera que soy una persona intensa en los inicios de las relaciones, y tiene razón, pero no lo soy con todo el mundo, es una reacción que ni siquiera controlo, es instintiva: cuando alguien me atrae trato de retenerle, es mi forma de ir llenando los huecos que tengo con pequeños ataques del síndrome de Stendhal para que luego, cuando de viejecilla (si llego) mis nietos y nietas me pregunten como yo hago:

- Abuela, ¿vivir merece la pena?

Yo pueda responderles con una sonrisa, ni sí ni no, pero sonrisa abierta, de las que confirman que no hemos venido al mundo sólo a sufrir, sino que también tenemos la obligación de maravillarnos con tantos lugares, tantos momentos, tantas personas y tantos colores que se esconden en cada esquina para sorprendernos.

A eso he venido yo al mundo: a sorprenderme cada día con todo lo que el mundo es, con lo que eres,  lo que soy, y especialmente con todo lo que todo lo que tú y yo podemos llegar a ser.
A morir, puestas a morir por algo, por no poder soportar tanta belleza como nos rodea cuando abrimos los ojos, respiramos, y simplemente, nos dejamos llevar.

En esas estoy. A ver qué pasa.

miércoles, 24 de octubre de 2012

A la chica morena de Federico Moreno Torroba

Cuando teníamos 15 años, mis amigas y yo éramos, en palabras de mi padre, "terribles". Si mi padre se hiciese una mínima idea de lo que son las chavalas de 15 años de hoy, se le haría un nudo en la lengua, pero en fin, las madres y los padres de este mundo siempre creen que sus descendientes han sido "monísimos/as de peques" y "rebeldes insoportables" y "terribles" en la adolescencia: fijo que la madre y el padre de Ghandi también se lo dijeron alguna vez y mira cómo salió.

El caso es que éramos "terribles" por muchas cosas: porque hablábamos sin parar a gritos durante horas y horas, porque éramos todas chicas y no teníamos con quienes contrastar nuestra siempre acertada opinión acerca de absolutamente todo, porque fumábamos a escondidas por cada rincón, porque a algunas nos habían sancionado incontables veces en el colegio llegando a la expulsión y en mi caso particular porque jamás llegaba a la hora y porque no aprobaba matemáticas ahí se cayera el mundo.
Bueno, y porque las facturas de teléfono eran escandalosas, y cuando llegaba el sobre yo oía a mi madre rasgar la solapa y a los tres segundos vociferar desde el salón:

- ¡Y ESTO ¿QUÉEEEEEE? ¿¿¿LO VAS A PAGAR TÚ??? ¿¿TE HAS PENSADO QUE SOMOS EL BANCO DE ESPAÑA?? ¿¿QUE ESTO ES UN HOTEL??

Y acto seguido venía un fin de semana sin salir, tragando paredes de casa entre terribles lamentos y miradas lánguidas.

Mi padre decía que éramos terribles por todo esto, pero sobre todo por una cosa: porque teníamos ocupado siempre El Muro.

El Muro era, como su propio nombre indica, un muro. Sin más. Sin florituras ni rodeos. Era el clásico muro de cemento rústico que separaba la acera de la calle de unas tiendecillas de esas de barrio, consistentes en una tienda de chucherías, una peluquería de señoras, una panadería (antes una agencia de viajes, antes una peletería, hoy en día un COMPRO ORO) y una zapatería a la que se accedía por unas escaleritas que terminaban en El Muro, y que ocupábamos indefectiblemente a todas horas del día para cabreo supremo del zapatero, que siempre creímos que saldría con una recortada para echarnos de allí, pero que sólo se acordaba de nuestras madres y padres entre dientes.

El Muro ofrecía una cobertura íntima muy interesante (básicamente porque al ser de cemento nos protegía de miradas indiscretas), un soporte inmejorable para apoyar las posaderas en cualquier situación (menos en invierno, que entre la falda del uniforme y el frío del cemento las cistitis iban y venían y todavía nos preguntábamos que dónde coño nos poníamos malas) y sobre todo un lugar de estancia gratuita en el que pasar las horas muertas destripando paso por paso a esa profesora malvada que no te aprobaba ni de coña (excuso decir quién era la que hacía esto conmigo) o a la clásica pija odiosa del A que nos caía mal por sistema.

Por las mañanas, antes de las 8, nos fumábamos el primer cigarro del día en El Muro. A la hora del recreo nos tomábamos el desayuno en él (ahí fue donde empecé yo a currarme estas caderas que orgullosa luzco hoy en día, esculpidas a base de bollería industrial y bocadillos de bacon con queso), y cuando sonaba el timbre de la salida salíamos despavoridas a refugiarnos detrás de su pared, aunque fuese para, una vez allí, despedirnos hasta el día siguiente.

Si quedábamos, ese era el punto de encuentro. Si queríamos vernos, no había más que pasar por allí a cualquier hora y siempre había alguien. Si llegaba el fin de semana, nos reuníamos en ese punto para ir a algun bareto cutre o para pasar el rato, y los domingos nos juntábamos después de comer para planificar la semana siguiente. El Muro era nuestra casa más que el lugar en el que vivíamos con nuestras respectivas familias, y aún hoy pasamos por allí y a veces nos sentamos a charlar aunque ya no aguantemos tener el culo frío más de cinco minutos.

Un día de tantos faltaba poco para terminar una interminable clase de matemáticas en la que sudábamos la gota gorda pensando en que nos tocase salir a la pizarra a corregir los ejercicios. Nuestra profesora era malvada y nos ridiculizaba hasta cotas insospechadas, en mi caso aunque lo hubiera hecho bien. Si nuestras madres y padres llegan a ver lo que nos decía hubieran tomado medidas, pero por aquel entonces la profesora tenía siempre la razón y tú te callabas la boca y te ponías a estudiar o te quedabas sin vacaciones, eso era así.
Los minutos pasaban lentos como las tortugas en los cuentos (en la vida real corren bastante las muy perras, o al menos las tortugas que actúan como mascotas de una clase de Primaria y se ven rodeadas de manitas infantiles amenazando su vida animal) y de repente, en medio de una integral infernal, sonó el timbre y nosotras salimos despavoridas hacia El Muro como hacíamos cada día.

Cuando nos fuimos acoplando, descubrimos algo inusual: un papelito con una bolsa apoyada en lo alto del muro. En el papelito, alguien había escrito:

Para la chica morena alta de Federico Moreno Torroba.

Y nada más. Como éramos unas chicas sin vergüenza, ni respeto ninguno ni sentido de la propiedad privada, nos lanzamos como locas hacia la bolsa para abirla descubrir decepcionadas lo que contenía en su interior: un libro de poemas de Benedetti con algunas hojas marcadas.

Si esto fuese una historia escrita por Enid Blyton o Corín Tellado, o si esto nos ocurriese hoy en día, este momento destilaría romanticismo por los cuatro costados y todas nos habríamos emocionado y habríamos fantaseado acerca del amor y la poesía, pero no, esto era un escenario algo diferente: un muro de cemento enfrente de un colegio de barrio en el que se reunía alrededor de la bolsa una decena de adolescentes crecidas en la era del botellón, y eso nos hacía inmunes a todo.
Una vez que has bebido Ron Alcampo (de menos de 5€ la botella en aquel entonces) en tubo de plástico estás preparada para cualquier cosa, pero también te haces una persona dura y fría a la que no se emociona facilmente.

Lo que hicimos fue decir:

- ¿A quién conocéis que viva en esa calle?

Y es que no sabíamos quién era la morena, pero sí sabíamos que Federico Moreno Torroba era el nombre de una calle madrileña que por desgracia no era la de ninguna de nosotras. Tampoco nos sonaba haber ido a ningún cumpleaños, fiesta, "tarde de estudio" (que era lo mismo que las anteriores pero con nombre discreto para decir a la familia) o evento alguno en aquella calle, lo cual descartaba a todas las chicas de nuestro curso y a toda la gente que conocíamos de otros cursos gracias a la extensión de las redes sociales forjadas en momentos dramáticos de comedor y castigos en la biblioteca.

Hojeamos (y ojeamos) el libro, pero como no vimos nada fuera de los poemas, volvimos a dejar la bolsa en su sitio y a seguir intentando indagar quién sería la famosa morena, pero en algún momento de la conversación se cruzó algo más interesante para nosotras aquel día y lo dejamos pasar.

Desde aquel día, todas las tardes, cuando salíamos a medio día de clase, encontrábamos encima del muro una bolsa blanca con un papel pegado en el que había escrito:

Para la chica morena de Federico Moreno Torroba.

Y dentro de la bolsa, libros de poemas, siempre de amor, siempre grandes clásicos. A veces, dentro del libro, encontrábamos hojitas en los que había escritos, con letra menuda, otros poemas que el misterioso desconocido dedicaba a aquella chica morena cuyo domicilio constaba en las notas.

Llegó un momento en el que, entre clase y clase, nos apostábamos en la ventana que daba al Muro para intentar descubrir al poeta anónimo in fraganti mientras dejaba el libro, pero jamás le veíamos. Durante las interminables horas de Matemáticas, Historia o Inglés nos dejábamos el cuello intentando usar nuestra visión telescópica, pero nunca llegábamos a descubrirle y provocábamos que los castigos volasen sobre nuestras cabezas. Sin embargo, al salir, cinco minutos después, ahí estaba la bolsa blanca con su nota, siempre reclamando a una chica de la que sólo sabíamos la dirección y el tono de su piel, o de su pelo, o de ambos.

Nos daba pena el poeta misterioso, porque la bolsa permanecía horas y horas en el Muro y la chica morena de aquella calle no recogía sus regalos, así que empezamos a llevarnos los libros, cada día una, a casa. Otras veces lo dejábamos en otro banco, o en otra esquina, o en otro lado más cercano a la dirección, con la esperanza de que la chica lo encontrase. Aprovechábamos el revuelo de la salida para, discretamente, hacer desaparecer la bolsa con el libro y la nota.

Una tarde, después de que nuestras casas empezasen a estar llenas de libros de poesía y nuestras familias empezasen a pensar que éramos chicas (¡por fin!) de provecho, recogimos como cada día la bolsa blanca. Aquel día lo hicimos con menos discrección y menos tacto, es decir, vociferando de lado a lado:

- ¡La bolsa! ¡A ver qué libro nos toca hoy!

Hemos de reconocer que habíamos generado una tradición y que casi se nos había olvidado hasta la chica morena. Así como cada día nos sentábamos en El Muro cuando salíamos de clase sin pensarlo, abríamos la bolsa blanca en busca de literatura romántica que llevarnos sin pensar en que tenían dueña y no éramos nosotras.
Lo malo es que subestimamos al poeta desconocido: imagino que andaría por allí, escondido (o no) en cualquier esquina, esperando que su amada morena recogiese el libro, y al ver cuál era el destino final de su regalo debió entristecerse o tirar la toalla, porque al día siguiente no encontramos la bolsa blanca con la nota, ni al siguiente, ni al siguiente, ni nunca más. La chica morena de Federico Moreno Torroba nunca supo que había alguien enamorado de ella hasta Benedetti y vuelta, y el poeta Anónimo nunca supo qué hubiera dicho la chica morena si hubiese recibido los poemas.

Esta historia no tiene un final espectacular: a los pocos días se nos olvidó la historia del poeta Anónimo porque vendría otra seguramente súper interesante para nosotras y que ahora mismo no recuerdo. Volvimos a nuestras clases interminables de matemáticas, a los cigarros por las esquinas, a las facturas de teléfono apoteósicas seguidos de fines de semana de enclaustramiento y a los domingos en El Muro.

Nunca más recordamos a aquel poeta, pero hoy, haciendo limpieza, he encontrado en mi estantería (después de haber cambiado de muebles y de moverlo todo cien veces ha sobrevivido, sorprendentemente) un libro de poemas con pinta de antiguo, y al cogerlo, ha caído de su interior un papelito blanco, pequeño, en el que en letra picuda ponía:

Para la chica morena de Federico Moreno Torroba.

Y después de haber pasado los años, después de haber salido al mundo, después de entender que el romanticismo está en cada esquina pero a veces metido dentro de bolsas de plástico, hago un llamamiento a la chica morena de Federico Moreno Torroba y a todas las chicas, rubias, morenas o pelirrojas que piensan que nadie se fija en ellas (y a los chicos, claro), y a todos los poetas y poetisas que se esconden detrás de papeles y bolsas blancas para decirles: estamos aquí, os recibimos, seguid intentándolo, perseverad. Los Muros de este mundo los derriban, precisamente, personas como vosotras y vosotras.

Sed valientes: algún día alguien abrirá la bolsa, y entonces se cumplirán vuestros sueños: palabra de fan (desde entonces) de Benedetti.


PD: Esta historia va dedicada a tí, que has sabido ser valiente y ver dentro de la bolsa algo más importante que las palabras: a tí misma. Te admiro y te quiero.




viernes, 28 de septiembre de 2012

Que soy compañera, coño (carta a un antidisturbios)

Querido antidisturbios:

Tú no me conoces, yo a tí sí, qué cosas. Te preguntarás por qué se da esta circunstancia de comunicación visual unidireccional, y la respuesta es sencilla: yo casi siempre te miro de frente, y tú casi siempre me buscas la espalda. No creas que hay otra razón por la que no me reconoces, pese a que ultimamente nos hemos visto mucho, demasiado quizá.

Te escribo esta carta que en realidad va dirigida a quienes te dan órdenes también, pero claro, como esas personas no son visibles en las concentraciones y manifestaciones, tampoco salen en la tele ni en el periódico y no las tengo ni en Facebook ni en Twitter, comprenderás que para mí es como si no existieran. Pensarás que esto de que paguen justos por pecadores es un poco injusto, y así es, efectivamente. Sin embargo, tal y como están las cosas, prefiero escribirte a tí y que se lo hagas llegar a tus superiores, así evito por el camino denuncias, imputaciones, calabozo, palos y ese tipo de distracciones nimias que oye, poco a poco se acumulan y a una se le hace cuesta arriba.

La razón de ponerme en contacto contigo es la siguiente. El pasado día 25 de septiembre, un grupo de personas (la consejera de Gobierno dice que 6.000, no sé, yo no soy experta, pero diría que éramos muchas más, tú dirás si estás o no de acuerdo conmigo en función de la cantidad de veces que tuviste que reagruparte con tus compis) nos reunimos en el centro de Madrid bajo la iniciativa "Rodea el Congreso". Pensarás que nos apetecía hacer un corro gigante, y ahora que lo digo la verdad es que hubiera estado bien, pero el problema es que nuestra iniciativa era una acción de protesta, y las acciones de protesta no son un juego, eso lo sé yo porque voy llena de miedos y lo sabes tú porque vas lleno de seguridades.

No sé si te has molestado en enterarte por qué protestábamos, imagino que prefieres ir a trabajar sin presiones externas para ser "completamente objetivo". Tú esperas tu orden y cuando se te dice te lanzas a frenar disturbios (eso significa tu cargo, ¿no?) para proteger a la ciudad... bueno, a los diputados y diputadas en este caso, que por cierto, asume que jamás sabrán que existes ni te dirigirán una carta como esta. Aunque te hayan vendido la idea de que eres una especie de Gladiator moderno no dejas de ser un funcionario más, y ya sabes lo que opina el Gobierno de los funcionarios y funcionarias: que merecemos la muerte, o al menos la ruina, a base de despedirnos a traición y pagarnos menos de lo que cobra un dependiente del Burguer King. Verás que no estás entre su Top Ten de Gente Querida, ¡sorpresa!


De todas formas te cuento yo lo que tus superiores pasan de contarte: resulta que los españoles y españolas nos hemos cansado de que vivan a nuestra costa. No nos enfada que no haya dinero, ni medios, ni personal, no sé, eso sería comprensible y podría pasar, a ver, qué le vamos a hacer. Pasa en las mejores familias.

El problema es cuando hay dinero, recursos y medios y se gestionan con tantísima desigualdad, ahí ya nos enfadamos un poco. Es como si una madre le da la mejor comida a un hijo y al otro le da las sobras para que las reparta con todos sus amigos. Y encima de hacerle pasar hambre, le dice que no hay más. Eso está feo, coincidirás conmigo.

Por eso me llamó tanto la atención verte el día 25, junto con todos tus compañeros, repartir golpes, agarrones, patadas, cabezazos, porrazos y arrastrones a diestro y siniestro entre quienes nos quejamos de la misma desigualdad que te afecta a tí. Entre esa gente había muchas personas diferentes, y no sé si creerme que todas la habían tomado contigo y tus compañeros tanto como para que respondiéseis de esa forma tan brutal. Eso decís, que os lanzaron palos, pinchos (?¿) y 296 kilos de piedras, yo de personas no sé, pero de Unidades de Medida, y concretamente de kilos sí, ¡¡296 kilos!! Hay problemas de matemáticas de Primaria en los que te dicen que con menos de la mitad construyes una valla para cercar un chalet. Admite que exageráis un poco.

Luego está lo de entrar en la estación de Atocha a pelotazo limpio. Eso tampoco estuvo bien, reconócelo, y no ya por la gente aparentemente "violenta" que se refugiaba allí, sino por todas las personas que en ese momento se disponían a coger el tren para volver a casa del trabajo y aquellas que lo cogían para dar una vuelta, o hacer recados, o qué se yo. Y tampoco hablemos de todas las personas con cámaras y micrófonos que trabajan para la prensa y que como todo el resto se llevaron su ración de hostias también por estar allí. Lo que te decía, que en todas partes hay injusticias y se hace daño a mucha gente que no lo merece.

Sin embargo, lo que más me impactó fue un vídeo que ha dado vueltas y vueltas por la red a la velocidad de la luz y que en las redes sociales se ha titulado como "Quesoycompañerocoño".

En ese vídeo se ve cómo unos cuantos compañeros detenéis a un chaval que resulta ser secreta por su indumentaria (porque dudo mucho que un policía os agrediese personalmente) y os liáis a darle patadas y porrazos como si ni hubiera un mañana mientras él se protege con los brazos como puede. Hasta ahí todo es no normal, porque la violencia injustificada nunca es normal, pero sí habitual cuando gente como vosotros y gente como nosotros y nosotras está junta.

Pero de repente, se escucha al chaval gritar desde el suelo:

- ¡¡EEHHHH!! ¡QUE SOY COMPAÑERO, COÑO!

Y en seguida viene otro chaval de indumentaria similar a la del primero y empieza a gritaros también:

- ¡QUE SÍ! ¡QUE ES ÉL! ¡RELAJAOS UN POCO, JODER, QUE ES COMPAÑERO!

Y acto seguido le soltáis, le tendéis la mano y le ayudáis a levantarse y a sacudirse el polvo de los vaqueros.

Es un detalle elegante, la verdad. Lo normal entre iguales es protegerse, es cuidarse, mimarse y quererse. Pese a que a mí me preocupa un poco que no reconozcáis a un compañero con el que se supone que trabajáis, entiendo que la marabunta genera un poco de confusión. Pero cuando descubrís que es un igual, os retractáis y le tendéis la mano.

Aquí es donde surge mi duda... ¿quién crees que soy yo? ¿por qué a mí no me tiendes la mano como a tu compañero?

Yo no soy tu enemiga, ni un ser de otro planeta, ni una terrorista.

Soy la panadera que te vendió cruasanes esta mañana. Soy la maestra que recibe en clase a tus hijos con besos por las mañanas. Soy el enfermero que te cuidó cuando estuviste en Urgencias con aquella gripe horrible. Soy el médico que detectó a tu padre una enfermedad y le curó como si fuese el suyo.

Soy la funcionaria que te gestionó los papeles de aquella subvención que pediste. Soy el agente de viajes que organizó tu luna de miel. Soy el cartero que te lleva la correspondencia cada mañana. Soy el bombero que sofocó el fuego que estuvo a punto de arrasar miles de hectáreas en tu pueblo de la infancia.

Soy la asistente social que atendió a tu abuelos hasta que murieron. Soy la escritora que creó a aquel personaje por el que sientes tanto aprecio. Soy la periodista que presenta el programa que ves todos los domingos. Soy la actriz de la telenovela a la que estás enganchado aunque no lo reconozcas.

Soy la monitora del campamento en el que conociste a tu primer amor. Soy el quiosquero que te guarda las películas cuando se te olvida comprar el suplemento. Soy el artista que toca el acordeón para alegrar tus paseos por el centro. Soy el pintor que te ayudó a que tu casa cambiase de aires.

Soy el reponedor del mercado que cada día lleva tus yogures favoritos. Soy el cajero que te cobra siempre con una sonrisa. Soy la peluquera que te recorta el pelo y la barba cuando te apetece ir elegante. Soy el basurero que mantiene tu calle limpia.

Soy cualquiera de las miles de personas que te cruzas todos los días y a las que aprecias, las que te ayudan, te acompañan, te quieren, te miman. Soy la que está cerca de tí y te sonríe, la que te hace un gesto de consuelo cuando estás en un atasco, la que te cede un hueco en su paraguas cuando la lluvia te sorprende en la calle.

No soy tu enemiga, acepta que empiezas a pensarlo. Soy una persona tan dolida, tan molesta, tan ninguneada y seguramente tan puteada por el sistema como tú. Simplemente, yo tengo otras armas para combatirlo. Y amigas, y amigos, y gente que me acompaña. Y familia que sufre cuando me ve por la tele correr calle abajo con la cara desencajada. Y conciencia que me hace querer escribirte esta carta en vez de responder con violencia a tu violencia.

No soy tu enemiga ni tu objetivo. Trátame como lo que soy, mírame a los ojos y piensa en lo que dicen aunque sea durante una milésima de segundo, antes de descargar toda tu rabia en mi cabeza, o en mi cuello, o en mi estómago. Piensa en que no soy yo contra quien tienes que rebelarte.

Que no me lo merezco, y lo sabes.

Que soy compañera, coño.



viernes, 21 de septiembre de 2012

Decálogo a seguir para que un/a trabajador/a no salga de una entrevista en tu empresa con ganas de clavarte una cucharilla en el bazo

Como todo el mundo sabe (menos mi abuelo, que no se lo cuento para no darle el disgusto y acortarle la vida) en julio dejé el trabajo. Lo hice sin que una recortada apuntase a mi cabeza, voluntariamente, con ganas de romper con la esclavitud y cambiar de aires, y con la decisión de aproar mi vida para mirar hacia rumbos nuevos.

Esta decisión me ha llevado al inquietante mundo del desempleo, que no del paro, porque yo no me paro ni cuando estoy durmiendo. Soy de las que dan vueltas en la cama y roban sábanas, así lo digo. La vida es dura.

Por aquello de sentirme útil para la sociedad, he empezado a dar vueltecillas mirando trabajos. Sobra decir que el percal está para cobrar entrada y que cada vez veo más difícil ser maestra en este país, al menos tal y como yo concibo la educación. Como funcionaria las cosas estaban negras, pero ahora están opacas; sólo llaman a especialistas de inglés que no tienen ni un triste 0,5 de media, así que he pensado presentarme en la siguiente convocatoria por esta especialidad y cuando llegue al examen decir (con sonrisa desbordante):

- My name is Feis. Yours not. Yeah, yeah, oh yeah.


Y luego hacer gestos de negrata del Bronx chunga.

Tendré un cero, lo sé, pero tendré trabajo en septiembre. Total, si lo pronuncio bien igual me gano ese 0,5 y puedo incluso elegir destino.

Como maestra en la privada tampoco creas que está mejor la cosa. Cuando hago entrevistas se abstienen de mirarme a la cara y me piden un título que avale mi bilingüismo (já) certificado por Cambridge, que estoy deseando pedirle a esa gente que escriba en un papel "Cambridge" y echarme unas risas yo también. Parece que ahora no interesa que sepas escribir tu nombre correctamente mientras Cambridge firme un trozo de cartulina en la que certifique que te capacitan para trabajar en su cojocolegio bilingüe (¡JÁ!).

Total, que he tenido que rehacerme el currículum. Normalmente lo tengo actualizado, porque aunque tenga trabajo voy añadiendo experiencias por si me pasa como ahora, que necesito enviarlo y no recuerdo cuántas horas tenía tal curso o tal otro, o cuánto tiempo estuve aquí o allá. Elegir la foto es otro tema, así que creo que voy a contactar con el fotógrafo que ha hecho el book de la web de la Casa Real (doscientas y pico fotillos de nada en las que Doña Letizia parece Betty Missiego), que como total, ya lo he pagado (yo y tod@s vosotr@s) igual me hace precio de clienta habitual.

Mandar currículums es casi tan denigrante como llevarlos en mano. Yo creo que hay un error de concepto, o es que yo me tengo mucho amor a mí misma, que también puede ser, pero mi concepto es sencillo. Cuando voy a un lugar a llevar mi currículum no estoy mendigando un puesto de trabajo, no se confundan. No me hacen ningún favor. Estoy ofreciendo todo lo que soy y todo lo que puedo llegar a ser para que puedan sumarlo a los ya de por sí maravillosos perfiles con los que ya cuentan ustedes, y no lo hago tampoco para hacerles un favor a ustedes, porque busco remuneración. Pero no mendigo dinero ni un contrato indefinido. Vengo porque creo que puedo aportar algo, o al menos así lo veo yo.

El problema es que me siento como si fuese a las rebajas de enero a pelearme con otras cuatrocientas personas por un jersey de canalé, que después de matarte entre las estanterías te haces con él y descubres que quedaba mucho más mono en la percha, pero claro, casi llegas a la sangre por ese jersey, te sabe mal dejarlo ahora. Por eso tenemos los armarios llenos de ropa que no nos ponemos y por eso nos lucen los flequillos como nos lucen con los estreses laborales.


La cuestión es que en plena inmersión en el mundo de la búsqueda de empleo doy con esta noticia tomada de www.theartiststools.com (si quieres leerla entera puedes hacerlo en este link http://www.theartiststools.com/riot-cinema/#.UFuhha7KcxQ): la historia de Carlos, un chaval cualquiera de un lugar cualquiera de nuestra querida piel de toro que manda un mail a una productora llamada Riot Cinema para buscar trabajo. Hasta aquí todo correcto.

El caso es que el chaval comete el "garrafal" error de mandar ese mail como parte de un envío masivo de su currículum a decenas de empresas, y por tanto queda muy patente que es un mail genérico y a la productora le sienta fatal que el chaval ni se moleste en personalizarlo un poco. Hasta aquí es una cagada, pero el muchacho ha cometido ese error, no vamos a crucificarle por ello.


Pues sí.


Resulta que uno de los socios fundadores de la empresa, un tal Nicolás Alcalá, le contesta al mail humillándole y ridiculizándole hasta cotas insospechadas. Parece que Nicolás se cree por encima del bien y del mal, y por eso osa hablar a Carlos en términos en los que yo no hablaría ni al ser más paleto del planeta Tierra. He aquí el mail original y su respuesta.






Todo esto, por supuesto, terminó en escándalo mayúsculo y en la publicación de una disculpa pública en la página de la productora que, lejos de calmar los ánimos, ha hecho, como leía en uno de los comentarios, "que nuestra bilis suba hasta el ático".

La verdad es que aunque no haya estado fino, yo empatizo con Carlos (con el tal Nicolás este no, me alegro de que su productora se hunda en la miseria, por listo), porque no hay derecho, ni necesidad, de tratar así a quienes buscamos trabajo o la oportunidad de intentar integrarnos en empresas y centros laborales. Así que para que esto no vuelva a ocurrir, me permito decirte, querido Nicolas (y jefes y jefas de personal de este mundo), que lejos de buscarnos millones de defectos, os apuntéis antes mi Decálogo a seguir para que un/a trabajador/a no salga de una entrevista en tu empresa con ganas de clavarte una cucharilla en el bazo:

1.- Que yo busque trabajo en tu empresa no te convierte automáticamente en el señor feudal ni a mí en tu esclava. Somos personas en diferentes situaciones, pero personas. Trátame como tal.

2.- Ten piedad de mi estado de nerviosismo absoluto. No trates de putearme a muerte haciéndome de primeras preguntas completamente absurdas cuyas respuestas no necesitas pero que hacen que mi estómago se coloque a la altura de mi nariz (aproximadamente).

3.- Sé que no soy tú, pero tampoco creas que me interesa serlo. Sé que  no consideras que nadie esté a tu altura en la mayoría de los casos y que sabes más de la empresa que nadie, por eso estás entrevistándome. Te anticipo que no me ayudas echándome en cara todo lo que no he hecho. Háblame o déjame que te hable sobre lo que soy y lo que sé, y sobre todo acerca de lo que he hecho. Igual te sorprendo.

4.- Vale, quieres que hable idiomas. Muchos. Miles. En tu empresa es básico. Dame la oportunidad de demostrarte lo que sé: entrevístame (o que lo haga otra persona, si es tan importante digo yo que alguien hablará algo que no sea castellano, aunque sea élfico) en otro idioma y verás de lo que soy capaz.

5.- Ya que tú eres dios y yo no, demuéstralo en tus formas y en tus modales. No pienses que porque entrevistas tú puedes descuidar tu educación, no me hables mal ni me faltes al respeto.

6.- Yo no te conozco. Tú a mí tampoco. Ni somos colegas, ni familia, ni sabemos si lo hemos sido en otra vida. No me llames "niña", "chica", "nena" ni similares. Si no me permites tutearte, no lo hagas conmigo. Vuelve al punto uno de este decálogo: recuerda que yo también soy persona.

7.- Siendo tu empresa el mejor lugar del mundo mundial para currar (por eso me pides taaaaaaantos requisitos), demuestra que tenéis espacios medianamente acogedores para una entrevista. La cocina, la recepción (de pie), la sala del café o el cuartito de fumar no son lugares dignos de una charla relajada, y menos si la cosa va de querer conocerme o de que yo conozca tu empresa.

8.- Sé clar@: háblame de las condiciones en un lenguaje normal, no en una mezcla entre Punset y los Lunnis.Créeme, por lamentables que sea tu propuesta no me voy a asustar. Yo sabía a lo que venía, si no me interesa ya te lo haré saber.

9.- Léete mi currículum, aunque sea sobre la marcha. Haz como que te interesa y como que sabes cómo me llamo. Si te molesta recibir mails en cadena, imagínate como me sienta a mí que me entrevistes con las mismas palabras que a la anterior y al siguiente.

10.- Y sobre todo, por encima de todo, mi tiempo vale tanto como el tuyo, no me hagas que lo pierda. Si no te intereso en absoluto, dímelo educadamente y seguiremos con nuestros caminos en paz y armonía.


En fin, que estoy con Carlos.Y con todas las personas del mundo que están en situación de desempleo y aprenden en cada entrevista que lo importante no es hacerla: es sobrevivir a ella hasta el final. Yo sigo esperando que a veces salga Juanma Iturriaga con un ramo de flores y el pedazo de muñeco de Inocente Inocente para decirme que todo es una broma.

Y eso que sólo llevo 10 días buscando trabajo...


PD: Por cierto, si eres de esas personas que buscan a alguien como yo, una maestra enamorada de su profesión, con mucho que aprender y que ofrecer, no te cortes, ¡contacta conmigo! Prometo no decir nada del decálogo, al menos hasta el final de la entrevista ;)

sábado, 8 de septiembre de 2012

Aproarse

A mediado del mes de junio, Charini me propuso una idea vacacional: recorrer las Rías Baixas en el velero de un amigo que es patrón de barco (o algo así, que yo de títulos no entiendo nada) y lo alquilaba a buen precio (o eso dijo, porque tampoco entiendo de precios de veleros. Qué paletilla soy).

Cuando me lo propuso, allá por el último mes del curso, cuando los boletines de notas salían por todas partes, cuando la Escuela de verano del cole no había empezado, cuando arreciaba el calorcillo y las terrazas comenzaban a ser un remanso de descanso y cuando las vacaciones se atisbaban cerca, me pareció una idea estupenda. Me visualicé a mí misma en la parte delantera el barco, alias proa (por aquel entonces no tenía yo vocabulario técnico marinero) a lo Kate Winslet en Titanic y sólo pensaba en lo guay que quedaría la foto con un filtro de Instagram y en lo fácil que se me iba a hacer sobrevivir al calor sobrehumano del mes de agosto en las frías aguas gallegas.

Desde que Charini me lo propuso y acepté hasta que me subí en el barco, sucedieron muchas cosas: la Escuela de verano empezó, transcurrió con infernal calor, infernal volumen de trabajo y tardes cada vez más pesadas y duró cinco largas semanas. En medio de una de ellas mi jefa me llamó a su despacho para ofrecerme unas condiciones para el próximo curso que no se veían en España desde los años 60, y con las que la palabra "mileurista" pasaba a significar "Pancho, el perro de la Lotería". Concretamente aludió a la crisis para anunciarme con voz afectada y semblante dolorido que se veía obligada a reducirme la jornada y por tanto el sueldo con todo el dolor de su corazón, pero ojo, que encimadagraciasquetienescurro.

Estando las cosas como están pensé en aceptar. Al fin y al cabo siempre puede una currar media jornada y buscarse otro curro para la otra media y aquí paz y después gloria. Por suerte para mí esto lo pensé en alto en aquel momento y en aquel despacho, y mi jefa se apresuró a torcer el morro: "Que tu jornada se reduzca no implica que el volumen de trabajo baje. Si has colocado un listón no puedes bajarlo, así que la empresa (llamar a un colegio "empresa" es una triste realidad muy extendida) te pedirá como favor especial que des un poquito más y trabajes lo que sea necesario". Ole las mujeres guapas.

Me costó como tres semanas que se me quitase la impresión. Ni cuando vi a Franco hablando en inglés en aquel vídeo (el célebre "Ju jiar dis... cauntri! riliyion! famili!") me impresioné tanto. Era algo tan... y a la vez tan poco... que no supe reaccionar.

Pedí mi tiempo para pensármelo, y lo peor es que hasta me lo pensé. Al final decidí hacer lo que tenía que haber hecho hace mucho, mucho tiempo: salir por patas antes de que se caiga todo el operativo, que antes o después y con esa política de no-contratación, caerá. Estar de nuevo en manos de la Comunidad de Madrid en los tiempos que corren para el funcionariado me va a suponer menor riesgo que jugarme la salud en la mesa de un despacho.

Sin embargo en esta historia no quedo como una valiente. Con todo hice las maletas y me marché de vacaciones con la idea de dar marcha atrás rondando, y los fantasmas de la lista del paro acechándome como los dementores a Harry Potter. Sabía que siempre podía volver con las orejas gachas y renunciar a la dignidad y al desempleo a cambio de alargar la situación un año o dos más. Mi adorada M. y yo marchamos a Ibiza y allí (casi) se me olvidó el tema entre arena, agua, puestas de sol y reggaeton en la radio.

El mismo día que volví de Ibiza marché hacia Galicia a embarcarme en el velero. El resto de la tripulación estaba ya allí, y me esperaban para zarpar (para salir, vaya, otra muestra de ampliación semántica). Después de deshacer la maleta (yo llevo maleta allá donde voy, aunque sea un velero del tamaño de una cajetilla de Camel) y hacer las últimas compras, nos pusimos en marcha.

Quien crea que hacerse a la mar sin tripulación cualificada es un viaje de placer y relax, se equivoca. Yo había hecho un par de cruceros en grandes barcos y recordaba la experiencia como un conjunto de turismo, mareos y barra libre non-stop en la cubierta al ritmo de orquestas y dj´s que amenizaban sin parar.

Pero como en todo, hasta que no te ves en el berenjenal no entiendes lo que implica que un velero avance y la cantidad de factores humanos, meteorológicos, materiales e incluso casuales que tienen que confluir con la luna en Júpiter para que cada paso salga bien. El cuadro que dábamos con nuestros complementos rogelios (pamelas, bikinis y gafas fashion) amarrando los cabos en medio de las maniobras era para cobrar entrada.

Lo que es curioso es que para hacer maniobras de modificación de la dirección del barco (es decir, para ir hacia la izquierda, hacia la derecha, dar la vuelta, etc) hay que (aquí es donde me flipo) aproar el barco, es decir, dirigirlo hacia la proa, vamos, ponerse de cara al viento. Es la única manera de cambiar de rumbo hacia otras partes del ancho mar.

Durante las vacaciones, y pensando seriamente aceptar la oferta tercermundista que me ofrecían en el curro por miedo al paro (que es como el Coco pero para trabajador@s), me he dado cuenta de que en la vida, efectivamente, hay que aproar para poder cambiar de rumbo, en todo. Intentar hacerlo a medias sólo conduce a cambios a medias. Para virar en serio hay que enfrentarse a las circunstancias y poner todas las velas a disposición del viento, y confiar en que las condiciones serán favorables a los cambios.

Hace poco ví una peli que terminaba así:

"Al final, todo acaba bien. Y si no acaba bien, es que aún no es el final".

Pues eso, feliz Septiembre y en tiempos de crisis a aproarse, coño.

miércoles, 11 de julio de 2012

La semana en la que fui Chiquito de la Calzada

Objetivamente, odio las Escuelas de verano de los coles. Nótese que no aludo a los Campamentos de verano, que oye, tienen sus excursiones, sus salidas, sus juegos interminables y sus días de piscina, bocata y solete, pero las Escuelas de verano son otro tema (y esta vez la expresión "tema del que quema" es completamente objetiva, porque con estas temperaturas cualquiera pisa el suelo sin zapatos) porque aunque tienen cosas guays transcurren en el cole y hay "clase", y eso, objetivamente, es un rollo repollo, como diría Manolito Gafotas.

En mi cole, ¡cómo no!, montamos Escuela de verano en un intento desesperado de que terminen de cuadrar las cuentas, que no se sabe por qué, en las empresas dedicadas a educación jamás cuadran. Yo pregunto si ésto no será una falta de previsión, porque en septiembre diseñamos un presupuesto inicial y luego siempre sobrepasamos el gasto previsto, pero nada, para eso están las jefas y jefes, para decirte que te calles la boca que tú no entiendes de números, que todo eso es "mucho más complicado de lo que parece". No sé si piensan que currar el mes de julio en algún momento me ha parecido "descomplicado", pero en fin, para qué discutir.

Nuestra Escuela de Verano no dura 1, ni 2, ni 3, ni 4, sino hasta 5 semanas. Si trabajar en un cole ya es a veces una tortura porque no puedes disfrutar con l@s peques de muchas cosas, imagínese el respetable lo que ocurre cuando un 15 de julio a las 12 de la mañana se escucha a mil niños y niñas chapotear en la piscina mientras a medio metro tú intentas cuadrar ese presupuesto del año que viene que ya sabes que jamás cuadrará. A mí se me pierde la vista entre los matorrales y me quedo parada, con la esperanza de que me llegue alguna gota de agua de la piscina, pero lo único que llega es este calor de locura, que entre la temperatura y los matorrales mi despacho parece Cayo Paloma (salvando las distancias, claro).

Así que hace una semana, decidí romper moldes y marcharme a la piscina con un grupo de peques de 3 y 4 años. La experiencia en sí ya se podría calificar de "deporte de riesgo", porque sólo el camino hasta allí es como una maratón que me río yo de las olimpiadas. Luego, cuando por fin consiguen llegar, al borde del coma, tienes que quitar camiseta por camiseta, pantalón por pantalón, vestiditos infernales (desde aquí una petición: JAMÁS pongáis a vuestras hijas vestidos cruzados o con mis corchetes, e incluso bodies para ir al cole o a un campamento, tened piedad de sus monitores y monitoras) y todos esos zapatitos y chanclitas de la muerte que acto seguido se desparejan y ya no hay quien vuelva a poner orden.

Después se vigila que esas 40 espaldas diminutas tengan crema, piernecillas y bracitos incluídos y después se ponen en esos bracitos los correspondientes manguitos, burbujas, tablas y un sinfín de gilipolleces más que inventan para que las criaturas floten en vez de enseñarles a nadar para que disfruten.

Cuando por fin conseguimos terminar (y ya lo hacemos en un tiempo récord, a alguno he estado a punto de arrancarle las orejas por sacarle la camiseta a toda velocidad) yo, literalmente, OBLIGO a todos los niños y niñas a bañarse, porque después del operativo y con este sol la gracia sería que encima no se metiesen. Mi criterio es mojarse, al menos, los tobillos, así que me paso la vida pintando rayitas y florecitas en tobillos pequeños que a la vuelta tienen que haber desaparecido por efecto de disolución en el cloro.

Pues aún con todo había dos niños que no querían meterse. El primero era un pijo de libro que no quiere mojarse el bañador porque le gusta el color que tiene cuando está seco. A estos les meto yo en el agua por las piernas y sin contemplaciones, pero es que le quiero tanto a pesar de todo que algunos días me meto con él.

El otro era un niño nuevo que el día antes de venir se cayó a la piscina en un descuido de sus padres y desde entonces ni ellos le han vuelto a meter ni él ha querido volver a intentarlo. Una suma de chorradas que al final acaban en un trauma infantil de cojones que el niño pagará dentro de 20 años de su bolsillo en sesiones interminables de psicoterapia, cuando eso se lo quitamos nosotras en medio minuto ahora mismo. El tiempo corre en nuestra contra.

Así que ahí tenías a los dos chulopiscinas sentados en sus toallas de Spiderman mirándome desafiantes. Uno decía que "estaba reposando" y que no se metía. Luego pasó a decir que "estaba un poco pachucho" y a la tercera me dijo claramente "que me dejes en paz de una vez, hombreya". El otro sólo lloraba y temblaba como un flan cuando le propuse un bañito en paz. Su monitoras, agotadas, me miraban desde el bordillo con cara de: "Dios mío, llévame pronto" y me decían que si no se querían bañar, pues que no se bañasen, pero que ellas pasaban de pelearse. Al final para estas cosas voy a la piscina.

Me los llevé de la mano berreando como locos (la gente me miraba como si fuese yo la protagonista de "La mano que mece la cuna") y les propuse un baño de tobillos mientras yo, desde fuera, les sujetaba las manos. Sólo meter los pies, se lo prometí. El pijo escéptico me dijo después de pensárselo que por los cojones se iba a bañar. El miedosillo me miraba con cara de terror y desencajado.

Reformulé la cuestión: o se metían conmigo o se metían sin mí. Tres segundos para tomar una decisión autónoma, sin presión. Dos segundos. Un segundo. El pijo escéptico se agarró de mis manos: "¡¡¡¡PERO NO ME SUELTAS, ¿¿¿VALE???!!!". Le juré por mi madre y todos mis ancestros que no le iba a soltar.
Le paseé por toda la piscina sujetándole las manos desde fuera, y él se lo pasaba en grande moviendo los piececillos. Cuando no pude más le subí de nuevo:

-¿Ha molado, eh?- le dije.
- Psé, séhhh- contestó él medio pasota medio sonriente.

A estas alturas el niño miedoso me miraba con los ojos desencajados. Había visto cómo me las gasto y estaba entre tener una crisis nerviosa o desmayarse. Fui a por él y empezó a llorar desconsolado. Le agarré las manos:

- Te prometo que sólo un piececillo, como si no quieres meter el otro.

Entendió cómo funciona la cosa e imitó a su amigo:

- ¿¿¿¡¡¡¡PERO SÓLO UN PIE, VALE????!!!! ¡¡¡Y NO ME SUELTES!!!
- Que no te suelto, que no- le dije.


Inicié la misma maniobra de inmersión con una diferencia muy sutil: este niño era el doble que el otro. Y le molaba el agua mucho menos que a su colega. Así que eso, en vez de ser un baño relajado, empezó bien pero pasó a ser una lucha histérica por salir del agua antes de entrar. Ya estaba notando yo que el universo me iba a castigar por hacer eso, pero aún así mandé al universo a la sala de espera e intenté calmarle hablándole al oído.  Cuando por fin se relajó y empezó a disfrutar, llegó el castigo: algo crujió dentro de mi ser y me quedé en un ángulo recto perfecto de espalda sin poderme mover.

El niño se empezó a angustiar por querer salir, y yo a rayarme porque no podía sacarle ni moverme. El socorrista, como siempre, estaba tomando el sol. Éramos el niño, yo y los elementos. Con ciertas dificultades conseguí sacarle de la piscina pero yo me quedé como Chiquito de la Calzada, sin poderme estirar. Fui en esa posición hasta el cole abandonando a la manada y me puse calor, pero nada. Ya había firmado un contrato con la vida para estar una semana como Quasimodo, el Jorobado de Notre Damme, y no podía hacer nada por evitarlo. El descojone general era algo con lo que ya contaba.

Menudo lumbago. Normal, cuando se fuerza pasan estas cosas, que al final todo pega un calambre que más que fastidiarte te está avisando: "Cuidado, que estás forzando mucho, cuidado, cuidado".

Así que para el resto de esta Escuela de verano, y mientras vuelvo a mi posición, he decidido disfrutar y no forzar. ¿Que no cuadra el presupuesto? Ya cuadrará mañana. ¿Que me apetece acercarme a la piscina? Me acerco. ¿Que tengo que invertir medio minuto más en abrochar un vestido? Pues lo invierto. Como dice R.: "Realidad sin esfuerzo": Importantísima.

Así que mientras tanto seguirmos disfrutando de Cayo Paloma, y de mis imitaciones de Chiquito, y de mis pobres pequeños, que al final de este curso habrán conseguido, seguro, que su mar particular vuelva a ser sólo una piscina.