"Pido perdón a los niños por haber dedicado este blog a personas mayores. (...) quiero dedicar este blog a los niños y niñas que estas personas han sido. Todas las personas mayores fueron primero niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria."

Adaptación de la dedicatoria del libro "El Principito", de Antoine Saint-Exupéry




jueves, 14 de junio de 2012

Cosas que aprendí en una escalera

Cuando el río suena, agua lleva.


Cuando el grajo vuela bajo, hace un frío del carajo.


Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar.


Cuando marzo marzea, abril mayea.

El refranero español es, como todo el mundo sabe, una de las debilidades de mi existencia. Yo creo que junto con los Donuts de chocolate fondant y mi almohada, es de las pocas cosas por las que estoy dispuesta a hacer sacrificios. Si el refranero español dice una cosa, a misa que voy con ella. Por eso aspiro a aportar algún concepto de sabiduría que se pueda integrar en las consignas universales de nuestro folklore popular, y en eso las maestras tenemos mucha experiencia:

Cuando una cabeza veas rascar, busca piojos hasta reventar.

Niñ@ que se sube a determinada altura, brecha segura.

Lentejas y pescado, tarde de fiestón asegurado.

Examen final en el que entra todo, levantas la mano de cualquier modo.


Y la mejor de todas:

Cuando el final de curso llega por la esquina, prepárate para la que se avecina.




Y es que el mes de junio es duro. Muy duro. Infernal, practicamente. No hay descanso, ni respiro, ni consuelo.
Hace un calor infinito, la gente suda (y l@s niñ@s sudan de forma inversamente proporcional a su masa corporal, no hay quien se lo imagine, en serio), y las profes de este planeta estamos agotadas y ya no nos da fuerzas ni siquiera ver la arena de la playa ahí, a lo lejos, esperando a nuestras toallas de muñecos de los años 50 que no hemos reciclado desde que las heredamos de algún familiar porque total, vivimos en un mundo infantil que nos exime de responsabilidades estéticas.
A lo sumo tenemos la clásica toalla de microfibras de Decathlon, que en un arranque de postmodernismo nos hemos agenciado y que molan porque no abultan, pero secar, lo que se dice secar, pues no secan demasiado. No les da tiempo, son servilletas de bar, camuflan pero no absorben, y vaya por delante que Decathlon es una empresa que se me tenía que haber ocurrido a mí de tanto amor que le tengo, pero no. No cuela.

En este mes, lleno de evluaciones y de exámenes finales, una tiene que irse a sus pensamientos personales para desconectar, y todos esos pensamientos radican en un mismo hecho: hace calor, y eso implica cambiar la ropa de invierno por la de verano.

Qué infierno, oye. Sólo de coger los jerseys de lana (con sus correspondientes pelotillas) con la mano a 40º a la sombra te da sarpullidos. Y en el sentido literal, que a mí me da grima hasta tocarlos.
Vuelven a tu mano algodonosos vestidos de verano, camisetas frescas (en mi caso no, porque uso las mismas todo el año) y pantalones ligeros, que te dan unas ganas de tirarte a la piscina con ellos puestos que crees que jamás te acostumbrarás a volver a vestir con semejante ligereza. La vida parece sonreír de nuevo y el sol asoma por las montañas con los pajarillos cantando como en Heidi.

La cara chunga de todo esto (además de tener que volverse esclava de la depilación después de un invierno más relajado en ese plano) es desembalar esa ropa y comprobar a ojos vista que no sabes de qué cojones te has alimentado durante el largo invierno, pero esa falda que sostienes en tus manos mucho te temes que no te cabe ni en el brazo.

Lo peor es que lo compruebas y sí: no puedes respirar y llevar la falda al mismo tiempo. Y si las lorzas no te caben, imagínate el orgullo, que a esas alturas pugna por salir desesperado reclamando su parte y diciendo: "tú hace un año cabías aquí". En ese momento te visualizas a tí misma y piensas: "si este problema lo tengo con un pantalón cagao, imagínate con bikini, voy a parecer un fuet, o peor, una pechuga de pollo entera".

En mi caso no me dio tiempo a desembalar la ropa de verano. Me fui a poner el último pantalón de invierno y casi me ahogo al intentar abrochármelo. Cabe destacar que he conseguido, presa del hambre más infrahumana, adelgazar casi 7 kilos a lo largo del año, pero cogí la mitad otra vez durante el curso y claro, me flipé poniéndome ropa elegante que ya no me valía. Entonces decidí ponerme a planestrictoquesólomesaltolosfindesdesemana.

Después de mucho investigar en fuentes fidedignas (internet y mi madre, tampoco me volví loca), descubrí que por mucha agua que beba, por mucha proteína que coma, por mucho que me esfuerce, la única manera de perder peso es hacer ejercicio. Tan fácil de decir, tan complejo de hacer.

Yo hago mis ejercicios yóguicos durante 40 minutos diarios, pero parece que no era suficiente. Me ví la Teletienda entera y ni las máquinas de abdominales, ni el Zumba (¿qué coño es eso exactamente? ¿los vídeos de Jane Fonda remasterizados? ¿por qué esa gente, harta de dar botes y brincos, no suda ni gota? no me fío de la gente que no suda ni de la gente que no bebe, lo aviso), ni las cremas quemagrasa me convencieron.

Leyendo una revista de belleza (quién me manda, pero es una de las cosas que más me gusta hacer en la peluquería) descubrí que lo más fácil era hacer ejercicio en las tareas cotidianas. La verdad es que yo, objetivamente, no tengo tiempo sano de hacer ejercicio, y cuando digo tiempo sano quiero decir que sí, tengo tiempo desde las 9 de la noche que llego a casa hasta las 9 que entro, pero no me veo haciendo Zumba, la verdad. Pensé entonces en aceptar el único ejercicio real que podía permitirme hacer a diario: subir las escaleras de casa andando.

Para una redactora cualquiera de revista de belleza esto puede parecer moco de pavo: seguro que las muy perras viven en un bajo.

Pero yo vivo en un 7º, y aparco en el 3º sótano, lo que suma 10 elegantes pisos a subir y bajar las veces que sea necesario para llevar tu vida. El primer día me lancé como una loca, pero a los 15 días que llevo estoy a caballo entre la depresión, el suicidio colectivo o la muerte por agujetas. Todo muy motivador, sí.

Sin embargo, subir por las escaleras es toda una experiencia. Da tiempo a pensar, en serio, a conocerse, a escucharse y a sentirse. Y da mucho tiempo a aprender cosas, todo espacio es susceptible de ser digno de aprendizajes. He aquí el decálogo de cosas que he aprendido subiendo las escaleras, en mi edificio y en los edificios ajenos:

1.- Jamás, y digo JAMÁS, subas por las escaleras nada más fumarte un cigarro. Te arrepentirás cada segundo antes de morir ahogad@.

2.- La mayoría de los tramos de escaleras oscilan entre los 15 y los 17 escalones. Eso quiere deicr que como te olvides las llaves, el cuaderno, un boli o los cleenex, tendrás que volver a subir y bajar los correspondientes escalones. Moraleja: revisa el bolso siempre antes de salir.

3.- Las luces de los descansillos instaladas con ahorro de consumo duran de 10 a 12 segundos encendidas (antes de que tengas que pararte en el descansillo a encenderlas y te acuerdes de la madre del instalador de la luz). Cada luz suele alumbrar a dos o tres pisos a la vez, es decir, como máximo tienes que parar cada tres pisos para dar la luz. Todo sea por el medio ambiente y por nuestros bolsillos.

4.- La gente en España empieza a hacer la cena a las 7 de la tarde. A esa hora los descansillos son todo un placer para los sentidos, especialmente para uno. Además, se nota en qué pisos viven familias con bebés que calientan potitos todo el tiempo y en qué pisos vive gente mayor y cena tortilla francesa día sí día también.

5.- La mayoría de las mangueras para incendios están en los tramos de escaleras. Si el tramo tiene dos partes, suele estar a la mitad. Cualquiera lo sabe, si hay un incendio están muy a mano, sí.

6.- Escuchamos la tele muy alto. Altísimo. Extremadamente alto. Con tanto volumen, nos vamos a quedar sord@s. Y vemos cada mierda que ni me detengo más en este punto.

7.- De cada tres pisos, un vecino o vecina toca algún instrumento. De cada tres que tocan un instrumento, dos desafinan. El o la que no desafina sólo toca canciones de amor trasnochadas.

8.- Jamás te cruzas a nadie por las escaleras. La probabilidad de cruzarte a alguien en el ascensor es de 2 de cada 3 veces que te montas. Ni Rita va por las escaleras, lo cual da una paz y una intimidad importantes.

9.- El corazón aumenta su velocidad al doble a partir del cuarto piso que subes andando, al menos en mi caso. A partir del 6º avisa de muerte, y hacia el 8º llega a su límite y lanza bengalas.

10.- Querer es poder. Al principio todo cuesta un infierno, luego sólo cuesta como una hipoteca, luego como aguantar un pesado en un garito y luego como la vida misma. Si inviertes ese tiempo en cantar una canción guay, en repasar un tema que tienes que estudiar, en mandar un sms (esto ya para nivel avanzado, te puedes hostiar al principio) o en decirte lo maravillos@ que eres, se te pasa volando.

10+1.- Bonus track. Te ahorras conversaciones vacías sobre el tiempo o la crisis. No esperas al ascensor. No te miras en el espejo y piensas "qué horror, qué cara llevo". No te puedes quedar encerrada. Eres libre.



Por ahora he adelgazado 4 kilos y he ganado una carga de autoestima importante. Me cierran los pantalones. Conozco a tod@s mis vecin@s, les he escuchado tocar el piano y sé quién cena fritanga y quién cena verduras. El corazón sólo me da toques de atención, pero no se me sale por la boca. Sé donde están todas las mangueras de incendio. Me canto una canción (mental) todos los días.

Soy maravillosa.

Y tú, también.


Cuántas cosas perdidas por estar encerrada en un ascensor. Cuántas por esperar a que llegue, cuando puedo elegir subir como y cuando quiera. Cuántas por esperar, a secas, a que l@s demás decidan cuándo subes y bajas, cuándo hablar y cuándo callar, cuándo salir y cuándo entrar, dónde parar y hacia dónde seguir.

A todo hay que sacarle partes positivas.

Qué bonita sería la vida (y ya lo decía Buero Vallejo) si todo transcurriera, siempre y con su dinámica, en los tramos de una escalera...




lunes, 28 de mayo de 2012

Las finas líneas de expresión

El otro día comentaba un padre en el cole que tenía una conocida que trabajaba con las finas líneas de expresión. Ni más ni menos, ale, así lo dijo, sin ponerse colorado. Éramos varias personas escuchando y a todas se nos quedó la misma cara de gilipollas que cuando echas dinero en una máquina expendedora o en una cabina y ésta, sin previo aviso, se lo traga. En estos casos te sientes totalmente desprotegida y desvalida en el mundo y sólo quieres que la situación pase, que tu moneda de 50 céntimos salga por alguna ranura y que en este caso, alguien rompa el incómodo silencio con cualquier comentario mordaz del tipo "¡vaya primavera nos espera con este invierno sin lluvias que hemos tenido!":

En un arranque de solidaridad ciudadana, el padre nos preguntó:

- ¿Sabéis lo que es eso?

 A mí estas preguntas en un cole tan pijo me dan miedo, porque como dice el refrán, es mejor callarte y parecer tonta que hablar y demostrar que lo eres. Cuando me preguntan cosas como "¿qué cilindrada dirás que tiene ese coche?" o "¿tú dónde sueles ir a esquiar?" o "¿sabes lo que son las finas líneas de expresión?" me hacen tambalearme peligrosamente en la delgada línea que discurre entre dar la impresión de que no tengo ni puñetera idea de lo que me hablan o, efectivamente, demostrar que no sé de qué va el rollo de las cilindradas y que la única vez que esquié en mi vida lo hice con guantes de muñecos en las manos y casi me mato nada más llegar (si quieres rememorar aquel lamentable momento, puedes hacerlo pinchando aquí). Y que por supuesto no sé de qué hablan cuando hablan de las finas líneas de expresión.

Como no llevaba el bolso, y por tanto no podía fingir buscar algo en él mientras esperaba a que alguien contestase, tuve que reaccionar:

- Yo... eh, bueno... la verdad... es que... no.

Quiso el universo que todas las personas que estaban a mi alrededor secundaran mi respuesta. Entonces, el padre, en un segundo arranque de empatía dijo:

- Normal, yo tampoco lo sabía.

Resulta que la mujer era maquilladora. De toda la puta vida, vamos. Y resulta que lo que ella, en un intento de ser snob (o de imbecilidad súbita) llama finas líneas de expresión son para el resto de l@s mortales, simples arrugas.

Haber empezado por ahí, hombre.

Creo que en aquel momento ví pasar una pelusa y con la excusa de limpiarla me escabullí como pude de la conversación. Ahí les dejé debatiendo acerca de temas tan interesantes como el maquillaje de las arrugas o el letargo de la larva de cochinilla. La gente pija tiene conversaciones que para sí las quisiera Punset.

El caso es que me puse a pensar (cosa que siempre hago con cualquier reflexión banal que intervenga en mi vida) en cómo somos, hay que ver. Hemos criminalizado tanto las arrugas que ahora las llamamos finas líneas de expresión. Resulta que lo viejo no sólo no es válido, sino que es invisible. Imperceptible. Impensable. Nunca estuvo, nunca ocurrió. Demuestra que puedes innovar y estarás de nuevo en el círculo. Deja ver que el tiempo ha pasado y estarás irremediablemente condenad@ al ostracismo.

Cada arruga es una vivencia, una pena, una alegría. Hay arrugas que salen de tanto llorar, o de tanto fruncir el ceño, o de los disgustos, como las canas, y otras arrugas que salen de tanto reír, o de tanto sorprenderse, de tanto disfrutar. Y todas, todas ellas, salen de tanto vivir.

No hay dos arrugas iguales. Cada cara tiene sus arrugas, sus marcas de lo vivido, de lo pasado, de lo sentido. Mi abuelo Patricio tenía arrugas de entrecerrar los ojos mientras trabajaba en el campo, intentando esquivar el sol. Mi abuela Isi tenía arrugas de encoger la boca al sonreír con gesto de ratoncillo. Mi abuela Maruja tiene arrugas de enhebrar las agujas para crear prendas maravillosas. Mi abuelo Valentín tiene arrugas de levantar las cejas mirando hacia arriba al medir a sus clientes con el metro para vestirles de señores y señoras de alta alcurnia. Mi madre tiene arrugas de poner cara de pillina cuando nos dejaba hacer alguna trastada. Mi padre tiene arrugas de hacernos muecas a mi hermana y a mí los sábados por la tarde, cuando nos quedábamos en casa después de comer y nos cantaba canciones, y nos contaba cuentos.

Por eso soy de la opinión de que todo lo que hacemos, que vivimos, que somos, merece la pena ser contado, y grabarse en nuestras caras, y en nuestras cabezas y en el mejor de los casos, en nuestros corazones, aunque sean cosas de las que una no quiere ni acordarse, aunque los surcos no siempre recuerden el mejor momento de nuestras vidas, aunque a veces maquillemos nuestras arrugas o peor, aunque busquemos a alguien que nos las maquille.

Todas las personas sabias que conozco tienen arrugas, finas líneas de expresión. De expresar alegría, tristeza, amor o desesperación. Pero arrugas de vivir, arrugas de ser.

Y son las arrugas las que dejan que en cada cara se lea una vida que merece ser contada.


PD. A todas mis amigas, (a María, a Mariu, a Raquel, a Merche, a las orejas incondicionales), a Brendita (sólo te menciono con pseudónimo, para que veas que te escucho), a Chari, a Norit, a Feu, a Roci, a Moni, a Rosa, a todas las que me dejo y a las que me hacéis feliz cada día, gracias por ser el bálsamo para mis líneas de expresión. Y muy especialmente, por estos tiempos que (nos) toca vivir, a Patri, gracias por acompañarme cada día en mi camino por este mundo cabaretero. Os quiero.



sábado, 26 de mayo de 2012

El Artículo 14

Nuestro flamante ministro de educación (y no me da la gana de poner el título con mayúsculas porque él mismo ha devaluado la figura), el señor Wert, ha decidido que la prioridad número uno, total y absoluta, en el sistema educativo es darle una vuelta ideológica a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que recordemos es impartida en 5º curso de Educación Primaria. Resulta que esa asignatura va a ser rebautizada como "Educación cívica y Constitucional"; y me encanta, porque por un lado a l@s maestr@s se nos forma (¡ja!) para que trabajemos con ese instrumento demoníaco que es la pizarra digital en pro de formar al alumnado con las "tecnologías del futuro" pero se nos obliga a trabajar un documento redactado hace más de 30 años que casi ni se menciona en el libro de Cono. Además se eliminan todos los contenidos que aluden a los conflictos políticos, sociales o ideológicos, porque eso no interesa, ni importa, ni nos gusta que l@s chaval@s lo sepan, no sea que les de por manifestarse, por quejarse o por votar a un partido minoritario y ya se sabe que del cuestionamiento del modelo a las drogas y el reggaeton hay sólo un paso.

Total, que me tengo que aprender la Constitución de arriba abajo, porque claro, igual este señor no se ha parado a pensarlo, pero las maestras y maestros del mundo nos preparamos las clases y tenemos que hacer un trabajo previo importante. Pues ahí que me pongo con los artículos y antes de que haya pasado un minuto llego a esto:


CAPÍTULO II.
DERECHOS Y LIBERTADES.

Artículo 14.
Los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.



¿A que queda precioso así redactado? Una lee esto y piensa: "Joder, qué suerte tengo de ser española".

Pero una se va a trabajar con esta reflexión y tiene la mala suerte de que un niño se le cae en la clase y se parte el labio. Y cuando la criatura levanta la cabeza se da cuenta de que no es unniñocualquiera. De que es el hijo de Fulanito de Tal y Menganita de Pascual, ambos dos famosos, ambos dos forrados de pasta y ambos dos adorados por el resto de la Humanidad.

Entonces una, en su ignorancia y su conocimiento de la Constitución, entiende que todos los españoles (las españolas no estábamos en aquel entonces, sólo limpiábamos la casa y esperábamos a nuestros maridos sentadas en un sofá cubierto por una manta de croché con una sopa de sémola puesta en perola de loza encima de la mesa, llena de platos de Duralex y con servilletas de tela) somos iguales ante la ley, se lleva al niño diminuto al centro de salud, rodeado todo él (el niño, no el centro) de juguetes y muñecos para que se le pase el disgusto y no se de cuenta de que se acaba de dar la hostia padre.

Con ese percal, y sin ambulancia ni nada (la urgencia obliga), una se cruza medio pueblo con el niñoen brazos, pensando por qué cojones se puso una camisa blanca esta mañana que ahora aparece como si yo viniera de una reyerta pandillera, llena de sangre. La misma que escribe llega con la criatura en brazos al centro de salud, sudando como un pollo, hasta los ovarios de la sirena del coche de policía que el crío lleva en la mano ("la próxima vez se trae un peluche"; piensa para sus adentros) y con los DNIs de sus progenitores en la mano, la tarjeta del cole y la paciencia saliendo por todos los poros del cuerpo.

Después de esperar la cola del infierno, una llega al mostrador con el niño, los muñecos, los papeles, el mosqueo y la sangre e intenta hacerle entender a la amable señorita dónde se halla el problema. La amable señorita deja de ser "amable" al minuto uno, y "señorita" al minuto dos, y se convierte en Mrs. Mordor cuando, acto seguido, te informa de que allí no te atienden porque los padres de la criatura tienen seguro privado, y de que si quieres le ve el médico, pero previo pago.

Una se queda ojiplática y recoge al niño, los muñecos, los papeles, la paciencia y el alma (que ya anda por los pies) y mete todo ello junto con las taquicardias en su coche (obviamente los coches de empresa o la ruta del cole en este caso JAMÁS están disponibles cuando se los necesita), coge una sillita, la apaña en el coche, monta al crío y se lo lleva al hospital privado en el que se atenderá al pequeño, que a esas alturas ya ni siente ni padece y se está metiendo un pie del Nenuco en la boca con el consiguiente problema que supone en un labio partido el contacto bacteriano de un muñeco babeado por medio Colegio.

Ahora conduce, canta, baila (distrae al niño, vaya) y evita que se toque la herida, que llore, intenta localizar a la familia (por millonésima vez) y no pierdas de vista toda la parafernalia que llevas encima.

Si agobia leerlo, no te digo vivirlo. Y con la primavera cayendo encima a 40º a las 4 de la tarde.

Por fin se llega al hospital privado, donde servidora, criatura, aviones, cochecitos, Nenucos, papeles, sangre, sudor y lágrimas (literales) nos bajamos de mi humilde coche (para nada digno de ese ocupante hijo de la alta alcurnia, perfecto para una maestra que no sabe qué es la cirugía estética) donde la sillita queda colocada para la posterior vuelta.

Todos los entes entramos en el hospital donde hay una cola que parece la del paro, así que volvemos a esperar pacientemente a que nos atiendan. El pequeño sólo sabe decir "Mamá" y yo me siento como la protagonista de "La mano que mece la cuna", porque todo el mundo me pregunta "¿Es tuyo?" y yo digo "No, no, jeje" y el niño llora desesperado gritando "¡¡MAMÁAAAAA!! ¡¡MAMÁAAAA!!" y la gente me mira raro, como se mira a una secuestradora loca que lleva un niño en brazos, una camisa llena de sangre, los pelos revueltos y la cara empapada y va armada con un Nenuco.

Por fin llegamos al mostrador y ¡oh! ¡sorpresa! El señor recepcionista, que despacha a todos los enfermos hacia una sala de espera, al ver quiénes son los padres de la criatura abre una puerta trasera y le pasa el primero a un pequeño cuarto en el que al momento entran una enfermera, un pediatra, un cirujano de Traumatología y la señora de la limpieza, que intrigada quiere ver cómo es el muchacho al natural.

Y el resto de los españoles, que esperan la cola pacientemente, aceptan que ese niño rubio que busca a su mamá desesperado y al que acompaña una loca despeinada es alguien importante, y asumen con pasmosa entereza que el niño tiene prioridad por encima del resto de sus criaturas aunque el Artículo 14 de la Constitución diga lo contrario.

Pero no contentos con eso, los padres consiguen por fin ser localizados (estaban en una fiesta, de esas que todos y todas hacemos a las ¿¿3 de la tarde??) y acuden veloces al hospital, entran por la puerta de atrás entre gritos de miedo y suspiros lastimeros de ell@s mism@s y le preguntan al médico:

- Doctor, ¿es grave? ¿le quedará cicatriz? ¡¡Es que es la boca!! ¡¡LA BOCA!!

Y obvian a la acompañante, me obvian a mí, una española igual que ell@s ante la ley que no sólo lo es, sino que ha acompañado a su pequeño en los momentos posteriores a la hostia padre y le ha dado todo su amor, su paciencia y sus energías. Ni siquiera pueden pensar en tener ojos para alguien que no es su chiquitín.

Y por supuesto no dejan que le traten en ese hospital. Le llevan a su cirujano de confianza, porque ellos son españoles, iguales ante la ley que el resto de los demás, pero les van a recibir los primeros y a hacerle al niño un cosido de labio que ni Jesús del Pozo, el rey de las costuras. Y todo ello sin dar las gracias ni a los médicos, ni a la acompañante, ni a la cola de personas que se han dejado mangonear para que el crío pase el primero y que ahora, víctimas de esta sociedad de mierda, sólo están pendientes de si ella realmente es tan guapa como en la tele o él parece un poco más gordo que en las revistas.

Así que servidora se vuelve al coche, desmonta la sillita, se limpia el sudor y se mira en el retrovisor izquierdo para ver que parece que viene de la guerra. Y con cierta melancolía de quien sabe que no puede hacer nada y se siente vencida piensa en el próximo curso, cuando con total convencimiento tenga que decirles a sus alumnos y alumnas en algún momento del horario:

Buenos días, chicos y chicas, vamos por donde nos quedamos el último día. Empezamos. Artículo 14 de la Constitución Española: todos los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna...







sábado, 19 de mayo de 2012

Estás gorda

Yo no sé qué cojones lleva el agua que beben las modelos, que se trincan dos litros y se mantienen toda la vida en una 34 de pantalón. Y no les hace falta nada más, ojo, todo es dormir 8 horas, beber dos litros de agua y ser feliz. Venga, coño.

Yo llevo más de la mitad de mi vida siguiendo algún plan de dieta. Yo bebo dos litros de agua al día, de la normal, de la del grifo de Madrid (que es la mejor del mundo) y lo único que hago es orinar (verbo asqueroso por cierto, bastante peor que mear a secas) de mil a mil quinientas veces diarias, pero adelgazar, lo que se dice adelgazar, pues no lo consigo. Y menos consigo que me quepa un pantalón de Stradivarius, tienda pensada para adolescentes de Biafra y nunca para mujeres de cualquier otra nacionalidad, edad o procedencia.

Por otro lado duermo con una calidad inmejorable, y pese a mis pesadillas tarantinianas consigo conciliar el sueño tantas horas como me lo proponga, consiguiendo en ocasiones incluso saltar de un día a otro sin tiempos de vigilia, así que no entiendo en qué estoy fallando y por qué no estoy tan buena como Gisele Bundchen, que es con diferencia la tía más buena de este planeta. Supongo que será herencia genética, porque si no no me lo explico.

El caso es que por mi herencia genética tengo una altura considerable que me permite (además de llegar a todas las estanterías y ver al vocalista de un grupo en un concierto por encima de la masa maligna) disimular aquellas pequeñas lorzas que la vida tenga a bien colocar en mi cuerpo con mayor agilidad que otras personas. A tí te sobran 10 kilos y parece que te sobran 20 y a mí me sobran 20 pero cualquiera diría que son 10 (hipotético todo, claro, si me sobrasen 20 kilos no estaría aquí tirada).

Lo que yo soy es una mujer española, con cuerpo guitarrero y gusto culinario. Por ese motivo me paso, como decía antes, la mayor parte del tiempo intentando bajar sin éxito un par de kilos para luego permitirme ponerme hasta el culo en cualquier ocasión venidera propicia.

El sábado pasado, una compañera con las que tengo mis roces (vamos, que no me aguanta) me llamó gorda, completamente en serio y delante de todo el mundo. Una madre me ofreció una galleta a la salida del cole y ante mi quinta negativa (se pueden aborrecer las galletas currando en un cole, de verdad que sí) ella le dijo a la madre:

- Ofrécesela a Fulanita, que está delgada.

- ¿Me estás llamando gorda? - le dije yo, medio en serio medio en broma.

- Pues mujer, un poco sí. Si no, te comerías esa galleta y otras veinte.

Y se quedó tan ancha.

Me sentó como un tiro, la verdad. ¿Será porque me atacó a una parte de mí que me creo a medias? Pues lo mismo sí, o lo mismo no. El caso es que el ataque a lo físico es muy fácil y jode mucho más que que te llamen "lerda"; porque en una sociedad en la que la imagen es todo una se siente herida en el orgullo cuando le dicen "no estás dentro de los cánones estéticos que han establecido El Corte Inglés y Sara Carbonero".

Con esta reflexión estaba yo cuando pensé en una cosa que ha ocurrido estas semanas atrás.  El tema es el siguiente: hay una niña de 6 años que está gorda. No "rellenita", ni "entrada en carnes". Objetivamente, está gorda, es decir, muy por encima del peso normal e incluso el sobrepeso normal de su edad.

El resto de sus compis se lo dicen con bastante frecuencia, pero sin ninguna maldad. Para ell@s es un dato completamente objetivo: ella es gorda, la otra es rubia, este niño es cojo y el otro es alto. No lo viven como algo peyorativo, sino como una evidencia a ojos de cualquiera, y la niña en cuestión tampoco lo lleva mal, lo vive como algo normal. Por eso decimos que l@s niñ@s son crueles, pero al revés, son totalmente sincer@s. No entienden por qué si a una persona le falta un brazo no se le puede tratar como tal, por qué hay que hacer como que eso nunca ha pasado. Y es completamente normal que, en su curiosidad infantil, pregunten al susodicho:

- Oye, y a tí ¿por qué te falta ese brazo?

Es en la madurez, cuando empezamos a llenarnos de prejuicios y de miedos, cuando vemos las cosas evidentes como algo negativo. Es el rasero de la perfección que nos autoimponemos el que nos dice: "estás dentro" o "estás fuera".

El caso es que la madre de esta pequeña oyó como el resto de sus compañeros y compañeras decían "Menganita es esa niña de ahí, la que está más gorda" y se traumatizó. Se quejó al colegio y pidió que la pusiésemos a dieta. Nada de lácteos, nada de pasta, ni pan, nada de galletas ni de batidos. Cuando el resto tienen helado, ella tiene una pera, y claro, los niños y niñas empiezan a asociar: si estás gorda, tu vida es una mierda, tan horrible que no puedes comer arroz con leche los viernes. Y tu madre se enfada, y la profe te mira con cara de pena.

Cada vez que hacían referencia al tema, les llamábamos la atención. "Eso no se dice", "No seáis maleducados", "Pídele perdón": "¿Perdón por qué?" preguntaban. "¡Si es que es verdad!" se quejaban.

Así fue como la pequeña comenzó a asociar su forma física con algo negativo. Lo que antes era un comentario infantil comenzó a hacer que la muchacha llorase por las esquinas y la madre estuviese cada vez más nerviosa. La cosa ha ido empeorando hasta que la madre ha tomado la decisión de llevársela del cole y meterla en otro con la esperanza de que su pesadilla deje de serlo.

Mi pregunta es: ¿cambiará la cosa? ¿O estará una niña tan pequeña dentro del bucle obsesivo de "la imagen lo es todo" desde tan temprana edad por culpa de una obsesión adulta?

Yo sigo con mi reflexión, y pensando cómo puede ser que en este mundo, con la cantidad de cosas que pasan, una niña de 6 años y yo estemos unidas por la misma lacra social que une a miles de personas. Que cualquier persona, para hacernos daño, pronuncie tan sólo dos palabras:

"Estás gorda".






viernes, 20 de abril de 2012

Crónica de una muerte anunciada

La vida ha vuelto a su cauce, o al menos eso parece. La oposición pasó, y los resultados vendrán cuando los sapos bailen flamenco, o cuando a la Consejería de Educación le plazca, que es lo mismo. Opositar en Madrid es como jugar al Cluedo: se investiga, se formulan conjeturas, se desmienten rumores gracias a las pistas y cuando por fin crees tener la solución descubres la carta del asesino y... ¡zasca! Te has equivocado, y a empezar de nuevo.Pero eso sí, al final hay recompensa, ser funcionaria me va a cambiar la vida y por el monte las sardinas, tralará. En fin.

En estas semanas a mi cole ha llegado un niño famoso, de padres muy famosos y abuelos híperfamosos. Es divertido, el muchacho falta a clase una barbaridad porque al parecer está malito y no se acaba de recuperar, y luego le vemos en el Hola a bordo de un yate en Miami. Lo guay es que los padres se creen su micromundo de mariposas, así que lo mismo a la vuelta nos dicen que se fueron hasta allí a comprar el vaso de yogur que les hemos pedido para plantar una judía (experimento asqueroso donde los haya, y quien no lo crea que pruebe a oler ese algodón en el que fermenta una alubia cualquiera comprada en Mercanona). Lo que mola de ña gente que tiene imaginación es que te hace volar y meterte en historias fantásticas y maravillosas, así que me voy a comprar un trikini no sea que al niño le de por "coger la gripe" y nos inviten a las Maldivas a pasar la convalecencia con él (yo por mi alumnado lo que sea).

Recuperando mi nueva vida (o como me decía R., viviendo mi vida de siempre), he retomado la rutina, y por eso he bajado esta mañana a sentirme una marquesa. En realidad he bajado a comprar tabaco al estanco de debajo de mi casa, pero como el tabaco se ha puesto a precio de caviar, me siento una marquesa. Y comprar un cartón me genera una sensación de despilfarro que parece que me voy a comprar un coche a plazos.

Tener un estanco en el portal me convierte automáticamente en una privilegiada. Mi casa es la mejor del mundo por razones de variada naturaleza, pero principalmente porque tiene cinco cosas básicas en mi vida y en la de cualquiera a menos de 10 metros: un kiosco, un estanco, un bar,una tienda de chinos y una boca de metro. A pocos metros más tiene un Mercadona, un banco, un parque, una farmacia y un restaurante chino, por lo que creo que este entorno, en el que todos los servicios de primera necesidad están a tiro de piedra, es inmejorable para vivir, pernoctar y criar a los hijos. No me diréis que no.

Mi estanquera lleva muchos años vendiéndome tabaco, pero como es un ser de naturaleza rancia, solemos cruzar pocas palabras. Yo le tengo un rencor abierto porque jamás me ha regalado un mechero, y creo que ella me lo tiene a mí porque a veces le he sido infiel comprando tabaco en otros estancos del mundo. Yo quiero una relación abierta y ella quiere que sea su fiel clienta, pero la vida es dura y no se puede tener todo, así que nos sonreímos mucho pero luego nos cruzamos por la calle y nos miramos con rencorcillo. En verano ya nos odiamos abiertamente, porque vamos a la misma piscina, y yo la envidio porque ella tiene la mejor silla plegable del planeta pero ella me odia a mí porque me queda mejor el bikini (o eso quiero creer, porque no es que yo tenga buen cuerpo, es que ella tiene 60 años). Una relación rara, ya digo.

Lo único que me encanta de ella es su perro. Tiene un chucho feo como escupir en el suelo, pero le adora, tiene puesto un cojín en la ventana del estanco, y desde ahí el perrillo mira la vida pasar. Lo que no habrá visto la criatura, madre mía. Confieso que los primeros días en que empecé a vivir ahí creía que el perro era de porcelana, pero al tiempo le ví moverse y supe que respiraba como cualquier ser vivo que se precie. Esta mujer, que aparte de rancia es seca a más no poder, resplandece de orgullo cuando saca al perro a pasear, y estoy segura de que es el amor de su vida, porque juro que veo como el corazón le late más fuerte cuando el perrito la recibe meneando el rabo.

Cada vez que yo paso por el estanco le guiño, un ojo al perro, que por cierto, jamás he sabido como se llama. El perro nunca ha contestado a mi guiño, pero sé que me lo agradece, y que en el fondo de su ser él sí me habría regalado un mechero, así que le tengo aprecio, para qué negarlo.

Esta mañana he pasado y no le he visto, pero la estanquera, esa mujer de hierro, la Tatcher de mi barrio, estaba llorando amargamente. Entonces he hilado sucesos (y a esas horas de la mañana no era fácil): el estandarte del estanco y de la vida de la estanquera, solterona y amargada, se ha ido. Y por primera vez esa mujer ha dejado de ser un cuerpo detrás de un mostrador para ser una persona, que hoy estará más sola que nunca.

Estaba claro que el perro no iba a ser eterno, como nada en la vida. Ni la crisis, ni las personas ni la juventud, nada es para siempre. La estanquera empieza hoy una etapa distinta, quien sabe si con otro perro que pueda ocupar el cojín de la ventana para otear el horizonte, o quizás sola, enfrentando por primera vez el día a día sin unos ojitos emocionados que la miren pacientemente esperando salir a pasear.

Yo, por si acaso, seguiré guiñando el ojo al pasar por ahí, aunque sea a ella. Quizá una muerte que llevaba tiempo anunciada, sea para la estanquera el comienzo de una nueva vida.

lunes, 26 de marzo de 2012

Fútbol

De toda la vida de Dios he tenido yo cosas que me han hecho ser muy mía, pero también muy firme en mis aspectos: no entro en garitos en los que exijan vestimenta determinada, no acepto trabajos en los que tenga que llevar uniforme y no tolero el fútbol. Así soy, chunga por naturaleza. Este último punto (y los anteriores a veces también) me ha traído y me trae conflictos, broncas y desplantes varios con familiares, amigos, amigas, novios, compis de trabajo y camareros de bares, que el día que hay un partido te ponen la tele a decibelios inhumanos mientras tratas de escuchar a la persona que está a tu lado y que ya no sabes si es profesor o comentarista de Estudio Estadio.

No es que no me guste el deporte en sí, ojo, que a mí los deportes en general me gustan bastante, pero el mundo de violencia, corrupción, agresividad y paletismo que trae consigo el fútbol es algo que choca con mi esencia, mis creencias y mi paz interior.

Quienes disfrutáis del fútbol no lo entendéis, pero en serio, yo he visto a mi padre, que no sería capaz de matar una mosca y que ni siquiera pita cuando conduce en hora punta por la M-30, decirle al árbitro de un Madrid-Barsa cosas que a su lado, el Vaquilla era un muchachuelo descentrado. Y no te digo lo que he visto en los campos (yo no critico lo que no conozco, así que sí, he ido mil veces a ver partidos en vivo y directo), gente que termina a hostia limpia porque no era penalti, que s'a tirao, que árbitro cabrón, que cabrón tu puta madre, y para qué queremos más. Por menos de eso ha habido guerras mundiales y se han lanzado bombas nucleares.

En la universidad tuve una asignatura que se llamaba Sociología de la Educación y que me la daba un profesor un poco raro que era un crack allá por donde le mirases. Uno de los trabajos que nos hizo hacer tenía por tema demostrar que el ser humano actúa de formas insospechadas si las circunstancias son favorables. Algo así como "el ser humano no es malo naturaleza, pero también depende de cuánto le toques los huevos".

Mi trabajo habló de lo salvaje que se vuelve el ser humano con el tema del fútbol. Gente de natural pacífica es capaz de romperse una silla en la cabeza por un fuera de juego dudoso. Gente que no levanta la voz jamás es capaz de reventar un tímpano ajeno al grito de "¡GOOOOOOOOOOOOOOL!", y así sucesivamente.

Ayer, en un acto de amor inconmensurable hacia mi amiga Cabaretera (que estaba tocada por el amor y por el sueño a partes iguales después de una noche cuanto menos interesante) la acompañé a ver un partido del Rayo. Ir a ver al Rayo es el único resquicio futbolero por el que yo estoy dispuesta a romper mis principios, porque esos partidos son como merendolas familiares en la Casa de Campo, con sus cervecitas, su bocata, su cigarrillo y si me apuras su pacharán, todo ello rodeadas de la misma gente con las que convives todos los días y con los edificios vallecanos cercando el horizonte.

Podría haber sido bonito. Error de base: aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

Aquello fue como una sucesión interminable de insultos, gritos, puños en el aire y desaires varios. Ni pipas podía comer del miedo que estaba pasando. Tuve un momento en el que creí que la cosa iba a cambiar. Detrás de mí se oía a una inocente criatura de unos 8 años a la que tiernamente su padre, un tipo con una barriga como todo Irlanda del Norte y con pinta de ser el el medio de los Chichos (el auténtico), le decía:

- Esto mola más que la Play, ¿eh?

Y el niño contestaba embelesado:

- Sí, papa.

Y los dos se abrazaban tiernamente mientras a mí se me escapaba una lágrima y volvía a creer en la Humanidad. Sin embargo, acto seguido comencé a oír cómo ambos coreaban, a la vez que todo el estadio:

- Que lo vengan a ver, que lo vengan a ver, que eso no es un portero, es una puta de cabaret...

Y eso sólo fue el principio. Sólo estuve en la segunda parte,en un partido no demasiado emocionante, y además de eso oí poesía pura: unas frases, unas rimas consonantes, unos versos alejandrinos, unas figuras literarias... Ahora, que como este es mi espacio y yo no hago apología de cosas chungas, no pienso reproducir las salvajadas que la criatura y cientos de personas corearon una y otra vez. Sólo digo que ni a Bush le dijeron por lo de la guerra de Irak la mitad de lo que le dijeron ayer a la madre del portero. Pobre mujer.

Total, que el fútbol es para gente con mucha boca grande. Y rabia contenida. Y poco oído. Y ningún criterio.

Y el que diga que no, como dirían vuestros colegas: que lo vengan a ver, que lo vengan a ver...

miércoles, 21 de marzo de 2012

Papá

En medio de todo este maremágnum de circunstancias potencialmente peligrosas para la supervivencia de una maestra, pasó el día 19, que como todos los 19 de marzo del mundo, es el Día del Padre. Hace tiempo escribí sobre mi madre, como puedes leer aquí, y no quería dejar pasar la oportunidad de hacer lo propio y presentar a mi padre.

Mi padre es un hombre que nació con bigote. Seguramente los documentos gráficos de su nacimiento contradigan este dato,pero lo cierto es que cuando conoció a mi madre, allá por los 70, ya venía con él. Mis padres se conocieron en La Central, un bar que hay en la plaza de Chueca donde cada año volvemos a tomarnos un vino y una tapa de atún. Parece que ella, una pitiminí de libro, hija de sastres y afincada en lo que entonces era la zona pijo-castiza de Madrid, celebraba su cumpleaños allí, y que mi padre y sus hermanos, provincianos de pueblo de los de celebrar la matanza, iniciaron la clásica maniobra del acople, algo por cierto muy dado aún en las noches de fiesta madrileña, en las que como te descuides se te han metido dos o tres grupos de tíos entre las filas y no te has dado ni cuenta.

Parece que después de muchos dimes y diretes y otros avatares, se casaron, y tiempo después me engendraron a mí. Mi padre siempre dice que como ellos eran cuatro hermanos, él siempre quiso tener hijas, y espero que el resto pensase lo mismo porque todos mis tíos tienen chicas. Cuando yo nací debe ser que fui el juguete que mi padre esperaba: me convirtió en su alter-ego en femenino y en pequeño, aunque sin bigote. Me cortaba el pelo a lo chico con estilo y elegancia y me vestía de alternativa, con pantalones anchos y americanas con chapas. Por aquel entonces era yo una niña riquísima, con mis hoyuelos y mi sonrisa, y a mi padre se le caía la baba. Siempre hemos ido juntos a todas partes.

Mi padre es ese tío valiente que cuando se prejubiló cumplió su amenaza de toda la vida: cortarse el bigote. Mi madre le estuvo mirando con cara rara y luego riéndose como si no se lo creyera durante semanas, y aún mi amiga Chari me dice cuando le ve que no parece él.

Mi padre es ese hombre que nos pintó un cuadro a cada una, como ya conté, y que hace que el cuarto de estar de su casa parezca la trastienda del Prado con tanto bodegón y retrato.

Mi padre es ese hombre que nos repite diez mil veces al día que "no se dejan los cables enchufados a la corriente sin conectar el aparato, que un día salimos ardiendo" cuando ve las regletas de la casa, llenas de enchufes y con todos los cables tirados.

Mi padre es ese hombre al que le decimos: "Papá, que dice mi hermana que le traigas unos crispis que son como integrales pero que no lo son, con chocolate pero que no son todos, vienen algunos sí y otros no, y que sea chocolate negro belga 100%, y a mí tráeme pan integral con semillas, pero del que no lleva fibra, que luego no paro de ir al baño, y mamá dice no se qué de que le traigas sus barritas de centeno, pero no las de la otra vez, las de hace tres o cuatro semanas, gracias" y el tipo se recorre el mundo entero para atender a nuestras descripciones y tratar de satisfacernos. Cuando le mando al herbolario debe de ser de traca.

Y cuando por fin aparece con todo perfecto siempre nos dice: "Me tendríais que estar haciendo constantemente la ola, eso es lo que tendríais que hacer".

Mi padre es el hombre creativo y con recursos que el día aciago en que mi madre perdió un pendiente de esos que son reliquia familiar cara-carísima, y en su depresión post pérdida le dio el otro a mi padre, mi padre se lo engarzó en un anillo para que pudiese seguir llevándolo en solitario y nunca más lo perdiera.

Mi padre es un hombre con tanto estilo y tanta elegancia que nos compra ropa, como él define, de "rabiosísima actualidad", que la ves y dices: "yo esto no me lo pongo", pero te lo pruebas y resulta que es lo más cómodo del mundo, o lo que mejor te queda, o ambas cosas. Mi padre antes vestía sólo de negro, como Karl Lagerfield, pero mi madre le ha convencido de que "pareces un cucaracho" y ahora es una explosión de color.

Mi padre es el hombre que pacientemente nos ha escuchado, arreglado todo lo que nos cargamos habitualmente, resuelto todos los problemas en los que le hemos pedido ayuda, y confirmado que sí, que estaba loco por tener dos hijas.

Hace un par de años, mi hermana le regaló un cuadrito en el que ponía:

"Todos los hombres pueden ser padres, pero hay que ser muy especial para poder ser papá".

Mi padre es un papá. Le adoro.


Feliz día, papá. Feliz vida.

PD: Edito para decir que el análisis de algunas de las frases de mi padre lo ha hecho mi hermana, alias Neita, los derechos de autora son lo primero (esto lo hago bajo presión de ella misma y su amenaza de denunciarme por no citaría, ahí queda Litel)